Oh, Jerusalén P.I - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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Oh, Jerusalén P.I

Condensados

LIBRO CONDENSADO
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PREFACIO

Aquella tarde de mayo de 1948 el lamento de las gaitas se extendió por última vez en el laberinto de viejas callejuelas. Anunciaba la salida de los soldados británicos que habían ocupado la vieja ciudad de Jerusalén. En las ventanas o en los umbrales de las sinagogas y escuelas religiosas de la calle de los  judíos, los viejos de luengas barbas contemplaban el desfile. Durante tres mil años, sus antepasados habían visto partir a muchos otros ocupantes. Hoy les tocaba el turno a los militares británicos de abandonar las murallas después de un triste reinado de treinta años. Era el 14 de mayo, los ingleses abandonando Palestina, los judíos proclamando el Estado de Israel y los árabes en pie de guerra. Un conflicto iba a abrasar la Tierra Santa para no apagarse ya. Este libro relata su Génesis...

PRIMERA PARTE

Un reparto en Tierra Santa.- 29 de Noviembre de 1947.

Un voto del Parlamento de los hombres fue lo que hizo inevitable el conflicto. El 29 de noviembre de 1947, un frío sábado, seis meses antes que cayeran los primeros obuses de la guerra sobre los tejados de Jerusalén, los representantes de 56 países miembros de la nueva Organización de las Naciones Unidas, estaban reunidos en las afueras de Nueva York. Bajo la cúpula de un antiguo patinadero, debían fijar la suerte de una faja de tierra situada en la margen oriental del Mediterráneo, dos veces menos extensa que Dinamarca y cinco veces menos poblada que Bélgica, centro del universo para los cartógrafos de la antigüedad y destino, en el alba del mundo, de todos los caminos del hombre: Palestina.
Se propuso a la asamblea internacional dividir Palestina en dos estados distintos: árabe y judío. Pero trazado con el lápiz de la desesperación, el mapa de aquella repartición era una mezcla de compromisos soportables y de monstruosidades inaceptables: el 57% de Palestina era atribuido a los judíos, mientras que la mayor parte del territorio del futuro Estado Judío y casi la mitad de su población eran árabes. El plan, retiraba a los judíos y a los árabes el control de Jerusalén, alta cima alrededor de la cual gravitaba desde la antigüedad toda la vida política, económica y religiosa de Palestina. Situada bajo la tutela de la ONU en virtud de su vocación de lugar santo y de los intereses materiales que innumerables naciones poseían en ella, Jerusalén se convertiría en territorio internacional, donde no tenían derecho a instalar su capital ni árabes ni judíos.
Durante treinta años, casi día a día, antes de la histórica reunión de las Naciones Unidas, Gran Bretaña había ofrecido a los judíos la primera ocasión verdadera de realizar el sueño de: un hogar en Palestina. Y todo por una simple carta, de 117 palabras que Lord Arthur James Balfour Ministro de Asuntos Exteriores dirigió el 2 de noviembre de 1917 a Lord Walter Rothschild, jefe de la rama inglesa de la gran familia de banqueros: «El gobierno de su Majestad, -decía- ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío...»
En aquel otoño de 1947, los derechos históricos invocados y la promesa de Lord Balfour tenían menos peso que las necesidades del momento. El mundo acababa de descubrir, con horror, que 6 millones de judíos habían sido exterminados en las cámaras de gas de la Alemania nazi. Millares de niños que ningún país quería, erraban por los caminos, el drama de Exodus, el barco en el que 4,554 supervivientes de los campos de concentración habían encontrado nuevos carceleros, acababa de subrayar hasta que punto era urgente asegurar un abrigo a los parias de toda Europa. Por otra parte, los Estados Unidos se mostraban los más activos en promover la repartición. Sensibles a las presiones electorales de la comunidad judía más importante e influyente del mundo. Numerosos políticos americanos, desarrollaban una ferviente campaña en pro de una inmigración sin restricción a Palestina y la creación de un Estado Judío.
Llegó el instante crucial. Invitados a pronunciarse públicamente desde su asiento, los delegados esperaron en silencio que el Presidente sacara, por sorteo, el país que sería llamado a votar primero. Cuando fue anunciado el nombre de Guatemala, hubo un instante de agitación. Luego, de nuevo, el silencio. Delegados, espectadores y periodistas, todos parecían conceder a aquel voto la misma consideración. El representante de Guatemala se levantó. Antes de que tomara la palabra, una voz penetrante partió de la galería del público, lanzando en hebreo un grito casi tan viejo como el tiempo y el sufrimiento de los hombres: «¡ANNA HASHEM HOSIA-NA!» (¡Oh, Dios, Sálvanos!).

