Memorias de Don Susanito P IV *s - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Memorias de Don Susanito P IV *s

Condensados

Novela Histórica
(Cuarta parte)


Por: Jacobo Contente

     


Fragmento del Vals Carmen
dedicado por
Juventino Rosas
a la 2da. esposa de don Porfirio Díaz.
Orq. Típica de la Cd. de México.

El esperado

La consigna pública durante la dictadura de Porfirio Díaz, fue antes que nada pacificación y orden. Para lo cual el General,  al contrario de lo que sucedió en el pasado inmediato, tomó más en cuenta a los hombres de espada que a los de la pluma.
Para lograr esa anhelada paz y necesario orden en una nación donde no escaseaban los levantamientos en armas y un espíritu de revanchismo, Díaz se convierte en el hombre del palo y del mando. Desde su primer período en la Presidencia se rodea  de nueva gente; amalgama a viejos y jóvenes del ala culta, pero también -como viejo estratega- trata de incluir mediante algunos nombramientos todas las tendencias importantes de la gente de cuartel.
Por las experiencias que había vivido en la Cámara de Diputados, sabía que adolecía de varias carencias para puestos públicos, como la falta de paciencia, escasa ilustración en algunos temas generales y ser torpe en el hablar. A diferencia  de los parlamentarios y políticos de carrera, él tenía una ventaja como viejo milite que era y que además le gustaba la práctica de expedir órdenes. Sabía que no tenía una educación de príncipe, pero su carácter lo inclina  a la pulcritud y las buenas maneras.


Algunas estadísticas,
obras y legislaciones  relevantes
del período porfírista

Escuelas: 1874 - 8,103 • 1910 -12,418; Alumnos: 1874 - 349,000 • 1910 - más de un millón; Presupuesto de Educación:  1876 - menos del millón • 1910 -7 millones; Vías férreas: 1880 -1,079 km. • 1910- 19,710Km.; Vías telegráficas: a 1910- 60,000 km.; Grandes obras portuarias en: Veracruz, Tampico, Manzanillo y Salina Cruz; Doble vía férrea  entre Salina Cruz y Coatzacoalcos, con el objeto de transbordar mercancías entre Atlántico y Pacífico.

Obras en toda la República:
Estaciones ferroviarias, edificios de correos y telégrafos, aduanas en fronteras y puertos, hospitales y asilos y la construcción de la colonia penal de las Islas Marías.

Obras en la Ciudad de México:
Rastro, aprovisionamiento de agua, drenaje y saneamiento, planeación y urbanización de las colonias Juárez y Roma, cambio por alumbrado moderno, embanquetado del Bosque de Chapultepec, correccionales para hombres y mujeres.

Nuevas direcciones creadas y grandes obras:
De agricultura, de educación, adaptación de museos, ampliación de la escuela Preparatoria, Palacio Postal, Palacio de Justicia Penal, Teatro Nacional (Bellas Artes), Palacio Legislativo, colocación de estatuas de próceres en el  Paseo de la Reforma; Monumentos a la Independencia, Cuauhtémoc, Colón y Hemiciclo a Juárez.

Nuevas legislaciones:
Código postal, sanitario, de minería, de comercio, civil, penal, militar, ley general de instituciones de crédito, sobre extranjería, bancaria, monetaria y límites.



