Oh, Jerusalén P.III - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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Oh, Jerusalén P.III

Condensados

De: Dominique Lapierre y Larry Collins

Sitio de Jerusalén.- Primavera de 1948.

Desde la noche en que los nazis desencadenaron sus persecuciones, hasta aquella en que la ONU atribuía a los judíos un Estado, los gruesos dedos manchados de tinta de Shimshon Lifshitz, el tipógrafo jefe del diario Palestine Post, habían reunido durante 15 años, los tipos que narraban una de las épocas más trágicas de la historia de su pueblo. Dentro de cuatro meses y medio, sus dedos reunirían aquellos que anunciarían la realización de un sueño sionista: el nacimiento oficial de un Estado Judío. En esta noche de febrero los tipos del Post se contentaban con enumerar la cotidiana letanía de violencias. Como cada noche, Ted Lourie, redactor jefe adjunto del Post, comprobó con Lifshitz la presentación del artículo principal.
El principio de un terrorismo a base de bombas se vislumbraba hacía ya mucho tiempo por los colaboradores del Mufti. Una noche, un mar de llamas brotaba de la sala de redacción cuando Ted Lourie llegó al periódico. En la escalera, negra por el humo, vio salir a varios de sus colaboradores cubiertos de sangre. La explosión había destruido casi todo por completo. La mujer de Ted le preguntó: ¿Qué vas a hacer para que salga el periódico? -¿Estás loca? -respondió él. -Tu deber es que salga. Lourie comprendió que tenía razón. Hizo instalar una sala de redacción provisional en un inmueble vecino. Abdel Kader hirió audazmente el corazón de la ciudad judía, pero no pudo alcanzar su principal objetivo: reducir al silencio el Palestine Post.

Semblanzas de personajes y gráficas presentadas.
(Para interrumpir el movimiento de la columna ascendente, poner el señalador de su ratón, dentro de la columna).

El indómito artífice del Estado Judío David Ben Gurion (hijo de león), es indudablemente el que mostró toda la energía para conducir al pueblo judío a su mayor victoria después de 2,000 años: la de aquel Estado de Israel, que proclamó el 14 de mayo de 1948. Gracias a la inflexible obstinación de su jefe, Israel sobrevivió a las primeras horas críticas de su historia.

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Ehud Avriel.- Treinta y un años, uno de los principales artífices de la supervivencia del Estado Judío en las cruciales horas que siguieron a su nacimiento. Simulando ser un enviado del Negus, consiguió comprar en Checoslovaquia 25,000 fusiles, 3,000 ametralladoras, más de 100 millones de cartuchos, e incluso 30 cazas “Messerschmitt”. Organizó a través de Europa, una red clandestina de bases judías y estableció un verdadero puente aéreo para transportar secretamente, las armas de la victoria a los soldados de la Haganah.

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Golda Meir.- Cincuenta años, hija de un carpintero de Kiev emigrado a los Estados Unidos; militó desde los dieciséis años en el movimiento sionista. Convertida en uno de los principales dirigentes de la comunidad judía de Palestina, encontró las fabulosas sumas necesarias para comprar las armas de la supervivencia. Durante una sola visita a América, en enero de 1948, recaudó 50 millones de dólares. Aquella proeza fue tan extraordinaria que al recibirla a su regreso, Ben Gurion declaró: “Se dirá un día que fue una mujer la que permitió ver su día al Estado Judío”.

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Chaim Slavin.- Cuarenta y un años, realizó una fantástica hazaña. Haciéndose pasar por sordomudo, para no llamar la atención -ya que hablaba mal el inglés-, recorrió los Estados Unidos durante 3 años antes del nacimiento de Israel, a fin de comprar, a precio de chatarra, una colección de máquinas que permitirían instalar en Palestina una industria clandestina de armamento. Desmontadas, disimuladas y transportadas pieza por pieza, tales máquinas fueron ocultadas en los kibutz. Cuando nació Israel, producían ya varios centenares de metralletas diarias.

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Yehuda Arazi.- Cuarenta y un años, fue uno de los pioneros de la aventura de la compra de armas. A partir de 1936 envió secretamente, desde Polonia, los primeros fusiles que la Haganah recibió del exterior. Para disimular sus expediciones se convirtió en exportador de máquinas agrícolas y calderas, las cuales rellenaba con armas. Habiendo logrado después de la guerra, ser nombrado embajador extraordinario de Nicaragua, pudo negociar la compra de las primeras piezas de artillería judía: 5 viejos cañones de montaña franceses, llamados “Napoleonchiks” por los combatientes de la Haganah.

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Fawzi el Kutub.- Treinta años, árabe palestino que preparó la mayoría de los atentados en la Jerusalem judía; se preparó como saboteador en el ejército alemán. Colocaba vehículos atiborrados de explosivos, sembrando el terror entre los habitantes. El 11 de marzo voló el edificio de la Agencia Judía, causando la muerte a 13 personas y heridas a 86.

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La atroz guerra en la calles de Jerusalem causaron muchas bajas en ambos bandos y dejaron huella en muchos edificios como en “La casa de peregrinos de Francia”, lugar que fue tomado una y otra vez por los contendientes en las jornadas críticas de mayo del 48. Una fantástica epopeya fue la de los convoyes que abastecían a la ciudad sitiada por los árabes; 100,000 habitantes estaban condenados al hambre. Muchos equipos de transporte fueron emboscados y sus restos todavía se pueden ver en la carretera de Tel-Aviv hacia la ciudad. Para poder salvar la crítica situación, los judíos abrieron con buldócer, un camino secreto a través de las colinas de Judea, proveyendo incluso de agua a su población, pues la conducción del vital líquido había sido cortada.

A cuatrocientos kilómetros al noreste de El Cairo, sobre el terraplén de la estación de autobuses de Tel-Aviv, un hombre y una mujer se aprestaban a despedirse una mañana de febrero. David Shaltiel se volvió para ver por última vez a su mujer. Veinticuatro horas antes, David Ben Gurion le confió el mando militar más importante de Palestina. Lo había elegido para reemplazar a Israel Amir en el puesto de comandante en jefe de Jerusalén, a fin de comunicar un nuevo impulso a la defensa de la ciudad. El líder judío le dio sus instrucciones de viva voz. Repitiendo que no debía ser abandonada ninguna parcela de tierra judía, ordenó a Shaltiel defender los barrios judíos calle por calle, casa por casa.
En materia militar Shaltiel era un feroz partidario de la ortodoxia. Su primer combate al llegar a Jerusalén, no fue contra los partisanos de Abdel Kader, sino contra los burócratas de la Agencia Judía. Angustiado por la situación por la que atravesaba la ciudad, su primer mensaje a Tel-Aviv era revelador: reclamaba con urgencia tres mil jerseys, las pulmonías causaban entonces más bajas que las balas de los contrarios. Faltaba de todo, armas, municiones, hombres, alimento. Para una parte de la ciudad la fatalidad era apremiante. Desde que los árabes cortaron la línea de autobuses número dos, los habitantes del barrio judío, en el interior de las murallas parecían condenados a sucumbir tarde o temprano en las ruinas de un asediado ghetto. Para galvanizar su resistencia, la Haganá les envió a un nuevo jefe: un oficial de 33 años, de origen ruso. Abraham Halperin parecía el más apropiado para mandar esta santa facción del pueblo judío. Halperin deseaba evitar tener que recurrir a la fuerza para obligar a la población a permanecer en su lugar.
Esta se componía de miembros de todas las edades de diferentes comunidades judías ortodoxas. En sus esfuerzos por organizar a la población civil, Halperin tenía que chocar, fatalmente, con el venerable personaje que presidía los destinos del barrio desde 1935: el rabino Mordechai Weingarten, a quien un oficial británico le entregara un día la llave de la puerta de Sión.
Las funciones de Weingarten lo habían conducido a trabar estrechas y amigables relaciones con los ingleses y los árabes. Sin embargo, esta cordialidad molestaba cada vez más a los dirigentes de la Haganá. Con el fin de no perder los beneficios que gozaban, Weingarten entregó un día a un oficial británico a Halperin, quien fue detenido una tarde que el rabino y él conversaban.

