Oh, Jerusalén IV y última P. *s - Intelecto Hebreo

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29/05/2017
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Oh, Jerusalén IV y última P. *s

Condensados

De: Dominique Lapierre y Larry Collins

Discurso de Proclamación de Independencia del Estado de Israel,
por David Ben Gurion

Batalla por la Ciudad Santa.
14 de Mayo-16 de Julio de 1948.

Gracias al material telefónico robado en las oficinas de la administración británica por Ariye Schurr, oficial de la Haganá, se montó «in situ», una red autónoma de comunicaciones, la cual permitiría a los soldados judíos abrirse camino rápidamente. La telefónica se convirtió bien pronto en un arma psicológica considerable. Los judíos telefonearon a los árabes de inmuebles que querían que desocuparan y éstos se aterrorizaban. En menos de una hora, Schurr y sus hombres ocuparon la mitad de los objetivos que se habían trazado. El único barrio donde los árabes ofrecieron una auténtica resistencia fue la colonia americana, un pequeño suburbio de jardines y lujosas villas, que se extendía desde la Puerta de Damasco hasta Sheij Jerrah.
Si la mañana fue desastrosa para los árabes de Jerusalén, a 15 km. de allá, otros árabes conseguían una victoria cuyas repercusiones iban a ensombrecer ese día de gloria para el pueblo judío. Los tres últimos kibutz de Kfar Etzion estaban a punto de rendirse. Hacia medio día llegaron, al fin, los soldados beduinos con sus camiones, y empezaron más operaciones de rendición. En cada kibutz, los oficiales de la Haganá se negaron a deponer sus armas antes de que las mujeres y los heridos estuvieran seguros en los camiones de la Legión Árabe. Apretujados, descendían de las colinas. Después de tanta lucha los sobrevivientes de Kfar Etzion fueron tomados prisioneros. Una gran tristeza se apoderó de David Shaltiel cuando supo todo lo sucedido. Sin embargo, junto con sus hombres, continuaba su progresión a través de Jerusalén, hasta llegar casi a las puertas de la ciudad vieja.
A las cuatro en punto, David Ben Gurion se levantó. Todos los asistentes de pie, entonaron espontáneamente el «Hatikva». Terminado esto Ben Gurion inició su lectura: «El país de Israel -comenzó- es el lugar donde nació el pueblo judío. Allí se formó su carácter espiritual, religioso y nacional. Allí adquirió su independencia y creó una importante civilización a la vez nacional y universal. Allí escribió el Libro de los Libros para regalarlo al mundo. Exiliado de Tierra Santa el pueblo judío le permaneció fiel en todos los países de la dispersión, rezando sin cesar por acordarse de él y esperando siempre regresar y reconstruir su Estado. La hecatombe nazi que aniquiló a millones de judíos en Europa, demostró de nuevo la urgencia de la restauración del Estado Judío, único capaz de resolver el problema del judaísmo apátrida, al abrir sus puertas a todos los judíos y conferir a su pueblo la igualdad en el seno de la familia de las naciones. Proclamamos la fundación del Estado Judío en Tierra Santa. Este Estado llevará el nombre de Israel. El Estado de Israel -declaró- estará abierto a la inmigración de los judíos de todos los países en que estén dispersados. Estará basado en los principios de libertad, justicia y paz. Respetará la completa igualdad social y política de todos sus ciudadanos...
Los técnicos de la radiodifusión que se agolpaban en la transmisión de estas palabras, sentían su garganta trabada por la emoción.
... Rogamos encarecidamente a las Naciones Unidas -continuó Ben Gurion- que ayuden al pueblo judío a edificar su Estado y a admitir a Israel en el seno de la familia de las naciones. Además invitamos a los habitantes árabes del Estado de Israel a preservar los caminos de la paz y a desempeñar su papel en el desarrollo del Estado. Depositando nuestra confianza en el Eterno Todopoderoso -concluyó- firmamos esta declaración sobre el suelo de la patria, en esta ciudad de Tel-Aviv y en esta sesión de la Asamblea provisional reunida la víspera del sábado 5 de Iyar de 5708, o sea el 14 de Mayo de 1948. Levantémonos para adoptar la carta con que se crea el Estado Judío...
Eran las 4:37 la ceremonia sólo había durado una media hora. David Ben Gurion golpeó una vez más sobre la mesa y declaró: -Ha nacido el Estado de Israel. Se levanta la sesión-.
Gracias a la emisora instalada en el lavabo del Museo de Tel-Aviv, toda la población judía conocía ya las palabras que habían proclamado la resurrección del Estado Judío. Sin embargo, no se tenía tiempo para celebraciones, había muertos y heridos en muchas partes.
Mientras tanto, solemne en su inmaculado uniforme, un oficial de la marina británico subió al puente del «Borea» amarrado en el puerto de Haifa y saludó cortésmente a su capitán, diciéndole: -Estoy encargado de informarle que dentro de dos horas cesará toda vigilancia y su barco y su cargamento les serán devueltos- mientras el capitán del Borea intentaba sobreponerse a su estupefacción y entender el sentido de lo sucedido, el oficial británico descendió del barco y se alejó por el puente.