Desde un principio la opinión pública y muchas de las esperanzas de la   clase media y aristocrática, veían en Díaz como "el esperado". Entre 1877 y 1880, el General cumplió con la pacificación prometida, pero no pudo controlar a su  gabinete, por lo que con mucha frecuencia cambiaba de ministros. En menos  de  un cuatrienio para seis secretarías de estado, usó a 22 secretarios, hechos que confirmaban su falta de experiencia en el campo político, pero al mismo tiempo mostraba  su sentido de organización y férrea decisión de enderezar al  gobierno  de su país.
Ya para cuando terminaba su primer mandato se perfilaba como un buen jefe político, dejando el mando en forma pacífica a Manuel González en diciembre de 1880. Con González las cosas iban bien, hasta que se enredó con los arreglos de la    deuda inglesa y la expedición de las monedas de níquel. Por los arreglos de la deuda creó mala fama, ya que se juzgaron desfavorables para la República y que además, sus colaboradores y él mismo habían tenido un enriquecimiento  desmesurado.   Lo de la nueva moneda desembocó en mítines y motines capitalinos donde se gritaba ¡muere el níquel!, ¡muera el manco González!
Don Manuel, no obstante haber accedido a quitar de la circulación las monedas causantes del disgusto, terminó la presidencia con su otrora buena fama reducida a cero. Díaz volvió a la presidencia el 1º de diciembre de 1884, con el júbilo    de la población y con nuevas metas hacia el progreso económico y libertades políticas, siempre y cuando estas últimas, fueran compatibles con las ideas de disciplina y desarrollo.
Entre 1880 y 1884, Díaz desempeñó por corto tiempo la gubernatura de su tierra natal. Según el historiador y político mexicano José López Portillo y Rojas, el General demostró el mismo talento administrativo, el mismo orden y la    misma dedicación, quintuplicando los recursos del Estado, haciendo además, varias obras de interés público como escuelas, introducción de energía eléctrica en la capital del Estado y otras que lo conceptuaron como una persona infatigable.
Para ese entonces Don Porfirio había enviudado de su primera esposa Delfinita Ortega (quien murió al dar a luz a una niña) y había casado con Carmelita Romero Rubio, mujer joven, con porte de reina y grandes aleteos sociales, quien además,    fue educada en los Estados Unidos, país modelo de aquella época.
Reinstalado en la presidencia y renovada su imagen social e internacional, con el amplio reconocimiento de los primos del norte (efectuado a fines de su primer período en abril de 1878), Díaz acaba con los últimos caciques que habían escapado    a González, imponiéndose entre todos los cultos y todos los héroes; paralelamente desarrolla en su entorno sentimientos de fe, temor y amor, que servirían para "sacar el buey de la barranca" con las concebidas reglas de orden y paz.
Entre las múltiples notas que Susanito hacía de las conversaciones con el General, encontré algunas que confirman la mano dura que Díaz ejerció contra todo aquel movimiento o persona que se saliera de las normas del nuevo orden. Las más    relevantes decían:
"El señor Presidente opina que más vale prevenir un desorden y cortar cualquier asonada, que combatirla después que ha estallado".
Hubo infinidad de levantamientos en toda la República, incluso uno encabezado por Miguel Negrete, el héroe número dos de la Batalla del 5 de Mayo. La mayoría de los militares alzados, se catalogaban como sediciosos lerdistas y el resto fueron    rebeldías locales a causa de viejas rivalidades, como muchas sucedidas en el Estado de Puebla.
El General ocupaba un ejército de 30 mil soldados para la pacificación del país. Parte de esta fuerza -como mencionamos- la destinaba a sediciones políticas, pero también contra campesinos e indios desobedientes. Entre 1878 y 1883 las correrías    de los Apaches en los estados fronterizos ocuparon la atención de la opinión pública y la prensa. También los Yaquis y Mayas estuvieron en las primeras planas y fueron doblegados a mediados de 1886, no sin antes aplicar medidas violentas   donde  el salvajismo se disputó entre las partes.
Lo mismo sucedió contra las gavillas de bandoleros que infestaban los caminos, a quienes se les trató peor que a criminales y entre los que se encontraba el célebre "Chucho el Roto", de quien Susanito comenta:
"Al parecer los fuertes dolores de costado que sentía Jesús Arriaga en las mazmorras de San Juan de Ulúa, no fueron a causa de una pulmonía".
De entre todos esos hechos violentos, existe uno que culminó con varios fusilamientos el 25 de junio de 1879, en el puerto de Veracruz. En ese entonces fueron llevados al paredón 9 acaudalados comerciantes locales sospechosos de conspiración    y rebeldía. Según algunos historiadores, se le atribuye a Porfirio Díaz el haber mandado un telegrama al General Luis Mier y Terán -encargado de la operación -que decía:
"Mátalos en caliente".
De este episodio y de muchos otros que señala la historia, Susanito no dio cuenta, tal vez porque varios no estaban fundamentados o no existió el testimonial de su amigo, más sin embargo encontré la siguiente anotación que refleja un profundo    rechazo de este tipo de hechos -supuestos o no- pero que produjeron en Susanito, un cúmulo de sentimientos encontrados ante la imagen y conceptos personales que tenía del General. El manifestó lo siguiente:
"Es difícil entender que un hombre de la talla de Don Porfirio, haya aplicado aparentemente sin miramientos, el cruel rifle sanitario que se le atribuye; tampoco puedo entender que tantos campesinos y personas inocentes hayan sufrido los desmanes de    una soldadesca sin control, sin que su máximo jefe estuviera al tanto. Pienso que no todo lo que se dice y he averiguado es verdad. Mucho es atribuible al rencor de los caciques y políticos contra los que él luchó. No me cabe duda que el   señor  Presidente actuó en estricta defensa de las instituciones y preceptos que por mucho tiempo disfrutamos todos los mexicanos. Pero... de todas maneras... ahora comprendo que esas páginas de historia ensangrentadas, escritas por él o  por  terceras  personas que excedieron su encomienda, han sido la causa y razón para que dejara de ser héroe".