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«Únicamente la fuerza armada podrá impedir la aplicación del reparto». Tal era la conclusión del primer informe transmitido al Consejo de Seguridad por el comité de la ONU para Palestina. Pero la realidad de la resistencia árabe estremecía a los partidarios del reparto. Se planteaba incluso la cuestión de saber si la carta de las Naciones Unidas los autorizaba a emplear la fuerza para aplicar una de sus decisiones. Por lo demás, nadie estaba dispuesto a suministrar esta fuerza. Gran Bretaña se estaba descargando de sus responsabilidades. Francia se hallaba comprometida en Indochina. En cuanto a Truman, excluyó el envío de tropas americanas y se opuso a toda presencia soviética en el Oriente Medio.
El jefe de los adversarios del reparto era el director de la división del Cercano Oriente en el ministerio de asuntos exteriores. Loy Henderson, que trabajó durante mucho tiempo en Moscú, se inquietaba por todo lo que pudiera agravar la guerra  fría. Estimaba que el resentimiento árabe hacia Occidente sería tal que podría abrir a la URSS la puerta del Oriente Medio y entregarle sus inmensas reservas de petróleo. Para el secretario de defensa, James v. Forrestal, E.U. corría el riesgo, en este asunto, de perder el libre acceso al petróleo de Oriente Medio. En consecuencia el plan Marshall estaba amenazado de fracaso, podía ser que América fuese pronto incapaz de sostener una guerra de importancia, y que en diez años la nación se viese obligada a reducir a cuatro cilindros los motores de sus automóviles. Forrestal organizó en seguida una reunión con Henderson. Sugería colocar a Palestina bajo la tutela de las Naciones Unidas por un período de diez años, con la esperanza de que, de una forma u otra, las dos comunidades acabarían por llegar a un acuerdo sobre su futuro. Este proyecto contó con el apoyo del general Marshall, secretario del departamento de estado y fue sometido a la aprobación del presidente Truman. Los dirigentes sionistas temían que se les cerraría la puerta del hombre que fue su más ardiente defensor en los E.U., por lo que Chaim Weizmann embarcó en seguida para Nueva York.
Mientras tanto, un agudo ruido procedente de la calle Ben Yehuda despertó a mucha gente, en ese instante en medio de un resplandor de luz blanca y la fachada del edificio «Vienchik» se hinchó suavemente y se derrumbó hacia la calle. El Hotel Amdurky, se hundió con un movimiento majestuoso. Enfrente dos edificios se desplomaron a su vez como si hubieran sido apretados por una prensa gigante. Centenares de personas fueron muertas. Cuando la población descubrió la magnitud de la tragedia, su cólera se desencadenó contra los británicos. El Irgún dio orden de tirar a matar contra todos los ingleses, y los disparos se sucedieron por toda la ciudad y a medio día, tras haber perdido casi una decena de hombres, las autoridades ocupantes tomaron una decisión sin precedentes: prohibieron a sus tropas penetrar, de momento, en Jerusalén judía.
Este atentado fue, con mucho, el golpe más duro que asestaron los árabes contra los judíos de Jerusalén. Pero, a despecho de todo su horror, sus resultados fueron contrarios a los que esperaba Abdel Kader. En lugar de incitar a los judíos a implorar la paz, la tragedia cerró sus filas y galvanizó el espíritu de resistencia.

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Ninguna placa diplomática, ninguna enseña ni ninguna escolta de motoristas distinguía del resto de la circulación londinense el «Humber» negro que rodaba aquella tarde de febrero de 1948 hacia el Támesis. El viaje era secreto. Arriba, en su imponente despacho, el ministro de asuntos exteriores de Gran Bretaña, Ernst Bevin, esperaba a los pasajeros del «Humber». Uno era árabe, primer ministro del reino de Transjordania, Tewfic Abu Huda, elegido por el rey Abdullah para conducir a buen puerto su proyecto de anexión de la Palestina árabe. El otro inglés, Sir John Bagot Glubb, Glubb Pacha, quien trataba con el palacio real como un árabe, con las tribus, como un beduino y con Londres como un inglés, además estaba al tanto de todo y su presencia en el «Humber» era evidente. Glubb presionaba al primer ministro Huda, a fin de conseguir medios financieros para su ejército y los ingleses iban a hacer de Glubb y de sus beduinos los árbitros del conflicto. Así el destino de Jerusalén estaría en sus manos.
Por otra parte, el general Sir Gordon Mac Millan comandante en jefe del ejército británico en Palestina, nunca se opuso a la entrada de una columna de 25 camiones y 500 hombres comandados por el jefe de los voluntarios del ejército de liberación árabe, Fawzi el Kaukji, pero ese día un 6 de marzo de 1948, toda clase de mensajes furibundos comenzaron a llegar de Londres ordenando que el Kaukji y sus gentes fuesen expulsados de allí en seguida. Los árabes hicieron caso omiso de estos mensajes y se llevó a cabo la primera batalla que de ninguna manera fue un éxito: 38 muertos y 50 heridos, mientras que los judíos sólo perdieron un hombre. Esta amenazadora presencia de un ejército árabe en el norte de Palestina tuvo inmediatas repercusiones en Jerusalén. Pero por parte de los judíos, también las relaciones con las numerosas comunidades religiosas no eran menos difíciles. Los rabinos consideraban que la causa de Jerusalén estaría mejor servida si los millares de sus alumnos sólo se dedicaran al estudio y a los rezos. Tras un apasionado intercambio dialéctico, los rabinos consintieron, finalmente en dejar trabajar a sus alumnos para la defensa cuatro días a la semana.
Para los judíos, la única forma de ganar a los árabes en velocidad era lograr que los ingleses abandonaran cada fortín por las salidas situadas del lado árabe, a fin de permitir a las fuerzas judías entrar pisándoles los talones. La Haganá confió a Vivian Herzog, el antiguo mayor de los «Guards», la tarea capital de convencer a los británicos. Días más tarde, los hombres de la Haganá surgieron de los edificios colindantes y ocuparon rápidamente la plaza. Cuando un cuarto de hora más tarde, los árabes descubrieron la identidad de los nuevos inquilinos, se lanzaron furiosamente al asalto del edificio. Pero era demasiado tarde. Shaltiel había conseguido su primer éxito. El orfelinato «Shneller» se iba a convertir en una de las principales bases de la Haganá en Jerusalén.

