Memorias de Don Susanito P III *s - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Memorias de Don Susanito P III *s

Condensados

Novela Histórica
(Tercera parte)


Por: Jacobo Contente

     

Parte de los
Pregones de México,
Mariachi Vargas.








Diferencia entre Héroes

Finalizando el segundo imperio y restablecido el orden constitucional, se efectuaron elecciones federales, resultando electo para  el cargo de Presidente de la República el Lic. Benito Juárez y Presidente de la Suprema Corte, además de Vicepresidente  de la República, el Lic. Sebastián Lerdo de Tejada. Esto ocurría al finalizar el año de 1867.
Porfirio Díaz optó por retirarse de la vida militar, entregando cuentas de tesorería del Ejército de Oriente muy positivas y meritorias (87,000 pesos de aquellos tiempos), conducta que le valió la admiración de la población y a la   vez despertó envidias en los altos cuerpos castrenses. Actitudes, estas últimas, que no le afectaron.
Susanito -que como ya hemos narrado, siempre fue muy curioso-, no comprendía el porqué de un retiro voluntario en el clímax de una carrera que señalaba a su amigo como un héroe militar. Más pronto que tarde, en un viaje de placer que   efectuó con Don Porfirio a la ciudad de Oaxaca, al platicar el Presidente con un líder de una población zapoteca, que casi le exigía presidiera un acto público en honor a Juárez, Susanito pretendió despejar su antigua duda entrando   a la conversación que ya había caído en un círculo vicioso, de reiteradas peticiones en todos los tonos y un número igual de excusas por parte de Díaz.
-Perdonen ustedes que me meta -comentó Susanito-.
De inmediato Don Porfirio lo interrumpió diciendo un poco exaltado:
-¡Susanito no está el horno para bollos!... y creo que el caballero -refiriéndose al líder zapoteca- ya casi logra entender que mis vacaciones son sagradas, por lo que lamento el tener que retirarme para no profanarlas.
Susanito abochornado por la actitud que su amigo tuvo para con él y el visitante, quiso mostrarse amable con este último acompañándolo hasta la calle, trayecto que aprovechó para tratar de borrar la dura impresión que el líder indígena   se llevaba del Presidente.
Al día siguiente, mientras ambos se deleitaban el paladar con suculentos platos de pollo bañado en mole negro y sus respectivas tortillas, sirviendo de fondo musical las melodías que una pequeña orquestita de cuerdas le brindaban al General   con el vals "Carmen" (pieza que fue compuesta por Jesús Flores en honor de la esposa del Presidente), Don Porfirio abordó el incómodo acontecimiento que sabía estaba latente en la mente de su acompañante, diciéndole jocosa y sarcásticamente:
- ¡Le apuesto a usted que no pudo convencer a ese indio zapoteca de que me asistía la razón y que además usted se sintió como un tonto que le habla a una pared!
Susanito sintiendo que el pollo se le atoraba en la garganta, premeditadamente hizo una larga pausa para ordenar sus ideas y escoger las palabras más adecuadas que llevaran al Presidente a comentar -hasta las causas más escondidas- ¿qué fue   lo que provocó su enemistad con el otro gran héroe civil que había sido Juárez? Por lo que contestó, un tanto en broma y otro tanto lastimeramente:
-Que haya un tonto más, que le importa al mundo señor Presidente. Si bien es cierto que me sentí como un simple palero de carpa, al que no se le confía el papel principal; tal vez para que no pueda enterarse de algunos secretos de la actuación   que no le pertenece. Por lo demás sólo quise hacer un buen servicio.
-Ahora si que lo desconozco Susanito... ¿O qué le cayó mal el mole o se me está yendo por las ramas vestido de mártir para quien sabe qué cosa?... La verdad, no se bien a bien a donde va, así es que desembuche de una buena vez.
-Pues mire usted Don Porfirio...
-Tampoco con eso quiero que se vaya por las ramas cuando estemos solos como ahora.
-Perdón señor Presidente... no lo entiendo.
-¿Pues que no es usted mi amigo y yo me llamo Porfirio y desde que le conozco se llama Susanito Peñafiel y Somellera, de la Sota y Riva y de Cantoya y Rico?
-El mismo que viste, calza y bebe con usted Don Porfirio... ¡pero sigo sin entender!
-A que mi buen amigo, creo necesita un buen baño turco para despertarse el día de hoy. Lo que le trato de decir es que lo autorizo desde este mismo instante, para que en privado deje a un lado el "Don" y lo de "señor Presidente" cuando se dirija   a este su amigo, pues de lo contrario tendré que llamar a un "tecolote" (policía) para que lo pongan a la sombra por un buen rato.
 -¡Ah caray!... ahora si que me ha dejado frío. Se que hay que tener lo que se deba, pero en este caso realmente debo  lo que tengo, por lo que usted generosamente me ha proporcionado. Realmente es un gran honor... Porf... Porfirio.
-Así me gusta Susanito... y ahora al grano, ¿qué "trai" atorado?
Mi tío abuelo ya más calmado de la emoción y deferencia que desde ese momento le hacía, nada menos que el Presidente de la República, le comentó la duda que por muchos años tenía por su retiro a la finca de "La Noria", dejando   la milicia precisamente en los momentos en que debería de haber aprovechado las mieles del triunfo y popularidad.
Además le manifestó que sabía del enfrentamiento personal que tuvo con Juárez, quien de un plumazo mandó reducir el número de elementos efectivos del ejército a tan sólo un tercio, enviándolos a su casa sin dinero, sin que comer   y sin ocupación.