La providencia

De tantas pertenencias y anotaciones que recogí de aquella vieja casona de Tacubaya, Susanito no sólo me legó -indirectamente-  un valioso panorama de la época porfirista, sino que me llevó materialmente de la mano hacia su propio ser.   Existencia que no estuvo carente de pasajes amargos y desilusiones.
De aquella forzada confesión que mi tío abuelo hiciera a Don Porfirio en la ciudad de Oaxaca y donde se formalizó un compromiso para celebrar su boda con la Srita. Fela Manríquez, encontré efectivamente una bella y elegante invitación,    pero también un sobre conteniendo varios recortes de esquelas del diario "El País" y de "El Imparcial", donde se daba parte de su prematura muerte.
Según relato de mi padre, la muerte de Fela se debió al cólera que había contraído aparentemente en una prolongada gira por algunos estados del norte del país, acompañando a la artista Consuelo Vivanco, enfermedad que no pudieron    combatir a tiempo, falleciendo a escasos 15 días de la anunciada boda.
De aquel infortunio que sumió a Susanito en una prolongada depresión, encontré varias pruebas del gran amor que él sentía por ella. Además aclaré que Fela era la dama de compañía y ayudante no sólo de Consuelo Vivanco, sino    de algunas otras artistas de renombre, que prácticamente representó ante los empresarios de varios teatros nacionales y de Cuba, de donde ella era originaria.
En sobre aparte se encontraba el telegrama de condolencias que Don Porfirio y Doña Carmelita le enviaron, además de una nota manuscrita que enviaron las hermanas Moriones, dueñas del teatro Principal, lugar donde se iniciara el truncado romance.
Aproximadamente un año después de la muerte de su novia, Susanito recibió un mensaje urgente del señor Presidente que le pedía se presentara en Palacio Nacional tan pronto pudiera. Susanito se imaginó que el llamado debía estar relacionado    con un puesto diplomático en España que Don Porfirio le había ofrecido en múltiples ocasiones para ayudarlo a salir de su depresión.




