Memorias de Don Susanito P II *s - Intelecto Hebreo

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29/05/2017
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Memorias de Don Susanito P II *s

Condensados

Novela Histórica

Por: Jacobo Contente

     

Letra completa de:
"Adios Mamá Carlota"
de Vicente Rivera Palacio.1867.

La incógnita del sombrero

En cada día dedicado a la clasificación y estudio del material y objetos que Susanito dejó como legado,  confirmaba que los autores de libros de historia de México que estudié en la primaria, faltaban en su gran mayoría gravemente a la verdad y dimensión histórica de un hombre con aquilatados méritos, que no dejaba de ser humano y por ende  falible, más no despreciable al grado tal que hasta el día de hoy, sus restos yacen en el cementerio de Montparnasse, en París, lejos de su querida patria por la que él tanto luchó.
De entre una de las cajas que contenían algunas prendas de vestir, llamó mi atención un sombrero blanco, no muy ancho y de alas inclinadas hacia arriba; muy parecido a los que usan las gentes del norte de la República y que por varias décadas  se convirtieron en sello inconfundible de diputados y políticos mexicanos.
La prenda en si, fuera del deterioro normal por el paso del tiempo, no mostraba a simple vista nada en especial. Lo curioso es que llevaba inserta en el forro interior, una miniatura fotográfica de la pintura que yo en algunas ocasiones había visto  en el museo del Castillo de Chapultepec y que representa a la División Oaxaca, comandada por el General Porfirio Díaz en la batalla del 5 de mayo de 1862 contra los franceses.
El sombrero era igual al pintado sobre la cabeza de un jinete que dispara su arma hacia un soldado francés. Por sus ropas y fisonomía, se entiende que se trata de Díaz; pero esta vez me llamó la atención, que el organizado de Susanito no  hubiera puesto -como en el caso de la pistola que ya comenté- algún letrero o etiqueta explicativa de su origen.

Mi extrañeza me llevó a indagar en varios libros que tuvieran ilustraciones  de batallas o enfrentamientos en que tomó parte el General, encontrando varias que confirmaban su costumbre de no usar en combate, el sombrero militar reglamentario con  las insignias que daban a conocer su rango militar.
No encontré ninguna explicación fehaciente de esa, su peculiar costumbre. Algunos críticos afirman que era una estratagema para confundir al enemigo en caso de caer prisionero. Sus biógrafos por el contrario, comentan que lo hacía, para   que sus tropas lo localizaran fácilmente en el furor de una batalla, pues el sombrero por regla general era de un color claro. Lo cierto es que la incógnita del origen de la prenda que encontré, continuó por varios meses, hasta que un día   un familiar la despejó.
Mientras eso sucedía, llegué a conocer varios pasajes militares en la vida de Don Porfirio, que demostraban desde joven su capacidad de mando y organización y que lo destacaban significativamente entre la generalidad de comandantes de su época.   Su actividad en esa etapa de su existencia fue muy intensa y difícil, mostrando audacia y valor sorprendentes en sus luchas contra conservadores reaccionarios, franceses e imperialistas que trataron de sostener a Maximiliano.
Su comportamiento aún como prisionero, confirmaba su recia personalidad forjada entre combates, batallas y marchas enormes; a veces defendía o atacaba plazas como la de Tehuantepec, donde varios de sus cronistas aseguran que fue su gran escuela,   pues allá aprendió tácticas y técnicas militares, además de ser más diplomático y adquirir el dominio de sí mismo, cualidad esta última, muy reconocida en su largo período como Presidente de la República.
Por cierto que en la población "La Ventosa", en la costa tehuana, fue operado por el cirujano de un barco de guerra de los Estados Unidos, quien notó que el jefe mexicano cojeaba de una pierna a causa del dolor provocado por una bala incrustada,   desde casi dos años atrás. El General aceptó que lo intervinieran y agradeció los buenos servicios del facultativo, pero siempre guardando una actitud digna y decorosa ante militares de un gobierno que puso en peligro la soberanía nacional   y al que demostraría -al inicio de su primer período presidencial- no ser una persona sumisa e incondicional a los dictados de un gobierno tan poderoso, que no lo quiso reconocer por largo tiempo como el legítimo mandatario mexicano.
Porfirio Díaz, por breve tiempo se separó del mando militar al ser afectado su ánimo por las muertes de su madre Doña Petrona, y de Don Marcos Pérez, quien como se recordará, fue su consejero, protector y amigo. Por todo ello se trasladó   a la ciudad de México en 1861 e ingresó a la Cámara de Diputados, misma que según sus propias palabras "era un pandemónium". Él se sentía incómodo y actuaba como simple espectador.
Su primera estancia en la Cámara fue corta, pues independiente a la decepción por la falta de unión y disciplina entre los diputados, él ya había solicitado algún mando militar. Casi al mismo tiempo fue requerido, para poner en cintura   a varios generales conservadores alzados contra el gobierno juarista, entre ellos el General Márquez "El Tigre de Tacubaya" mismo que había ordenado la lamentable muerte de Don Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leonardo Valle.
Después de esas campañas encomendadas a Díaz, volvió a visitar la Cámara, llevando de nueva cuenta una decepción, pues todos hablaban sin orden y criticaban a gritos la actuación de Benito Juárez como gobernante. Siendo él una   persona disciplinada y respetuosa de la autoridad en funciones, optó por pedir le dieran el mando de la Brigada Oaxaca, la que en poco tiempo estaría en acción contra los invasores franceses.
Antes de terminar este pasaje y dar inicio a la época del efímero segundo imperio mexicano encabezado por el tristemente recordado Maximiliano de Habsburgo, deseo explicar que el famoso sombrero que inició mis pesquisas históricas, no fue   como supuse propiedad de Don Porfirio. Lo que sucedió, es que Susanito lo había comprado para cubrirse del sol en una exhibición que don Joaquín de la Cantoya ofrecía en los llanos de Balbuena, con sus célebres globos aerostáticos.
Lo curioso y sorprendente, fue que a través de tanto tiempo transcurrido, la asociación de ideas entre mi tío abuelo y un servidor, originada por la prenda y la fotografía de la pintura coincidieran, al igual que los cuestionamientos que él   dejó en algunos manuscritos, por ejemplo:
¿Cuándo y por qué dejó de ser "héroe" Don Porfirio?