También le hizo mención de lo que habían notado varios periodistas de aquella época, sobre la frialdad mostrada por Juárez hacia el General Díaz, cuando este último le preparó un gran banquete y entrada triunfal a la ciudad de   México al restablecerse la República.
También dio su opinión sobre Juárez y de él, que siempre demostraron ambiciones de poder. El primero con el golpe de estado perpetuado en "Paso del Norte" y al continuar en el poder hasta su muerte; el segundo por sus actuaciones como militar   y gobernante.
Estos y otros datos que venían de la memoria de Susanito, los semblanteó con toda precisión al Presidente, que en un completo silencio lo escuchó con atención, y después de que ambos habían terminado con el postre oaxaqueño que   les sirvieron, Susanito le insinuó que le manifestara si habían otras cosas personales o de clases -recordando la irritación provocada al Presidente por el líder zapoteca-; insinuación que de inmediato entendió Díaz, contestándole   con su acostumbrado aplomo y caricias constantes a su bigote:
-No cabe duda Susanito que me tiene bien estudiado, y admiro su curiosidad por enterarse hasta de los mínimos detalles; pero a cambio de mis confesiones, quisiera pedirle me confirme algo sobre su persona y ciertas visitas que ha efectuado usted, al   parecer con bastante interés, al Teatro Principal. ¡Como dicen los chinitos Susanito... "si no hay dinelo, no hay lopa"... o lo que es lo mismo, "dando y dando"!... ¿Estamos de acuerdo?
-¡Claro que si, Don..., perdón, más bien quiero decir que estoy de acuerdo señor Pre...!; bueno todavía no me acostumbro, pero siga usted, hágame el favor.
-Pues en primer lugar, no quiero que me haga el flaco favor de pensar que soy una persona que discrimina a las gentes por su origen, y mucho menos, por su credo o color. No olvide que soy la mitad indio y de estas mismas tierras.
Lo que si nunca he admitido, es la obstinación, terquedad... y porque no decirlo, el rencor de muchos de nuestros aborígenes. En eso por lo menos en un 50% he sido diferente a Juárez.
Los enfrentamientos y mis sublevaciones hacia su mandato, no obstante mi retiro como jefe militar, es como la punta que se ve de un iceberg. En realidad me tenía desconfianza y envidia, no obstante que siempre utilizó mis servicios, pues sabía   que lo que se me encargaba lo hacía bien. ¡Claro que a mi manera!, sin la intervención -sólo estorbosa- de algunos de mis superiores, incluyéndolo a él.
Por sus constantes amonestaciones, le pedí en varias ocasiones me relevara del cargo, pero los resultados que le entregaba lo forzaban a hacer caso omiso de mis peticiones; por contra en la mayoría de las veces, premiaba y adjudicaba gran parte   de mi trabajo a otros militares que le eran más controlables y sumisos, como Mariano Escobedo.
Aunque sabía que le molestaba a su orgullo y rencor, yo no pude admitir órdenes de fusilar a prisioneros de guerra; como los 300 que se rindieron cuando tomé la ciudad de Puebla. Además no entendía de razones cuando se le pedía un perdón   para alguien, que con anterioridad le había servido con honor y lealtad; como fue el caso del General Tomás O'Horan, quien como muchos otros reconocieron en algún momento al imperio de Maximiliano, por el vacío de poder que Juárez provocó   con su huida a los Estados Unidos.
Pienso, después de tantos años que han pasado, que Juárez se comportaba para conmigo despóticamente, por razones personales y no tanto políticas. Admito en parte su heroicidad mostrada ante la adversidad, que como Presidente le tocó   vivir durante los años de invasión; su sentido legal de las cosas, mejor dicho, sus dotes de estadista; pero no fue buen administrador ni político, y aunque más estudiado que un servidor dejó en bancarrota al país, sin comprender que   debía actuar más abierta y diplomáticamente como Presidente, tomando en cuenta las corrientes poderosas que se manifestaban en el país.
Además, las banderas de su partido liberal, brillaban por la ausencia de lo que pregonaban, haciendo una verdadera cacería y escarnio de todo lo que oliera a religión.
-Debo suponer -interrumpió Susanito- ¿que usted no estaba de acuerdo con las Leyes de Reforma en materia religiosa?
-Nada de eso mi buen amigo. Una cosa es ser más diplomático o político, y otra cosa es ser radical y terco. Esas leyes producto del movimiento liberal son extraordinarias y de lo más avanzadas para su época; pero en la reglamentación   y ejecución de sus fines, por lo menos los gobiernos juaristas se pasaron de la cuenta, dejando una herencia de odios y venganzas que yo he tratado de menguar.
Usted lo ha visto Susanito, he tratado de establecer mayor contacto con el clero, dejándole mayor libertad para la práctica del culto y una buena parte de la educación, pero también he dejado que otros cultos se establezcan en territorio mexicano   para contrarrestar, por así decirlo, un añejo monopolio. Creo que la influencia de los pastores "gringuitos" hará con el tiempo lo suyo y hasta he autorizado a algunos representantes de la Bnai Brith, una cuota de inmigración de judíos   de Europa para que desarrollen algunos campos de nuestra industria y comercio, que hasta ahora, están olvidados y dependen completamente de importaciones del extranjero.
-¡Ahora entiendo!... con razón usted no ha cambiado para nada esa legislación.







