Mejunjes y píldoras - Intelecto Hebreo

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08/09/2017
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Mejunjes y píldoras

Etapa Electónica 1
Mejunjes y píldoras
 
Por: Magdala
 
Las lombrices, la fiebre y los dolores reumáticos, eran unas de las muchas enfermedades comunes que los médicos no sabían curar a finales del Siglo XIX. Por esta razón el hombre común de la calle estaba dispuesto a probar prácticamente cualquier remedio que prome­tiese un alivio.
Este ambiente era propicio para el arraigo de los curanderos, de tal suerte que las fami­lias de pioneros y los habitantes de los pueblos del oeste americano se apresuraban a ver el espectáculo de la famosa Kickapoo Indian Medicine Company (KIMC), cada vez que su tren llegaba a la estación.
Los propietarios contrataban aborígenes americanos para que representasen batallas simuladas, danzas de guerra y asaltos a tre­nes. Cuando terminaba el espectáculo, la multitud se agolpaba para comprar botellas del «mundialmente famoso Sagwa Kickapoo», un mejunje a base de hierbas, grasa de búfalo, raíces, cortezas, hojas, resina y alcohol, que se anunciaba como una «panacea para todas las enfermedades». Los embaucadores se hicieron millonarios.
La KIMC era la heredera directa de los curanderos europeos de la Edad Media. Estos charlatanes iban de pueblo en pue­blo acompañados por un bufón que hacía reír al públi­co mientras se instalaba el puesto. Después de la fun­ción, el curandero relataba la interminable lista de «cu­raciones milagrosas» que él y sus medicinas habían hecho posibles.
Los servicios de un médico titulado eran muy caros y los curanderos competían ferozmente por ganarse la estima de las clases bajas. A mediados del siglo XVIII la medicina ortodoxa y reglamentada comenzaba a con­solidarse en Europa y el charlatanismo se veía con malos ojos; así que los vendedores de específicos buscaron y encontraron un nuevo mercado donde la reglamentación médica era más o menos inexistente: las colonias americanas.
Estos mercachifles cruzaron el Atlántico, adoptaron el título de «doctor» y viajaron de Maine a Georgia y de Virginia al Oeste inexplorado. Muchos afirmaban que eran medio indios y conocían las hierbas medicinales, o decían proceder de Filadelfia, que entonces era uno de los principales centros de estudios médicos.
Sus remedios se basaban en unos pocos ingredientes, principalmente «sangre de dra­gón» -quina- y diversos polvos que contenían opio e ipecacuana -una planta fruticosa. El opio producía estreñimiento y en grandes dosis la ipecacuana causaba vómitos.
El negocio de los curanderos recibió un gran impulso con la propagación de epidemias durante la guerra civil. Los charlatanes aprovecharon aquella oportunidad y llevaron al público no sólo sus remedios, sino también circos de perros y caballos, teatros de títeres, magos y juglares, en fin negocio redondo.
Uno de los curanderos de mayor éxito durante los años veinte fue un campesino llamado Valentín Zeileis, que se hizo rico y famoso en Austria gracias a una curiosa máquina «curativa». Ésta consistía simplemente en un tubo de vacío que se volvía de color rosa, azul y violeta sucesivamente cuando pasaba por él una corriente eléctrica. Tales dispositivos eran utilizados habitualmente por los científicos para detectar y medir campos eléctricos, pero Zeileis usaba el tubo para «diagnosticar» y «curar» enfermedades. Pasaba el tuvo -a modo de varita mágica- por encima del paciente y los colores del cristal le mostraban misteriosamente que órganos estaban enfermos.
A medida que su fama iba creciendo, miles de pacientes acudieron al castillo que había comprado en el pueblo de Gallspach. Docenas de pacientes a la vez eran conducidos a la sala de terapia. Cuando Zeileis daba la señal con la mano, la sala quedaba a oscuras, y sólo se veía las dos luces rojas que había en las fauces de una gigantesca serpiente esculpida. Luego volvía la luz y Zeileis se abalanzaba sobre los pacientes pasando el tuvo por encima de sus sudorosos cuerpos.
Zeileis cometió el error de publicar sus «hallazgos» en diversos folletos. En 1930 el profesor Lazarus de Berlín logró demostrar la inutilidad de los tratamientos «de alta frecuencia». Zeileis, desenmascarado como estafador, huyó de su castillo austríaco y nunca más se volvió a saber de él.
 
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