Las llaves de nuestra casa PXII - Copiar - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Las llaves de nuestra casa PXII - Copiar

Condensados

Las Llaves de Nuestra Casa
Novela Histórica

Los Judíos en Arabia (500 – 1100 e.c.)
(Doceava Parte)

Por: Gabriel Katz

Elí Abadi, joven nacido en Israel cuyos padres habían emigrado de Siria en la década de los 70's, caminaba por una céntrica  calle de la ciudad de Tel Aviv. Por momentos se detenía a observar algunos aparadores que ya habían iluminado sus anuncios y vitrinas. Después de una hora de curiosear, se detuvo en un concurrido café al aire libre para refrescarse con un  jugo de frutas y descansar por unos momentos sus adoloridos pies.
Al poco tiempo de permanecer en el café, encontró una forma para entretenerse, que consistía en adivinar el origen de varias de las personas que transitaban por la acera donde estaba sentado. Realmente le resultaba divertido pues circulaban un  gran número de personas de todos los tipos; desde rubias con piel muy blanca, hasta individuos de color con cabellera corta y rizada.
Fue tanta la variedad de rasgos físicos y vestimentas que observaba, entre pequeños tragos que daba a su apetitosa bebida, que pensó en hacer su pasatiempo más sencillo y en lugar de pensar en los países de origen, decidió pintar una  línea vertical en una servilleta de papel, rotulando los dos espacios con las palabras Ashkenazitas y Sefaraditas.