PREGONES DE GRITONES
Y VENDEDORES AMBULANTES:


¡ Meeerrcaaaránn pollussss!

¡ Velas de seboooo!

¡ El mantequerooo... mentecaaa fresca...!

¡ Tamales de chile, de dulce y de mantecaaa...!

¡ Las matracas... las sonajass...!

¡ Helados de nieveeee... canutos nevadosss...!

¡ Enchiladas... sopes... guajolotesss...!

¡ Buñuelos calientitoooosss...!

¡ Utiles de cuero palos charros...!

¡ Canastas pa'l mandado...!

¡ Jaulas pa' los pajaroosss...!

¡ Riatas pal tendederooo...!

¡ Zapatos que remendaaarrr...!

¡ Paraguas.. .sombrillasss... que componerrr...!


-No lo he hecho, ni lo haré. Estoy convencido que los que estamos al frente  del poder de un gobierno laico, no debemos de permitir que un poder, que se apoya en dogmatismos y en la debilidad e ignorancia de un gran número de feligreses, lo rebase.   Pero la humanidad no ha cambiado mucho en siglos y apenas vemos un poco del  espíritu y avance científico, por lo que hay que dejarlos que trabajen como paliativos y válvula de escape de carencias y errores, ideológicos y materiales de nuestros   propios gobiernos, pero siempre ejerciendo una buena vigilancia y control  sobre ellos, evitando que con el tiempo se nos suban a las barbas.
Además -continuó don Porfirio, dibujando una amplia sonrisa- ¡hay que  ser inteligente Susanito!, se da usted cuenta que con la tolerancia religiosa que me he propuesto, no sólo he tenido más tranquilidad en el país, sino que la he llevado   hasta mi propia casa evitando discusiones con mi esposa Carmen y la finada  Delfinita.
¡A propósito de mujeres queridas, ahora le toca a usted confesarse, Susanito!
-Je, je... a que buena memoria tiene usted Porfirio. En realidad mis visitas al Teatro Principal, se han debido a la estrecha amistad que siempre me ha unido con las hermanas Moriones, dueñas de la empresa, y últimamente pues... pues les he dado    algunos consejos financieros para los que fui requerido.
Nada más eso señor... digo... nada más eso ha pasado Porfirio.
-¿Susanito... en qué quedamos, en qué quedamos?
-Bueno, mire usted. Para evitar que llame al "tecolote" y que le pasen algunos chismes infundados, como los que por "ai" andan circulando, empezaré por el final, que en mucho tiene que ver con el gran honor y confianza que hoy he tenido.
Porfirio: le pido muy solemnemente y por la amistad que nos une, se sirva -usted y su distinguida esposa Carmencita-, concedernos el gran honor -a Fela y a un servidor- de servir como testigos de nuestra boda.
En esos momentos Don Porfirio se levantó y abrazó efusivamente a Susanito, aceptando de inmediato la invitación, además de felicitarlo por la decisión de unir su vida a la de una mujer -que aunque todavía no conocía-, estaba seguro    llenaría un notorio hueco en la vida de su amigo, que por muchos años había llevado una existencia próspera, muy sociable y divertida, pero al mismo tiempo solitaria y artificial que no era afín con su verdadera personalidad y carácter.