No obstante sus sospechas, rápidamente se encaminó al despacho presidencial  con la firme decisión de volver a rechazar el ofrecimiento de la mejor y más atenta manera. La espera fue algo prolongada, pero al fin se le informó que Don Porfirio    lo esperaba en el comedor privado del ala sur de Palacio.
Después de sendos saludos formales y de haber ordenado la comida, Don Porfirio con su pausada voz le dijo:
-Mi querido amigo: lamento y entiendo la situación por la que está pasando y sé muy bien que cualquier proposición para  ayudarlo a olvidar, si no es aceptada por convencimiento propio, tampoco la puedo imponer. Pero la providencia me ha    dado algo que estoy seguro… de ser cierto, cambiará su vida y dará satisfacción a personas que lo estimamos.
 Susanito atento pero con mirada incrédula le comento:
 -Agradezco a usted y a su gentil esposa todas las atenciones e interés que han tenido para conmigo, pero…
Don Porfirio abruptamente lo interrumpió y continuó:
 -No hay pero que valga… y de antemano sabe usted que no tiene que agradecernos nada, para eso somos sus amigos y por eso quiero preguntarle… ¡De hombre a hombre!... ¿Por qué no me había dicho que tiene usted un hijo?
 Susanito sólo abrió unos enormes ojos de sorpresa, contestando casi de inmediato:
 -Con todo respeto… ¿es acaso alguna broma?
 -No acostumbro hacer bromas y si lo fuera Susanito, ésta sería de muy mal gusto.
 Don Porfirio le relató que uno de sus altos generales emplazado en la ciudad de Chihuahua, había tenido conocimiento del asalto y muerte de unos viajeros. Entre ellos ser encontraba una mujer de clase humilde de nombre Angelina, quien llevaba     un niño de escasos cuatro años de edad, quien resultó ileso y que fue entregado a sus abuelos maternos para su cuidado y educación.
 De entre los escasos papeles y pertenencias que se le encontraron, los militares pudieron dar con el domicilio de sus padres en la ciudad de Parral, Chihuahua, pero además se encontró una fotografía en donde aparecía la víctima junto     a un hombre que de inmediato reconoció el general, por haberlo visto con frecuencia en la ciudad de México acompañando al señor Presidente de la República.
 Como resultado de las investigaciones que efectuó el ejército, por considerarse un delito de tipo federal, al General se le informó que Angelina había trabajado en la capital por varios años como ama de llaves, en la casa de un señor     influyente de apellido Peñafiel, de quien al parecer había quedado embarazada, pero que poco antes de dar a luz contrajo matrimonio con un individuo de apellido Villa, mismo que la abandonó al poco tiempo, huyendo a la frontera norte con los     pocos ahorros de Angelina y el producto de varios fraudes cometidos en Parral.
 Don Porfirio le aclaró que esos hechos habían sucedido haría dos años y que a raíz de una conversación reciente que tuvo con el referido general –cuyo nombre por el momento no revelaría- le vino la duda de la posible paternidad     de su amigo, a quien pedía de ser posible, la despejara.
 Por su parte Susanito le comentó que efectivamente él había tenido relaciones con Angelina, poco antes de que partiera a su estado natal. Además aclaró que nunca supo los motivos reales de la determinación de separarse de su lado     y que mucho menos sospechó que la hubiera embarazado. Por otro lado, viendo la probabilidad de su responsabilidad paterna, pidió a Don Porfirio le ayudara a la localización de su probable hijo, por lo que solicitó de inmediato hablar con   el   general informante o con quien pudiera tener mayores datos al respecto.

