Memorias de Don Susanito P I *s - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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Memorias de Don Susanito P I *s

Condensados

Novela Histórica

Por: Jacobo Contente

     

Fragmento del Vals:
Sobre las Olas del Mar,
de Juventino Rosas.

Antecedentes

Hace ya muchos años, mi padre nos trajo a vivir a toda la familia a la ciudad de México. Casi todos los Peñafiel y Somellera  somos originarios de una pequeña, tranquila y pintoresca población del estado de Guanajuato.
El mayor de los tíos de mi padre de nombre Susanito, quiso conocer mundo a temprana edad, por lo que con la bendición de mi bisabuelo se trasladó a la capital de la República bajo la responsabilidad de unas tías solteronas, quienes se esmeraron   en educarlo y actualizar sus modales con el código de buenas costumbres de aquella época.
El tiempo pasó y mi tío abuelo, quien murió a edad avanzada sin haber contraído nupcias, fue relacionándose cada día más con la distinguida y floreciente alta sociedad capitalina, merced en gran parte, a los buenos oficios de sus   dos queridas protectoras.
Susanito siempre fue una persona algo sobrada de carnes, no muy alto, un poco taciturno, tímido con las mujeres; pero eso sí, simpático y que inspiraba confianza en su trato diario aprovechando una agradable franca sonrisa, que asomaba entre   unos bien cuidados y engomados bigotes con forma de manubrios de bicicleta.
Hay que reconocer, que gran parte de su éxito y encumbramiento social y político, se debió a que en un principio fue muy espléndido con sus amistades, era un gran anfitrión que derrochaba sus ingresos y los abundantes recursos de sus tías   que siempre lo mimaban, no obstante las reprimendas que desde Guanajuato hacía el bisabuelo.
Al cumplir 40 años de edad, Susanito recibió un duro golpe al perder en un fatal accidente a sus tías, de quienes heredó una respetable cantidad de dinero y varias propiedades, entre ellas, la casona en que siempre vivió por los rumbos   de la Alameda de Tacubaya.


Ya para entonces el nombre de Susanito Peñafiel y Somellera, de la Sota  y Riva y de Cantoya y Rico -como pomposamente gustaba presentarse- era muy conocido en aquella ciudad de México de principios del siglo XX, con sus 541,000 habitantes y una   zona urbana de aproximadamente 2,713 hectáreas.
Yo casi no tuve la oportunidad de conocerlo, pero mi abuelo y mi padre contaron mucho de él, pues fue en los últimos 10 años de la presidencia de Don Porfirio Díaz, persona de toda su confianza y con el que entabló una estrecha y sincera    amistad, que perduró -no obstante el destierro voluntario del General- yo diría que hasta más allá de su muerte en París el 2 de julio de 1915.
Esto último lo confirmé, cuando por azares del destino me tocó ayudar a desocupar la ya derruida casona de Tacubaya, que una compañía constructora compró a la familia para demolerla y edificar en el enorme predio un centro comercial.    Aquella mañana soleada de primavera, contrastaba con los viejos tapices y polvoriento mobiliario afrancesado del interior del inmueble.
Ante mis ojos sorprendidos aparecían objetos que sólo llegué a ver en algunas películas con temas victorianos o zaristas, mi curiosidad aumentaba al darme cuenta que era un vasto material que Susanito había guardado sistemáticamente,    con un cariño comparable al dedicado a un culto religioso.
Con la premura que teníamos de desocupar la casa en tan sólo dos días, me concreté a poner en cajas de cartón, todos los libros, álbumes fotográficos, recopiladores de cartas y documentos, además de una gran cantidad de objetos    que tenían que ver con ese nostálgico pasado que Susanito quiso perpetuar con tanta devoción. Sabía que lo que estaba guardando tenía un valor material importante por su antigüedad, pero invaluable desde el punto de vista histórico    y cultural, de un México y su clase gobernante, que han procurado minimizar y hasta calumniar, la mayoría de historiadores nacionales y gobiernos postrevolucionarios.
Muy a mi pesar, debido al constante trajín en que se ha convertido la vida en esta gran metrópoli llamada Distrito Federal, la mayoría de las retacadas cajas las conservé cerradas en una pequeña bodega de mi casa durante 30 años. Había    tenido en ese largo tiempo varios intentos infructuosos para clasificar y estudiar con detenimiento sus contenidos, pero no fue sino hasta hará un año, que decidí practicarme un conveniente retiro -aunque fuera parcial- de muchas actividades    y rutinas que absorbían gran parte de mi tiempo, pudiendo así llevar a cabo lo que tantas veces me propuse.
Gracias a la decisión que tomé, pude deleitarme y al mismo tiempo obtener una mejor comprensión de una gran y significativa parte de la historia de nuestro querido país. Por ello, me animé a escribir este cúmulo de notas algo desordenadas,    que contienen además de girones de historia olvidada, conceptos y opiniones de Don Susanito, que junto con los míos, pongo a consideración del lector.