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El teniente coronel Habes Majelli, comandante del 4° regimiento de la Legión Árabe, pasaba el vasto panorama por la criba de sus prismáticos. Una vez más intentaba descubrir las intenciones del enemigo. Ningún repliegue del terreno, ningún bosque, ningún caserío escapaba a su atención. Majelli no tenía de hecho, ninguna duda sobre la naturaleza de las intenciones de los judíos. Tal como lo predijo Glubb Pacha, la presencia de la Legión Árabe en Latrún conduciría a una verdadera guerra. Sus soldados beduinos se preparaban para ello desde hacía varios días.
Para aumentar sus efectivos, Majelli reorganizó en unidades auxiliares a los irregulares y a las milicias de los pueblos. Nadie estaba mejor dispuesto para aquella tarea que el hijo de una de las más poderosas tribus beduinas de Transjordania. Desde lo alto de su observatorio, su mirada seguía al oleaje de los trigos maduros en la llanura. Aquella vez, sus prismáticos se detuvieron en un bosque de pinos, a una decena de kilómetros adonde distinguió una sucesión de tejados rojos. Se trataba de una colonia enemiga: el kibutz de Hulda, último bastión judío en la carretera de Jerusalén.
Las tropas que intentaba localizar el coronel Majelli estaban en fase de concentración en el kibutz de Hulda. La hora del ataque judío contra Latrún fue fijada para medianoche, aquel lunes 24 de mayo. La operación se llamaría «Ben Nun». Preparado en la anarquía y la confusión, aquel ataque judío se presentaba mal. Se tuvo que aplazar 24 horas, no se contaba con armas ni municiones, ni emisoras de radio. El ejército del nuevo Estado de Israel no había podido ser aún reorganizado. Nadie estaba más horrorizado por la deplorable preparación de la 7a. brigada como el que violentamente se opusiera a Ben Gurion a propósito de aquel ataque: Yigael Yadin, quien presintiendo la tragedia, emprendió una nueva gestión para modificar y aplazar esta decisión de ataque tan arriesgada. Angustiado, Yadin permaneció toda la tarde en Hulda para vigilar los preparativos. Antes de irse, dirigió una última súplica a David Ben Gurion, para que concediera un plazo de 24 horas, luego con la muerte en el alma, convencido de que la brigada se encaminaba a una tragedia, regresó a Tel-Aviv.
El objetivo estaba claro: ocupar entre Latrún y Bab El Ued, un trozo de 5 kms. de la carretera de Jerusalén y hacer progresar bien pronto el enorme convoy de provisiones que aguardaba entre Rehovot y el campamento de Kfar Bilu. Shamir comunicó a continuación a sus hombres el informe de su servicio de espionaje sobre el estado de las fuerzas enemigas y después se dedicó al plan de ataque. Cuando Shamir iba a designar su misión al batallón de inmigrantes, el correo le hizo llegar un mensaje de Yadin, después otro más y por último un tercero. Este era la respuesta de Ben Gurion a las súplicas de aplazamiento de Yadin. Shamir contaría más tarde que, al leer aquel mensaje, comprendió de repente que la verdadera batalla que se le exigía librar sobrepasaba largamente, lo que se arriesgaba en las prominencias de Latrún. Se trataba de la de todos los judíos de Israel por la supervivencia de su pueblo, ya que su apuesta no era sino Jerusalén. -¡Ataque a toda costa!- ordenaba Ben Gurion.
Era una noche pesada y sofocante, pero de engañosa calma. Los soldados de Shlomo Shamir acababan de lanzarse a la conquista de la carretera de Jerusalén. Ben Gurion había contado con una fuerza mucho más potente para apoderarse de la encrucijada más importante de Palestina, además, el jefe del mejor batallón se había desplomado dos horas antes del ataque, y Shamir debió reemplazarlo por Chaim Laskov. Los judíos que habían desembarcado hacía menos de 72 horas pagarían caro los contratiempos. Un descubrimiento accidental por parte de los árabes, privaba a los israelíes de su triunfo más precioso: la sorpresa. Eran las cuatro de la madrugada del martes 25 de mayo. La primera gran batalla que debía abrir la carretera de Jerusalén acababa de empezar.
Cañones, mortero, todos los fusiles y todas las ametralladoras judías de las que la colina estaba repleta, fueron abatidas por un fuego devastador. En su puesto de mando, Shamir escuchaba las patéticas llamadas que reclamaban la intervención de la artillería judía para acallar las baterías árabes. Un pálido sol en el cielo plomizo anunció la llegada del enemigo más cruel que abatiría a los soldados judíos aquella mañana. Se trataba del «Jamsin», el cálido y seco viento que, procedente de las entrañas del desierto de Arabia, envolvía a Palestina en un manto de fuego. Con él venían nubes de pequeñas moscas negras llamadas «Barkaches». Invadían las narices de los soldados, las bocas, los ojos, cada porción de su piel, condenándoles al suplicio de sus atroces picaduras. Observando a sus hombres con los prismáticos, Shlomo Shamir comprendió que había perdido su primera batalla de oficial israelí incluso antes de haberla comenzado.

Semblanzas de personajes y gráficas presentadas.

(Para interrumpir el movimiento de la columna ascendente, poner el señalador de su ratón, dentro de la columna).

David Shaltiel.- era el comandante en jefe de las fuerzas judías en Jerusalén. Tras haber ejercido oficios tan diversos como rebuscador de tabaco y empleado de hotel, ingresó en la Haganah, la cual le enviaría en 1937, a una misión en Europa. Detenido en Alemania por la Gestapo, fue uno de los primeros judíos en conocer los campos de la muerte. Pero fue en las filas de uno de los ejércitos más duros del mundo donde aprendió el oficio de las armas: fue sargento de la Legión Extranjera francesa.

El nacimiento de Israel, hizo realidad el sueño del pueblo judío, pero desencadenó una guerra sin fin, mientras los ejércitos de cinco Estados árabes y las fuerzas de los guerrilleros palestinos le declaraban la guerra. Los beduinos de la Legión Árabe se apoderaban del kibutz Kfar Etzion, avanzadilla de Jerusalén. El nacimiento del nuevo Estado iba acompañado de su primera derrota.

Nahum Ben Sira y Jacobo Edelstein, en la foto detrás del capitán árabe Hikmet Muhair y del comandante Abdullah Tell. Fueron dos de los cuatro sobrevivientes del kibutz.

Judíos y árabes mostraron igual valor para defender piedra a piedra su vieja ciudad. Durante 34 días y noches, los judíos y los árabes de Jerusalén se enfrentaron en una salvaje batalla. Mientras las fuerzas de la Haganah se apoderaban de la mayor parte de los barrios árabes situados fuera de las murallas, el barrio judío -en el interior de la ciudad vieja- sufría un despiadado asedio. Sus 1,700 habitantes se refugiaron en los sótanos de las sinagogas, y los soldados intentaron detener el avance de los legionarios árabes defendiéndose casa por casa y calle por calle.

El 28 de mayo, tras 14 días de heroica resistencia, el viejo barrio judío sucumbió y capituló. Durante 19 años no habría más judíos en la ciudad vieja de Jerusalén, el lugar más sagrado del judaísmo.

Callaron los fusiles, pero comenzó una nueva tragedia: los refugiados. Por iniciativa de las Naciones Unidas, un acuerdo de armisticio puso fin a los combates. Moshé Dayan y el comandante Abdullah Tell delimitaron la línea de alto el fuego que dividiría la ciudad. Acabó la terrible batalla, iniciando para familias árabes y judías otro éxodo.

El éxodo de judíos de la ciudad vieja, y sobre todo de varios de los países árabes donde residían, tuvo difíciles pero exitosos acomodos; no así el de los árabes, pues muchos de ellos -a los que sus hermanos no acogieron- conocerían los campos de refugiados, y a la postre, sus hijos se convertirían a nivel mundial en sanguinarios terrorista o fedayines.

El 14 de mayo de 1948, a las 4 de la tarde, en una sala del Museo de Tel-Aviv, David Ben Gurion proclamó el nacimiento del Estado de Israel. La lectura del documento que restauraba un Estado judío tras casi dos mil años de interrupción, duró exactamente 30 minutos, Sobrecogidos por un religioso silencio, los asistentes escucharon los acordes de la Hatikvah (la Esperanza) el himno nacional que, en el balcón, interpretaba la orquesta filarmónica. Las lágrimas corrieron por muchas mejillas.