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El árabe Antoine Daud era el chofer del consulado de los E.U. y sólo esperaba una señal para subir al Ford. Cuando todo estuvo listo, se dirigió a la parte delantera de su vehículo para fijar sobre la aleta derecha el emblema que le aseguraría el paso rápido a través de cualquier control callejero, árabe, inglés o judío. El vehículo salió lentamente del patio. Luego tomó la dirección del edificio judío mejor custodiado de Jerusalén, verdadera fortaleza que albergaba el cuartel general mundial del movimiento sionista y de la Haganá, la Agencia Judía. El propio Antoine Daud sugirió el plan de la operación a Abdel Kader. Todas las mañanas detenía su Ford ante la puerta de la Agencia Judía para recoger a las dos secretarias judías que trabajaban en el consulado. Se convirtió para los guardias en un personaje tan familiar, que incluso le preguntaron varias semanas antes, si no conocía un medio para procurarles armas. De acuerdo con Abdel Kader, Daud les entregó pronto algunas pistolas y granadas. Un día, al fin, se presentó la ocasión que esperaban los árabes. Los judíos pidieron fusiles ametralladores al chofer. Daud fingió vacilar, pero luego aceptó a condición de que le dejaran entrar en el recinto de la Agencia con su vehículo, a fin de entregar la mercancía al abrigo de toda mirada indiscreta. Así fue como el chofer del Ford pudo entrar en el patio y detener su vehículo justo bajo el ala ocupada por Shaltiel. Mientras uno de los guardias iba a buscar la suma convenida para la transacción, Daud dijo que se ausentaba un momento para comprar un paquete de cigarrillos. Súbitamente inquieto al ver aquel vehículo abandonado por su conductor, otro guardia se precipitó hacia él. Le quitó el freno de mano y lo empujó algunos metros más lejos. Aquello le costó la vida al soldado, pero salvó las de David Shaltiel y de la mayoría de los oficiales de su estado mayor.
Cinco días más tarde, Chaim Weizmann franqueaba la puerta este de la Casa Blanca para entrevistarse con Harry Truman en el mayor secreto. En esta entrevista abordó tres cuestiones esenciales: el levantamiento del embargo de armas, la emigración y el apoyo de América a la causa del reparto. De este último punto, Truman prometiéndole a Weizmann díjole: -Los E.U. continuarán apoyando el reparto de Palestina.
Mientras tanto Warren Austin, jefe de la delegación americana en la ONU, ignoraba todo lo tratado en esa entrevista, cuando menos 24 horas más tarde se enteró, pero ya había manifestado públicamente en las Naciones Unidas, el apoyo de su nación al proyecto tutelar por diez años.
Esta iniciativa que por destiempo dio el delegado Austin, era para los sionistas, una traición, una «capitulación» ante los opositores árabes al reparto. Al día siguiente sábado, se celebraron servicios fúnebres en todas las sinagogas americanas. Las delegaciones árabes saltaban de gozo: ¡Era la victoria, el reparto había muerto! en Jerusalén, los guerrilleros árabes acogieron la noticia con triunfales ráfagas de ametralladora, mientras Hadj Amin proclamaba en Beirut que no había dudado jamás de que tarde o temprano, los E.U. volverían al camino de la virtud y de la justicia. Dando rienda suelta a su cólera, David Ben Gurion calificó el discurso de «abandono» y prometió a su pueblo que, llegado el momento el Estado Judío sería proclamado con o sin el apoyo de los E.U.
Sin embargo, en ninguna parte fue tan grande la sorpresa causada por ese discurso, como en la Casa Blanca. Truman estaba consternado. Al aprobar el proyecto de tutela sometida por el Departamento de Estado, el Presidente consideró que se reservaba la elección del momento y la forma en que sería hecho público. Por eso no juzgó indispensable, después de su entrevista con Weizmann, hacer saber al Departamento de Estado que había decidido, finalmente, que los Estados Unidos retornarán a su primera posición y permanecieran fieles a su compromiso de apoyar el reparto.
El Presidente no podía evidentemente desmentir las declaraciones de su representante en la ONU. Su autoridad ya estaba lo bastante resentida por este vuelco total de la política internacional americana. Un nuevo vuelco acabaría de destruirla. Truman estaba prisionero. Debería contentarse con el plan de tutela. Sin embargo, el Presidente estaba decidido a manifestar en privado su apoyo al reparto, por lo que comisionó al juez Samuel Rosenman que fuera a ver a Weizmann para explicarle lo ocurrido.

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Ni los habitantes más viejos de Jerusalén recordaban haber conocido un mes de marzo tan frío, pero éste no disminuyó la intensidad de los combates en aquel fin de invierno de 1948. Muchos sitios estaban constantemente bajo las balas. La situación se agravaba cada día más y la existencia cotidiana se resentía de ello. Varias instituciones cerraron sus puertas. El abastecimiento llegaba de migaja en migaja. Un espectro acechaba a la ciudad judía: el hambre, el hambre. Sin embargo, Sabine Neuville, esposa del cónsul general de Francia en Jerusalén daba una cena esa noche. A menos de quinientos metros de su comedor, dos árabes estaban enzarzados en una áspera discusión. El objeto parecía ser la botella de whisky medio vacía que uno de ellos apretaba celosamente contra sí. Junto a ellos se hallaba un camión. Cubierto por media docena de ametralladoras emboscadas en el Monte Sión, el camión descendió hasta el barranco de la Gehenna y luego subió hacia su objetivo. Abder Kader escogió el barrio de Montefiore por su ubicación estratégica. La explosión volatilizó una treintena de edificios y quince víctimas.
El árabe Harun Ben Jazzi estaba listo aguardando la señal para sus trescientos hombres que se hallaban ocultos en las laderas, por encima de la barricada de rocas y troncos que interceptaban la carretera. Desde su ametralladora el teniente judío Moshé Rashkes distinguía las siluetas de los camiones llenos de alimentos que le seguían. Raciones para cien mil judíos y la carretera hacia el mar con libre paso. Rashkes oyó el tableteo de los primeros disparos y luego una explosión, el camión rompebarricadas acababa de tocar una de las minas. En el mismo instante reconoció que estaban rodeados pero siguió avanzando. La atmósfera se hizo sofocante. El convoy estaba definitivamente bloqueado y media docena de camiones se habían volcado en la cuneta al intentar dar media vuelta. Seis horas transcurrieron. En los vehículos, los judíos se sofocaban de calor, las municiones estaban casi agotadas hasta que llegó la orden de retirada por radio. Aquel día la Haganá perdió 19 vehículos, casi la mitad de los que poseían para la operación. Por primera vez desde el 29 de noviembre un convoy completo no pudo conseguir llegar a la ciudad.

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Los cuatro establecimientos que componían la colina de Kfar Etzion significaban un tenaz esfuerzo por restablecer una presencia judía en el país para la defensa de Jerusalén. Los kibutz no cesaron de engrandecerse y nuevos fueron instalados. Acogida con gozo por todos los judíos de Palestina, la votación del reparto sólo fue recibida con discreta alegría por Kfar Etzion, sitio que no había sido incluido en el futuro Estado judío por los cartógrafos. Los árabes se apresuraron a atacar estas tierras y Kfar Etzion al poco tiempo estuvo virtualmente en estado de sitio. En Jerusalén, durante este tiempo, los jefes de la Haganá discutían sobre la suerte de Kfar Etzion. De su decisión dependía el que sus habitantes pudieran o no vivir tranquilos. Kfar Etzion debía ser evacuado y sus fuerzsas replegadas a Jerusalén. Pero en Tel-Aviv, Yigal Yadin, joven que dirigía las operaciones de la Haganá, no era de esta opinión. Rogó entonces a Shaltiel que llenara los camiones de todos los alimentos posibles y organizara un convoy. Al fin así se decidió y animada por las aclamaciones de la multitud la pesada columna salió de Jerusalén y se internó en la campiña. Los colonos les tributaron una acogida triunfal. Desde una ventana del monasterio griego de Mar Elías, el antiguo inspector de policía Kamal Irekat, lugarteniente de Abdel Kader en la zona sur de Jerusalén, vio con satisfacción pasar la columna. La esperaba desde hacía varios días. A todo lo largo del recorrido hasta Hebron apostó a sus árabes y colocó explosivos. No tenía intención de interceptar el convoy durante su trayecto hacia Kfar Etzion, sino sorprenderlo a su regreso, cuando estuviese lo más lejos posible de toda ayuda. A caballo, en carricoches crujientes o en relucientes limusinas americanas o a pie, los árabes de diferentes pueblos estaban impacientes por quemar sus cartuchos. Era una riada tumultuosa, desordenada, incontrolable.
Kfar Etzion anunció por fin la salida del convoy. En vez de los quince minutos prescritos, la escala duró dos horas, exactamente el tiempo que el jefe árabe Kamal Irekat estimó necesario para interceptar su camión de regreso. El rompebarricadas se abrió paso sin problemas hasta la séptima barricada y ahí, bajo un nutrido fuego avanzó para intentar apartar los enormes bloques que obstruían la carretera. Al entrar en acción, un alud de rocas se abatió sobre la carretera y el mastodonte se volcó en la cuneta. Los disparos de los árabes se desencadenaron sobre los vehículos parados. Al poco tiempo del terrífico ataque, ya no le quedaban al convoy judío la menor esperanza de forzar la barrera, los árabes se habían aproximado a menos de trescientos metros de los vehículos caídos en la trampa. Sólo cinco coches blindados y 35 hombres en cinco camiones lograron dar media vuelta. La última esperanza de salvación para los 180 hombres y mujeres que permanecían encerrados en la trampa, era la de poder atrincherarse en la casa abandonada que dio su nombre a la curva: Nebi Daniel. Nadie pudo socorrer a los judíos apresados en el rompebarricadas, tras seis horas de combate las municiones estaban agotadas y los supervivientes yacían exhaustos en el fondo de la cabina. La noticia del desastre se extendió rápidamente por Jerusalén y sumió en la consternación a la población judía. La situación era cada vez más crítica. Los heridos se alineaban en el suelo. Afuera la marea árabe no cesaba de incrementarse acercándose a la casa.
Dos hombres consternados se encontraron en el despacho de David Ben Gurion, quienes habían dado la orden de partir al convoy. Con su líder examinaban las consecuencias del desastre de Kfar Etzion y las pérdidas sufridas. Jamás el horizonte pareció más negro en aquellos últimos días de marzo de 1948. Los árabes estaban a punto de ganar la batalla de las carreteras.