Abriendo Cajas

Al iniciar la labor, de inmediato me llamó la atención un bello estuche forrado con terciopelo que contenía una antigua pistola  del tiempo del General Santa Anna, gobernante funesto y a la vez pintoresco en la historia de México, de quien   tristemente se recuerda entre otras cosas: el haber vendido a los Estados Unidos por 7 millones de aquellos pesos, un extenso territorio  nacional llamado "La Mesilla"; la abolición completa de la libertad de prensa; el tratar de fundar una monarquía   en el país, y la puesta en vigor de absurdas contribuciones a la población, según el número de puertas y ventanas con que  contaban casas y edificios.
Al sacar el arma de su lujosa caja, noté que en el fondo de la misma, habían varias hojas escritas debidamente dobladas y entrecruzadas, con un listón de color azul que remataba en un pequeño moño. Con mucho cuidado las desdoblé tratando    de no romper el vetusto papel. Observé que varias de ellas contenían la convocatoria que el Ministro de Fomento Miguel Lerdo de Tejada, hizo para un certamen entre literatos y músicos, con el fin de que la nación tuviera un canto verdaderamente    patriótico que serviría como Himno Nacional.
El resto de las hojas contenían bellamente impresas la música y estrofas completas, que el poeta Francisco González Bocanegra y el músico catalán Jaime Nunó, hicieron para el certamen. Himno ganador que fue estrenado en el mes de septiembre    de 1854, en el Gran Teatro Nacional.
En el reverso de la última hoja, estaba pegada por efectos del tiempo, una amarillenta tarjeta escrita de puño y letra por Don Susanito, que dice:
"Revólver que el señor Presidente de la República Don Porfirio Díaz, amablemente me obsequió y que pertenecía a un capitán 'Santanista', que fue muerto en la sierra de Oaxaca, cuando el entonces estudiante de jurisprudencia, ahora    Presidente y amigo, se levantó en armas al ser perseguido y hostilizado por no votar en favor del así llamado 'Alteza Serenísima' Antonio López de Santa Anna. -6 de enero de 1901-".
Al terminar una rápida clasificación del contenido de las cajas, mismo que puse en un anaquel especial que compré y que ahora ha formado parte del mobiliario de mi estudio, quise saber más sobre el dato -para mí nuevo- de que el admirado    Presidente de mi tío abuelo, fue estudiante de leyes en su estado natal.
Leyendo algunos libros y notas que encontré sobre su biografía, incluyendo la que él mismo escribió y que está dedicada a Susanito por la esposa del General Doña Carmelita Romero Rubio, noté que desde 1930 surgió una campaña    difamatoria sobre su vida y obra, mostrándolo como un tirano asesino, traidor y ladrón.
Esa campaña llegó incluso a poner en tela de juicio su fecha de nacimiento, que según documento parroquial de bautismo de la ciudad de Oaxaca, fue el día 15 de septiembre de 1830, dato que confirma también la costumbre de poner al niño    el nombre del Santo del día en que nació, en este caso "Porfirio"; pero según algunos historiadores, el General había nacido en fecha distinta a la citada y en el año de 1828. Ellos argumentan que él mismo eligió la fecha que en   la  mayoría de los libros aparece, para hacerla coincidir con la iniciación del movimiento insurgente de 1810.
Afortunadamente para Don Porfirio, sabemos bien que en materia de historia deben pasar muchos años y hasta siglos, para que los hechos, personalidad y legado histórico de un personaje -que se han encargado de hacer tan polémico- tenga las proporciones    y tamaños reales apegados a la máxima verdad. Daniel Cosío Villegas -autoridad en la materia y quien bautizó a todo lo relacionado con el régimen de Díaz, llamándolo "porfiriato"- apuntó que para opinar sobre el General, era  necesario   haber leído muchas obras en pro y en contra; consejo que siguió Susanito, no obstante su trato directo, convencimiento y simpatía por su amigo.
Pero volviendo a la época en que nos habíamos quedado, resulta que a Díaz se le había propuesto ingresar a un seminario, cosa que no le agradó, pero tampoco tenía dinero para costearse otros estudios. Resolvió ingresar al seminario    pero como manteista (alumno externo), hasta que un buen día de 1846, al iniciarse la invasión norteamericana a México, se incorpora al ejército en el batallón "Trujano", de la guardia nacional de Oaxaca.
En realidad el batallón nunca entró en acción, por lo que se le apodó jocosamente "El peor es nada". Díaz, viéndose de nueva cuenta con problemas económicos, aceptó dar lecciones de latín elemental, tiempo en que conoció    a Don Marcos Pérez, quien era muy amigo del Lic. Don Benito Juárez, Gobernador del Estado.
Don Marcos lo aconsejó que dejara en definitiva el seminario y cursara la carrera de leyes, decisión que tomó no obstante el disgusto familiar, sobre todo de su madre Petrona Mori, quien había quedado viuda desde que Porfirio tenía 3 años    de edad.
La falta del padre -José de la Cruz Díaz, persona enérgica, gran trabajador que desempeñó varios oficios y actividades-, dieron con el tiempo problemas económicos a la familia, compuesta por su madre y tres hermanas (Desideria, Manuela    y Nicolasa), además de su hermano Félix, quien había nacido al cuarto mes de haber muerto su padre.
Afortunadamente las cosas cambiaron y los ingresos familiares -aunque no eran abundantes-, permitieron que Porfirio ingresara al Instituto, resultando un alumno aprovechado y cumplido.
En el curso de Derecho Civil, fue discípulo del Lic. Juárez, a quien en poco tiempo serviría con arrojo y astucia en la milicia, convirtiéndose a la postre por razones políticas, en uno de sus más importantes enemigos a vencer.


