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01/08/2017
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Lutero y los Judíos

Etapa Electónica 1
Lutero y los Judíos
 
Por: Max Bery
 
Reforma y antijudaísmo
En 1543, treinta años antes de morir, Lutero publica un ensayo: Von den Juden und ihren Lügen (De los judíos y de sus mentiras).
 
El libelo, de cuyos contenidos las comunidades protestantes actuales se han disociado resueltamente, es de una violencia incomparable: "Son estos judíos seres muy desesperados, malos, venenosos y diabólicos hasta la médula, y en estos mil cuatrocientos años han sido nuestra desgracia, peste y desventura y siguen siéndolo. Son venenosas, duras vengativas, pérfidas serpientes, asesinos e hijos del demonio, que muerden y envenenan en secreto, no pudiéndolo hacer abiertamente."

La única terapia posible es una "áspera misericordia", una dureza sin piedad que se traduce, al final del libelo en "sin misericordia alguna". Las medidas drásticas que el reformador solicita de las autoridades civiles y religiosas para limpiar Alemania de la "calamidad" judía prevén una serie de puntos. "En primer lugar, hay que quemar sus sinagogas o escuelas, y lo que no arda ha de ser cubierto con tierra y sepultado, de modo que nadie pueda ver jamás ni una piedra ni un resto. "En segundo lugar, hay que destruir y desmantelar de la misma manera sus casas, porque en ellas hacen las mismas cosas que en sus sinagogas. Métaseles pues en un cobertizo o en un establo, como a los gitanos."

"En tercer lugar hay que quitarles todos sus libros de oraciones y los textos talmúdicos en los que se enseñan tales idolatrías, mentiras, maldiciones y blasfemias". "En cuarto lugar hay que prohibir a sus rabinos -so pena de muerte- que sigan enseñando."En quinto lugar, no hay que concederles a los judíos el salvoconducto para los caminos, porque no tienen nada que hacer en el campo, visto que no son ni señores, ni funcionarios, ni mercaderes o semejantes. Deben quedarse en casa". En sexto lugar, hay que prohibirles la usura, confiscarles todo lo que poseen en dinero y en joyas de plata y oro, y guardarlo". En séptimo lugar, a todos los judíos y judías jóvenes y fuertes se les ha de dar trillo, hacha, azada, pala, rueca, huso, para que ganen el pan con el sudor de su frente".

A estas medidas Lutero añade la prohibición de pronunciar el nombre de Dios en presencia de cristianos. Lutero insiste varias veces en el hecho de que no hay que ser misericordiosos con los judíos. El objetivo, evidente, es hacerles la vida imposible para que se vayan. "Yo", escribe Lutero, he hecho mi deber ahora que otros hagan lo suyo. ¡Yo no tengo culpas!

Es una absolución cargada de desgraciados presagios, Lutero, como padre espiritual de la Alemania moderna, tiene una responsabilidad muy grave en el proceso de odio que se desarrolló contra los judíos. Las páginas siniestras de su panfleto, sus palabras indefendibles justifican la llamada a capítulo que hizo en el proceso de Nüremberg el nazi Julios Streicher, para el cual el doctor Martin Lutero "hoy estaría seguramente en mi lugar en el banquillo de los acusados." Una acusación confirmada por William Shirer, uno de los más ilustres historiadores del nazismo. Hoy día los escritos polémicos de Lutero contra los judíos no aparecen en ninguna de las ediciones en alemán contemporáneo. En verdad -supuesto que fueran necesarios otros elementos para juzgar mal a Lutero- estas páginas son vergonzosas.

La postura de Lutero, que sólo parcialmente puede explicarse con los prejuicios antijudíos de su época, es aún más significativa porque se aleja de un escrito anterior del autor, Dass Jesus Christus ein geborener Jude sei (Jesús Cristo nació judío) de 1523, que ya en su título indica una actitud no hostil hacía los judíos. En este texto se explica la desconfianza judía ante el cristianismo a partir de los límites de la cristiandad que, cerrada y hostil con el pueblo hebreo, no ha mostrado el rostro compasivo de Jesucristo. Anteriormente, en febrero de 1524, durante la controversia sobre la destrucción de los libros judíos que atormentó al mundo alemán de la primera mitad del siglo XVI, Lutero declaró que era contrario a la prohibición del Talmud.

Según Agustín, el más ilustre padre de la Iglesia, se debía proteger la vida y el culto de los judíos, como "pueblo testigo de la crucifixión", para dar testimonio así de la verdad del cristianismo y del error del hebraísmo. Después, en el transcurso de los siglos, la Iglesia romana trató de proteger a los judíos, que por su parte, consideraron a los pontífices como su última posibilidad. Pero, es cierto que la situación de los judíos durante la Edad Media no fue ni uniformemente pacífica, ni uniformemente trágica. No cabe duda que fue oscurecida por acusaciones y graves matanzas, pero también es cierto que vivieron con relativa concordia con los cristianos y ejercieron (menos en la agricultura) los mismos oficios que éstos.

Hasta el siglo XI la integración de los judíos con la población cristiana occidental y con el mundo árabe español no presenta grandes dificultades. Las comunidades judías gozaban de la protección de los soberanos. Mercaderes judíos aseguraban las relaciones indispensables entre la cristiandad de occidente y el mundo islámico; entre las varias comunidades religiosas reina una relativa tolerancia. Entre los siglos XI y XIII el judaísmo se convierte en el punto ideal de encuentro entre la cristiandad latina y las grandes corrientes del pensamiento antiguo y árabe-islámico, dando su aportación decisiva a la cultura medieval. Son los tiempos de Juda Levi (1075-1141) y de Moshe ben Maimón, conocido con el nombre de Maimónides (1135-1204), el más grande pensador judío de la Edad Media. En 1290 los judíos son expulsados de Inglaterra, en 1308 de Francia; es el comienzo de un proceso que culmina en 1492 con su expulsión de España. Se atribuye estos hechos a la orientación racionalista de la nueva filosofía y al mayor conocimiento del Talmud que hacía que los judíos parecieran "herejes".

La cristiandad que cierra filas en torno a la revolución pontificia de los siglos XII y XIII, el ansia de purificación que la anima se traduce, en el externo, en una lucha continua con el imperio, los herejes, los no cristianos. En el trasfondo está el presagio de que el tiempo del mundo se acerca a su fin. También Lutero comparte esta visión apocalíptica, también para él ha sonado la hora decisiva en la lucha por o contra el Evangelio. A partir de este concepto toma forma su concepción del adversario, judío, papista, turco, pagano, hereje. Si esto es verdad el antijudaísmo moderno encontraría una clave explicativa en la tensión apocalíptica que, a partir de la Edad Media invade los espíritus. De ahí el ultimátum que se da a los judíos: convertirse o irse del mundo “cristiano”.
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