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Un sencillo cuadro estadístico resumía la gravedad de la situación en Jerusalén. La escasez no sólo afectaba a los alimentos sino también al combustible. Como todas las ciudades de Europa durante la guerra Jerusalén descubrió los productos sustitutivos. La situación se hacía tan dramática, que el consejo de seguridad de la ONU acordó reclamar una tregua para Jerusalén. Por su parte la Agencia Judía anunció que aceptaría voluntariamente, siempre y cuando garantizase las vías de acceso a la ciudad. Los comandantes de sector entraron al despacho de Ben Gurion para discutir el cómo encontrar un medio de abrir la carretera de Jerusalén. El viejo líder declaró que la Haganá debía abandonar las técnicas de la guerra secreta y lanzarse esta vez a un terreno descubierto a fin de conquistar un objetivo geográfico preciso. A media noche todos los jefes de la Haganá acompañaron a su líder al cuartel general de la casa roja para poner en marcha la ofensiva. Un poco antes del amanecer, alguien propuso dar nombre a la azarosa operación que habían aceptado emprender. La llamaron «Operación Nachshon» del nombre del hebreo que según la leyenda, afrontó lo desconocido al sumergirse él primero en las olas del mar Rojo. El éxito de la «Operación Nachshon» que debía reabrir la carretera de Jerusalén, suponía la ocupación sistemática de un pasillo a una parte y otra de la carretera. El conjunto de la operación fue encargado a Simón Avidan, jefe de la «Brigada Givati» del «Palmaj». En cuanto a los jóvenes reclutados que constituían la mayoría de las tropas, apenas habían acabado la instrucción.
Los árabes de los pueblos vecinos no mostraron el menor interés por el regalo que acababa de hacerles la RAF: el aeródromo de Beit Darras, evacuado por la aviación británica, sitio herboso y lleno de agujeros. Sin embargo, hacia esa pista abandonada se dirigía una columna de camiones judíos. Apenas llegaron, los hombres se dedicaron a taponar hoyos e instalar todo tipo de servicios incluyendo la torre de control improvisada. Esta pista rápidamente puesta en condiciones, debía contribuir a la salvación de la Jerusalén judía. Al fin las armas conseguidas por Ehud Avriel podrían arriba a su destino final. El pesado DC-4 de la Ocean Trade Airways se inmovilizaba en el extremo de la corta pista de Beit Darras. Llegadas las armas tanto tiempo esperadas se comenzaron los preparativos para una operación decisiva. Se comenzaría la acción de inmediato.

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El plan de la Operación Nachshon preveía dos acciones preliminares. La primera era la ocupación de Castel, el bastión que controlaba la carretera en sus últimos kilómetros antes de Jerusalén; el otro, una maniobra de diversión en la zona de Ramble, destinada a atraer hacia esta zona las fuerzas árabes estacionadas generalmente en la zona de salida de los convoyes judíos. Uzi Narkis, uno de los defensores del convoy de Kfar Etzion, colocó una ametralladora en batería a cada extremo del pueblo. A las doce en punto de la noche se desencadenó el asalto. La pequeña guarnición árabe que protegía Castel no estaba en condicines de resistir un ataque tan organizado. Huyó con toda la población. Por primera vez desde el reparto, un pueblo árabe caía en manos de los judíos. Cuando la noticia de la caída de Castel llegó a Damasco, Abdel Kader llamó a Jerusalén para ordenar que la posición fuese reconquistada inmediatamente. Irekat se lanzó hacia Tzuba, al pie de Castel donde los judíos habían instalado su primera línea defensiva. La lucha comenzó pero los judíos hicieron que los árabes se replegaran y Castel seguiría en sus manos.
Un pestilente hedor a cebollas podridas emanaba el viejo carguero que acababa de atracar en un muelle del puerto de Tel-Aviv. Por estos efluvios, el inspector británico de aduanas autorizó la descarga del «Nora». Al abrigo de toda mirada se quitó la capa de cebollas para alcanzar las cajas que encerraban los millares de fusiles y varias decenas de ametralladoras checas. El mercante tan difícilmente fletado por Ehud Avriel llegaba en un momento providencial. La operación Nachshon empezaría exactamente dentro de 24 horas. Todos recibieron sus armas de inmediato y las fuerzas judías, divididas en tres batallones de 500 hombres alcanzaron finalmente sus posiciones de partida. El ataque se inició el 5 de abril a las nueve de la noche. El inicio de la operación fue un éxito. En cuanto a los víveres, un camión era cargado en cinco minutos y partía para reunirse con la columna al pie de la carretera. El convoy se deslizaba a través de los naranjales. El flamante Ford azul de Harry Jaffe, el jefe responsable de los convoyes rodaba a la cabeza. Salvo algunos franco tiradores que habían escapado de los ataques del Palmaj, no había más fuerzas enemigas en los lindes de la carretera. La noticia de la llega del convoy se extendió a través de Jerusalén como un reguero de pólvora. Pese a lo temprano de la hora, centenares de personas corrieron a reunirse en la parte baja de la avenida de Jafa. Todos esperaban con respeto y gratitud. De pie y triunfante sobre su cargamento de patatas, Iska Shadmi pensaba en todas las veces que había oído decir: «Seremos una nación el día que seamos fuertes».

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Al otro extremo de Jerusalén, en el barrio árabe de Bab El Zahiri, próximo a la puerta de Herodes, Abdel Kader escribía a su mujer: «...el enemigo es fuerte, Wahija, pero nosotros conseguiremos la victoria final»... Motke Gazit y sus soldados judíos tenían en su poder el pueblo de Castel hacía cuatro días. No habían sufrido ningún ataque desde la víspera pero su agotamiento era extremo. La ofensiva de Abdel Kacer comenzó el 7 de abril a las diez de la noche. Participaron aproximadamente 300 hombres. Al cabo de una hora los milicianos lograron apoderarse de algunas casas del pueblo. Sin embargo, la estrategia árabe al poco rato fue vencida por los judíos y por cuarta vez se les escapaba la conquista de Castel. Uzi Narkis, el oficial judío que conquistara el pueblo estaba de regreso. Al explorar los alrededores de la posición a la luz del amanecer, descubrió un cuerpo tendido boca abajo, sobre la pendiente. Narkis se aproximó y dio la vuelta al cadáver. En sus bolsillos encontró un permiso de conducir, un billete de una libra palestina y algunas hojas de libreta cubiertas de notas. Siguiendo con su inspección descubrió, enfundado en el bolsillo izquierdo de la camina, un ejemplar, en miniatura del Corán.
Desde su retirada hasta el término de la noche, Ibrahim Abu Dayieh buscó por todas partes a Abdel Kader. Persuadido de que había regresado a Jerusalén para reclutar nuevas tropas, le envió varios agentes de enlace. Todos regresaron sin haberlo visto. Desde Ramalla a Hebron, un rumor había comenzado a extenderse a través de Judea: Abdel Kader había desaparecido. El estupor petrificó las caras. Salieron todos los fusiles de la Jerusalén árabe. La compañía de autobuses les dio todos sus vehículos hacia Castel. Casi dos mil árabes se reunieron para asaltar el pueblo de Motke Gazit. Los disparos se oían por doquier, esta vez era verdad, la casa del Mujtar acababa de caer. Castel volvía a ser un pueblo árabe.
Sin embargo, un alarido desgarrador invocó esta vez a Alá e hizo callar bruscamente los clamores triunfales. En los peldaños de la casa abandonada por Gazit acababa de descubrirse el cuerpo de Abdel Kader. La maldición borró la victoria y transformó aquella gloriosa batalla en fiesta fúnebre.
El permiso de conducir y el pequeño Corán recogido por Uzi Narkis rebelaron a los judíos la identidad del cadáver hallado en Castel. Isaac Levy, jefe del contraespionaje, decidió explotar bien pronto este hallazgo. A las 17:30 horas la emisión en lengua árabe de la Haganá anunciaba la muerte de Abdel Kader. Pronto cesaron las manifestaciones y un aterrorizado silencio se abatió sobre la ciudad vieja. Emile Ghory comprendía que aquella desaparición significaba el fin del movimiento de resistencia palestina.