Preparativos de guerra se desarrollaban en toda la capital egipcia y el Jeque de la Gran Mezquita de Al Azhar declaró que todos los combatientes árabes debían considerar la lucha por Palestina como un deber religioso. En Damasco, el gobierno sirio anunció el cierre de las fronteras, proclamó el estado de emergencia e hizo difundir por radio un torrente de marchas militares. Desde El Cairo, la «Agencia Reuter» aludió a un ejército egipcio de 200mil hombres y desde Damasco, el enviado especial del «New York Times» describía la acometida de una brigada siria hacia Galilea tras una fulgurante acción diversiva en dirección al Mediterráneo.
El 14 de Mayo, David Ben Gurion se acostó temprano, a fin de economizar sus fuerzas con vistas a las pruebas que le aguardaban. Pero fue despertado poco después de la una de la madrugada por una llamada telefónica, la cual le informaba que los Estados Unidos acababan de reconocer oficialmente al nuevo Estado. Experimentó una enorme satisfacción y sabía del inmenso aliento moral que esto representaba para su pueblo. Tres horas más tarde, Jacob Yani, jefe de transmisiones de la Haganá, irrumpía en la habitación del viejo líder para pedirle que difundiera por radio una declaración dirigida a los Estados Unidos. Apenas habían empezado a hablar por el micrófono de una emisora de la Haganá, cuando los bombarderos cargados varias horas antes en El Cairo sobrevolaban Tel-Aviv. Las explosiones de sus primeras bombas estremecieron las paredes del estudio y su eco resonó hasta en el micrófono.
- El ruido que oyen -anunció Ben Gurion- es el de las primeras bombas de la guerra por la Independencia del novel Estado.
Los estridentes ruidos de las sirenas de las ambulancias que ahogaban en todo momento el crepitar de los disparos, atestiguaban que Jerusalén resucitaba otra tradición de su historia. Por todos lados, sus habitantes, tanto árabes como judíos, pagaban la vinculación a su ciudad derramando su sangre por ella. Los puestos de socorro y los centros quirúrgicos judíos instalados en la ciudad nueva por el «Escudo de David», estaban ya atestados. Reservas de medicamentos, de plasma, antibióticos y 2000 frascos de sangre fueron repartidos entre aquellos centros de socorro inestimables: la ciencia de los cirujanos que sobrevivieron a la emboscada donde tantos otros habían perdido la vida.
En aquel primer día de vida del Estado de Israel, el acontecimiento más notable sería un simple descubrimiento. Tras disparar algunos obuces de mortero sobre las prominencias de Latrún, una unidad de brigada judía «Givati», comprobó, con sorpresa, que no recibían ninguna respuesta. Los soldados judíos avanzaron prudentemente por las colinas abandonadas la noche anterior por Fawzi el Kaukji: no hallaron la menor oposición. En breves minutos se encontraron en el recinto fortificado del antiguo puesto de policía inglés que dominaba aquella carretera de Jerusalén por la que habían realizado tantos sacrificios seis semanas antes. Llegado el momento, anunciaron a Tel-Aviv que la carretera de Jerusalén estaba libre y que las colinas de Latrún habían sido abandonadas por los árabes.

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La batalla de Jerusalén trastornaba particularmente la existencia de determinada categoría de sus habitantes: hombres y mujeres, que habían abrazado la vocación divina de la ciudad. Tras las mercancías de todas clases que desbordaban ya sus sótanos, los religiosos de la vieja ciudad vieron afluir familias enteras de refugiados árabes. Otras que escogieron desligarse de las cosas de este tiempo, se hallaron brutalmente enfrentadas con los aspectos más feroces de la crisis que turbaba a la ciudad aquel domingo de Pentecostés.
Sofocado en su cuello duro, el pastor anglicano de la «Christ Church», corría de una puerta a otra para evitar que los combatientes penetraran en su Catedral. En «Notredame de France», dos asuncionistas franceses, intentaban desesperadamente impedir a los adversarios que invadieran su monumental hostería. Una comunidad de 29 religiosas fue la que sufrió mayores trastornos. Tuvieron el inmenso infortunio de estar enclaustradas en el edificio más expuesto de Jerusalén. La comunidad francesa de las «Hermanas Reparadoras de María» vivía tan totalmente retirada del mundo que su oasis de paz se convirtió en el más notable de los infiernos.
Pese a la resistencia encarnizada de la Haganá, los árabes, prosiguiendo en su avance pronto amenazaron las posiciones judías de la calle de Los Judíos. El golpe fue duro. En una sola jornada lograron controlar casi un cuarto de la superficie del barrio. Aterrorizados los habitantes, corrieron a refugiarse a la sinagoga de Estambul. Por orden de David Shaltiel, los judíos fueron evacuados al otro extremo del barrio. Los llamamientos a la rendición y la amplitud de las conquistas árabes de aquella sola jornada, pusieron a prueba la moral de los jefes de la Haganá del viejo barrio. Aún así, cada hora que tarnscurría sin que apareciesen los autocañones color de arena permitía a David Shaltiel avanzar un paso más en la conquista de la ciudad. Casi había cesado la «Operación Horca» que debía entregarle las llaves para esa conquista tras la marcha de los ingleses, y estaba a punto de lanzar las fuerzas judías al asalto de la ciudad vieja.
El primer objetivo que escogió parecía el más difícil de todos, era la Puerta de Jafa que flanqueaban las tres torres fortificadas de la ciudadela de Solimán. Pero Shaltiel disponía de una táctica secreta para apoderarse de esa ciudadela. El plan era simple pero desde el principio encontró obstáculos, incluso los miembros de su estado mayor dudaban de él. Pero ninguna crítica consiguió quebrantar la resolución de David Shaltiel. Tenía tal confianza en el éxito de su proyecto que ya había pensado en celebrar su victoria.

