Oh, Jerusalén P.II - Intelecto Hebreo

Son las:
31/03/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Oh, Jerusalén P.II

Condensados

De: Dominique Lapierre y Larry Collins

Combatir una semana y estudiar la siguiente era una idea que se consideraría más adelante. Estaban cogidos en una trampa en una de las operaciones más expuestas de Palestina, defendida en todo y para todo, por unos 50 hombres de la Haganá, 50 del Irgún y del grupo Stern y tres equipos de muchachas cuyo papel iba a ser esencial durante los meses venideros.

              __________


Cada vez que todos duermen, no saben si despertarán al día siguiente. Nadie viene a la ciudad ni abandona su barrio si no es en caso de urgencia. En la parte judía, el abastecimiento se hace día con día más difícil y la escasez de combustible es apremiante. Una especie de parálisis se apoderaba poco a poco de toda la administración británica. El correo ya casi no era distribuido. Las comunicaciones telegráficas eran caóticas y la demora para las comunicaciones telefónicas internacionales se prolongaba durante horas e incluso días. ¡Es necesario que la vida de los judíos se convierta en un infierno! esta amenaza, proferida por el responsable del alto comité árabe de Jerusalén, resumía las intenciones de los partisanos del Mufti. Pero la presencia de las fuerzas británicas en la ciudad impedía aún, tanto a los árabes como a los judíos, la captura y ocupación de objetivos enemigos.
En aquel invierno de 1948, la clave de Jerusalén no se encontraba en la conquista de algunas casas o de un barrio aislado. Desde hacía una semana, un pastor árabe, que en realidad era Harun Ben Jazzi, jefe árabe perteneciente a la tribu beduina de los Howeitat, acechaba la carretera que subía hacia Jerusalén a través de las colinas. La lucha por esta carretera, iba, en adelante, a entrar en una nueva fase, la que predijo Abdel Kader al anunciar: «Estrangularemos a Jerusalén». Utilizando las informaciones de Ben Jazzi, Abder Kader pasó a la acción y él mismo dirigió el primer ataque. Con su keffie flotando tras él, enarbolando su fusil y lanzando gritos de guerra, se precipitó hacia la columna de camiones judíos. Improvisaba al principio, la técnica de estos asaltos se perfeccionó posteriormente.



La ofensiva árabe suscitó pocas reacciones entre los británicos, y la conducción de los convoyes a Jerusalén se convertía para los judíos en una aventura cada día más arriesgada, más brutal, más desesperada, pero la supervivencia de cien mil judíos dependía de los 30 camiones diarios de alimentos, 30 camiones que la Haganá debía, costase lo que costase, arrancar de las garras de Abdel Kader y llevar hasta Jerusalén. Atiborrados de sacos de harina, de azúcar, de arroz y de municiones escondidas, los camiones se deslizaban como grandes escarabajos. Por término medio se precisaban tres horas para recorrer los 24 kilómetros del trayecto Bab el Ued y Jerusalén. Los transportes no dejaron de sufrir espantosas emboscadas tras emboscadas, por lo que este trayecto pronto se convirtió en un cementerio de vehículos calcinados. Abdel Kacer estaba a punto de ver cumplido su juramento. Jerusalén estaba casi estrangulada. Con todo este panorama enfrente, la Agencia Judía encargó a su consejero jurídico, un taciturno hombre de leyes llamado Dov Joseph que preparase a la población para estos enfrentamientos. En primer lugar se ocupó de la organización del abastecimiento y procedió a un riguroso inventario de las reservas alimenticias de los depósitos municipales y almacenes privados. Con ayuda de dos especialistas en nutrición, Joseph determinó la ración alimenticia justa para permitir a los habitantes no morir de hambre. Pero un azote aún peor que el hambre amenazaba a Jerusalén: sus habitantes corrían el peligro de morir de sed.
A diez mil kilómetros de allí, otros hombres discutían también los problemas de Jerusalén. Se encontraban desde hacía días en las salas de reunión de la Organización de las Naciones Unidas, y no lograban ponerse de acuerdo sobre una simple cuestión de calendario. Mientras Dov Joseph decidía el destino de las mujeres y niños de su ciudad, otro problema se planteaba en Nueva York a los miembros de la ONU. Llegaron a un conclusión: si debían honrar con un día festivo las solemnidades de todas las religiones presentes en Jerusalén, el año no tendría bastantes días. Esta preocupación ilustraba la futilidad en la que se hundían los trabajos de la ONU relativos a la internacionalización de Jerusalén. Esta carta iba a dar nacimiento a la primera ciudad internacional del mundo y en la cual se ampliaban sus límites geográficos para incluir Belén y otras tres ciudades árabes, lo cual equilibraba la importancia numérica de las dos comunidades. El país debía ser dividido en tres sectores. Uno sería asignado a los árabes, otro a los judíos y el último, constituido por el núcleo histórico de la ciudad vieja en sus murallas, al mundo entero.
Los árabes consideraban este informe como una simple cláusula de un plan de reparto que ellos rechazaban en bloque permaneciendo irreductiblemente opuestos a la internacionalización. En cambio la posición judía se había modificado. Opuesta en principio a la internacionalización, la Agencia Judía, luchaba ahora activamente en su favor.

