Las llaves de nuestra casa P VIII - Copiar - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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Las llaves de nuestra casa P VIII - Copiar

Condensados

Las Llaves de Nuestra Casa
Novela Histórica
La Edad Media Europea
Los Judíos en Inglaterra – Francia
(Octava Parte)


Por: Bertha Neuman

Inglaterra
Antes de las guerras y la conquista Normanda en las Islas Británicas, se cree que ya había presencia judía. Atribúyese  al Rey Salomón haber traficado con estas islas; algunos lingüistas han querido ver en   el antiguo Gaélico paralelos sorprendentes con el hebreo, en grado tal que en 1827, la "British and foreign Bible Society" distribuyó entre los galeses e  irlandeses, biblias hebreas, por opinar que ese idioma era el más afín a su vernáculo.
Es posible que los romanos, como lo acostumbraban en otras conquistas, llevaran consigo a Inglaterra mercaderes judíos. Los calendarios judíos, haciendo referencia a un tratado de Augusto con los hebreos de la era de Hircano, es citado en el libro    "Gasipon" S. VI, donde se ordena la liberación de todo judío en las provincias del imperio, hasta "más allá del imperio Británico", a este tratado lo asignan como "Edicto de Augusto en favor de los judíos de Inglaterra del año 15    E.C.


Jerónimo al describir la dispersión de Israel por el mundo entero, afirma  que hay israelitas hasta en britania. En el año de (1066-1290) Guillermo el Conquistador, llevó a Inglaterra una colonia de judíos de Rouen, en Normandía, quienes    al parecer, primero se establecieron en Winchester, al norte de Portsmouth,  plaza donde el invasor instaló su tesorería.
Esos judíos que siempre habían gozado de privilegiada posición en la corte del duque, no rompieron nunca su lazo de unión con el judaísmo francés, del que de hecho, siguieron formando parte durante más de doscientos años en que     permanecieron en suelo británico. Es muy significativo que hasta el último día de su estancia en la isla, su vernáculo fuera el francés normando, que usaban en su correspondencia.
Económicamente fueron desde el principio, en su gran mayoría, prestamistas,  recaudadores de impuestos y mercaderes. Hubo entre ellos, en todo tiempo, médicos y astrónomos excelentes; es decir, que mostraban ya a su llegada el resultado de   su expulsión, en áreas como la agricultura y los oficios.
El Rey Guillermo era el terrateniente más grande, su rígida postura hacia los impuestos feudales, enriquecía el "Gran tesoro de Winchester" que siempre fue el lugar de residencia predilecto del judío normando. Los judíos no tenían derechos    de ciudadanía en el país; la judería estaba exenta del derecho común, sencillamente era propiedad del rey y sus vidas y sus bienes se hallaban de modo absoluto a merced del mismo.
La condición de los judíos de la edad media, se definió negativamente, al no poder formar parte de la sociedad feudal. Enrique 1(1100-1135), trató de aplicar al principio, los propósitos sentados por Carlomagno, "De la servidumbre fiscal,    de los enemigos de la fe"; sin embargo Enrique I le otorgó a Rabí Iosef, el título de Jefe de la Judería Londinense. Hubo privilegios como el de gozar de plena libertad de circulación y exención arancelaria al comprar cualquier mercancía,    además de la prerrogativa de "jurar por el Pentateuco", juramento que conservaba su validez aún ante las declaraciones más adversas.
Durante el reinado de Guillermo el Rojo, hijo del Conquistador (1087-1100), los judíos fueron bien tratados según convenía a éste. Esto atestigua la prosperidad de los hebreos bajo su reinado, pues fueron casi los primeros en tener el privilegio    de construir casas de piedra en Inglaterra. Por otra parte el dinero judío contribuyó a la profusa edificación de catedrales, abadías y castillos, costumbre tan característica de la época.
Esteban (1135-1159), sobrino de Enrique I, confirmó la favorable legislación judía de su predecesor. Durante su reinado, en 1144, ocurrió la primera acusación de asesinato ritual de la que se tiene noticia en Europa. La desaparición    de un niño (Guillermo de Norwich), fue motivo de que se acusara a los judíos de haberle dado muerte y con el tiempo se formó la funesta leyenda "Del niño mártir de Norwich", que habría de provocar sangrientas violencias en aquella  ciudad   y que más tarde encontró réplica en la de San Hugo de Lincoln (1255), tratada con piadosa credulidad por Chaucer, en "Los Cuentos de Canterbury".
A la muerte de Esteban, Enrique II hijo de Matilde (1154-1189) primero de los Plantagenets, desembarcó en Inglaterra y se apoderó del trono. Su reinado se caracteriza por el aumento notable de la población judía y el número de plazas en    donde se establecieron éstos. El año de 1166, fecha de la visita de Ibn Ezra, cerca de dos mil familias judías vivían sólo en Londres; otras juderías importantes vivían en Lincoln, York, Oxford, Cambridge, Norwich, Canterbury, Winchester,    Newport, Stafford, Windsor y Reading.