Un Nuevo Quetzalcoatl, Sueño Monárquico

El problema ideológico y de la nación mexicana en el pasado siglo y su indecisión interior acerca de su  verdadera identidad, costó a la misma más de la mitad de su territorio a manos de los Estados Unidos, además de vergonzantes   imposiciones por parte de un gobierno de ultramar que pretendía resolver sus conflictos mediante el establecimiento  de un imperio.
El célebre José Zorrilla, autor del famoso Tenorio, estuvo en México coincidiendo su visita con la llegada del nuevo emperador. Decía -refiriéndose a uno de los escenarios más bellos e importantes donde se desarrollaría gran parte    de la nueva trama mexicana- "que quien no haya visto México desde Chapultepec (el castillo), no ha visto la tierra desde un balcón del paraíso".
Esas y otras descripciones efectuadas por muchos extranjeros que visitaron el México del siglo XIX, creaban una atmósfera y conceptos sobre el territorio y su gente, que bien podía compararse con la descripción del Jardín del Edén bíblico.    Muchos gobiernos de varias naciones, olvidaron que la otrora llamada Nueva España ya había pasado por la experiencia de una independencia y trauma de un imperio (el de Iturbide), que seguía grabado como un recordatorio constante en las mentes    de algunos idealistas amantes de la república, como también los principios de la revolución francesa que se habían propalado a los cuatro vientos.
Es curioso que pasado el tiempo esa nación que dio los principios de igualdad y democracia, confirmara lo falible que puede ser la naturaleza humana, apoyando con sus ejércitos y enarbolando la bandera de un pretexto monetario, una intervención    a un país si bien en gestación, ciertamente endeudado, pero con un Presidente que varios mexicanos con sueños monárquicos juzgaban despectivamente como: "un indio liberal, constitucionalista y masón", que sin embargo convenció a acreedores    como España e Inglaterra -cuyas fuerzas ya habían desembarcado en territorio mexicano- de no tomar parte en una intervención abusiva e inútil.
Susanito reprodujo con su puño y letra una carta que encontró en la biblioteca del Castillo de Chapultepec, en uno de esos días que solía visitar a don Porfirio Díaz y que dice mucho del gran sentido de estadista y ejemplar patriota que    fue el Presidente Juárez. La misiva se redactó en la ciudad de Monterrey y la recibió Maximiliano en momentos de su arribo al país, poco antes de trasladarse de Veracruz a la ciudad de México. Su esposa Carlota lo acompañaba y curiosamente    le preguntó al Archiduque el contenido de la misma; contestándole que sólo eran asuntos de despacho de los que más tarde se ocuparía, ordenando a su ayudante que la archivara entre los asuntos pendientes para tratar en la Ciudad.
La carta en esos momentos históricos quedó como un pendiente, pero las palabras que contenía quedaron muy presentes en el corazón del que en muy poco tiempo haría su mejor esfuerzo como nuevo emperador del pueblo mexicano.