__________




Ocultos en garajes, graneros o apartamentos transformados apresuradamente en laboratorios de emergencia algunos habitantes de Jerusalén trabajaban aquel invierno en la producción de armas improvisadas para la defensa de su ciudad. Otras instalaciones cerca de Hadera producían obuses de mortero ligero. Un taller de embalaje de una plantación de naranjas en la zona de Haifa se utilizó para empaquetar 50 mil granadas. Por doquier, pero sobre todo en Jerusalén, la Haganá enriquecía su arsenal comprando armas a sus enemigos y los hacían llegar ocultos en camiones de zanahorias o coliflores. Algunas incursiones, cuidadosamente preparadas, a los depósitos de armas británicos, vinieron a completar los aprovisionamientos. Para los árabes de Jerusalén, los ingleses constituyeron también una magnífica fuente de aprovisionamiento.
Los dirigentes de la Agencia Judía en Tel-Aviv tenían grandes dificultades económicas. Una tarde de enero fueron convocados para oír un informe de su tesorero, Eliezer Kaplan, quien acababa de regresar con las manos casi vacías de un viaje por los E.U. donde había ido a recolectar fondos. La comunidad judía americana, que durante tanto tiempo había sido el principal sostén financiero del movimiento sionista, comenzaba a cansarse de las incesantes llamadas de sus hermanos de Palestina. Ante la disyuntiva de conseguir el dinero o dejarse morir, Golda Meir se ofreció para ir a los E.U. y reunir el dinero que se necesitaba y que ascendía a cincuenta millones de dólares. Ante esta proposición, el rostro de Ben Gurion se tiñó de púrpura y dijo: -La cuestión es vital, soy yo quien debe ir con Kaplan.
Apoyada por sus colegas, Golda Meir propuso que se sometiese a votación. Dos días más tarde, con un ligero vestido como única ropa y una bolsa como equipaje, Golda Meir desembarcaba en Nueva York en medio de un frío polar. Llegada a los E.U. para buscar decenas de millones sólo llevaba un billete de diez dólares. Dos días después, trémula de emoción sobre el estrado de un gran hotel de Chicago, Golda Meir se encontró frente a la elite de los grandes financieros de la comunidad judía americana. Dirigentes del Consejo de Federaciones Judías habían llegado de 48 estados para examinar el programa de ayuda económica y social destinado a los judíos necesitados de Europa y América. Su reunión y su presencia eran una pura coincidencia. Frente a todo este aparato, la mensajera de Jerusalén tomó entonces la palabra:  -No he venido a los E.U. con la única intención de impedir que setecientos mil judíos sean barridos de la superficie del globo, sino a hacerle ver a los judíos de América que se necesitan armas y carros blindados para enfrentar la lucha y eso necesita dinero, de 25 a 30 millones de dólares por lo menos. -Amigos míos-, vivimos en un presente muy breve. Cuando digo que tenemos necesidad de esta suma, no me refiero al mes que viene o dentro de dos meses. ¡Es ahora! no os toca decidir si debemos o no proseguir el combate. Nos batiremos. Jamás la comunidad judía de Palestina izará la bandera blanca ante el gran Mufti de Jerusalén. Os toca decidir quien alcanzará la victoria: nosotros o el Mufti.
Agotada Golda Meir se dejó caer sobre su silla. Un profundo silencio se abatió sobre el auditorio, y por un instante creyó que había fracasado. Después, la asistencia se levantó por completo y prorrumpió en un torrente de aplausos. Llegada con diez dólares, Golda Meir partía de los E.U. con 50 millones de dólares. Esta suma representaba más de diez veces la que esperaba obtener Kaplan y dos veces más la que Ben Gurion se había fijado como objetivo. El día en que se escriba la historia, dijo Ben Gurion, se dirá que fue una judía la que permitió al Estado Judío ver su día.