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Suspendido en el cielo de otoño, el gigantesco disco lunar iluminaba la maraña de cúpulas, minaretes, campanarios, bóvedas y viejas murallas almenadas. A 9000 kms. del patinadero donde algunos diplomáticos iban a determinar el futuro de una tierra cuyo corazón era, la ciudad sangrada de Jerusalén, esperaba conocer la nueva orientación de su destino. En las casas, en los cafés, en los tenduchos, todo el pueblo de Jerusalén, árabe y judío, estaba congregado alrededor de los aparatos de radio para seguir en una misma inquietud cada palabra del lejano debate del que dependía el destino de la ciudad. En la sala de teletipos de «Radio Palestina», los despachos eran arrancados apenas recibidos. El original era transmitido al servicio inglés, una copia al servicio hebreo y otra al servicio árabe. De pronto, la voz del locutor de radio dejó escuchar estas palabras: «Por 33 votos contra 13 y 10 abstenciones, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado la partición de Palestina». Tanscritos con cuidado a medida que lo anunciaba
la radio, los resultados del escrutinio cubrían varias páginas de la libreta de Golda Meir. Pero ella, que había luchado toda su vida por aquel instante, no podía descifrar lo que había escrito. Cuando el resultado definitivo hubo sido proclamado, sus ojos se llenaron súbitamente de lágrimas. En otra parte, el árabe Sami Jalidy, se levantó de su mecedora y apagando la radio dijo a su esposa: «-Ahora va a comenzar una tragedia-». Entre la población árabe, todo hacía ver que la guerra se avecinaba.
En cambio, entre la población judía, gritaban: «¡Tenemos un Estado, tenemos un Estado!» y por donde quiera, mientras corría la noticia, se encendían lámparas, se habrían ventanas, los vecinos se interpelaban. En el camino de la ciudad, todos los cafés y restaurantes estaban atestados. Los dueños ofrecían rondas generales de vino y reinaba increíble alegría entre la multitud. Sin embargo, algunos habitantes se negaron a participar en el júbilo general. En la penumbra de sus sinagogas los jefes de la secta ultra religiosa y conservadora de los Onetore Karta, los guardianes de la ciudad, estaban virtualmente de luto. Para aquellos ortodoxos fanáticos, la creación del Estado que festejaban sus compatriotas era un sacrilegio, un milagro que sólo Dios tenía derecho a realizarlo. Aún así lo que reinaba por todas partes era la alegría y las voces gritando la libertad al fin alcanzada.
Desde su lugar, David Ben Gurion murmuró: «Mazal Tov» hemos ganado, y de inmediato se puso a estudiar el proyecto de declaración, las 150 palabras de aquel texto redactado en inglés, el poco rato de haberlas leído, irritaron a este hombre quien con las manos enfundadas en los bolsillos de su viejo batín, miró a su alrededor con aire preocupado. Realista, sabía ya el precio que tendría que pagar el pueblo judío por el Estado que las Naciones Unidas le habían prometido aquella noche.
En Jerusalén habían comenzado ya los primeros preparativos de aquella guerra. Israel Amir mandaba la «Haganá» de Jerusalén y al estudiar los mensajes telefónicos recibidos, no indicaban ninguna actividad sospechosa, ni ningún tropiezo en los barrios árabes, pero Amir no estaba tranquilo. Sabía que los árabes no podían aceptar el voto sobre el reparto sin reaccionar. El jefe de la Haganá tenía razón. Los árabes se mostraban activos en la ciudad vieja. Cada uno era portador de un papel con una media luna y una cruz superpuestas y con las iniciales, en árabe: «E.G.» esas letras eran las iniciales de Emile Ghory, un árabe cristiano graduado en la universidad americana de Cincinati y miembro del alto comité árabe. Para los judíos de Jerusalén, la tempestad que dejaban presagiar las órdenes y estrategias de Emile Ghory, no era más que una lejana preocupación. Y Jerusalén casi por entero se regocijaba con los hechos y noticias recientes.
Por su parte, David Ben Gurion, profundamente preocupado pensaba en la inconsciencia de los jóvenes. ¡Si supieran que una guerra puede empezar de un momento a otro! Y así, firmemente resuelto a hacer partícipes a sus compatriotas de los sentimientos de angustia que lo embargaron, ben Gurion acabó por salir al balcón rodeado por sus principales colaboradores. Mientras hablaba, alguien susurró a Golda Meir una información que justificaba singularmente la advertencia que se aprestaba a lanzar. Tres judíos acababan de ser asesinados en una emboscada, en las afueras de Tel-Aviv. -La decisión de las Naciones Unidas-, declaró Ben Gurion a la multitud, no constituye, en si, un escudo contra los peligros que nos amenazan aún. Si la era de los milagros no ha terminado, tampoco a concluido la de las agresiones. No nos engañemos creyendo que todas nuestras dificultades han desaparecido y que la vida estará hecha desde ahora sólo de alegrías y festividades. Cuando terminó, subió de la multitud una estruendosa ovación, que conmovió al viejo líder. Al fin, también él se abandonó a la emoción de aquella hora y sintió la grandeza de aquella cita del pueblo hebreo con su juramento, dos veces milenario, sobre aquellas colinas de Judea. Dejándose aclamar sonriente, acarició con respeto y suavemente, los pliegues de una inmensa bandera azul y blanca que pendía a su lado. -¡Al fin-, al fin somos un pueblo libre!