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Freddy Fredkens, as de la RAF, fue llamado por la Haganá para una misión especial. Fredkens izó a bordo del avión sus pesadas maletas y se instaló en la cabina y se enfiló hacia el sur. Tenía una cita en Roma. Los pesados paquetes contenidos en sus maletas, dos bombas de 200 libras, estaban destinadas al «Lino», un barco de cabotaje con destino a Beirut, con los diez mil fusiles y los ocho millones de cartuchos del capitán árabe Abdul Aziz Kerin. Sector tras sector el judío rastreó el mar y exploró los menores recovecos de la costa dálmata. Después de tres días de inútil búsqueda, con gran dezasón de su piloto, una tempestad dio con el viejo bombardero en tierra. Gracias a uno de los periódicos de la península, los judíos encontraron la pista del barco árabe. Las averías le habían obligado a buscar refugio en el pequeño puerto italiano de Molfetta, al norte de Bari, donde lo descubrieron los inspectores de la policía romana. Era para los judíos la ocasión inesperada de arreglar su cuenta. Los responsables de la Haganá decidieron hundir el navío in situ. La dirección de la operación fue confiada a Munya Mardor, uno de los agentes más audaces de la organización judía. Mardor hizo llamar a Jossele, el especialista en sabotajes, dos hombres rana, un conductor y un operador de radio. Una primera ojeada los lugares reveló que una intentona por tierra sería imposible a causa de la estrecha vigilancia de que era objeto el «Lino». Sólo una embarcación podría de noche aproximarse lo suficiente al barco, para permitir a los hombres rana colocar su carga explosiva bajo la quilla. La hora fue fijada para la medianoche del 9 al 10 de abril. La operación fue exacta hasta que los hombres ranas colocaron la carga explosiva en el inmenso barco. Terminado ésto, los saboteadores se deslizaron por la carretera de Roma y una formidable explosión enviaba a doce metros por debajo de la superficie del agua a los fusiles de capitán árabe Abdul Aziz Kerin.
Los judíos reconquistaban Castel, mientras la catástrofe del «Lino» redoblaba los esfuerzos de los compradores de armas árabes quienes solicitaban una increíble red de mercados. También los compradores de armas judíos habían conseguido éxitos indiscutibles pese a su impedimento no poder tratar como los árabes, en nombre de un estado independiente. Así, poco a poco la pequeña flota aérea de Ben Gurion se vio enriquecida con las piezas maestras que se iban consiguiendo para los días del enfrentamiento.
Con su viejo «Mauser», el albañil árabe Ahmed Eid llegó a su puesto de guardia en el extremo del pueblo de Deir Yassin. Aunque ninguna amenaza particular pesase sobre este tranquilo lugar, una veintena de habitantes compartían la tarea de vigilarlo. Una noche, se oyeron unos disparos. Unas sombrías siluetas ascendían por la obscuridad de la barranca. La paz de Deir Yassin había muerto para siempre.
Para conseguir la espectacular victoria que necesitaban políticamente, los jefes del «Irgún» y del grupo «Stern» decidieron apoderarse de Deir Yassin. Ciento treinta hombres participaron en la operación. Los jefes terroristas decidieron ordenar a la población árabe que evacuara el pueblo. Pero el vehículo blindado no conseguía hacer oír su altavoz a los habitantes de Deir Yassin ya que acababa de caer en una zanja que interceptaba la carretera del pueblo.

Desde tal distancia, las palabras se perdían en la noche. Una ráfaga de ametralladoras se disparó en dirección de las casas. Era la señal. La operación «Unidad» había comenzado. Todas las casas fueron evacuadas salvajemente. Aniquilando víctimas y volándolas con explosivos o granadas. Después de unas horas, la operación «Unidad» había terminado. Los terroristas del «Irgún» y del grupo «Stern» consiguieron la victoria que buscaban. Deir Yassin les pertenecía.
Mientras a millares, los árabes de Palestina celebraban los grandiosos funerales de Abder Kader, los 254 hombres, mujeres y niños asesinados en Deir Yassin recibían una sepultura menos grandiosa. Los terroristas recibieron al fin la orden de limpiar el pueblo. Transportaron los cuerpos de sus víctimas hasta la cantera de piedra y los amontonaron. Luego pegaron fuego al inmundo osario. Deir Yassin mancharía durante mucho tiempo la conciencia del futuro Estado de Israel. David Ben Gurion incluso dirigió un telegrama personal al rey Abdullah para expresarle su dolor, y el gran rabino de Jerusalén maldijo a todos los que habían participado en el ataque. Esta matanza fue un error fatal, por ella, los propagandistas árabes contribuyeron a montar los decorados de un drama que obsesionaría bien pronto a Oriente Medio: la suerte de los centenares de millares de refugiados palestinos.

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Un convoy de puso en marcha con una autoametralladora a la cabeza. Detrás, una ambulancia enarbolando la estrella de David, la Cruz Roja judía, y luego dos autobuses, otra ambulancia, cuatro camiones y una segunda autoametralladora protegiendo la retaguardia del convoy. Benjamín Adin, el chofer más famoso de la Haganá estaba al volante de unos de los camiones. El autobús y las ambulancias que precedían su camión, transportaban la mercancía más preciosa que un convoy pudo conducir. Un impresionante conjunto de profesores, sabios, investigadores y médicos, procedentes de las más famosas facultades europeas, habían huído de las persecuciones para venir a fundar aquí una red de hospitales, laboratorios y centros de investigación. El mayor era el ultramoderno hospital del Monte Scopus, santuario de la ciencia médica judía y sitio primordial desde el punto de vista militar.
Escondido en la cuneta, con los dedos crispados en el contacto de una mina eléctrica, el cantero árabe Mohamed Neggar contenía el aliento, calculando el instante preciso en que debería desencadenar la explosión. La carretera allí, se convertía en un lugar tan llano y despejado que podía esperarse que se rebajara la vigilancia judía. Cuando el ruido de los motores aumentó, sus dedos se crisparon anticipadamente hasta el «clic» final. Una explosión sacudió el suelo y la autoametralladora desapareció en una nube de hubo. El árabe tuvo un sobresalto, había apretado el contacto un segundo antes de lo previsto y en vez de destruir el vehículo, había abierto un enorme cráter en el asfalto. No habiendo podido detenerse a tiempo, el pesado vehículo cayó en el agujero. Arabes armados acudían de todas partes, y los judíos intentaban mantenerles a distancia disparando por todas las rendijas de la autoametralladora. La operación de socorro se transformó en una pesadilla.
La mitad de Jerusalén asistía a la agonía del convoy sitiado. Pese a las decenas de SOS que les llegaban, los británicos permanecían impasibles. En el interior del vehículo blindado el calor era insoportable. Los judíos vaciaban sus últimos cargadores. La mayoría estaban heridos. Los supervivientes pasaban por encima de los cuerpos para ir a disparar a un lado y otro. Era algo más de las 15:30 cuando el alto mando británico dio, al fin, a las fuerzas que se encontraban en el lugar, la orden de intervenir vigorosamente. Casi seis horas habían transcurrido desde la explosión de la mina del cantero árabe. Por la noche todo había terminado. Un silencio de muerte reinaba en la carretera. Algunos rescoldos humeantes, un pútrido hedor a carne asada y montones de escombros calcinados era todo lo que atestiguaba la tragedia. El autobús donde viajaba tanta gente importante se había convertido en su ataúd, 75 hombres y mujeres llegados a Palestina para curar, no para matar, habían muerto con él.