__________


Ben Gurion decidió montar una verdadera organización de compras con sus redes de expertos y su sistema de enlace. Los dólares de Golda Meir eran en principio enviados a un banco ginebrino para incrementarse con el cambio de la moneda y por ello Avriel pudo añadir algunos fusiles en cada uno de sus pedidos. Sin embargo, comprar armas era una cosa, encontrar un barco dispuesto a forzar el bloqueo británico para transportarlas hasta Palestina era otra. La mayor parte de los seguros marítimos estaban suscritos en Londres, y raras eran las compañías dispuestas a cubrir las de los barcos con destino a Haifa. Ben Gurion mostrada cada día más impaciencia a este respecto. Bombardeaba a sus representantes con furiosos telegramas pidiendo que al menos, fuesen enviadas urgentemente algunas armas. Ello no era empresa fácil. Xiel Federman, el Papá Noel de la Haganá pudo, finalmente fletar un carguero canadiense, el «Isgo», con Estambul como destino. Por su parte, Ehud Avriel buscó durante tres meses un buque dispuesto a embarcar parte de sus compras. Acabó por descubrir un barco de cabotaje el «Nora», en el puerto yugoslavo de Rijeka.
Ahora David Ben Gurion se preguntaba: ¿Cómo crear una aviación clandestina en un país ocupado? La respuesta se la proporcionó uno de sus vecinos, Aarón Remez, quien en misiones de apoyo en ocasión de los desembarcos de Normandía, de escolta durante los vuelos de bombardeo sobre Alemania y de ataque contra las bases, voló durante cuatro años en la RAF. Remez proponía crear, en la misma Palestina, una unidad de transporte aéreo, la Haganá Air Service. Pero no fue en Palestina sino en Washington, donde esta naciente organización dio un paso decisivo. Mientras tanto, en Jerusalén, la Haganá preparó una especie de pista en la pendiente de un barranco para aterrizar y despegar. Para los judíos de Jerusalén, el incesante ballet de aquellos pequeños aviones se convirtió en un elemento rutinario de su existencia cotidiana.



Continuará...




Dinero y Armas.- Invierno de 1948.