Consultando otras fuentes

En aquel México de Susanito, en donde el despertar de un nuevo día iba acompañado de alegre pregones como los de... "mercarán  chichicuilotitos"... o aquel que algunos mexicanos algo maduros, todavía recordamos y que dice... "botellas,   zapatos, ropa usada que vendaaaan", con su vieja Alameda, su Teatro Principal, su Jokey Club, y sus relativamente nuevas colonias como: La  Guerrero, San Rafael y Santa María la Ribera, el ciudadano común y corriente y el de la alta sociedad, tenían   la oportunidad de convivir y sentirse partícipes de un devenir cotidiano en un siglo XX en gestación, que aún se negaba a soltar  sus amarras de la centuria anterior.
Todavía en aquel entonces la famosa frase de Alfonso Reyes: "Viajero, haz llegado a la región más transparente del aire", formaba parte de la realidad de una ciudad que estaba creciendo y se transformaba -no tanto como otras del extranjero- pero    que trataba de conciliar los adelantos científicos del último cuarto del siglo XIX y primeros años del presente, con una mezcla de tradiciones y costumbres muy arraigadas, que se formaron durante un largo período histórico -yo diría    que iniciado incluso- desde antes de la llegada de los primeros españoles.
En ese México que magistralmente llevaron a la pantalla grande, guionistas de la talla de Julio Bracho, y productores como Alfredo Ripstein y Gregorio Walerstein, en sus inolvidables películas " ¡Ay qué tiempos señor Don Simón!", y la    ya clásica de la época de oro "México de mis Recuerdos", donde actores inolvidables como Joaquín Pardavé, Sofía Álvarez, Fernando Soler, Mapy Cortés y muchos otros, dieron en conjunto la pauta para formar una memoria popular  de   esa época, envuelta en una atmósfera de nostalgia y romanticismo para generaciones futuras, que por regla general las aceptaban con agrado, haciendo a un lado muchas circunstancias históricas no tan apegadas a los filmes.
Pues bien, en ese mi país de entonces, los medios tonos escasearon y los contrastes -al igual que en nuestros días- sentaron reales con sus enormes desigualdades, injusticias e influentismos, que también en su conjunto, no permitieron un despegue    deseable, transparente y constante hacia el desarrollo social y económico de su población.
Según el reconocido intelectual y político mexicano José Vasconcelos, a quien Susanito conoció y trató en contadas ocasiones pues su filosofía no era del todo afín con la de mi tío abuelo, en una ocasión le dijo:
"México al final de un siglo de Independencia, había dejado de ser la primera potencia del nuevo mundo, como lo fuera en los siglos XVII y XVIII, para caer al tercer o cuarto lugar, después de los Estados Unidos, el Brasil y la Argentina. Tal    es el resultado de construir sobre el despojo, sobre el atropello".
Obviamente que el ilustre historiador de antemano sabía la relación directa y de afecto que Susanito había tenido con el ya desaparecido Porfirio Díaz, por lo que agregó, para aparentemente mitigar su rudeza en los conceptos vertidos:
"Es preciso hacer una condena general del porfirismo, únicamente veo dos rasgos que aminoran su responsabilidad: la política de conciliación que, con todos sus defectos de hipocresía, produjo una tregua en la lucha religiosa, y el apoyo dado    a la inmigración de los españoles que bajo el porfirismo volvieron a tener entre nosotros consideraciones y capitales, trato preferente y patria. No persiguió curas ni "gachupines". Al contrario, procuró incorporarlos a nuestra convivencia.    En esto reveló Díaz su mexicanidad, su patriotismo, su casta no corrompida por el morbo extranjero".