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El palacio de Abdullah no era el único lugar donde aquella noche se discutía la suerte de Jerusalén. De repente, un mensajero acababa de llegar a la Ciudad Santa para anunciar que ésta iba a caer si no intervenía la Legión Árabe anunciando que si los judíos desencadenaban un solo gran ataque, toda Jerusalén sería de ellos.
En Jerusalén, el oficial judío Natanel Lorch fue llamado al cuartel general de Shaltiel. Allá, en compañía de otros oficiales, descubrió el papel que le aguardaba en el asalto contra la puerta de Jafa, que permitiría a las fuerzas judías conquistar la ciudad vieja. Efraim Levi, el hombre al que finalmente eligió para dirigir el ataque, discutía que era una locura querer entrar a la fuerza en la ciudad vieja por un pequeño orificio que conducía a un túnel que nadie sabía exactamente si existía. Con todo quedó convencido que acabarían por pasar de una u otra forma. Mientras el «Irgún» y el «Grupo Stern» atacarían la puerta nueva y el «Palmaj» el Monte Sión, dos secciones de la Haganá aguardarían ocultas en el inmueble Tannus, frente a la Puerta de Jafa. Una vez en el interior, la primera sección se apoderaría de la torre noroeste que controlaba la Puerta de Jafa, mientras que la segunda la de Lorch, ocuparía la comisaría de policía.
Sir John Glubb, leía un mensaje de la Legión Árabe en donde su majestad el Rey ordenaba a sus tropas trasladarse en dirección a Jerusalén. Pese a las presiones, Glubb permaneció firmemente decidido a guardar sus fuerzas fuera de Jerusalén. Se aferraba a la esperanza de que la comisión consular podría poner un alto al fuego. Más que nunca, estaba obsesionado por el temor de comprometer a sus preciosas tropas en una batalla callejera.
Desde una ventana del edificio Tannus, Efraim Levi y Joseph Nevo contemplaban la sombría masa de las murallas hacia las que iban a lanzar el primer ataque de un ejército judío desde hacía casi 2000 años. Los tres blindados de Nevo y el autocar de Moshe Salamon estaban camuflados en la calle de enfrente. Todo comenzó a la media noche.
Un grito tan viejo como Jerusalén se extendió por las tortuosas calles de la Ciudad Santa. -¡A las murallas! el árabe Kamal Irekat se precipitaba con varios hombres gritando: -¡Llegan los judíos! Hombres medio desnudos acudían por todas partes, escalaban los parapetos, corrían hacia las almenas, los soldados de Irekat comenzaron a lanzar desde sus barbacanas, bolas de papel infladas para iluminar la noche y a sus asaltantes. En las murallas la situación era dramática. Decenas de muertos y heridos jalonaban los alrededores de la ciudadela y de la Puerta de Jafa. Una especie de desesperación flotaba en el ambiente. En todo este caos, sólo la maniobra de distracción del «Palmaj» parecía desarrollarse conforme a las previsiones.
Ante la Puerta de Jafa, un ruido terrorífico llenaba ahora la obscuridad. Tocada por un cóctel Molotov, que mató a su tripulación, una de las ametralladoras de Joseph Nevo yacía contra las murallas. Moshe Salamon había muerto. Una súbita calma se produjo en las murallas, pero esta no reanimó la moral de los árabes. Detrás de su almena, Pierre Saleh aguardaba el asalto final que hundiría a la ciudad vieja. En el mismo instante vivas discusiones oponían a David Shaltiel con los responsables del futuro ataque, por lo que presionó a Efraim Levi a un nuevo asalto. Levi apenas tenía entusiasmo y sus hombres estaban rendidos, el sueño los dominaba y sus fuerzas eran casi nulas.

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Si el asalto de la Haganá contra la Puerta de Jafa había fracasado, la maniobra de distracción del «Palmaj» fue un éxito, proporcionando a los judíos un trampolín ideal para llevar socorros al viejo barrio. Uzi Narkis y sus hombres se hallaban a una decena de metros de las murallas. Narkis resolvió constituir un comando para intentar una penetración en el barrio judío.
Pero el agotamiento de sus fuerzas le obligaron a aplazar el intento para la noche siguiente. Esperó los refuerzos prometidos por David Shaltiel, pero al ver llegar a 80 civiles jadeantes y de todas las aldeas, entró en cólera. Shaltiel no pudo reunir a otros hombres. Narkis de todas formas preparó el asalto con los únicos 40 hombres que le quedaban. A las 2:20 horas de la madrugada abrió fuego sobre la Puerta de Jafa. La Puerta se desintegró y por fin estaban en manos de los judíos. Los habitantes del barrio se lanzaron a las callejuelas para aclamar a sus libertadores. Los centenares de refugiados corrían a abrazarlos. Pero los soldados no podían más, el cansancio los vencía y la conciencia de Uzi Narkis luchaba en pensar respecto de la responsabilidad que significaba lo que tenía en sus manos. La Puerta de Jafa y la vida y esperanza de muchos hombres y mujeres del barrio judío de la ciudad vieja.

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El estruendo de la artillería árabe quebró el silencio de las colinas de Judea. Los cañones del capitán Ma’Aayeth se desataban de nuevo sobre Jerusalén, esta vez para abrir a la Legión Árabe el camino hacia la ciudad. Era el momento más memorable de la vida del joven oficial. Iba a entrar por primera vez a la Ciudad Santa de Jerusalén. Los obuces de sus cañones pronto cayeron sobre Mea Shearim, el barrio de los judíos practicantes estrictos. Un rumor corría de calle en calle: «Llega la Legión Árabe». Los habitantes del barrio no eran los únicos en ser presas del pánico. Sobrecogidos por el bombardeo, los soldados del «Irgún» huyeron también.
Al otro lado de las murallas, en una habitación de la ciudad nueva, las mil piezas de una ametralladora checa estaban esparcidas sobre una cama. Como soldado disciplinado, el hijo del Rabino neoyorquino Carmi Charny la desmontó tras una noche de disparos. Por otra parte, Joseph Nevo sabía que no disponía de los efectivos necesarios para mantener un frente continuo en torno a Mea Shearim, y esa ametralladora le era indispensable. Hacia la media noche, terminados sus preparativos, Nevo reunió a sus hombres a la luz de las velas en el sótano de su puesto de mando y les expuso sus planes para la batalla del día siguiente. Se abstuvo sin embargo de confiarles sus temores. Charny se maravilló de la calma del joven oficial. Pese a ello, recuerda que aquella noche reinaba una atmósfera de angustia y más bien la calma de Nevo era aquella de la desesperación.
Los morteros del capitán Ma’Aayeth volvieron a machacar sistemáticamente Mea Shearim mucho antes de las primeras luces del alba, y todos ahí eran presas del pánico. A la mañana siguiente, Nevo contemplaba los autocañones que descendían tranquilamente como si quisieran tomar todo su tiempo. Auténtico terror fue lo que sintieron los 30 soldados que se encontraban en la reserva. Sin embargo, la potente columna de blindados árabes no conquistaría la menor parcela de la Jerusalén judía. Una batalla encarnizada estalló a media mañana en torno a la casa Mandelbaum. La infantería árabe se lanzó hacia adelante, pero los jóvenes del «Gadná» tiraron con furia todos los cócteles Molotov que les quedaban. Sorprendidos por la aspereza de la resistencia, los beduinos aflojaron pronto su presión. Se retiraron para reagruparse y proseguir su avance hacia su objetivo real: la Puerta de Damasco. Entre los judíos, el anuncio de esta victoria se extendió en escasos minutos por toda la Jerusalén judía. Su importancia psicológica era incalculable.