Kasr El Nil, la gran avenida en El Cairo, estaba aquella tarde llena de gente que había ido a contemplar las ventanas iluminadas del Palacio de Kaman Adin Husseini, la sede del ministro egipcio de asuntos exteriores. Ahí, los jefes de gobierno o de la diplomacia de siete países árabes discutían en medio de una nube de tabaco oriental. Siete de aquellos hombres representaban a las siete naciones de la Liga Árabe: Egipto, Irak, Araba Saudi, Siria, Yemen, Líbano y Transjordania. El octavo era el secretario general de su organización. La lengua, el pasado y la religión los unían con lazos más aparentes que reales. La política los dividía. Siria y Líbano eran repúblicas parlamentarias de tipo francés. Arabia Saudi, Yemen y Transjordania vivían en las estructuras tribales de los reinos feudales. Egipto e Irak eran monarquías constitucionales de estilo vagamente británico. Un tejido de rivalidades internas roía a la mayoría de estos regímenes. No obstante, el asunto de Palestina predominaría en lo sucesivo sobre los demás problemas.
Entre las resoluciones de la Liga Árabe, estaba la resolución de impedir la creación de un Estado Judío y de proteger la integridad de Palestina como Estado Árabe único e independiente. Se proponía además confiar al general iraquí Ismail Safuat, veterano de la campaña de los Dardanelos, la responsabilidad de preparar un plan para la intervención coordinada de los ejércitos árabes regulares en Palestina.
Ben Gurion había reunido a los jefes de la Haganá pues estaba convencido de que los judíos de Palestina iban a afrontar durante los meses venideros su mayor prueba. Jerusalén era el talón de Aquiles ya que si los árabes la estrangulaban, acabaría con los judíos y el Estado estaría muerto antes de nacer. Aún así Ben Gurion era un visionario solitario quien encontraba en tan grandes amenazas una fuente de esperanza.
Más allá de Jerusalén y del Jordán se encontraba el rey Abdullah, único dirigente árabe que había mantenido contactos reales con los judíos de Palestina durante los últimos diez años. Este soberano solía visitar a los judíos para solicitar de ellos consejos y asistencia técnica. Para sus colegas, los jefes de la Liga Árabe que discutían en El Cairo mostraba el más profundo desdén. La vida de este endeble soberano era una cadena de frustraciones. Su familia expulsada de Arabia por razones políticas tuvo años crueles, y Abdullah lleno de ambiciones quería vengar las humillaciones recibidas y reinar sobre un dominio digno de sus orígenes. La repartición de Palestina iba, quizás a ofrecerle la suerte que le había sido negada durante un cuarto de siglo, pudiendo así convertirse en el jefe poderoso que tanto había soñado. Fue así como Abdullah comenzó a poner sobre Jerusalén una atención muy particular.
Durante las dos semanas que habían seguido al reparto, habían muerto 93 árabes, 84 judíos y 7 ingleses. Esto anunciaba la futura hecatombe. Con fecha 6 de diciembre de 1947, un mensaje muy secreto procedente del ejército británico llegaba a la hora en que en todas las mezquitas de Palestina, los fieles se descalzaban para la oración del alba. «Abu Mussa ha vuelto». Ningún árabe de Palestina ni aún su tío Husseini, suscitaba tanta admiración como aquel hombre. El Mufti le había enviado a Palestina para tomar el mando de sus combatientes de la Guerra Santa. Este era un hombre de temple físico excepcional. En Irak alrededor del año 1938, había participado en el levantamiento contra los ingleses, lo que le valió cuatro años en prisión. Su presencia hoy en Beit Surif era ilegal, ya que había permanecido desterrado de Palestina por las autoridades británicas. Hoy, tras nueve años de ausencia, volvía para dirigir el combate contra un nuevo adversario.
Abdel Kader tranquila y metódicamente comenzó a exponer sus concepciones estratégicas. Sabía que los cien mil judíos de Jerusalén representaban el objetivo más vulnerable de Palestina. Cuando sus hombres y sus armas estuvieran listos, estrangularían a Jerusalén.

