Los judíos de Salónica*s - Intelecto Hebreo

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03/05/2017
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Los judíos de Salónica*s

Etapa Electónica 1

Música sefaradí de Salónica

Los judíos de Salónica


Por: Peter Katz

Los alemanes habían reunido a 300 hombres de fe judía, los más notables de la comunidad de Salónica, una comunidad muy antigua que llegó a ese puerto en cuatro carabelas fletadas en Sevilla por vejados y angustiados antepasados españoles. La comunidad sevillana otrora había sido poderosa y valiente, eran servidores de las coronas de Aragón y de Castilla y fueron expulsados por orden del Rey Fernando y la Reina Isabel la Católica.

Por aquel entonces Salónica pertenecía al Imperio Otomano cuyo sultán literalmente agradeció la expulsión de esos judíos que él con agrado recibió, pues eran personas preparadas en arte, ciencia y comercio.

En 1941 había ochenta y dos mil judíos en Salónica pero desde agosto de 1940 ya habían llegado las tropas alemanas, que substituyeron a las italianas que habían invadido Grecia. Al parecer los italianos no pudieron con los griegos; además ante los ojos de los alemanes, el ejército de Benito Mussolini no era tan capaz y aguerrido para pelear; la causa según ellos, que eran latinos.

Al no confiar en las tropas italianas, Hitler ordenó a las suyas la ocupación de Yugoslavia y otros países norteños de la Cuenca Mediterránea. A diferencia de los primeros, los alemanes eran brutales, sistemáticos y provistos de armas modernas y mortíferas. En Thessaloniki el oficial de mayor graduación Kurt Waldheim, un capitán de la Wehrmacht, quien años más tarde fue secretario general de la ONU y posteriormente fue electo por mayoría de votos por el pueblo austríaco para la Presidencia de ese país, al parecer tuvo injerencia directa en la deportación de los judíos griegos, pues nunca demostró misericordia alguna y su objetivo era aniquilarlos.

Ese grupo judío de notables, fue forzado para convencer a sus correligionarios a no poner resistencia, inclusive a tratar de ayudar a los invasores para transportar a la población en trenes hacia el Oriente europeo, lo que los alemanes llamaron «Umstellung nach Osten». Esa era la orden y suerte de todos los judíos europeos; una solución final planeada desde enero de 1942 en Wannsee.

La población judía en Grecia tenía más de 2300 años de antigüedad, si se toma en cuenta que hubo emigrantes que llegaron desde Judea. Pero la mayor migración fue -como ya se citó- con la llegada de los judíos españoles, quienes progresaron e hicieron progresar la región, primero con los turcos y posteriormente, después de la Primera Guerra Mundial por un pacto territorial entre naciones, con los griegos. Región en que se hablaba mayormente ladino, francés y algunos el español moderno, pero no estaban familiarizados con el idioma alemán y menos con su idiosincrasia de aquella época.

El arribo de los trenes a Auschwitz siempre era de noche. Las compuertas de los vagones se abrían y los que quedaban vivos del tormentoso viaje, cegados por potentes luces con las que los alemanes apuntaban a los andenes, bajaban en lo que sería para muchos de ellos el final. En dos filas aguardaban la «selección» que consistía en mandar directamente a las cámaras de gas a mujeres, niños y ancianos que no podían utilizar para labores esclavizantes de construcción o industria militar. Los inservibles llegaban al cielo en forma de humo.

La solidaridad que existía en el campo entre ashkenazim y sefaradim era contagiosa, no obstante que a veces no podían comunicarse con la palabra. Los golpes de los bárbaros alemanes y de los «Kapos» (forzados guardias judíos) producía este sentimiento. En los campos todos eran iguales, todos eran «untermenschen» (subhumanos), sin distinción de su origen geográfico. En Auschwitz Birkenau, había reos procedentes de 43 países que hablaban trece idiomas distintos.

La vida en el campo era un infierno y los que llegaban morían de hambre y por las epidemias, cuando no morían de las palizas propinadas por sus captores. Los que no fueron enviados a las cámaras de gas, fueron hacinados (hombres y mujeres por separado) en míseras barracas de madera podrida por la lluvia. Allí tenían que dormir, ir al baño, comer y soñar con esos momentos gratos que tuvieron en sus comunidades y lugares de origen.

Los alemanes amablemente mantenían vivos a los integrantes de tres orquestas de gitanos, exclusivamente para su diversión personal, pues les gustaba la música gitana. Antes de la llegada del ejército soviético que finalmente los liberó en 1945, esos gitanos y los «Kapos», también fueron llevados a las cámaras de gas.

De los 72800 judíos deportados de Grecia, de poblaciones como: Yanin, Rhodas, Chios. Larissa, Corfú, Atenas y Salónica, apenas 672 sobrevivieron y regresaron a su lugar de origen después de la guerra. Las cenizas de estos judíos sefaradíes que no habían sufrido persecución bajo los turcos, que incluso consideraban a Francia y Alemania como potentes faros que iluminaban el resto de Europa, quedaron esparcidas sobre tierras europeas orientales, abonando los campos y los bosques de Polonia, de Ukrania y de Bielorrusia.

Una irreparable pérdida de hermanos judíos exterminados, que incluso resulta mayor (en proporción aritmética, al total de los judíos de la época) al de los correligionarios ashkenazitas desaparecidos a manos de esos bárbaros desprovistos de humanidad, piedad y misericordia; todos caídos, pero no olvidados, en el infame holocausto del siglo XX.


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