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La Haganá había logrado reabrir la carretera de Jerusalén y dar muerte al más valeroso general árabe, Abdel Kader, el ejército de voluntarios extranjeros de Fawzi El Kaukji sólo había aportado decepciones y la matanza de Deir Yassin provocaba un éxodo masivo de los árabes de Palestina. Por otra parte, toda la estrategia de los judíos se basaba precisamente en la convicción de que los dirigentes árabes iban a atacar a su Estado a partir del fin del mandato británico. Por su lado, los dirigentes árabes podían aprovechar la oportunidad y tomar la iniciativa diplomática, o bien dedicarse a la guerra, condenando así a los ejércitos de sus Estados a vencer allá donde habían fracasado los guerrilleros de Hadj Amin. Sin embargo, los hombres árabes reunidos conducían a su pueblo al desastre, al persistir en subestimar a sus adversarios judíos. Más ferozmente divididos por sus rivalidades continuaron mandando de manera obstinada en el océano de sus quimeras y de sus intereses particulares.
Al haber rechazado la paz, los árabes debían prepararse para la guerra. Ninguno de sus ejércitos, con excepción de la Legión Árabe del rey Abdullah, había registrado notables progresos en cuatro meses. Los únicos preparativos eran un documento de quince páginas, acompañado por tres cartas. Era un plan de invasión de Palestina que preveía una ofensiva en tres frentes y exigía la intervención de todos los ejércitos árabes regulares y el establecimiento de un mando unificado para coordinar las operaciones. Si todas las fuerzas se comprometían, tendrían grandes probabilidades de triunfar. Pero sólo dos jefes de Estado poseían un verdadero ejército. Uno era el rey Abdullah de Transjordania; el otro, el rey Faruk de Egipto, que se negaba obstinadamente a arriesgar en Palestina la única fuerza militar realmente importante del mundo árabe. Sin embargo, después de sinnúmero de acuerdos y reuniones, Egipto entraría a la guerra.

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La muerte de Abdel Kader trastornó toda la estrategia y la organización árabes en el sector de Jerusalén. Para reemplazar a su sobrino, el Mufti designó a otro miembro de su familia: Jaled Husseini, oficial de policía de cuarenta años de edad. Pero éste no disfrutaba del magnetismo personal ni de la autoridad necesarios para mandar a la multitud de jefes que encuadraban tan dispares tropas. En el momento en que la inminente partida de los ingleses hacía más importante que nunca la reunión de sus fuerzas bajo un mando único, los árabes de Palestina habían vuelto al sistema de bandas aisladas.
Por el lado judío, Emile Ghory, recibió la difícil misión de reagrupar los residuos de las fuerzas de la zona de Bab El Ued. La limpieza de la «Operación Nachshon» y la desaparición de Abdel Kader habían desintegrado el dispositivo permanente para bloquear la carretera de Tel-Aviv a Jerusalén. En las alturas, la matanza de Deir Yassin culminaba los esfuerzos de la Haganá. Los pueblos se vaciaban de habitantes. Ghory decidió modificar la estrategia empleada por Abdel Kader para estrangular a Jerusalén. En lugar de provocar a todo lo largo del recorrido una serie de emboscadas que exigían fuerzas considerables, decidió interceptar la carretera edificando una enorme y única barricada. Aprovechando la confusión del adversario, los judíos enviaron a Jerusalén tres importantes convoyes. Además del cargamento habitual, contenía pollos, huevos, azúcar y matzot, el pan sin levadura para la celebración de Pascua. Shaltiel acababa de enterarse de que los ingleses se preparaban en secreto a evacuar determinadas posiciones estratégicas de Jerusalén antes de la expiración del mandato, probablemente durante los últimos días de abril. Advirtió a Tel-Aviv que esa era una ocasión inesperada de asestar un golpe decisivo. Toda la prosecución de la batalla iba a depender de la importancia de los refuerzos que le fueran enviados para ocupar esas posiciones abandonadas. Las tropas de Issac Rabin se dirigían, pues, a la ciudad antes de haber podido arrasar los pueblos que amenazaban la carretera. David Ben Gurion iba a la cabeza del convoy. La columna se estiraba en más de veinte kilómetros y la mayor partida alcanzó Jerusalén sin incidentes. Sólo los últimos camiones fueron atacados. En Bad El Ued los partisanos árabes colocaban ya los bloques de piedra que interceptarían definitivamente la carretera. De nuevo, la Jerusalén judía estaba sitiada.
A pesar de la diferencia de opiniones entre Shaltiel y Ben Gurion, ese último no toleraría ninguna evacuación de las colonias, si aceptaba la menor retirada, ¿cómo podría forzar a los sitios aislados como El Neguev a comportarse bien ante un avance egipcio? Por otra parte, sus diferencias a propósito de la suerte de Kfar Etzion habían quebrantado la confianza de Ben Gurion en David Shaltiel y de la brigada Harel del Palmaj bajo el mando supremo de Isaac Sade, el fundador del Palmaj. Sade decidió pasar a la acción antes incluso de que los ingleses hubiesen evacuado sus posiciones en la ciudad. Su objetivo era: arrancar inmediatamente de manos de los árabes las zonas vitales de la población. Este plan era de los más clásicos, y otra generación de conquistadores israelitas debían inspirarse en él veinte años más tarde. Sade le dio el nombre que llevaba Jerusalén cuatro mil años antes, cuando sólo era la población de una tribu semita. El único defecto de la «Operación Jebussi» era que reposaba completamente en una incógnita: ¿En qué medida iban a oponerse a ella los ingleses?...