Bravo desde su juventud

A principios de la segunda mitad del siglo pasado, en México habían ocurrido grandes cambios. Santa Anna había escapado hacia  el destierro ante sus grandes desastres nacionales, quedando como Presidente Don Mariano Arista. Gracias al clero    que se confabuló con militares filosantanistas, Arista fue derrocado y "su Alteza Serenísima", se apoltronó de nueva cuenta con  poderes dictatoriales, que según afirmaban serían de por vida.
El General Antonio Martínez de Pinillos, Gobernador de Oaxaca y partidario del dictador, manda a arrestar a varios liberales, entre ellos al Lic. Marcos Pérez consejero de Díaz y destierra a Benito Juárez. Estos hechos preliminares ocurridos     en 1853, encendieron la bravura de los hermanos Díaz quienes hicieron dos intentos por liberar del convento de Santo Domingo en Oaxaca, a su entrañable amigo el Lic. Pérez, quien por razones de seguridad lo habían trasladado a una prisión     en Tehuacán.
Esos intentos infructuosos provocaron la sospecha y vigilancia de los dos hermanos, quienes continuaron viviendo en la región, hasta la aparición de un plebiscito convocado mañosamente por el gobierno para poner en evidencia a sus enemigos. Porfirio     Díaz, quien ya era en el Instituto profesor interino de Derecho Natural, al ver que el director del mismo -el Lic. Juan N. Bolaños- había formulado una lista con los nombres de todo el cuerpo docente para dar un apoyo solidario a Santa Anna,     pidió se retirara su nombre del listado y al votar, abiertamente lo hizo a favor del General Juan Álvarez, quien se suponía -de acuerdo al plan revolucionario de Ayutla, Guerrero, que hizo propio el dictador para dar legalidad a su gobierno-     de salir triunfante, sería un Presidente interino que convocaría a un Congreso Constituyente.
Díaz amenazado de ser aprehendido después del incidente de la votación, salió hacia la mixteca para unirse con un grupo de sublevados que estaban a favor del Plan de Ayuda. Desde ese momento -2 de enero de 1854-, Díaz pasaría más     de 13 años y medio, de difíciles comisiones y batallas en el ejército, del que se retiró -20 de junio de 1867-, cuando al fin se establecieron los Poderes de la Unión, siendo Presidente el Lic. Benito Juárez, contando tan sólo  con    37 años de edad.