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Las explosiones se multiplicaban. Olvidando el fracaso de sus blindados, la Legión Árabe machacaba el centro de la Jerusalén judía. Sus obuces se acercaban ahora al imponente edificio de la «Agencia Judía», donde Dov Joseph reunió a sus colaboradores. Era preciso que los habitantes continuasen yendo a sus despachos, a sus asuntos, a sus ocupaciones habituales, aunque Jerusalén fuese, en adelante, sometida a un cotidiano bombardeo y nadie tuviera más que vender, con todo, Dov Joseph decretó que los supermercados debían permanecer abiertos todos los días hasta las 16:00 horas. Asimismo, decidió la publicación de un boletín diario que informaría a la población de los acontecimientos esenciales. Se llamaba: «La Voz del Defensor». El mismo Joseph era el ejemplo más convincente de la posibilidad de llevar una existencia aparentemente normal.
Los bombardeos de la artillería árabe y la caza de provisiones constituían preocupaciones obsesivas. Con sus calles casi desiertas, la ciudad tenía durante el día, aspectos de ciudad fantasma. La ausencia de electricidad, convertía en siniestros los atardeceres aunque reducía a la vez los riesgos de los bombardeos. El mercado negro y el cambalache eran algo común, pero el hambre respetó a los niños a quienes Dov Joseph obsequió dulces para hacerles olvidar por un momento la cruel guerra.
A tres mil kilómetros de Jerusalén, el destino del primer cazabombardero de la aviación del Estado de Israel preocupaba aquella noche al judío Ehud Avriel. Llamados a toda prisa a París, los propietarios-pilotos del único aparato de la compañía de transporte «Ocean Trade Airways», observaban con inquietud los esfuerzos de los hombres de Avriel por hacer partir al DC-4. También torturado por la idea de que el precioso avión corría el riesgo de detenerse in situ, Avriel seguía angustiosamente las operaciones de carga. Ocho horas después, un recibimiento imprevisto le aguardaba por encima de la costa israelí, todos pensaron que el gran cuatrimotor que llegaba, era árabe. Zigzagueando entre las explosiones, el piloto picó hacia Akir, un antiguo terreno de la RAF próximo a la pista donde se posara la noche del 31 de marzo.
Los estibadores del puerto de Haifa miraban con sorpresa el montón que tomaba cuerpo en el muelle, y se preguntaban para qué podrían servir todos los cuévanos que acababan de descargar. Era menos de lo que había previsto David Ben Gurion en sus momentos más pesimistas. Los judíos, sin embargo, tenían la más urgente necesidad de esas armas, ya que los efectivos eran demasiado poco numerosos en relación con el territorio a defender, los israelíes hacían frente a la situación más alarmante. Las fuerzas de invasión egipcias alineaban, por su parte, con número 10,000 hombres apoyados por una escuadrilla de cazabombarderos.
En Jerusalén, si el éxito de los soldados judíos ante Mea Shearim salvó provisionalmente a la ciudad judía, nuevas amenazas asaltaban ya a sus defensores. David Ben Gurion veía con angustia al pila de telegramas que se amontonaban sobre la mesa de su despacho. El aprovisionamiento y las municiones de Jerusalén se agotaban y la ciudad estaba amenazada por la Legión Árabe al norte y por los egipcios al sur. Ben Gurion convocó a Yigael Yadin y a los principales responsables de la Haganá, sabiendo que la llave de Jerusalén se encontraba en la encrucijada de Latrún. Su decisión fue encomendarle a Yadin ocupar este sitio estratégico y abrir la carretera. Yadin dudó en aceptar esta encomienda, expresándole a Ben Gurion su preocupación por no abandonar a toda su familia que se encontraba en Jerusalén.

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Al fin, el cumplimiento de la orden de Ben Gurion fue encomendada a Shlomo Shamir, veterano de la Haganá, quien iba a tomar ahora la cabeza de la primera gran unidad constituida por el nuevo Estado de Israel, y conduciría al combate contra el ejército árabe del general inglés Glubb Pacha. Antes de probar sus capacidades contra los ejércitos árabes, Shamir debía cumplir una promesa que movilizaría todos sus recursos de astucia y de energía. Debía reclutar a los mil hombres de su brigada. La mitad de sus efectivos procederían de unidades ya existentes. El resto debería buscarse en los depósitos, servicios administrativos o simplemente, en las calles de Tel-Aviv. Esta tarea le pareció tan ardua, y tan insuficientes las 48 horas de que disponía, que se preguntó si la puesta en pie de aquella 7a. brigada no sería una empresa casi tan aventurada como la más dura.
En Jerusalén, la ofensiva de la Legión Árabe contra el barrio judío de la ciudad vieja se intensificaba. Para apoyarla, el comandante Abdullah Tell dispuso a sus blindados y cañones anticarro en el Monte de los Olivos. Más de 200 obuces caían cada día sobre los tejados y callejuelas del barrio asediado. Una feroz batalla se desarrollaba de una casa a otra. A los judíos les era necesario algo  más que valor para salvar su barrio.
Otro grito de angustia se extendió aquella misma noche a través de las calles de Beit Hakerem. Los centinelas que vigilaban los contornos de ese poblado judío se precipitaron a anunciar que el kibutz de Ramat Rachel acababa de caer. Los egipcios estaban a seis kilómetros de Jerusalén. Lejos de allí, lentamente, como un anciano, el viejo pesquero rescatado de un cementerio de restos de Brooklin entraba en la majestuosa bahía de Haifa. Era la coronación de numerosos años de sueños y el fin de un viaje comenzado durante los tiempos de la invasión hitleriana. La victoria aliada que tanto habían deseado hizo pasar a los sobrevivientes de la persecución nazi a las alambradas de un campo a las de otro. Sionistas o no, ateos o creyentes, proletarios o burgueses, estaban animados por un mismo deseo de reunirse con sus hermanos, lejos de aquella Europa que los había entregado a los peores verdugos. La Haganá les ofreció esta posibilidad, pero no les prometió conducirles a Palestina más que para batirse. Tomados a cargo de las redes de emigración clandestinas, fueron conducidos a los puertos de embarque. El 14 de mayo, aún en alta mar, los emigrantes del «Kalanit» lanzaron gritos triunfales al saber que el país hacia el cual les transportaba su viejo paquebote, había conquistado el derecho de recibirles abiertamente. No obstante, ninguna marcha militar, ningún discurso, les recibió en el puerto de Haifa. Desde lo alto de su navío sólo distinguieron la hilera de autobuses amarillos que les aguardaban. La entrada a su nueva patria, sería pagada por estos hombres, participando en una guerra para la que no habían sido preparados.
Tal como predijo Shlomo Shamir, al día siguiente contó con los efectivos que le faltaban, ante él se encontraban los 450 emigrantes del Kalanit que le fueron conducidos directamente desde los muelles de Haifa. Todos eran muy jóvenes y los repartió en cuatro compañías y les distribuyó una especie de uniforme y un fusil. Quedaba el problema de la lengua, los jefes de secciones y de escuadras sólo hablaban el hebreo. Se decidió enseñar a estos hombres, algunas palabras sencillas, las que debían conocer para poder combatir.
Desde su observatorio de la ciudad vieja, Sir John Glubb seguía los esfuerzos de sus hombres  con un creciente temor. Estaba definitivamente convencido de que no disponía de los efectivos suficientes, ni lo bastante preparados, para conquistar la nueva Jerusalén calle por calle, casa por casa. Pero sabía que existía otro medio para provocar la caída de la ciudad judía, el asedio, gran preocupación de Ben Gurion. Sabía también que la llave de aquel asedio se hallaba en la vital encrucijada de Latrún. Allá, los beduinos de su legión podrían, al fin, volver a encontrar a sus enemigos en un campo de batalla a su medida.