Empezaba a anotar con pequeñas rayitas el número de personas que pasaba  ante él y que supuestamente entraba en su sencilla clasificación, percatándose de la presencia en la mesa contigua, de un anciano con lentes, envuelto en una gabardina  y que lucía una pequeña barba notoriamente blanca. Esa persona, quien  también se encontraba solo, lo venía observando con mucha atención desde que él había llegado sin ningún disimulo.
Pasaron algunos minutos y sintió que el anciano se acercaba a su mesa mirando fijamente sus anotaciones. Con mucha cortesía le pidió al joven si podía sentarse con él, a lo que accedió gustosamente. De inmediato entablaron el siguiente   diálogo:
-Veo que has hecho una clasificación que me llama la atención y que seguramente está basada en una cómoda costumbre que tenemos en Israel de definir lo que no es ashkenazí, como sefaradí, pero antes de continuar, permíteme presentarme...   soy el Profesor Isaac Lef, ya soy retirado, impartía una cátedra de historia durante muchos años en la Universidad de esta ciudad. En mi tierra natal Alemania, aprendí mi profesión y también trabajé en la Universidad de Heidelberg,   hasta que la guerra me hizo emigrar a esta bendita tierra, no sin antes haber pasado dos años en un campo de concentración... pero creo que ahora a ti te corresponde presentarte.
-Soy Elí Abadi, estudiante de preparatoria y mis padres son sefaraditas de Siria, por ello aprendí el árabe desde mis primeros años, al mismo tiempo que el hebreo y estoy pasando el tiempo con este juego, que usted, por lo visto ya adivinó.
-Siguiendo tu pasatiempo y de acuerdo a tu fisonomía, además de lo que me has dicho de tus padres provienes de una familia judeo-oriental. Pero quiero aclararte que las dos clasificaciones que has efectuado son muy vagas, puesto que dentro del grupo   de los ashkenazitas cabrían varias denominaciones de acuerdo al país, lengua y costumbres de origen; lo mismo pasaría con los sefaraditas que has anotado en la parte derecha de esta servilleta. Sabrás que "ashkenaz", significa Alemania y  "sefarad"  España, por lo que no todas las personas que has intentado clasificar, amén de no judíos que han estado pasando, tienen sus orígenes en la historia de esas dos regiones europeas. Siendo que eres un judío de origen oriental, estoy  seguro  te interesará saber, que si bien muchos judíos orientales fueron influenciados por la cultura sefaradita que se desarrolló en la Península Ibérica, no a todos los judíos orientales se les puede aplicar ese nombre, según su  origen  remoto de sus antepasados.
-Pero Profesor -interrumpió el joven- casi todos los ashkenazitas hablan el yidish y por lo que se, hasta tienen los mismos rezos y comidas en sus sinagogas y hogares.
-¿Supones entonces que son yidish o que habría que buscar el nombre del platillo más popular? Estaríamos diciéndoles simplemente judíos, si por el yidish nos vamos y por la religión... pues ortodoxos, conservadores, reformistas o   tal vez laicos.
-Tiene lógica lo que usted me dice pero... ¿Qué pasaría con la denominación de nosotros los sefaraditas?
-Volveríamos casi a lo mismo que con el supuesto grupo anterior, a diferencia de que en los llamados judíos de origen oriental, encontramos dos idiomas, siendo éstos el ladino y el árabe.
-Entonces mis padres y yo seríamos de origen árabe, pues no hablamos el ladino -comentó Elí algo desconcertado-.
-No necesariamente, pues tú mismo me has dicho que llegaron de Siria -contestó el Profesor con asomo de risa malévola, por el desconcierto que causaba en su interlocutor, agregando de inmediato el siguiente comentario: veo que como casi todos   los judíos del mundo, estás enterado de los principales resplandores culturales judíos en Europa, pero no así de los que se dieron hace algunos siglos, muy cerca de lo que hoy es nuestra nación.
Los dos quedaron sumidos en sus pensamientos y al poco tiempo el Profesor inició el diálogo en forma solemne, como si se preparara a iniciar una cátedra.
-¿Te gustaría que te enterara de lo que pasó?
-¡Claro que si Profesor! -respondió gustoso el joven.
-Empezaré por decirte que allá por el año 500 de esta era, la virulencia antijudía inculcada a los cristianos por los padres de la iglesia, hacían difícil la vida del judaísmo, mismo en el imperio romano de oriente a manos de Justiniano   o el bizantino, bajo amenazas de severos castigos y pérdida de la lengua hebrea.
En Europa y en Palestina las persecuciones se multiplicaban, por lo que muchos judíos emigraron a la Península Arábiga. Allí los creyentes en la fe mosaica no tuvieron que adular ni temblar de terror ante la ira del clero y de su brazo secular.   Fue una población libre, de mucho talento y pudieron desarrollar muchas actividades, llegando a ser algunos jefes de tribus y de poblaciones árabes.
La historia de los judíos de Arabia en los siglos que precedieron a Mahoma, y aún durante la actuación de éste, constituye una página gloriosa en los anales de nuestro pueblo. Existen muchas leyendas de las primeras inmigraciones pero se   sabe que se establecieron en sus inicios en la ciudad de Yathrib, que más tarde se conoció como Medina. Otros se asentaron en el norte de la Península desde la época del Rey David y muchos practicaron el comercio con la India desde el sur   de Arabia (Yemen).
Después de la destrucción del Segundo Templo también emigraron a esas regiones, muchos de ellos decían tener origen sacerdotal por lo que se hacían llamar Kohanim o Al-Kahinani. Casi todos tuvieron problemas con los beduinos, por lo que   construían torres y castillos para defenderse. El territorio de Kaibar, al norte de Yathrib, fue casi totalmente ocupado por judíos y convivieron con la población original árabe, pues tenían muchos puntos en común exceptuando el religioso.
Se sabe que dada esa similitud, existieron varios matrimonios mixtos y que los judíos árabes vivían en un sistema de tipo patriarcal, observando rigurosamente las leyes de hospitalidad y lealtad que los mismos árabes les inculcaron. Los judíos   también rivalizaban con sus vecinos en poesía y arte, además del valor que demostraban ante la nobleza árabe. Había una diferencia intelectual enorme, pues hasta el siglo XVII, existían muy pocos árabes que sabían escribir, cosa   que entre los judíos era común, por lo que merecieron el calificativo de "El Pueblo del Libro".
Referente a religión, fueron siempre muy celosos de los dictados talmúdicos y llevaban hasta sus últimas consecuencias las leyes dietarias y sus ayunos. No obstante que amaban tan hospitalario país, anhelaban siempre retornar a Tierra Santa   y a diario esperaban el advenimiento del Mesías. Por ello siempre tuvieron contacto con los pocos judíos que aún se mantenían en Palestina y fundaron centros de estudios donde los maestros (akbar) interpretaban las Escrituras en una academia   (Midrás); pero el conocimiento que en general tenían de la Biblia no era de mucha cuantía.
Como los judíos de Arabia gozaban de la más absoluta libertad, pudieron  transmitir  sus propios conceptos religiosos a sus vecinos. Las ideas religiosas se propagaron paulatinamente mucho tiempo antes de la aparición de Mahoma y como los judíos,   los árabes calculaban el tiempo por meses basados en las fases lunares  y adoptaron  el ciclo judío de 10 y 9 años con sus 7 meses intercalados en períodos bisiestos. Los israelitas también les ilustraron acerca de su origen histórico,   que generalmente se ignoraba y reconocieron en los judíos a sus hermanos  pues procedían  del mismo padre Abraham. En ocasiones algunos caudillos árabes se sintieron tan inclinados hacia la fe judaica que la adoptaron y siempre practicaron ya  en  forma general la circuncisión.
Las primeras enseñanzas de Mahoma, concebidas cuando se hallaba en estado cataléptico y que impartió a sus discípulos inmediatos como revelaciones superiores que le fueron hechas por el Arcángel Gabriel, ostentan sello netamente judío     incluyendo el pensamiento monoteísta "no hay Dios fuera de Alá" y posteriormente agregó la fórmula "y Mahoma su Profeta". Lo mejor que incluye el Corán, está tomado de la Biblia o del Talmud.
Mahoma mismo después de no haber tenido el éxito que esperaba en La Meca, sede principal de la idolatría árabe, arribó a Yathrib (622) para asegurarse el apoyo de los judíos, aparentando que perseguía como principal finalidad la de     convertir el judaísmo en la religión general de Arabia. Pero esto no duró mucho y surgieron disputas entre judíos y los adeptos musulmanes.