Transa y Avanza

Leyendo algunos de los comentarios que Susanito escribió en sus abundantes notas, referente a los orígenes, juventud y vida  militar de Don Porfirio, noté -no obstante su elegante y rebuscado estilo de su tiempo- una constante cualidad al    transmitir sus conceptos, casi siempre basados en los análisis de las formas y los fondos político-sociales.
Lamentablemente la idiosincrasia demostrada por el pueblo, iglesia y gobernantes mexicanos -quienes siempre son dados a señalar mayormente los defectos y muy de vez en cuando, premian aptitudes demostradas con hechos concretos-, hizo que Susanito comparara     a este fenómeno social muy nuestro, con un inocente y divertido juego, que fue muy popular en tertulias caseras.
Consistía en mandar sorpresivamente una pelotita o pañuelo a uno de los jugadores, que previamente había escogido una letra del abecedario. Al lanzar el objeto con la letanía de "había una vez un navío cargado de..." el participante     que recibía el objeto, tenía de inmediato que decir una palabra que empezara con la letra que le habían asignado, so pena de entregar prendas y someterse a castigos.
Susanito relacionaba el juego con la dependencia del consciente colectivo mexicano (con sus prendas y castigos), a la conquista violenta y traumática, que después de 500 años quisimos barnizar (sólo en forma) llamándola "Encuentro de Dos     Mundos". Todo esto representaba para él simbólicamente, una bola candente que como en el juego, seguimos aventándola irresponsable y azarosamente los unos a los otros, cuidando como tradicionalmente lo hemos hecho durante siglos, las formas    y  viciadas costumbres, como la perniciosa de "transar y avanzar" en la mayoría de nuestros actos oficiales o personales, olvidando las acciones que verdaderamente lleguen a resolver a conciencia los problemas de fondo.
Susanito hasta el año de 1944 en que murió, censuró dictaduras y gobiernos anteriores y posteriores a la revolución (incluyendo la dictadura de Don Porfirio), aunque dijeran ser socialistas, populistas o democráticos, pues estaba convencido     de que junto con el clero, habían coartado la ambición legítima del pueblo y a éste (el pueblo) criticó su apatía a ejercer sus derechos y por considerar al trabajo como un castigo de Dios, y no como una justificación de la presencia     de cualquier ser racional en esta tierra; nación pródiga en riquezas y pobre en metas, honradez y esfuerzos convincentes.
A todo el que podía -sobre todo a los jóvenes-, decía con su peculiar simpatía y autoridad: "El trabajo deja de serlo cuando se quiere hacer, Don Porfirio puso el ejemplo, pero se equivocó de país".

Continuará...



NOTA: La fina inteligencia del lector advertirá que las ideas, opiniones y expresiones  que se vierten en
esta Novela Histórica,  reflejan exclusivamente el pensamiento de los protagonistas.

     




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