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Una lenta y escalofriante retirada comenzó a animar toda la llanura. Los oficiales árabes seguían los sucesos a simple vista desde su puesto de observación. El coronel Majelli hizo concentrar el tiro de sus morteros sobre el cerro, mientras sus gruesas piezas de campaña roturaban el sendero que descendía por detrás. En el terror del cañoneo, muchos inmigrantes olvidaron las escasas palabras de hebreo aprendidas a toda prisa al descender del barco. Los hombres corrían, caían, se levantaban, saltaban sobre los cuerpos de los muertos y moribundos, se volvían para disparar algunas balas y se desplomaban. Los fusiles árabes habían ocupado todo el caserío y sus disparos causaron las últimas víctimas de aquella retirada de pesadilla.

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El centro de Amman estaba lleno de gente. Cantando, gritando y batiendo palmas, una exultante multitud aclamaba el éxito de su ejército. Los dirigentes árabes reunidos estaban convencidos de que el triunfo no tardaría y que sería completo. El consejo de seguridad de las Naciones Unidas exigía un alto al fuego en 36 horas. En Tel-Aviv, David Ben Gurion interrogó al Estado Mayor sobre la oportunidad de aceptar un alto en los combates. El armamento de las fuerzas israelíes mejoró considerablemente. Había llegado un cargamento importante de armas al puerto de Haifa.
En el barrio judío de la ciudad vieja de Jerusalén, las posiciones de los defensores judíos caían unas otras otras. Los depósitos de agua estaban casi vacíos. No había electricidad y las cloacas habían reventado pro las inmundicias que se amontonaban. Expulsados de las casas por el avance de los árabes y por los bombardeos, la mayoría de los 1,700 habitantes del barrio se habían refugiado en las sinagogas, justo detrás de los primeros puestos de la Haganá, pero con la más lamentable situación de vida. Para la Legión Árabe bastaba un último ataque para hacer caer el barrio judío. El objetivo contra el que debían dirigir ese último esfuerzo era hacer caer la sinagoga Hurva, ya que con ello se provocaría el derrumbamiento de la resistencia judía.
Fawzi El Kutub fue encargado de abrir un pasillo a los legionarios. Aquella misión debía constituir la apoteosis de la violenta carrera del palestino. Comunicada su estrategia a los legionarios, éstos se introdujeron en la sinagoga e intentaron subir a lo alto de la cúpula para colocar allí los colores árabes. Tres de ellos fueron abatidos, pero un cuarto lo consiguió. Visible en todas partes la bandera se desplegó en el cielo de Jerusalén, anunciando la victoria de la Legión Árabe.
El más corto y triste exilio de toda la historia judía moderna comenzó poco antes del ocaso del sol. Los habitantes del barrio judío se pusieron en marcha para salir por la Puerta de Sión hacia la ciudad nueva. Esa marcha señalaba el fin de 2000 años de presencia judía casi ininterrumpida en el interior de las viejas murallas de Jerusalén. Muchas de las familias que abandonaban aquel día su casa, jamás habían salido de las murallas de la ciudad vieja. Mientras tanto, la ciudad nueva preparaba febrilmente el recibimiento de los refugiados. Dov Joseph decidió albergarles en las casas de Katamon abandonadas por los árabes. El triste cortejo desfiló toda la tarde por la Puerta de Sión, mientras las hogueras se multiplicaban en el barrio abandonado.
Caía la noche y sólo quedaba en el viejo barrio los 153 heridos que se amontonaban en un concierto de quejidos bajo las bóvedas del hospital. Una comisión médica debía venir para organizar su transporte. En cada casa de la ciudad nueva donde habían sido conducidos, los refugiados encontraron a judíos para ayudarles a acostumbrarse al brusco cambio de su existencia.

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El comandante Abdullah Tell esperaba que sus beduinos se lanzaran al asalto de la ciudad judía y contra aquella amenaza los judíos estaban indefensos. Sin embargo fue una ordenanza británica de 1920 lo que -ironía de la historia- salvaría a la ciudad de una completa destrucción: a fin de preservar el tradicional carácter de Jerusalén, obligaba a los arquitectos a construir todas las casas con grandes piedras.
Mientras tanto los proyectiles judíos eran tan preciosos, que David Shaltiel los economizaba con terrible parsimonia. Nadie tenía derecho a disparar un solo obuz de mortero sin su autorización personal. A fin de no revelar al enemigo esta trágica situación, instrucciones formales prohibían toda conversación por teléfono o por radio concerniente a las armas y municiones. Aquella mañana sólo les quedaban a las unidades que defendían la ciudad ocho obuces de mortero y 40 cartuchos por fusil. Pero el hambre y la sed dominaban todas las demás preocupaciones. Los habitantes desplegaban, para sobrevivir, todos los recursos de su imaginación.
Dov Joseph suplicó a Ben Gurion que organizara lanzamientos masivos de alimentos en paracaídas, pero Ben Gurion le ofreció una dotación que no ayudaría en casi nada a los hambrientos. Los cigarrillos habían desaparecido por completo. Sin embargo, pese al sombrío cuadro que ofrecía la ciudad, subsistían algunos signos de vida normal. Uno de los más apreciados era «Kol Yerushalayim», la Voz de Jerusalén, una emisora de radio improvisada. Estas noticias habladas, volvían cada día, a dar a los habitantes de Jerusalén la convicción de que podían resistir.
Los rigores de la batalla no perdonaban a la población árabe, aunque no soportase idénticos males. Mientras tanto Sir John Glubb recibía una nefasta noticia: el gobierno británico, teniendo conocimiento de los combates que se desarrollan en Palestina, no acepta que ningún oficial británico sufra ataque alguno. En consecuencia todos los oficiales británicos que sirven en las unidades de la Legión Árabe, deben ser retirados inmediatamente del campo de batalla. Aquella orden constituyó para los árabes una verdadera bomba diplomática. De un raquetazo, Londres privaba a Glubb de los oficiales que hacían de la Legión Árabe una fuerza excepcional. Esta decisión británica era, de hecho, una alineación con las posiciones de Washington respecto del Oriente Medio. Para conseguirlo, Estados Unidos llegó hasta a amenazar a Londres con privar a la economía británica de la ayuda vital que le aportaban para recuperarse de la guerra. Las infidelidades de su aliada no impidieron que el rey Abdullah se mostrara hacia los súbditos británicos como el más cortés de los soberanos.