TEXTO DE LA CARTA

Es dado al hombre, señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de  los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera   del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia.

Ella nos juzgará.
Firmado Benito Juárez
Ciudadano Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.


En el mismo recopilador de donde saqué la reproducción de la carta de Juárez a Maximiliano, separé  algunas fotografías y pequeños grabados que muestran vistas panorámicas y partes del interior del Castillo de Chapultepec. Confirmé   que Susanito en esta ocasión no me había fallado, pues encontré unas anotaciones sobre la historia  del célebre inmueble y la observación -que él anotó con mayúsculas y al margen de una hoja-, de que el General Díaz y el Archiduque   Maximiliano se parecían.
Esa afirmación me hizo reír en un principio, pero en corto tiempo la corroboré y estuve de acuerdo con ella. Resultando que los dos personajes realmente adolecían de "fiebre de construcción". El Castillo en sí, tenía una larga historia    y se le conoció como "Palacio Real" en el virreinato. "Palacio de la República" algún tiempo después de la Independencia y "Palacio Imperial" a la llegada de Maximiliano.
En él desfilaron en diferentes tiempos y diferentes variaciones de formas, un sin fin de personajes, iniciando esa tradición el Emperador Moctezuma II, que lo utilizó como mansión de campo. Varios Virreyes como el Duque de Alburquerque y Conde    Galván, continuaron la tradición iniciada por el primer Virrey Don Antonio de Mendoza quien lo amplió. También varios Presidentes lo ocuparon como residencia oficial y se sabe, que Don Álvaro Obregón le añadió un tercer piso,   mejorando  también su vista exterior, misma que no ha tenido mayores cambios hasta el día de hoy.
Maximiliano de Habsburgo, haciendo honor a la fama que se había ganado por sus obras en Europa, también hizo obras decisivas en el interior del castillo y en los jardines de Chapultepec. Compró los terrenos de las haciendas de La Teja, La Hormiga    y La Condesa, de su pecunio particular, para crear el parque del mismo nombre del que hoy todos los capitalinos se sienten orgullosos. Sus obras en su brevísimo reinado, también abarcaron el embellecimiento del Palacio Nacional; trazó y construyó    el Paseo de la Reforma; inauguró el Ferrocarril de Chalco; creó el Museo Nacional, la Academia de Ciencias y Literatura, delegando a su esposa el mejoramiento y ajardinamiento del viejo Paseo de La Alameda y el de lo que hoy conocemos como Zócalo    Capitalino.
En esa febril actividad hacia el mejoramiento físico de la ciudad y su honesto deseo de mejorar la vida y la paz para sus peculiares súbditos que siempre se habían enfrascado en guerras civiles, uno pensaría que el imperio no fue del todo    malo; pero las notas que dejaba en lugares bien notorios, el querido Susanito -con su acostumbrado análisis y comparaciones prácticas-, lo ponen al que las lee, de nueva cuenta en equilibrio, guardando una proporción histórica que en definitiva    es fácil perder.
Esas advertencias o avisos notorios para no perder la perspectiva -sobre todo cuando se trata de historia-, las tuvo el mismo Maximiliano mucho antes de su decisión de viajar a México como emperador. Una fue la que la propia abuela materna de Carlota    su esposa (la Reina Amelia de Francia), le hizo en Londres donde estaba exiliada. Ella se abrazó llorando a su nieta, suplicándole que convenciera a Max de no aceptar la corona que le ofrecían los mexicanos, porque allá los matarían a   los  dos.
Otra advertencia más realista, objetiva y política, fue la que Jesús Terán -alto diplomático juarista- le hizo a Maximiliano muy a tiempo en los siguientes términos:
"La empresa iniciada por Napoleón III, es tanto más peligrosa cuanto que los Estados Unidos, antes o después, se acabarán declarando enemigos del orden de cosas que se deriven de la intervención de las tres potencias en México. Cuando    el gobierno de Washington salga victorioso de la Guerra Civil que hoy por hoy divide a su patria, no permanecerá indiferente ante una monarquía establecida al sur de sus fronteras".
Y tal como en la Segunda Guerra Mundial, el Almirante japonés Isoroku Yamamoto advirtió a sus superiores, Terán aseveró:
¡Las potencias marítimas europeas no han calibrado lo que supone atentar contra las ideas e instituciones democráticas de los Estados Unidos!