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Largo y doloroso había sido para el pueblo de Ben Gurion el camino hacia aquella libertad. Desde la primera aparición de sus antepasados, los hebreos, sobre la tierra prometida por Dios a su jefe Abraham, hasta la votación de aquella noche, habían transcurrido cuatro milenios de sufrimientos y de luchas. Recién llegados de su Mesopotamia natal, los hebreos habían sido expulsados y condenados a mil años de emigraciones, de esclavitud y luchas, antes de volver de nuevo, conducidos por Moisés y fundar al fin en las colinas de Judea, su primer Estado soberano. Pero su apogeo bajo el gobierno de los reyes David y Salomón, apenas duró un siglo. Las vicisitudes del pueblo judío empezaron con el desarrollo de una religión que predicaba, sin embargo, el amor. Durante la época de Las Cruzadas, llegó una persecución sistemática, los sarracenos vivían lejos y eran peligrosos; los judíos vivían en cada país de Europa al alcance de su mano, y los combatientes de la fe cristiana podían saciar más pronta y fácilmente sobre ellos sus pasiones religiosas. La mayor parte de los estados negaban a los judíos el derecho a la propiedad de la tierra. Les estaba igualmente vedado el acceso a los gremios de artesanos y mercantiles de la Edad Media.
Eduardo I de Inglaterra y Felipe El Hermoso en Francia, expulsaron de la noche a la mañana a los judíos instalados en sus reinos, lo cual les permitió apropiarse de la mayor parte de sus bienes. Se acusaba a los judíos de cometer muertes rituales de niños y de extender la terrible peste negra emponzoñando los pozos con polvos malignos. Después de estas acusaciones, más de 200 comunidades judías fueron totalmente exterminadas. Durante estos siglos de crueldad, el único país donde los judíos pudieron llevar una existencia casi normal, fue la España de los califas. Allá, bajo la radiante dominación de los árabes, el pueblo judío prosperó como nunca jamás durante todo el tiempo de su dispersión. Pero la reconquista cristiana puso fin a esta excepción. En 1492, el mismo año en que Fernando e Isabel enviaron a Cristóbal Colón al descubrimiento de nuevos continentes, los monarcas desterraron a su vez, a los judíos de España. En Prusia, los judíos no tenían derecho a circular en vehículos ni utilizar los servicios de cristianos para encender sus fuegos del sábado. En Polonia, gozaron durante cierto tiempo de una libertad y prosperidad casi comparables a las que en otro tiempo habían gozado en España, pero cuando los cosacos se rebelaron contra los polacos, los judíos fueron sus principales víctimas. Cuando los zares extendían las fronteras de su imperio hacia el oeste a través de Polonia una nueva era de crueldades, parecida a la de la Edad Media, se abatió sobre casi la mitad de la población judía en el mundo. Los zares depositaron y encerraron a los judíos en el mayor ghetto de la historia, la «zona de población», situada en la frontera occidental. Pero fue después del asesinato de Alejandro II, en 1881, que las multitudes fueron oficialmente estimuladas para asesinar a los judíos. Una nueva palabra iba a nacer. La de «pogrom», sinónimo de terror y muerte, que sonaría bien pronto de ciudad en ciudad a través de la inmensidad rusa.
Desde la revolución francesa, los judíos de los países occidentales gozaron de una suerte más envidiable. En Francia, Alemania e Inglaterra, el siglo XIX los había liberado de las tutelas y habían favorecido su emancipación. Sin embargo, fue en la capital de los derechos del hombre donde una mañana de enero de 1895, el destino de los judíos tomaría un giro decisivo: era el momento de una degradación pública de un oficial del ejército francés, Alfred Dreyfus. Una corriente sacudió a la asistencia que gritaba: ¡Muerte al traidor, muerte a los judíos! como Dreyfus, Theodor Herzl era judío y un visionario de la ola de antisemitismo que se acababa de levantar y que no se extinguiría jamás.