__________


La noche triunfal del reparto no era más que un recuerdo. A lo largo de la calle Ben Yehuda, en Jerusalén, las banderas azules pendían de las farolas como las cintas de viejas coronas mortuorias. Sin embargo, durante el día, la vida de la ciudad discurría relativamente tranquila en aquel principio de diciembre. Las muchedumbres habituales llenaban las calles comerciales del corazón de Jerusalén. Las aceras estaban llenas de una abigarrada multitud: alumnos de las escuelas talmudistas de Mea Shearim, judíos ortodoxos con camisa blanca, tocados con kipás y solideos prendidos con alfileres a los cabellos.
Pero los árabes que apenas daban una nota de colorido suplementario estarían, en adelante, ausentes. Los pequeños limpiabotas alineados a cada lado del cinematógrafo «Sión», los vendedores ambulantes de té y café agitando las campanillas de sus centelleantes samobares de cueros sujetos a sus hombros; los sudaneses tostando sus cacahuates sobre pequeños braceros incandescentes al borde de las aceras, todos, todos habían desaparecido. Como medida de seguridad propia y por obediencia a las instrucciones del Mufti, esos árabes habían decidido evitar en adelante barrios judíos de Jerusalén, cortando así uno de los últimos lazos que unían las diferentes comunidades de la ciudad.
Aún así, el 15 de diciembre, los árabes ofrecieron una demostración del poder que tenían para estrangular a la ciudad. Volaron las canalizaciones de agua que abastecían a la población. El cementerio, último lugar donde los árabes y los judíos descansaban en armonía, no tardó en ser perturbado a su vez. Al atardecer, las calles se vaciaban rápidamente. Se había iniciado la batalla por las carreteras. Bajo el impulso de los acontecimientos, el instinto que había empujado a los árabes y a los judíos de la ciudad vieja los unos hacia los otros, iba ahora a separarlos. Los amigos dejaron de hablarse.
En Jerusalén, como en toda Palestina, la estrategia de la Haganá había sido fijada por David Ben Gurion. Era sencilla: lo que tenían los judíos debía ser conservado. Para ello, en primer lugar se lanzó una campaña de intimidación, en la cual los hombres se deslizaban por la noche en las zonas elegidas, y llenaban las puertas y las paredes de las casas árabes con carteles amenazadores. Las maniobras tuvieron éxito relativo, ya que casi en el mismo momento, los guerrilleros de Abdel Kader Husseini pasaron a la acción. También ellos intentaron, al principio intimidar. Más adelante, una muchedumbre de recién llegados se distribuyó también por la ciudad árabe, partisanos del Mufti reclutados en los campos, voluntarios de Irak, de Siria y de Transjordania. Una fría mañana de diciembre, algunos de estos hombres tomaron el camino del Monte de los Olivos, se detuvieron al borde de una fosa recién cavada y descendieron lentamente un cuerpo a la tierra. Caído en la defensa de la ciudad vieja, era la primera víctima del nuevo combate del pueblo judío por Jerusalén.
Conscientes de su inferioridad numérica, los judíos sabían que no eran las tácticas primitivas del terrorismo las que iban a salvarlos. Mucho antes de que el «Irgún» arrojara su primera bomba a una multitud árabe, la Haganá había decidido movilizar los múltiples recursos de la comunidad judía al servicio de las sutiles tareas de la guerra de información. Así fue como en un sótano severamente custodiado del edificio de la Agencia Judía, Isaac Navon daba forma a lo que se convertiría en la más preciosa de todas las fuentes de información. Las dos habitaciones que ocupaba estaban unidas mediante un cable especial a la central telefónica de Jerusalén. El emisor de la Haganá estaba disimulado en un apartamento particular. Para burlar la detección británica, este último se hallaba situado en un barrio de electricidad. La corriente era suministrada por un cable pasado de casa en casa desde un hospital. Para no llamar la atención sobre su destino, la Haganá había pedido discretamente a todas las amas de casa del barrio, que colgaran su colada del cable.