Como Mahoma era analfabeto, empleó durante algún tiempo un secretario judío para el despacho de su correspondencia. Por su parte los judíos consideraban a Mahoma como un prosélito y abrigaban la esperanza de que debido a su influencia,    el judaísmo se podría constituir como religión principal o al menos sería respetado. Referente a Mahoma el concepto de profeta contemplado por los judíos, le quedaba grande, pues era un hombre sensual que codiciaba a todas las mujeres   bellas  que encontraba. Los principales opositores judíos que tuvo Mahoma fueron Phinees ibn Azura, Kaab ibn-Ashraf, un anciano poeta de más de 100 años de edad de nombre Abu-Akáf y Abdalá ibn Sauras, considera como el judío más  culto  de  esa época.
La tolerancia que los seguidores de Mahoma tuvieron con los judíos, no perduró, en cierta forma por los edictos que se dictaron en contra de ellos para que su influencia no trastornara la fe de los nuevos adeptos musulmanes y además de que Mahoma    era demasiado árabe para respetar todos los requerimientos a que los judíos estaban acostumbrados para seguir practicando su religión. El rompimiento fue definitivo y publicó una larga "Sura" (titulada "la Vaca") que contenía muchas inventivas    en contra del pueblo judío ordenando también a sus fieles volver el rostro hacia La Meca y Kaaba, en lugar de hacia Jerusalem como estaban acostumbrados, formulando en contra del Día de la Expiación un largo período de abstinencia denominado    Ramadán.
Las actitudes de los mahometanos confirmaban que la Torah contenía algunas referencias del advenimiento y labor profética de Mahoma, pero que los judíos habían alterado los pasajes relativos. También decían que los judíos poseían    la verdadera fe, pero más tarde propalaban la falsedad de que adoraban a Esdrás como el hijo de Dios, de la misma manera que los cristianos adoraban a Jesús y debían ser, en consecuencia considerados como infieles. Con el tiempo esa luna   de  miel entre la nueva religión propalada por Mahoma y el judaísmo fue acabando y cada vez se vieron mayores injusticias.
En los tiempos en que Mahoma no era lo suficientemente firme ante sus seguidores, no se atrevió a atacar al pueblo judío, máxime que estos últimos y sus aliados, sobrepasaban al número de sus adeptos. Después de la batalla de Beder (invierno    de 624), los mahometanos alcanzaron una notoria victoria sobre numerosos koraishas, cambiando el profeta el papel humilde de filósofo por el de suspicaz tirano, que no vacila en echar mano de cualquier medio, aún el asesinato, con tal de conseguir    el fin que se propone.
Los judíos al igual que los árabes, eran dados a disensiones y cada tribu sólo pensaba en sus propios intereses y a vuelta de varios conflictos y luchas tribales, Mahoma logra una victoria pública, misma que sirve para atacar directamente    al pueblo mosaico y privarlos de la protección de sus aliados. Él decía "nosotros, creyentes verdaderos, no toméis a los judíos ni a los cristianos, por vuestros amigos; son amigos de los otros el que de vosotros los tome por amigos,  es   seguramente uno de ellos; en verdad os digo que Dios no ha dirigido a un pueblo injusto (Corán, Cap. V, titulado La Mesa)". Por su parte los cristianos no resintieron las nuevas fórmulas dadas por el profeta, pues su número era reducido  y por   lo general mantenían una actitud pasiva. Los judíos, por el contrario acostumbrados a gozar de independencia quedaron en una situación precaria. Sus aliados habían renunciado a antiguas alianzas con ellos y cumplieron las órdenes  que dictaba   Mahoma, llevando a cabo actos de cruel venganza.
Tribus judías como los Banu Kuraiza se mantuvieron aparte y en cierta forma tranquilos, pues habían concertado una alianza con Mahoma y con sus vecinos musulmanes. No obstante las nuevas alianzas hubo luchas sangrientas de las cuales los mahometanos    salieron victoriosos, como la famosa batalla de las trincheras. En esa batalla los judíos tuvieron que pagar muy caro el haberla provocado, pues Mahoma bajo pretexto de que acababa de recibir una nueva revelación, inflamó a tres mil de sus  partidarios   con un indescriptible entusiasmo sitiando a los judíos que se habían fortificado por más de 25 días (627). Como resultado de esa derrota 700 judíos, entre ellos todos sus jefes como Kaab y Huyay, fueron asesinados frente al  mercado de  Medina,  inhumándolos en una fosa común, por lo cual la plaza recibió el nombre de "Mercado de Kuraiza".
De esa última batalla, Mahoma siguiendo sus notorios gustos, mandó cambiar a mujeres por armas y caballos, reteniendo como amante a una bella doncella llamada Rihanáh, la cual rechazó con desprecio sus favores. No obstante derrota tras derrota,    los judíos siguieron resistiéndose pero poco a poco las fortalezas que se habían construido en las poblaciones caían ante el poder militar de Mahoma.
Hubo rendiciones incondicionales y otras donde se otorgaba a los derrotados una retirada con honores de guerra. Más tarde, se les permitió tener posesiones, con obligación de pagar tributo, que consistía en la mitad del rendimiento de sus    tierras o negocios. Otro tipo de propiedades quedaban en manos de los vencedores, llevándose los mahometanos como botín de guerra todos los tesoros que encontraban. El año 628 fue fatal para el pueblo israelita, pues significó la victoria    absoluta de Mahoma sobre el último reducto judío en Kaibar, además en Palestina se intensificaban las persecuciones contra judíos encabezadas por el emperador Heraclio.
Cuando sobrevino la muerte de Mahoma (632), los judíos sintieron alegría, puesto que como muchas otras personas, creían que una vez desaparecido el profeta, los árabes se curarían de la locura de considerarlo como un ser superior dotado    de inmortalidad; pero el fanatismo, tras el cual se ocultaba el deseo de guerras y el afán de conquistas, se había apoderado de ellos, por lo que aceptaron cada página del Corán como si fuesen las auténticas palabras de Dios y los mismos    incluían las verdades derivadas del judaísmo que las supersticiones y puerilidades contenidas en aquel libro. El Corán se convirtió en el libro sagrado de una gran parte de la humanidad que poblaba tres continentes.