...En ambos casos y en muy pocos años,
la historia se encargaría de darles la razón
.




Notas sobre el Imperio

Hombre de las confianzas del Presidente, Susanito con mucha frecuencia pedía a su amigo le comentara algunos  pasajes y anécdotas que ocurrieron en aquellos tiempos en que se quiso instaurar en México otra monarquía, encabezada esta vez    por Maximiliano y su esposa la emperatriz Carlota.
De esas charlas informales que se llevaban a cabo en alguna tertulia hogareña, fiesta formal, caminando por algún pasillo de Palacio Nacional o bien tomando algunos bizcochos sopeados en aromático café, por algún saloncito del Castillo     de Chapultepec, mi tío abuelo las anotaba lo más fiel posible al llegar a su casa, en varios cuadernillos que después recopiló.
Muchas de esas conversaciones las reprodujo en forma de diálogo y otras como simples datos curiosos. De las primeras leí la siguiente:
-Señor Presidente... ¿No cree usted que fue obra de mexicanos trasnochados, además de traidores, el haber traído a los Habsburgo a México?
-Mi querido Susanito, de eso no me cabe la menor duda. Lo que llamaba la atención e inquietaba en aquel tiempo, fueron las declaraciones y desplegados que los ultraconservadores hacían a los cuatro vientos. Casi puedo afirmarte que nos sentíamos     como si nada de lo que hacíamos o teníamos servía. Uno de esos propagandistas fue el hijo de Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, cuyo padre dio su vida por la independencia nacional.
-Bueno... ¿Pero qué es lo que realmente pretendía?
-Además de desestabilizar al gobierno con sus injurias al sistema pretendido por los liberales, querían que la monarquía en México fuera hereditaria y con un príncipe católico.
-Por lo que me comenta usted señor Presidente, comprendo que el clero estaba muy interesado en recuperar los bienes que Juárez les había quitado.
-Así es Susanito... así es; puedo agregar que si Maximiliano no hubiera aceptado, ya tenían apalabrados a otros príncipes de la realeza, en combinación con Napoleón III, más conocido como Pepe Botella.
-Por lo dicho y algo que he leído de aquella azarosa época, para Juárez cuyo gobierno, antes de la intervención, no tenía una gran estabilidad política y económica, debió ser un gran alivio la ayuda pedida a los primos del norte.
-Tú ya sabes Susanito que en la guerra y la política todo se vale... al Presidente Juárez ya se le habían acabado las diferentes sopas del menú y sólo le quedó una. Por ello no debe sorprender que se aliara con el enemigo de su patria,     que no hacía aún 13 años le usurpó gran parte de su territorio.
Don Porfirio hizo una pausa en sus comentarios y con una voz todavía más solemne y ronca, continuó diciendo:
- Mi querido amigo, se lo que estás pensando y debo confesarte que a mi me quitó mucho el sueño el haber hecho algo parecido a lo que hizo el gran Benito, al pedir la ayuda de los países de Europa -entre ellos Francia- para la reconstrucción     y desarrollo de la patria. A los vecinos del norte nunca les he tenido confianza por ambiciosos y oportunistas. A los de Europa por lo menos los considero más cultos y formales en sus tratos, amén de que están más lejos de nosotros.
-¡A caray...! que ocurrente es usted. Realmente no lo puedo negar, me leyó el pensamiento, pero en honor a la verdad y abusando de la confianza que ambos nos tenemos le pregunto ¿de verdad confía en los europeos?
-Mira Susanito, yo estuve en varias ocasiones prisionero y recuerdo como si fuera hoy, los tratos que se me dieron como un militar que se rendía para evitar mayores sufrimientos a la población. Esto sucedió el 8 de febrero de 1865, cuando yo     sin posibilidades de conservar la ciudad de Oaxaca, tuve que entregar mis fuerzas al Mariscal Bazaine. En un convento en donde me había recluido perteneciente a los Carolinos, conocí al Barón Schizmandia, que fue todo un caballero y con el   que   tuve una amistad sincera -sin agravar la presente-, además compartí varios pensamientos sobre política y filosofamos un buen rato. De ahí mi inclinación a confiar más en países de una mayor cultura, que la de los Estados Unidos.    Por  cierto que andando el tiempo, el Barón Schizmandia fue mi prisionero, al que invité a comer, le regalé un caballo y lo puse en completa libertad.