Genio y Figura

Tal vez una de las dotes de Porfirio Díaz que más asombra cuando se lee su biografía, es la facilidad de asimilación y cambio  hacia el progreso. Sobre esto, el historiador José López Portillo y Rojas, quien lo conoció cuando  ya era presidente, comentó:
"No perdía instante en cosas frívolas, vivía con los ojos y los oídos bien abiertos y en perenne observación y todo cuanto veía y oía, cuanto le parecía bueno y digno de ser imitado, en el acto lo retenía y se lo apropiaba".
Esa cualidad aunada a una autodisciplina y envidiable actividad que aparentemente no lo cansaba, libraron los múltiples escollos que desde joven se le presentaron. Una prueba palpable de esa constante transformación personal que reflejó en sus   actos como mandatario, fue el reconocimiento unánime internacional, no obstante -como ya se comentó- los presagios funestos que al principio de su primer período hicieron los Estados Unidos, quienes tardaron en reconocerlo y además apostaron   que no duraría ni un año.
Su buen olfato, astucia y dignidad, evitaron una muy posible intervención armada que pudo haber provocado nuevas modificaciones en las fronteras como en 1848. Al gobierno de Washington no le faltaban pretextos para hacerlo, pues el contrabando fronterizo   cada día aumentaba, como también el robo de ganado texano que después se sacrificaba en México, además de que el vecino del sur se había convertido en refugio de criminales norteamericanos.
La estabilidad política y económica que él logró, se reflejó en obras concretas en beneficio de la nación. Susanito decía que su amigo siempre predicaba con el ejemplo, como lo demostró al auto rebajarse a la mitad el sueldo que   percibía como Presidente, en tiempos económicos difíciles para la nación.
No obstante los beneficios logrados, como el de alcanzar en su tercera elección un equilibrio en los presupuestos y además un superávit (más de dos millones y medio de pesos), la ratificación unánime que hizo el Senado de la República   el 10 de mayo de 1890, a favor de la reelección indefinida del Presidente de la República y los Gobernadores de los Estados, empezó a avivar el fuego de una caldera cuya presión iba en aumento y que no obstante su edad avanzada, de quererlo,   bien pudo controlar.
Pero dejaremos este último punto para un posterior capítulo y veamos que anotó mi tío abuelo sobre esa prosperidad creciente:
"A mis amigos que se encargan del manejo de los dineros del gobierno, les he preguntado si es verdad lo que aparece en los periódicos. Ellos me han confirmado que los ingresos de la Federación ya pasan de los 100 millones anuales y que tenemos una   reserva de más de 80, no obstante el crecido gasto que han ocasionado las obras públicas.
Lo que no me dicen los muy sinvergüenzas, es que podrían ser más millones siempre y cuando tuvieran la dignidad y honradez de sacarlos de sus respectivas cuentas bancarias, que por arte de magia se han puesto obesas en poco tiempo.
A Don Porfirio le he expresado mi disgusto por la rapiña que muchos demuestran, pero me expresa:
- No vale la pena que se enfade Susanito, en cosas económicas hay que dejar hacer y dejar pasar, siempre y cuando exista orden y tranquilidad. Para eso hay que dar confianza para que el dinero siga invirtiéndose en México y su gente. Por más   que se hinchen esas personas, llega el momento del derroche, el ego por sobresalir o la necesidad de ganar más dinero, causales que los hace que sigan invirtiendo.
Lo principal, a mi modo de ver es que haya confianza. Imagínese usted que es como una gran rueda que sigue creciendo y girando; unos quedan arriba, otros en medio y muchos abajo esperando su turno para subirse y hacerla todavía más grande.
"Con sus explicaciones y sobre todo con el palpable progreso que hasta se respira, ya no dudo de su política económica, pero sabiendo lo intachable de su honradez, lo de continuar brindando confianza a esos bribones incrustados en su equipo y otros   muchos que resultan verdaderos lagartijos porfiristas, amén de rabo verdes, ¡eso sí que no lo comprendo! Por eso y con la confianza que entre los dos seguía creciendo, le pregunté:
-Don Porfirio ¿no cree usted que en su momento algunos colaboradores -que ya usted conoce- traicionen la confianza que les sigue brindando, o que sus excesos den al traste con la buena reputación que usted tiene?... ¡Acuérdese lo que le sucedió   a Don Manuel González con los arreglos de la deuda inglesa!