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Para los cien mil judíos de Jerusalén, que celebraban la Pascua, aquella noche del 23 de abril de 1948, el año próximo había llegado. En sus aisladas colinas, que defendían los alrededores de Jerusalén, los habitantes de Kfar Etzion celebraron también con fervor la Pascua. Sin embargo, para muchas familias, una llamada a la puerta iba a perturbar la cena de fiesta. Soldados de la Haganá venían a arrebatarles un padre o un hijo para la próxima defensa de Isaac Sade.
Las tres acciones relámpago de la «Operación Jebussi» que debían dar a los judíos todo un anillo de posiciones estratégicas alrededor de la parte árabe de Jerusalén, comenzaron con un fracaso. El plan inicial tendía a la vez, a conquistar todos los barrios y pueblos árabes que bordeaban la ciudad vieja y a interceptar sus comunicaciones con Belén, Hebron y Egipto. La batalla comenzó al amanecer y fue corta y salvaje. Sade fijó como primer objetivo a sus grupos de asalto el imponente edificio que dominaba el barrio: el Monasterio de San Simeón. La batalla degeneró en un mortífero cuerpo a cuerpo con puñales y bayonetas. Finalmente los árabes debieron replegarse. Sin embargo, no dejaron saborear a los judíos su primer éxito. Una caravana de asnos les llevó morteros y sinnúmero de disparos cayeron sobre el monasterio. Aquí, la situación de los judíos repleto de sus muertos y heridos se hizo terriblemente crítica. Un olor a putrefacción, a pólvora y a quemado llenaba ahora las salas del devastado monasterio. Casi todos los oficiales judíos estaban heridos. Habían perdido la batalla.
La limpieza definitiva de Katamon fue confiada a un inquieto oficial de veinticinco años de edad: Joseph Nevo, quien desplegó a sus hombres en dos avenidas paralelas y se dedicó a rastrear todo el barrio. Al cabo de algunas horas, Nevo controlaba la totalidad de Katamon. Era la primera conquista importante de la Haganá en Jerusalén. La empresa se había llevado tan rápidamente, que la mayoría de los últimos civiles árabes del barrio huyeron con las manos vacías.
Abdullah practicaba ahora varias políticas a la vez. Mantenía relaciones privilegiadas con los ingleses y sostenía contactos con la Agencia Judía. Era además el único jefe de estado árabe que se había resignado al reparto. Los líderes árabes parecían estar realmente convencidos de su superioridad militar. Sin embargo, el rey Abdullah no tenía, de ningún modo, intenciones de poner su legión, para la que tenía proyectos personales, bajo un mando extranjero. Se convino solamente, en que cada país enviase un oficial de enlace a un centro de operaciones instalado en la base de la Legión Arabe de Zeroa, en los alrededores de Amman.
Un alto al fuego impuesto por los ingleses puso fin a la «Operación Jebussi». Isaac Sade devolvió el mando de la Jerusalén judía a David Shaltiel y se marchó. Shaltiel confió la preparación de los ejércitos a Arye Schurr, oficial de policía, quien comenzó por ordenar a los empleados judíos de los diversos servicios esenciales de la ciudad que permaneciesen en sus puestos hasta la llegada de sus tropas. Mientras tanto en la sede de la ONU en Washington, todos los embajadores americanos en el Cercano Oriente habían comunicado que juzgaban inevitable una invasión árabe si el Estado Judío era proclamado a la expiración del mandato británico. Harry Truman convocó a sus consejeros para discutir la cuestión de política extranjera más urgente que se planteaba a su gobierno: el reconocimiento del Estado Judío si era proclamado a pesar de todas las advertencias americanas. Por otra parte, a pesar de su simpatía por los sionistas, Marshall no creía que el Estado Judío pudiera resistir a los árabes, por lo cual aconsejó al Presidente Truman que suspendiera todo reconocimiento oficial hasta que el nuevo Estado no probase al mundo su viabilidad. Truman no podía correr el riesgo de una ruptura con Marshall. Era el hombre de su gobierno que más necesitaba, por ello, le agradeció sus consejos y aceptó su recomendación. Los Estados Unidos no reconocerían, en la actual coyuntura, la creación de un Estado Judío en Palestina.

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En decenas de despachos e instituciones comenzaban los rituales de partida de la administración británica. Después de treinta años de presencia en Tierra Santa. Ya que Gran Bretaña partía, se llevaba consigo los accesorios de su existencia: mapas, archivos oficiales y lo que quedaba en los almacenes militares: cigarrillos, bebida y mermeladas.
Jerusalén parece un gigantesco kibutz sometido a crueles pruebas y desesperadamente hambriento. Sus alimentos y la esperanza de que llegara en convoy de la «Operación Nachshon» se perdían y sólo algunos víveres encerrados en un depósito severamente custodiado, dejaba salir la miserable porción que era distribuida a la población. El pintoresco mercado al aire libre de Mahaneh Yehuda estaba vacío. Los alimentos frescos habían desaparecido por completo. Era cuestión de trueque y de mercado negro. Un huevo costaba veinte aceitunas, y la menor lata de conservas valía cien veces su precio. Algunas familias judías británicas que se marchaban liquidaron sus provisiones, a veces a precios exorbitantes. Igualmente inquietante era la penuria de combustible.
Aún con todo, los habitantes de Jerusalén no habían llegado al límite de sus privaciones. El 7 de mayo, justamente una semana antes de la expiración del Mandato, ni una sola gota de agua fluyó de sus grifos. Los árabes acababan de volar la canalización de Ras El Ain, que abastecía la ciudad. Sólo la previsión de Dv  Joseph y de Zvi Leibowitz, jefe del servicio de aguas, protegería en adelante el desastre a la ciudad. Desde enero, habían llenado todas las cisternas y las reservas se elevaban a 115mil mts. cúbicos, los cuales le permitían subsistir ciento quince días con el racionamiento que se había previsto. Además, una hierba silvestre salvó milagrosamente a la población del hambre: la «Jubeiza», parecida a la espinaca, la cual con las lluvias de primavera había brotado por donde quiera.
En el barrio judío de la ciudad vieja quedaban prisioneros en sus piedras, 1,700 habitantes y 200 soldados conviviendo en un mundo de contrastes donde se mezclaban el crepitar de los disparos y el monocorde recitado de los salmos. Para defender este pequeño lugar, los soldados contaban con un armamento irrisorio: 3 ametralladoras ligeras, 1 mortero de dos pulgadas, 43 metralletas y algunas pistolas. Para paliar esta penuria una maestra llamada Leah Wultz, fundó un pequeño taller donde lograban fabricar un centenar de granadas diarias. Esto les hacía sentir más seguros en cualquier momento de ataques árabes.
Los judíos desfilaban, al fin, sobre una tierra que las suelas extranjeras habían pisado durante siglos. Por primera vez el ejército de las sombras se asomaba a la luz. Gallardos y marciales los hombres y mujeres pasaban en medio de las ovaciones de sus compatriotas. Desafiando abiertamente a la autoridad británica, la Haganá había organizado, en pleno corazón de Jerusalén, el primer desfile de su historia. En el centro de la tribuna, David Shaltiel saludaba sin importarle el estado de su armamento que apenas era satisfactorio. Sin embargo, aquella fuerza judía superaba a la del adversario. Una batalla decisiva comportaba una gran incógnita: el tiempo que transcurriera entre la marcha de los ingleses y la llegada, a las cimas de Jerusalén, de los autocañones color de arena de la Legión Árabe.
Los adversarios árabes de David Shaltiel habían instalado su cuartel general en una escuela de la ciudad vieja que se levantaba en uno de los reductos más legendarios de la ciudad: la enorme fortaleza Antonia, edificada por Herodes para afianzar su poder en el centro de Jerusalén conquistada por sus legiones.
Pero el defecto más grave del mando árabe era la trágica ausencia de verdaderos jefes. Jaled Husseini, sucesor de Abder Kader, sólo suscitaba indiferencia entre sus partisanos. Aún así, la mayoría de los dirigentes árabes eran tan conscientes como los judíos de la necesidad de ocupar las zonas vitales del centro de la aglomeración urbana.
La decisión judía de apoderarse de un determinado número de objetivos antes que los ejércitos árabes regulares, fue lo que arrojó a tantas poblaciones árabes a las carreteras durante las últimas semanas del Mandato Británico.
El éxodo de numerosos cuadros de las clases media y dirigente contribuyó a acelerar los abandonos en todas partes. Pero al igual que sus hermanos de Jerusalén, los árabes del resto de Palestina estaban convencidos de que su ausencia sería temporal, y de que iban a regresar muy pronto tras la estela de los ejércitos árabes victoriosos.