-Muy bonito gesto el de usted señor Presidente... pero dígame algo sobre los emperadores.
-¡A qué Susanito tan curioso!... siempre queriendo saber más sobre las conductas sociales y personales de la gente importante... por'ai dicen que la curiosidad mató al gato.
Al terminar la advertencia sobre mi curiosidad, Don Porfirio se acarició sendos bigotes, cerró por un momento los ojos me dijo:
-No puedo negar que el matrimonio que nos mandaron le caía bien al pueblo desde un principio... y para que es más que la verdad, en lo personal a mi también. Un gran atractivo que tenían -aparte del físico- fue que se esforzaron mucho en     aprender el español y que desde su llegada a Veracruz ya lo hablaban bien, sobre todo Carlota, quien además leyó mucho sobre México y su gente. En realidad eran personas bien intencionadas que cayeron en el juego y pasiones políticas   de   la época. Mucho hicieron por tratar de aliviar las carencias de los necesitados, pero...
-¿Pero qué? señor Presidente.
- Para allá voy Susanito... para allá voy.
Don Porfirio me tuvo por algún tiempo en ascuas, pues sabía que deseaba oír sobre los chismes íntimos de la pareja, que tuvieron y que todavía están de moda entre la alta sociedad. Mientras, con toda malicia tomaba otro bizcocho de la     charola y se servía otra taza de café con sus dos acostumbrados terrones de azúcar, mismos que diluía con toda parsimonia... ¡pero al fin! empezó diciendo:
-Mi querido amigo, siento decirte que no sabrás más de lo que ya sabes y que en verdad me apena que el güerito hubiera contraído sífilis en una expedición que realizó a Brasil. Como pareja estos jóvenes (Maximiliano de 31 años     y Carlota de 24 años), desde que pisaron tierra mexicana dieron de que hablar, en gran parte por las indiscreciones que se filtraban a través de los sirvientes. Fueron muy indiferentes en su vida marital y se sabía que nunca dormían juntos.     Tal vez, por saber que no podían procrear, declararon que adoptarían como heredero a un nieto varón del primer emperador de México -después de la Independencia- el famoso Agustín de Iturbide o mejor dicho, en términos reales, Agustín     I.
En otra nota suelta que encontré en otro cuaderno y que se refería a Maximiliano, Susanito decía: "Al parecer al señor Presidente le agradaba la actuación que el efímero emperador tuvo ante la iglesia, pues después de su coronación     efectuada por Pío Nono, quien le instó a que devolviera a la iglesia los bienes que habían sido expropiados en México en 1857, el Archiduque al estar ya instalado en el país, los ignoró, negándose a cumplir no importando los recordatorios     que el "purpurado", hacía insistentemente a través de sus representantes. Además el general sentía algo de remordimiento, porque él sí tuvo que hacer algunas negociaciones con los poderes eclesiásticos para llevar la fiesta en  paz."
Estas y muchas otras anotaciones que sería muy largo dar cuenta de ellas, sobre un período de 4 años de guerras contra los invasores y los imperialistas, marcaban claramente las glorias militares innegables e importancia que Porfirio Díaz     iba adquiriendo. Su fama marchaba junto con la de Benito Juárez, pero entre ellos nacieron dos elementos negativos que fueron creciendo con el tiempo, a saber los celos y desconfianza que mutuamente se tenían y que saldrían a escena años    más  tarde.

Continuará…

     



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