Según otras anotaciones que había leído en alguno de sus cuadernos de notas, Susanito, pasada la Revolución, y después de los primeros períodos de presidentes de extracción militar en el país, se había afanado por ser fiel a    su ya tradicional forma de ser, buscando lo más parecido a la verdad entre otras fuentes, puntos de referencia y opiniones, para salvar, aunque fuera a título propio -pues públicamente era imposible en aquel tiempo-, la dignidad de aquellos   diez  años inolvidables de su vida, además de la imagen admirada de su querido amigo, aunque ello le valiera innumerables sinsabores y algunos enfrentamientos como el que tuvo con Vasconcelos.
Su mente estaba abierta y sabía de antemano que no todo lo que hizo Don Porfirio podía ser justificable. En muchas ocasiones su gran afecto hacia él, lo motivaba a buscar excusas ante nuevos testimoniales adversos de juicio, como el que quizás    su amigo no se dio cuenta o no pudo evitar, los fraudes colosales que sus colaboradores hacían, y del que el General nunca se benefició por su estricta honradez, cualidad que hasta sus peores detractores siempre le han reconocido.
Pero a su vez asomaban pensamientos y conclusiones legítimas, que confirmaban -aunque fuera utópicamente- que nunca un país debe entregar sus intereses a la incapacidad o irresponsabilidad de un dictador o presidente, que por falta de recursos    o por halagos desmedidos, no tiene más recursos que dejar la solución de los problemas del gobierno, a segundones que nunca son de gran capacidad ni de gran honestidad.
Pensamientos y conclusiones vertidos en tantas notas -que empezó a escribir desde principios de siglo, hasta poco antes de su desaparición física en 1944-, trataban en base a su propia filosofía y peculiar forma de ver las cosas, su crítica    a distintas políticas y gobiernos (como se cita en la primera parte de este artículo, capítulo "Transa y Avanza"); pero además sus conceptos abarcan ideas hacia el futuro histórico nacional, que el propio Nostradamus envidiaría.
Él compartía el dicho de que "la historia se repite" y en el caso de su nación, veía que en muchos capítulos referentes al poder y la riqueza, casi permanecían estáticos. Comparaba socialmente distintas épocas desde la Independencia,    encontrando a la mayoría de las familias influyentes desde esas épocas, también en el presente y futuro de la nación.
Decía que era como si los distintos acontecimientos históricos giraran a su alrededor, cambiando -esas familias influyentes- como lo hacen los camaleones, el color de su piel, para perpetuarse en el poder y ampliar aún más sus riquezas.
Afirmaba que todos los hechos históricos que habían sucedido, incluidos los más radicales como el de la Revolución, no habían podido afectar en el fondo, el cambio de manos del poder político y social, y que sólo su centro se había    desplazado, convirtiéndose en una especie de rotación planetaria, pero con casi el mismo número de planetas, que mantuvieron y mantendrán en sus manos encendido, el candelero político nacional.
Sobre la democracia, Susanito tuvo la oportunidad de estudiar sus efectos en la práctica y en diferentes países, pues poco tiempo después del exilio voluntario de Don Porfirio y su familia, él decidió viajar por diferentes países del    mundo, residiendo incluso por varios años al sur de los Estados Unidos, mientras pasaba la mayor efervescencia del movimiento revolucionario en México.
Al respecto -la democracia- tenía opiniones muy concluyentes como la siguiente:
"No creo en ella y lamentablemente los gobiernos que se dicen ser los más democráticos, son los que menos dejan que se aplique".
También comentó lo siguiente:
"La democracia como concepto, lamentablemente no se le ocurrió a Moisés -el de la Biblia-, incluirla en su Decálogo, para que así, -ya en nuestros tiempos-, tuviera un mayor grado de efectividad en la práctica. Tal vez él, al omitirla    como un principio básico para la humanidad -la que conocía a fondo-, demostró que tampoco creía mucho en ella... y si no, que les pregunten a los fabricantes del becerro de oro que él destruyó".