El sionismo religioso se convirtió poco a poco en sionismo político. En dos meses, Herzl iba a redactar un manifiesto de un centenar de páginas el cual después se convertiría en el evangelio que iba a conducir al pueblo judío a su liberación. Dos años más tarde, Herzl fundó oficialmente el movimiento sionista. Después de los pogroms de Rusia en 1881 y 1882, Palestina vio llegar su primer contingente importante de inmigrantes. En la época en que el futuro autor de «El Estado Judío», asistía a la degradación de Dreyfus, treinta mil habitantes de Jerusalén, de un total de cuarenta mil, eran judíos. Las matanzas de principio de siglo hicieron afluir nuevos inmigrantes. Eran los hijos del movimiento lanzado por Theodor Herzl. Idealistas de espíritu práctico, constituían la primera generación de pioneros de Palestina entre los que el sionismo iba a extraer sus jefes durante medio siglo.
Menos de un mes después de la aparición del primer editorial firmado por David Ben Gurion, siete jóvenes árabes, de los cuales dos eran palestinos, fundaron en Damasco una sociedad secreta a la que llamaron «Al Fatah» (La Victoria). Su objetivo era la liberación de los árabes de la tutela turca. Pero, sobre todo, en el tiempo en que el nacionalismo judío de Theodor Herzl arrancaba sus primeras conquistas, la fundación de Al Fatah, era el signo premonitorio de un renacimiento del nacionalismo árabe que, durante medio siglo, iba a contestar a las pretensiones de los judíos en Palestina. Los primeros sionistas estaban sensiblemente impregnados de la filosofía social que había nutrido los ideales de Herzl. Uno de los conceptos fundamentales que habían aportado al sionismo era el de una especie de redención de la raza judía mediante un retorno al trabajo manual, una purificación de la mentalidad de los ghettos por la búsqueda de las ocupaciones que los judíos no realizaban desde hacía mucho tiempo.
Decididos a formar una verdadera clase obrera, los pioneros se esforzaron por promover una mano de obra judía al servicio de empresas judías. Así, la «Histadrut», la Confederación General de los Trabajadores Judíos en Palestina, obligaba a las empresas judías a emplear sólo obreros judíos. Ansiosos de extender el hebreo, preocupados por la renovación cultural, los judíos desarrollaron también su incomparable sistema de instrucción pública. Así pasó el tiempo y la Segunda Guerra Mundial aportó una corta tregua al conflicto judeo-árabe, de las cámaras de gas y de los hornos crematorios de la Alemania nazi iban a surgir los motivos de un nuevo enfrentamiento.
En los inicios de la primavera de 1945, David Ben Gurion recibía una visita. Un personaje, miembro importante del gobierno de los Estados Unidos que le relataba los detalles de una conversación privada entre Franklin Roosevelt, Winston Churchill y José Stalin, y cuyo tema era el de Palestina: la conclusión de Stalin frente a Churchill es que sólo había una solución al problema de los judíos y de los árabes en Palestina y era la defensa de su causa frente a los ingleses, el de mantener un Estado judío. David Ben Gurion agradeció cálidamente a su visitante la extraordinaria información que acababa de entregarle. En adelante, toda su energía estaría consagrada a preparar a los judíos de Palestina para la guerra. Velaría personalmente porque estuvieran preparados para la hora del choque.