Mi querido amigo se sonrió de una manera inusual, pues sin perder su compostura y la elegancia -que en parte resultaba de sus bigotes y cabellera teñidos completamente de un blanco brillante desde sus 58 años de edad- mostró claramente un   dejo de burla. Hizo una pausa y tomándome del brazo con firmeza mientras nos encaminábamos a las caballerizas del castillo de Chapultepec, dijo:
-Recuerde usted que los más grandes conflictos de la humanidad han sido por motivos de poder, por mujeres o por dinero. Yo siempre me incliné por lo primero, pues lo segundo -sin que niegue que me interesan- ha estado en segundo término por el   gran ejemplo y respeto que hacia ellas me dio mi propia madre. Por el tercero -o sea el dinero- sólo me ha gustado administrarlo; considero que es un mal necesario para alcanzar una meta, pero tenerlo como única meta y todavía en exceso, lo  califico  como un gran error.
Por otro lado a Don Manuel le fallaron las tres cosas. Primero, permitió que le "alborotaran la caballada"; eso lo debilitó en el poder. Después, no consideró el gran escándalo que se le armaría con las mujeres del mercado de La Merced   -por lo de las famosas monedas de níquel-, yo mismo le advertí desde Oaxaca que tuviera cuidado y terminara ese alboroto lo antes posible, pues recuerde usted que ¡viejas juntas, ni difuntas! Y por último, creyó hacer un hurto limpio solapado   por los ingleses, olvidando que ya ellos dejaron de ser piratas... claro está que para algunas cosas y ahora los vemos convertidos en estupendos y meticulosos banqueros.
Pero volviendo al presente mi querido Susanito y a su cuestionamiento, usted mismo lo dijo, a la mayoría de los que abusan en sus puestos de gobierno para enriquecerse, ya los conozco. Claro que si la rueda que le puse como ejemplo sigue creciendo,   surgirán nuevos ricos que no conoceré. En ese caso -que ya se está dando con celeridad- los mecanismos de mi teoría tendrán que funcionar como en las primeras etapas que ya hemos vivido, en estos últimos años de paz y orden. No crea   usted que me chupo el dedo con lo sucedido en la pasada década, cuando el Senado legalizó por gran mayoría la reelección. Créame que no es una casualidad, todos queremos que continúe el progreso y auge económico y si el factor poder   sigue funcionando en mis manos, seguirá la paz y la tranquilidad, aunque existan faltas como las que usted anota y que ya hemos analizado.
Susanito volvió a quedar convencido por las explicaciones autorizadas de su amigo, que además comprobaba con sus observaciones, pues veía que los banqueros, industriales, comerciantes y terratenientes, reemplazaban cada vez más al clero como   entidades económicas superiores. Por otro lado ya se notaba que el nuevo burgués opacaba en algunos renglones a los militares. En una palabra, se estaba dando una nueva y más amplia aristocracia muy a la mexicana, o si se prefiere, muy a la  porfiriana.
El papel confiado a Díaz había dado los resultados esperados. Casi hizo una religión del respeto a la propiedad privada, engrandeció el tesoro nacional y casi eliminó la criminalidad. Se decía que en su tiempo no hubo violadores de mujeres   y que entonces, había moralidad; por lo que estos hechos y muchos otros más avalaban su reelección desde la misma conciencia de todos los grupos nacionales.
Su sexta reelección (1904-1910) que por modificaciones a la Constitución ya no sería de 4 años, aparentemente serviría para que el General completara su obra, mediante la organización de nuevas instituciones, teniendo por objeto que   la sociedad dependiera más de sus leyes y no de sus hombres.
En este último punto (leyes-hombres), Susanito albergaba muchas dudas, pues recordando el ejemplo de la rueda que crecía, llegó a suponer un paro o lentitud en el crecimiento o rotación, que bien podía suceder por fallas de orden, envidias,   detentación del poder o nerviosismo de una gran mayoría que todavía no lograban subirse.
De suceder ésto, la pregunta que haría a su amigo sería muy simple y estaría relacionada con la entrevista que en 1908 James Creelman (periodista norteamericano) le hizo, en la que declaró que no quería continuar en la Presidencia y   que la nación estaba bien preparada para entrar en la vida libre.

Continuará...

     









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