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La llegada de David Marcus, judío americano y ex-coronel del Pentágono a Hulda, era fruto de una de las empresas más secretas de David Ben Gurion. La nueva guerra exigía no sólo un armamento moderno, sino también reclamaba estrategias. Encargó pues a sus agentes en los E.U. que reclutaran a un determinado número de jefes militares con los cuales constituiría un Estado Mayor de la Haganá. Marcus fue la única respuesta a esta petición. Preocupado por la situación de Jerusalén, el anciano líder dio a Marcus la misma misión que a Yadin: tomar Latrún y abrir la carretera a Jerusalén. Marcus llegaba a Hulda para organizar un nuevo ataque con Shamir. Los dos hombres convinieron en mantener en líneas generales, la misma táctica, pero ahora tomando sinnúmero de medidas y precauciones.
Contrariamente al ataque anterior, la operación «Ben Nun II» comenzó a la hora prevista. Pero con todos sus sentidos al acecho, los enemigos y especialmente el capitán árabe Izzat Hassan, se esforzaba por seguir el ruido de las orugas que avanzaban a través de la llanura de Latrún. Protegidos por la humareda de sus granadas fumígenas y por la oscuridad de la noche sin luna, los judíos flanquearon el relieve sin recibir un sólo obuz. En Latrún por fin, el ataque se desarrollaba exactamente como se había previsto. Sin embargo, este segundo asalto fracasó definitivamente. El informe que se escuchaba aquella mañana de junio respecto de los sucesos, era la más sombría sucesión de noticias que jamás se oiría. Se trataba, casi bala por bala, del estado de las reservas de municiones que aún poseían los defensores judíos de Jerusalén. Pero aquel no era el único cuadro siniestro de la mañana, los depósitos de la ciudad sólo contenían harina para fabricar, durante siete días, las flacas raciones de pan de la población. Era preciso, a toda costa, ser aprovisionados. Ben Gurion convocó rápidamente a Joseph Avidar, el hijo del molinero ucraniano responsable de los aprovisionamientos de la Haganá, con el fin de que aquel consiguiera los jeeps suficientes, que los llenara de armas y municiones y los llevara hasta el destino final.
Mientras tanto, al principio débil y lejano, el ronroneo comenzaba a llenar todo el cielo de Amman. Ningún avión de línea sobrevolaba, sin embargo, en la capital beduina lo hacían en aquella hora tardía. Esos aviones eran dos cazabombarderos de la Fuerza Aérea de Israel. Su presencia sobre Amman era la consecuencia de una orden dada aquel día por David Ben Gurion, media docena de los «Messerschmitt» comprados por Ehud Avriel en Checoslovaquia habían llegado al fin. El primero de aquellos aparatos se estrelló al despegar, el segundo fue derribado y el tercero consiguió abatir dos bombarderos egipcios, probando así que Israel esperaba, en adelante, disputar a los árabes el control de su cielo.
En Tel-Aviv, Joseph Avidar y David Marcus, se embarcaban en una nueva aventura: intentar la realización a fuerza de sudor, ingenio técnico y audacia, lo que no pudieron conseguir por las armas, abrir una carretera hacia Jerusalén. El nombre de la operación que pronto comenzaría fue la «Ruta de Birmania».

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El azote del hambre comenzaba a cubrir a Jerusalén judía. Aquel viernes 4 de junio, las reservas de harina estaban casi terminadas. Dov Joseph decidió enviar a Ben Gurion una sombría advertencia, pidiéndole hacer llegar alimentos sin importar el medio y como mínimo 17 toneladas diarias. Jerusalén debería contar con un milagro, y el instrumento que aguardaba el judío David Marcus para realizarlo acababa de llegar. Se trataba de un pequeño bulldozer de la empresa de construcción «Solel Boneh». Con esta maravilla, el caserío árabe abandonado se convirtió en pocas horas en una febril cantera de construcción. Metro a metro el bulldozer comenzó a devorar la primera colina. Cavó, desmontó, igualó y arrancó los matojos. Con ayuda de varios hombres que trabajaban día y noche, se avanzaba sobre las colinas.
En Jerusalén se suscitaron nuevos ataques devastando la ciudad judía y causando sin cesar más muertos y heridos. Fue un lunes 7 de junio cuando se presentó el hambre. Sólo quedaban tres días de reservas y raquíticas aportaciones para la población de la ciudad. Ante la inminencia de la catástrofe, Dov Joseph envió un nuevo telegrama a Ben Gurion diciéndole: «-Si no recibimos harina antes del viernes, habrá hambre en Jerusalén-». Ben Gurion estimó que si se reunían 600 hombres capaces de recorrer cada noche cinco kilómetros con 20 kg. de alimentos a la espalda, podrían transportar suficientes víveres para permitir a la ciudad sostenerse hasta la llegada masiva de socorros. Más pronto de lo previsto, cientos de hombres se ofrecieron para iniciar esta misión, hombres de todas clases, funcionarios, obreros, comerciantes, empleados de banca. Las mujeres llenaban los sacos de harina, arroz, azúcar, legumbres secas y así los porteadores dieron marcha al plan de aprovisionamiento, todos ellos precisaban de escalar las altas colinas de Judea para salvar a su capital del hambre.
Tanto la labor del bulldozer como la caminata de los porteadores no pasaron inadvertidos para los árabes. Los beduinos estaban inquietos por estos movimientos, por el ruido de los aparatos y las nubes de polvo ascendiendo al cielo. Se supo de la carretera que se estaba construyendo hacia Jerusalén, pero el coronel Majelli, incrédulo nunca pensó que este proyecto pudiera ser factible.

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Por tercera vez el ejército de Israel había intentado arrebatar a la Legión Árabe las alturas de Latrún para volver a abrir la carretera de Jerusalén y alejar la amenaza que pesaba sobre la Ruta de Birmania antes de que un alto al fuego no consagrase en aquellos lugares la presencia árabe. Una brigada entera fue conducida desde Galilea para reemplazar a las compañías diezmadas de la 7a. brigada. Los miembros del comando llegaron hasta el puesto de mando del coronel Majelli, pero como no tenían apoyo, no pudieron asegurar aquella extraordinaria conquista. Las tropas árabes contra atacaron victoriosamente. Las cimas de Latrún iban a permanecer en manos de la Legión Árabe durante 19 años.
Cuando llegó a Jerusalén la noticia del tercer fracaso de la Haganá en Latrún, una especie de fúnebre atmósfera cubrió la ciudad. Todo el heroísmo de los porteadores en las colinas de Judea no fue bastante para salvar a Jerusalén. Sus sacos de harina sólo fueron un consuelo. El hambre seguía aquejando a todos los habitantes con igual rigor. Durante 27 días consecutivos, en el cielo resonó el tronar del cañoneo árabe, prueba cotidiana más terrible que el hambre.
En medio de aquel caos de muerte, hambre y desesperación, recorrió las calles de Jerusalén una noticia que, desde hacía varios días circulaba como un rumor. Los llamamientos del Conde Barnardotte, mediador de las Naciones Unidas, quien acababa de anunciar oficialmente la conclusión de un alto al fuego por un periodo de 30 días. Aquella noticia no desencadenó la ciudad judía ninguna manifestación particular de entusiasmo. Para Dov Joseph aquella noticia significaba que los 100,000 judíos de Jerusalén iban a ser salvados.
En los barrios árabes se produjo primero una especie de incredulidad, y luego, rápidamente, la indignación y la cólera. La gente se arremolinó para gritar su descontento con la dirección de los políticos que les privaban de su victoria.
Aturdidos y asombrados por el silencio que siguió al anuncio de la tregua, los habitantes de Jerusalén judía salían lentamente de sus sótanos y de sus refugios, costándoles creer, tras tantas decepcionantes esperanzas, que el tiroteo y el bombardeo habían realmente cesado. Para David Ben Gurion, los 30 días de tregua que el alto al fuego ofrecía a su asediado país, le parecían un sueño dorado. Por aquella noche, como la del día de la proclamación del Estado de Israel, no tenía ánimos y tiempo para alegrarse. Un informe enviado desde Checoslovaquia por Ehud Avriel le aguardaba en su despacho. Anunciaba que un tercer cargamento de armas estaba a punto de ser enviado desde un puerto Yugoslavo. Ben Gurion supo entonces que su país entraba en una nueva fase de su historia, y que sus adversarios, al aceptar el alto al fuego, habían cometido un error fatal.