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En esa misma primavera de 1945, el zumbido de los bombarderos sobre Berlín significaba, para un árabe de Palestina, el derrumbamiento de sus esperanzas y la derrota del país cuya causa había abrazado. Mohamed Said Hadj Amin el Husseini, Gran Mufti de Jerusalén, había perdido la apuesta. Persuadido de que una victoria alemana le permitiría alcanzar sus objetivos, es decir, imponer su dominio a sus compatriotas para expulsar a los judíos de Palestina y a los británicos del Oriente Medio, Hadj Amin había ligado su suerte a la de los nazis. Había puesto a su servicio su prestigio personal y el de sus funciones como jefe religioso de la comunidad musulmana de Jerusalén. Pero con la declaración de Lord Balfour, Hadj Amin iba a convertirse en el enemigo más implacable de Inglaterra.
El 24 de septiembre de 1928, día de la fiesta judía de Yom Kipur, Hadj Amin decidió romper la tregua que observaba desde hacía seis años. Ningún pretexto podía serle más fútil que el que invocó para exc
itar el fanatismo religioso de las multitudes. Aquel día, los judíos habían colocado en el centro del Muro de las Lamentaciones un biombo destinado a separar a los hombres de las mujeres en sus oraciones. Iniciativa sin relieve, salvo para Hadj Amin que sabía la importancia que se daba en Jerusalén al menor gesto que modificara el equilibrio religioso. Acusando a los judíos de profanar una propiedad árabe, insinuando que su objetivo era, en realidad, el de apoderarse de La Roca desde la que Mahoma subió al cielo, el Mufti orquestó el fanatismo religioso de sus tropas lanzando un aluvión de protestas. Sin embargo, la verdadera prueba de fuerza no comenzó hasta un año después, en el mes de agosto de 1929. Esta vez, el fuego se extendió a todo el país: Cuando se extinguió, más de cien judíos habían muerto y Hadj Amin se había convertido en el jefe indiscutible de los árabes de Palestina. Desde entonces, y a pesar de sinnúmero de contratiempos, el mando de esta población recayó en este personaje fanático e intratable. Durante los meses que siguieron a estos hechos, Hadj Amin Husseini se consagró, como David Ben Gurion a preparar a su pueblo para el conflicto que, tanto uno como el otro, sabían inevitable.