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En las bóvedas del Parlamento Real la atmósfera era lúgubre. A las seis de la tarde había llegado el momento que tanto quiso evitar el Primer Ministro. Con calma y firmeza, Mahmud Nukrachy  Pacha rogó a la asamblea que votara la declaración de guerra al futuro Estado judío de Palestina. En dos horas todo había terminado. Los representantes del pueblo egipcio doblegaron, votaron la guerra y el estado de sitio. Quinientos kilómetros al norte, 800 hombres que acababan de reforzar las huestes de los ejércitos árabes desembarcaron en el puerto libanés de Sidón. Respondiendo a la llamada del Presidente del Consejo, Hjamil Mardam, el Parlamento sirio votó, a su vez, la declaración de guerra al futuro Estado Judío.
Pese al potente equipo con que había dotado a su Legión Árabe, Glubb Pacha no tenía intención de enviarla sobre Tel-Aviv, ya que había analizado muchas veces el aspecto estratégico de la situación. Sabía que desde el Este de Haifa hasta Bersheba al Sur, una larga cadena de colinas obstaculizaba el acceso al corazón de Palestina a todo ejército procedente de la costa. Con todo, se propuso que su ejército montara guardia a lo largo de aquella cadena montañosa, listo para contrarrestar todo intento judío de infiltración. El plan comportaba un solo imponderable: Jerusalén.
A casi 120 km. al Noroeste de Amman, un vehículo se detuvo ante un puesto de control de la Legión Árabe. El centinela entrevió a una gruesa matrona con velo negro, arrellanada en el asiento posterior. A su lado se hallaba un hombre rechoncho. El conductor se inclinó hacia el soldado y murmuró: -Zurbati- no era una contraseña, sino su nombre, el de un irakí kurdo analfabeto que se había convertido en el hombre de confianza del Rey Abdullah. El vehículo continuó el camino de inmediato. Tras su velo, la mujer observaba con terror los carros blindados de la Legión Árabe que se cruzaban con ellos descendiendo hacia el Jordán. La mujer vestida de árabe al llegar a Amman, se levantó y saludó al Rey de Transjordania con un amable «Shalom». Golda Meir arriesgó su vida en aquella noche del 10 de mayo de 1948 para buscar por última vez cerca del soberano beduino el favor que significaba a la vez el Shalom hebreo y el «Salam» árabe: la paz. David Ben Gurion la envió para recoger un bien más preciado que todos los fondos sionistas del mundo: la seguridad de que la Legión Árabe se mantendría fuera del inminente enfrentamiento.
Golda Meir subrayó que el pueblo judío había tenido paciencia durante dos mil años y que la hora de su soberanía había sonado ya y no podía ser diferida por más tiempo. La conversación alcanzó  momentos críticos, pero cuando la entrevista terminó nada quedó en claro y Golda Meir se prometió que iría hasta el infierno para salvar la vida de un solo combatiente judío. Se levantó tristemente consciente de no haber salvado aquella noche ninguna vida.

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Las melancólicas notas de un acordeón flotaban en la noche de Kfar Etzion, lo cual se traducía en el estado de ánimo de los 545 colonos que acechaban, en aquella ocasión del 11 de mayo la oleada final sobre sus infortunadas colinas. Decidida a aniquilar, antes de la salida de los ingleses aquella posición estratégica, la Legión Árabe atacó. Dos pelotones de autocañones abrieron fuego ante el puesto avanzado de los colonos, un pequeño monasterio ortodoxo ruso abandonado, al borde de la carretera de Jerusalén. Esos últimos días y noches, como los topos, los habitantes de Kfar Etzion cavaron nuevas trincheras y reforzaron sus posiciones contra aquel peligro de artillería. En medio de la batalla hubo una tregua, pero muy breve, la Legión Árabe atacó de nuevo a las cuatro de la madrugada del miércoles 12 de mayo. Comenzaba la última batalla de Kfar Etzion. Los árabes conquistaron el monasterio, y terminando esta misión, se lanzaron hacia otro punto de apoyo que les obstruía el camino del llamado «Árbol Solitario». Con toda rudeza avanzaron hasta que el capitán Muhair alcanzó los objetivos de su plan. A las diez horas treinta minutos, había dividido Kfar Etzion en cuatro islotes. Sólo le restaba aniquilarlos uno a uno.
En el pequeño despacho de su casa de Tel-Aviv, David Ben Gurion se aprestaba a dirigirse a la reunión más importante en la que jamás hubiera participado. Dentro de algunas horas, los miembros del «Consejo Nacional de los Trece», el organismo que había sido creado para reemplazar a la «Agencia Judía» y construir un gobierno provisional, iban a proclamar o a aplazar el nacimiento del Estado Judío.
Sobre la mesa de despacho de Ben Gurion, dos carpetas contenían los únicos motivos para creer en la victoria, y quizá los principales argumentos que convencerían a sus compañeros para proclamar el Estado. En tales carpetas figuraba, la lista de armamentos comprados en el extranjero por Ehud Avriel y Yehuda Arazi. En alguna parte el primer cargamento aguardaba en los límites de las aguas territoriales de Palestina conteniendo las bodegas del barco llamado «Borea». Ben Gurion tomó los documentos de los que iba a depender el nacimiento o el aborto del Estado Judío, y se puso en camino para su reunión en la sede del «Fondo Nacional Judío» en Tel-Aviv.
Al fin, David Ben Gurion penetró en la sala y examinó atentamente a los nueve hombres que ahí se encontraban. La expresión de incertidumbre e incluso de angustia de la mayoría de las caras, era de mal augurio para la votación que se avecinaba. Un momento después, lentamente, se puso a leer los informes que contenían sus carpetas, deteniéndose en cada cifra para acentuar su efecto. Tal como Ben Gurion esperaba, aquellas cifras relajaron a la asamblea. Incluso vio renacer un aire de confianza en algunos semblantes. -Si estas armas- continuó -hubiera podido encontrarse en Palestina, la situación habría sido menos angustiosa. Pero con todo, ¡me atrevo a creer en la victoria! -gritó- ¡triunfaremos!-.
Transfigurados por el magnetismo de su jefe, los líderes de la nación judía guardaban silencio. Ben Gurion pidió una votación. La cuestión era saber su convenía aceptar o rechazar el llamamiento a favor de una tregua y del aplazamiento de la proclamación del Estado. Una votación contra la tregua significaría la proclamación del Estado. Después de la votación, las fronteras serían las que resultarían del próximo conflicto. Luego la asamblea decidió dar un nombre al nuevo país. Fueron pronunciados los nombres de Sión e Israel. Lo decidió una votación. El Estado judío se llamaría Israel, y su denominación oficial sería la de «Estado de Israel». La ceremonia del nacimiento de una nueva nación judía debería comenzar a las 16 horas en punto del viernes 14 de Mayo de 1948, quinto día del mes de Iyar, en el año 5708 del calendario judío.

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La administración civil británica cesaría en sus funciones en Jerusalén el día 15 de mayo, pero una gran parte del ejército inglés permanecería todavía una semana como mínimo en la ciudad.
Desde el tejado de la casa roja, cuartel general de la Haganá, dos hombres seguían ansiosamente con los prismáticos, la progresión del pequeño mercante que maniobraba en el mar en dirección al puerto de Tel-Aviv. Se trataba del «Borea», el cual había prometido Ben Gurion a sus colegas, que debía traer pronto, las armas destinadas a salvaguardar el Estado Judío. Los cinco cañones y los 40.000 obuses que contenían sus bodegas eran esperados de tal forma, que el Estado Mayor corrió un riesgo: hizo entrar al barco en el puerto 48 horas antes del fin del mandato. A su llegada, inspectores de aduanas británicos subieron a bordo del navío y exigieron su inspección, la cual a pesar de haber encontrado sólo legumbres, no satisfizo su curiosidad. El barco fue enviado con dirección a Haifa para su revisión minuciosa. Los jefes de la Haganá vieron con desesperación como este tesoro se alejaba por el horizonte.
Con los ojos de llenos de sueño por la guardia y los miembros entumecidos por la fatiga, otro grupo de soldados de la Haganá vio llegar las armas que pronto iban a abalanzarse al asalto de sus defensas. La lenta aproximación de los carros blindados de Abdullah Tell aniquilaba la última esperanza de los 150 supervivientes del kibutz central del Kfar Etzion. Los judíos se batieron con una increíble bravura pero no lograron nada, sino que tuvieron que evacuar el lugar. Acababa de caer el último reducto que protegía el acceso al kibutz. A los gritos vengadores de «Deir Yassin», los partisanos acudieron por centenares. Los judíos levantaron los brazos. Todo estaba perdido.
Para los británicos que hacían sus equipajes antes de su marcha, terminaba al fin la guerra. Cada inglés dejaba la tierra palestina despidiéndose a su manera. En su pequeño despacho, Ben Gurion velaba. Ante él se encontraba el texto que dentro de escasas horas, iba a anunciar al mundo que la sede del poder vacante por Sir Alan Cunningham y la nación que representaba, había sido ocupada por una nueva autoridad. Era el
borrador de la proclamación del Estado Judío».

Continuará...

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