De General a Presidente

En su pequeña hacienda cañera de nombre "La Noria" en Oaxaca, Díaz se dedicó a mejorarla, excluyéndose de las constantes  agitaciones que existían e hizo al principio, oídos sordos a ofertas tentadoras que varios jefes militares   de alta graduación e incluso gobernadores, le hacían para que se opusiera al gobierno.
Con el tiempo ese mundo político se había dividido en juarista y lerdista; además de varios influyentes que proclamaban al General Díaz como candidato a la Presidencia de la República.
Juárez -con Lerdo en la vicepresidencia- triunfaron en las elecciones para el período 1867-71. Los pronunciamientos y levantamientos en armas no se hicieron esperar, habiendo brotes intranquilizadores en Yucatán, Sinaloa, Puebla y otros estados    de la República, pero todos fueron aplacados concluyendo las pequeñas revoluciones a fines de 1870.
Un poco antes del término del mandato de Juárez, la política entró de nuevo en actividad perfilándose los partidos lerdista (el más fuerte) y el porfirista (el más revolucionario). Sebastián Lerdo de Tejada, siendo Director de    la política de Juárez, aprovechó su posición para formar su propio partido, demostrando su gran ambición por el poder.
Mientras tanto Díaz, trataba de controlar a sus seguidores quienes querían el poder por las armas, cosa que no pudo lograr alzándose algunos generales a los que Sóstenes Rocha (General del gobierno), aplacó con más de 4 mil elementos    y con un resultado de innumerables fusilamientos efectuados en el interior de la Ciudadela.
Al término de las elecciones, se comprobó que ninguno de los tres candidatos había obtenido mayoría absoluta, por lo que el Congreso de la Unión, designó Presidente de nueva cuenta a Benito Juárez. El partido porfirista declaró    que se había cometido fraude, desencadenándose insurrecciones en el norte y noroeste del país. Mientras, Díaz en su hacienda, firmó el "Plan de La Noria" contra el gobierno de Juárez.
Para los comienzos del año 1872, Juárez se sentía enfermo pero continuaba asistiendo a sus oficinas de gobierno, hasta que en la noche del 18 de julio murió, no obstante los cuidados de sus médicos quienes lo atendían de intensos dolores    en la región cordial.
Por ley, Lerdo de Tejada llegó a la primera magistratura, pues era Jefe de la Suprema Corte. Su mandato demostró ser muy duro con los clérigos, cerrando conventos y realizando innumerables expulsiones. La impopularidad de Lerdo, hacía que    el pueblo fijara más su atención en Porfirio Díaz, razón ésta, que dio la pauta a Lerdo para ofrecer al General un cargo diplomático en la ciudad de Berlín. Díaz contestó al emisario del Presidente lo siguiente:
"Diga usted a Don Sebastián que no tengo méritos diplomáticos para desempeñar tal cargo; que, por lo tanto, debo considerar su oferta como un favor, y favores sólo los acepto de mis amigos".
Lerdo sin el apoyo de los liberales y menos de los conservadores, hacía varias maniobras y cambios políticos que le sirvieran para las próximas elecciones de julio de 1876, provocando un mayor número de levantamientos formados por simpatizantes    del "Plan de Tuxtepec", que declararon su desconocimiento al gobierno.
No obstante la presión que por su parte también ejerció el General Díaz, el Presidente pidió al Congreso facultades extraordinarias, declarando Estado de Sitio en las regiones donde era palpable su debilidad. Pero los acontecimientos en    su contra ya estaban muy avanzados, por lo que sin renunciar a la presidencia, abandonó el país con destino a los Estados Unidos.
Porfirio Díaz, de acuerdo al "Plan de Tuxtepec", sería el Presidente interino ejerciendo en principio su mandato el 26 de noviembre de 1876, dejando por un periodo corto al General Juan N. Méndez, el encargo de la presidencia, pues debía combatir    a José María Iglesias, último representante de la influencia lerdista en el país, quien se había alzado en armas.
Díaz volvió a encargarse del poder interino el 11 de febrero de 1877. Al efectuarse las elecciones, fue declarado Presidente de la República, cargo que empezó el 5 de mayo de 1877 y que debía de durar hasta el 30 de noviembre de 1880.
Salvo un periodo presidencial cubierto por el General Manuel González (1880-1884), Díaz se perpetuó en el poder hasta el 25 de mayo de 1911, fecha en que el Congreso aceptó su renuncia, después de más de 35 años de ejercer su influencia,    para unos buena, para otros nefasta, en los destinos de su país.

Continuará...

     





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