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Con sus relucientes cabellos, su piel curtida y su mirada sombría, tenía más aspecto de árabe que un árabe. Y sin embargo, Abraham Gil era judío. Era precisamente esa similitud lo que explicaba su presencia aquel día en los shuks de la ciudad vieja. Formaba parte de la «Sección Árabe», compuesta por judíos arabizantes, creada por la Haganá de Jerusalén para espiar al adversario. Gil había deambulado todo el día por las callejuelas ensombrecidas, al acecho de informes. A menudo se detenía. Comerciantes árabes pintaban sobre las puertas de hierro de sus tiendas una cruz o luna del Islam. Gil sabía que los árabes trataban con estas señas de impedir que sus tiendas fueran confundidas con las de sus vecinos judíos. Advirtió rápidamente a la Haganá de que se preparaba una manifestación árabe. En efecto el Mufti Hadj Amin contaba con el pueblo para dar su respuesta a la votación de las Naciones Unidas. Durante los cinco meses y medio que iban a transcurrir hasta el 15 de mayo de 1948, fecha en la que entraría en vigor la repartición de Palestina, el Mufti creyó oportuno hacer hablar a la calle. Para la población de Jerusalén, una brusca vuelta a la realidad iba a suceder a las festividades de la noche de la repartición.
| Prevenida, la Haganá había puesto en estado de alerta a un grupo de intervención. Como una ola estrellándose contra las rompientes, se vio entonces desembocar por la puerta de Jafa, la columna de manifestantes árabes. Marchando directamente hacia la ciudad judía, aumentaba su número con la incorporación de los nuevos grupos que se unían a lo largo de su camino. Una jungla de barras de hierro, palos y garrotes erizaba la columna que subía por la avenida. Tomado a su paso, un periodista judío, Ashor Lazar, fue arrancado de su automóvil y asesinado allí mismo. Después del pillaje vino el incendio. Pronto, espesas columnas de humo se elevaron por doquier y enviaron una lluvia de cenizas sobre los vecinos barrios judíos. Menos de 48 horas después de la declaración que debía regular la suerte de Palestina, toda esperanza de paz acababa de consumirse en las llamas del centro comercial. Jerusalén regresaba a sus divisiones originales.
Mientras tanto, el vuelo 442 de la Swiss-Air despegada del asfalto tomando la dirección del mar, por encima de los naranjales. Por una de sus ventanillas, el capitán sitio Abdul Aziz Kerin asomaba el rostro mirando como dejaba atrás las calles de Tel-Aviv. Al fin estaba en camino. En siete horas estaría en París, desde donde tomaría otro avión rumbo a su destino final: Praga. Algunos asientos detrás del oficial sirio, un pasajero leía el periódico hebreo «Davar». Este hombre se llamaba Ehud Avriel, quien en este viaje iba a buscar diez mil fusiles destinados a la Haganá.
Avriel, intelectual austríaco, durante diez años había consagrado su existencia a la causa sionista, había dirigido desde otros países una de las mayores aventuras del movimiento judío: la emigración clandestina de millares de judíos europeos a Palestina. En plena guerra había logrado introducir a sus agentes en la Alemania hitleriana para rescatar a millares de niños judíos de los campos de la muerte. Más de cien mil judíos le estaban agradecidos por estar libres. Ehud Avriel tres horas más tarde entraba en una habitación del segundo piso del edificio de la «Agencia Judía» para hablar con David Ben Gurion. El líder judío le explicó que la existencia misma de la población judía en Palestina iba a depender del éxito de la misión que iban a encargarle. Ben Gurion le informó que la guerra estaba por estallar y que sería de mucha gravedad y que su interés era e
nviarlo a Europa para poner su experiencia al servicio de la compra de armas. Y le dijo: -Debemos actuar rápidamente y de una manera decisiva. Tienes un millón de dólares a tu disposición en la unión de bancos suizos en Ginebra.
Mientras tanto, Jerusalén curaba sus llagas. La caída de la noche y un severo toque de queda habían alejado del centro comercial a los incendiarios y saqueadores árabes. Acá y allá, algunos maderos crepitaban aún en las tinieblas. Separada del resto de la ciudad por rollos de alambrada de espino y cordones de policía británicos, este próspero barrio ofrecía un aspecto de desolación. Al mismo tiempo, Avriel trataba de cumplir con su misión, la cual le parecía casi imposible. Sin embargo, la suerte le sonrió y encontró rápidamente relaciones diversas que lo llevaron al éxito total. Con documentación falsa Avriel se ayudó hasta llegar a Praga a las oficinas donde se procuraría las armas que se le habían encargado. Todo salía de manera increíble. El armamento más sofisticado y las máquinas más pesadas se habían conseguido. Lo difícil sería cómo hacerlas entrar en Palestina. Su cantidad y su volumen no permitían recurrir a las estratagemas de camuflaje utilizadas antes. Fue con la ayuda de Chaim Slavin, ingeniero ruso y conocedor de estos menesteres de armamentos, quien habiendo conseguido las máquinas tras su largo peregrinar por infinidad de sitios incluyendo América, desmontó pieza por pieza y disimuló el contenido en los envíos a Palestina, haciendo parecer que se trataba de maquinarias textiles.
En la tarde en que las Naciones Unidas tomaban la decisión de crear una Palestina judía, estas cajas habían ya alcanzado su destino hacía mucho tiempo; escondidas en los kibutz, esperaban ser abiertas para liberar sus riquezas. Como medida de seguridad, los jefes de la Haganá decidieron, sin embargo, dejarlas dormir en sus escondites hasta la salida del último soldado británico. En este intervalo, y para encontrar las armas y las municiones que necesitaban desesperadamente los judíos, David Ben Gurion había enviado a Europa a Ehud Avriel. Cuando hubiera sido montada e instalada la última de sus máquinas, Chaim Slavin podría vanagloriarse del haber resuelto el rompecabezas mecánico más formidable de la historia. No faltaría un solo perno, ninguna sola arandela en las 75,000 piezas expedidas desde una lechería de Harlem a los kibutz de Israel.