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Lentamente la Jerusalén judía volvía a la vida, los almacenes abrieron de nuevo sus puertas y las calles fueron limpiadas. A medida que llegaban los primeros convoyes, la población comenzaba de nuevo a alimentarse. Dov Joseph, durante aquellos 30 días de tregua pensaba introducir clandestinamente por la Ruta de Birmania, todos los víveres que pudiese hallar. David Shaltiel tenía la intención de utilizar la misma vía para frustrar la vigilancia de los enviados de la ONU y encaminar secretamente las armas y municiones que le permitirían pasar a la ofensiva cuando se reanudasen los combates. Esta vez pensaba conquistar toda Jerusalén.
En su cuartel general de Amman Sir John Glubb alardeaba aquella mañana de la más perfecta serenidad. No vislumbraba que aquella batalla pudiese reanudarse. Incluso estimaba la eventualidad de nuevos combates.
En la Ruta de Birmania el trabajo se reanudó con una energía duplicada. Se reclutó a decenas de trabajadores y dos potentes tractores agrícolas. La carretera estuvo terminada el 19 de junio, menos de tres semanas después del inicio de los trabajos. Aquel día, con 140 camiones transportando cada uno tres toneladas de mercancías, llegaron a Jerusalén. Llevaban 50 toneladas de dinamita, centenares de fusiles, metralletas, ametralladoras checas, caja de granadas y de municiones. Ahora sí se podría responder a los cañones de la Legión Árabe. Otros convoyes llegaron también para llenar los depósitos de Dov Joseph con 2200 toneladas de víveres, además de camiones cargados de naranjas y lo más importante a todo lo largo de la Ruta de Birmania, 150 obreros acabaron de colocar los tubos de una conducción de 16 kms. que llevaría a los habitantes de Jerusalén lo más preciado para su supervivencia, el agua.
Las armas y municiones que entraban clandestinamente en la capital judía sólo constituían la parte saliente de un iceberg. Las que prometió Ben Gurion a sus colegas la víspera de la fundación de Israel, comenzaban a fluir en masa a las puertas del país, en flagrante violación de las cláusulas de alto el fuego.
El viento cambiaba también para los árabes. Pero en sentido contrario. Privados por el embargo británico de su principal fuente de aprovisionamiento, no pudieron durante aquellas cuatro semanas aumentar su armamento más que en proporciones despreciables. Como antiguamente los judíos, los árabes se esforzaron por paliar aquella penuria improvisando una industria de armamento.
David Ben Gurion tenía confianza, estaba a punto de ganar su batalla cotidiana reforzando día con día el poderío militar de Israel. Pero su optimismo era prematuro, el fantasma de la guerra civil estalló con un trueno en el cielo de Israel: la organización terrorista del Irgún, iba de improviso a poner en peligro la existencia del nuevo Estrado. Sin embargo, sus intentos de apropiación del poder fracasaron y lo único que resultó fueron pérdidas de vidas y heridos.

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Con la reanudación de la guerra, para los árabes el 9 de julio marcaba el inicio de una era de desgracias y no de victorias. El ejército de Israel atacaba todos los frentes. Desencadenando la noche de la expiración del alto al fuego, el ataque fue llevado a cabo por los grupos de asalto de un joven oficial tuerto, cuyo rostro iba a encarnar la audacia militar de su país: Moshe Dayan. Aquella fulgurante victoria judía arrojó a los caminos del éxodo a un nuevo contingente de árabes presos de pánico.
Mientras sus tropas se apresuraban en sus preparativos, David Shaltiel daba los últimos toques al plan que debía dar un gobierno judío a la ciudad vieja. Convencidos del éxito de su ofensiva, previó la ocupación del territorio conquistado hasta en sus menores detalles. Sin embargo este gran sueño fue un fracaso, la maquinaria infernal que habían preparado para bombardear la ciudad vieja, no derribó las murallas sino que actuó como un miserable petardo, perdiéndose así la oportunidad de entrar triunfantes al sitio tan anhelado.
La paz que descendió sobre Jerusalén aquella mañana de julio de 1948 debía revelarse precaria. La ciudad permanecía dividida. A inicios de 1949, las Naciones Unidas consiguieron que Egipto, Líbano, Jordania y Siria firmasen un armisticio con Israel. Si aquellos acuerdos consagraban la detención de las hostilidades, no pusieron fin al estado de guerra. Los Estados Árabes proclamaron insistente y resueltamente su voluntad de suprimir un Estado al que se negaban a aceptar y reconocer. Así terminó, no obstante el conflicto que los israelíes llamaron su Guerra de Independencia.
En el año de 1949, el gobierno de Israel hizo de Jerusalén su capital, contra la voluntad de las Naciones Unidas y de América, que aún albergan la esperanza de dar a la ciudad su estatuto internacional.
En junio de 1967, tras haber por dos veces pedido al rey de Jordania que detuviera el cañoneo sobre la nueva Jerusalén, Israel entró en guerra con Jordania. Los primeros días que siguieron a esta guerra, dieron lugar en las calles de Jerusalén, a extraordinarias escenas de fraternidad. Árabes y judíos renovaban viejas amistades, volvían a encontrar los lugares, ruidos, olores y paisajes de su antigua vida en común.
Las fortificaciones alambradas que dividían la ciudad han desaparecido, pero queda una frontera en el corazón de sus habitantes. Para que la antigua oración del pueblo judío «Si alguna vez te olvidase Jerusalén...» no se convierta en el grito de reunión de otro pueblo semita, judíos y árabes deberán, ante todo, eliminar esta frontera.

-FIN-


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