__________




Envuelta en un manto de nieve, Jerusalén se preparaba para celebrar la Navidad más incierta de su historia. Raramente la paz había parecido más lejana y los hombres de buena voluntad tampoco numerosos como en esta Jerusalén de 1947. Árabes y judíos rivalizaban en ferocidad mutua para alimentar estas estadísticas: Gherson Avner, el joven funcionario que comunicó a Ben Gurion la noticia del reparto, vio matar ante sus ojos a dos soldados británicos en una calle de Jerusalén judía llena de gente. Fuera a las puertas de la ciudad, sobre la misma carretera de Belén, los tiradores árabes tendieron una emboscada a un convoy judío, matando a diez viajeros y mutilando a continuación sus cuerpos.
A 4000 km. cerca del puerto de Amberes, un hombrecillo sonriente vestido con impermeable negro, descendió de un Buick de alquiler, con los brazos cargados de botellas y un gran paquete. Haciendo un ademán con la cabeza, el judío Xiel Federman indicó al solitario guardián del establecimiento que el regalo era para él. En la mañana de aquel 25 de diciembre, Federman estaba a punto de convertirse en el Papa Noel de la Haganá. Ante él se extendía el más fantástico almacén de saldos existente en el mundo en ese año. Distribuida en más de una docena de depósitos se encontraba una cantidad de pertrechos de guerra suficientes para todo un ejército. Federman era una excepción en la comunidad judía de Palestina. Rico ya a los 23 años, mejor que una simple contribución financiera, puso su genio comercial al servicio del ejército judío clandestino. Mientras Ehud Avriel había ido a Europa a comprar las armas y municiones, Federman fue encargado de adquirir el resto del equipo y del material necesario para poner inmediatamente en pie de guerra a un ejército de 16,000 hombres. Federman contemplaba con orgullo la inmensidad de las riquezas almacenadas ante él: eran los capazos del ejército americano de que se servían los soldados para llevar las cargas pesadas. Estos capazos un día salvarían a Jerusalén del hambre.

__________




Los árabes habían tomado la costumbre de dejar pasar a las patrullas y convoyes británicos y reservar sus tiros para los vehículos judíos. En nombre de la Agencia Judía, Golda Meir pidió a los ingleses escoltas de policía para los convoyes judíos arguyendo el hecho de que después de todo, Gran Bretaña era responsable de la seguridad en las carreteras. Los ingleses aceptaron con la condición del derecho de fiscalizar el contenido de todos los camiones, a fin de impedir que la Haganá introdujese hombres y armas en Jerusalén. Finalmente Golda Meir arrancó a Sir Henry Gurney, Secretario General del gobierno, un acuerdo que ponía fin a los registros.
El año que empezaba, prometía ser, para los habitantes de Jerusalén, uno de los más turbulentos de los tiempos modernos. Para numerosos habitantes, estos primeros días estuvieron marcados por un brusco desarraigo y una dolorosa ruptura de sus lazos con el pasado. Donde la situación se deterioró más rápidamente fue en el barrio de las Villas Burguesas de Katamon. El mando árabe no se preocupaba menos que la Haganá por la suerte del barrio. Un día después de que los judíos volaron ocho casas, el comité local de defensa comenzó a organizar una milicia encargada de proteger el sector.
Retumbando por encima de las colinas, una alfombra de nubes tormentosas de color plomo envolvía el cielo de Jerusalén y prometía una furiosa tempestad. El Hotel Semiramis, donde se hospedaba la familia Abussuan y el diplomático español Manuel Allende Salazar, había de ser atacado. Los vigilantes árabes nunca se imaginaron que con esa lluvia los judíos podrían realizar algún ataque, por lo que algunos de ellos abandonaron sus guardias. Horas más tarde, 36 personas hallaron la muerte en la explosión del Hotel Semiramis.
Como resultado, ya no habría más autobús número 2 y el transporte de hombres y vituallas hacia el barrio judío de la ciudad vieja estaba interrumpido. Desde la noche del día primero del año, los árabes les habían cerrado el paso elevando una enorme barricada en la puerta de Jafa. La Agencia Judía protestó día tras día cerca de las autoridades británicas, a las que sólo les hubiera bastado una orden para que la barricada fuese retirada. Eran duras condiciones, contrarias a todos los principios que la Agencia Judía se esforzaba por salvaguardar en sus negociaciones con los ingleses. Pero la situación se hacía desesperada. Para los defensores de alguna de las áreas más sangradas que poseía el pueblo judío, aquellas jornadas fueron un cruel retorno a la realidad.


Regreso al contenido | Regreso al menu principal