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Ningún judío de Palestina esperaba los fusiles de Ehud Avriel con más impaciencia que el jefe de la Haganá de Jerusalén, Israel Amir. Allá, con el resto del país, la escasez de armas paralizaba al ejército judío clandestino. El pobre arsenal de las fuerzas de la ciudad estaba disperso en dos docenas de escondrijos cuyos emplazamientos conocía sólo un adjunto de Amir, un ingeniero de las PTT Yemenies, especialista en armamento. Había muchos más soldados que armas y éstas contaban casi tantos modelos como posibles utilizadores. Por lo general, sólo circulaban por la ciudad desmontadas y escondidas bajo los vestidos de las mujeres de la Haganá. Decenas de jóvenes vestidos con viejos jerseys y pantalones de terciopelo fueron así a apostarse sobre los tejados y terrazas, en jardines, tras las ventanas y puertas de entrada. Atentos y discretos, espiaban el menor incidente, vigilando las idas y venidas de los habitantes del barrio, fijándose en los extranjeros de comportamiento sospechoso. Cogidos de la mano como dos inocentes enamorados, las parejas patrullaban por las calles con un revólver o una granada disimulados bajo el corpiño de la chica.
Natanael Lorch fue enviado con veinte muchachos y seis muchachas al barrio ultrarreligioso de Mea Shearim. Gran escándalo fue para los religiosos el saber de la cohabitación de estas muchachas con los soldados en defensa de la ciudad. Otro oficial, Elie Arbel, afrontó también el conservadurismo de las comunidades religiosas. Tras una agria discusión con un rabino que le exigía la garantía escrita de que sus soldados no pelearían en sábado, Arbel levantó los brazos al cielo y gritó: -¡Si quiere usted realmente esta garantía, debe reclamársela a los árabes!
En un sótano del colegio de Rehavia se llevaba a cabo el alistamiento de otro estudiante americano. Tres hombres, cuyas caras no podía distinguir en la obscuridad, sometieron en primer lugar a Carmi Charny, hijo de un rabino neoyorquino a un interrogatorio antes de introducirlo en una especie de celda. En la sombra, encima de una mesa, había dos palmatorias con velas, una Biblia y un revólver. Un proyector situado frente a él atravesaba las tinieblas. Charny adivinó la presencia de los hombres que lo observaban y puso una mano sobre la Biblia y la otra sobre la fría culata del revólver, y después temblando de emoción, dijo: «En nombre de la conciencia suprema del sionismo, juro fidelidad al ejército secreto de la Haganá». Con esta misma ceremonia, una generación de judíos palestinos había entrado en la organización. Llamada en clave «La Tía», la Haganá estaba íntimamente ligada a las estructuras de la comunidad judía a que pertenecía. Consciente de la superioridad numérica de los árabes, nunca había hecho distinción entre hombres y mujeres, y había formado su propio movimiento de juventud, la «Gadna», que preparaba a los chicos y chicas con el pretexto del escultismo para el servicio armado. Así, cuando las Naciones Unidas partían Palestina, la mayoría de la juventud judía poseía ya algunas nociones rudimentarias de formación militar. El secreto era la regla de la Haganá. No se tomaban fotografías y sus archivos estaban reducidos al mínimo. Sus centros de instrucción se hallaban en los sótanos de las instituciones judías, por lo general escuelas o clubs de organizaciones sindicales. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, la Haganá poseía ya un embrión de Estado Mayor. Sus servicios estaban dispersos a través de Tel-Aviv. Paradójicamente, Jerusalén, corazón de las aspiraciones sionistas en Palestina, no había sido jamás un centro privilegiado de la Haganá. Sin embargo, en Jerusalén, como en toda Palestina, era una de las fuerzas más dinámicas de la sociedad judía.
Ninguna tradición comparable animaba a las comunidades árabes. El ejército del Mufti, representaba sobre todo, una especie de milicia privada, cuya misión consistía tanto en combatir a los judíos como en recordar al resto de la comunidad árabe de Palestina quien era su verdadero jefe. Mediocres para los mejores y terribles para los peores, los jefes de este ejército eran campesinos o analfabetos, más expertos en manejar las habituales hipérbolas de la retórica árabe que en mover a sus tropas sobre el terreno. Sin embargo, los árabes de Jerusalén no se alarmaban demasiado por sus deficiencias militares, pues se sentían superiores por serlo en número y por poseer más armamento que la población judía y por ello no dejarían que Palestina quedara en sus manos.

Continuará...


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