En el Corán existen abundantes expresiones de odio contra los adeptos al judaísmo, por lo que propagó sentimientos de hostilidad entre todas las naciones mahometanas, del mismo modo que había acontecido con los evangelios entre las naciones    cristianas. Sin embargo, como según se observa en la historia, ningún mal ocurre sin traer algunas benéficas consecuencias, la dominación del islam resultó ventajosa para el judaísmo con el transcurso del tiempo.
El Profesor Isaac Lef hizo una pausa para consultar su viejo reloj, diciéndole a su joven y novel alumno lo siguiente:
-Creo que debes iniciar tu regreso a casa, pues ya es muy tarde y tus padres deben estar esperándote, por lo que te propongo continuar otro día con esta historia -que veo en tus ojos-, ha causado interés.
-Tiene usted razón, el tiempo ha pasado volando y por lo visto queda mucho por aprender; por lo que acepto gustoso su ofrecimiento, máxime que aún me quedan tres días de vacaciones.

-Pues entonces, nos veremos mañana en este mismo lugar y a la misma hora para relatarte la influencia que tuvo el Islam y la suerte que nuestro pueblo tuvo en ese período.
Los dos interlocutores se levantaron de sus sillas y estrechándose las manos al mismo tiempo que externaban un cordial Shalom, se alejaron de aquel café, perdiéndose entre una multitud que bullía en la noche cálida del puerto.

Continuará...


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