Entre los judíos más poderosos de la época figuraron Arón de Lincoln  (1186), que encabezó una gran asociación financiera, que suministraba fondos para la construcción de conventos e iglesias. Las primeras matanzas de judíos en    Inglaterra ocurrieron en 1189, con motivo de la coronación de Ricardo Corazón  de León, en que los notables hebreos fueron expulsados de la ceremonia de pleitesía en Westminster. Eso dio lugar al rumor de que el monarca había ordenado  matar   a todos los judíos. El populacho se lanzó a incendiar y saquear, primero  la judería de Londres, donde muchos perecieron y otros fueron bautizados a la fuerza. Posteriormente se hizo lo mismo en Norwich, Bury sant Edmunds, Lincoln, Colchester,    Thetford y Ospring.
La peor matanza fue en York, la noche del 16 al 17 de marzo de 1190, instigada por una horda de cruzados y de un noble llamado Ricardo Malebys, quien estaba profundamente endeudado con los usureros y que pretendía así, recuperar sus escrituras,     como en efecto lo lograron en aquella ocasión muchos deudores de los judíos. Los judíos se refugiaron en la ciudadela, asediados por la turba y ante la imposibilidad de salvarse sin renegar de su fe, a la exhortación de un jefe religioso,     Rabi Yomtov de Jaigny, decidieron darse muerte mutuamente.
El primero en obedecer la trágica resolución, mató a su esposa Anna y a sus hijos y luego murió a manos del propio Yomtov. Aquel día observa el cronista William de Newburg: "Sábese que ha sido un día fatal para los judíos, más     que en Egipto, puesto que en Inglaterra, donde habían sido felices y renombrados, por el juicio de Dios, de súbito se había vuelto un Egipto donde sus padres sufrieron".
El advenimiento de Juan sin Tierra (1199), marca el principio de la decadencia del judaísmo inglés medieval. En 1198 el Papa Inocencio III, al preparar su gran ofensiva contra las herejías, exigía de los príncipes de la cristiandad, supresión     de la usura judía. En su Bula de 1205, estableció el dogma de la servidumbre perpetua de los judíos, como autores de la crucifixión de Jesús.
En 1211, trescientos rabinos ingleses y franceses, encabezados por el Rabi Iosef Ben Baruj Carlson, de Colchester, emprendieron una peregrinación a tierra santa, que en realidad fue una huida.
Desde el año 1234 hasta el 1244, un edicto real puso fin a la libertad de residencia de los judíos, decretando que sólo podían vivir en ciudades, donde se encontrara un arca de la tesorería judía. Cualquier contravención al edicto     se castigaba con la expulsión de éstos y de allí no faltaba más que un paso al destierro.
Le precedió en 1288, la expulsión de judíos de Gazcuña, entonces provincia inglesa. El 18 de julio de 1290, Eduardo I ordenó la salida de todos los judíos de Inglaterra. Antes del día de Todos los Santos, éstos podían solamente     llevarse sus bienes en muebles, pero sus casas y predios pasaban a La Corona.
Se estima en unos dieciséis mil el número que abandonaron la isla. Unos pocos privilegiados obtuvieron plazo, como la familia R. Bonamiens, hijo de Isaac de Canterbury. Muchos de los expatriados perecieron al atravesar el mar, a manos de los mismos     capitanes de los barcos y otros fueron robados. La mayoría se dirigió a Francia, pero no pudieron quedarse allí por mucho tiempo. Entonces se encaminaron a Renania, Lorena, Borgoña, El Delfinado, Saboya, Provenza, Italia y España; otro     grupo se fue a Flandes, Brabante, Guilders y la Región de los Ardenes; algunos pasaron a Noráfrica y Palestina, así como a Lituania y Polonia.
En el S. XIII, fue roto el monopolio financiero, debido a reformas introducidas en el sistema tributario durante el reinado de Eduardo I, por lo que se afirmaba que la presencia judía ya no era más necesaria.


Francia
De Galia pagana a la expulsión de 1394 e.c.

Los primeros establecimientos de judíos en Galia, de los que quedan constancia datan del siglo IV e.c. No arrojan muchas luces  las circunstancias de la inmigración inicial, ésta debió obedecer esencialmente a motivos económicos.
El inicio de la presencia de judíos en Galia en la segunda mitad del IV, es el elogio dispensado por cierto autor al santo padre Hilario de Poitiers (m. 366), por haber rehuido a la compañía de hebreos (Venancio Fortunato Vita S. Hilario, tercero).    En aquel entonces, los judíos tenían ya colonias en Arles, Aviñón, Narbona y Burdeos.
Durante el período pagano y en el tiempo de los visigodos arrianos, su condición debió ser muy buena, sólo después de la proclamación del catolicismo como religión del estado en todo el imperio bizantino, fue cuando las semillas del    fanatismo religioso se sembraron en suelo galo. En el año 425 e.c, ya se había formulado un edicto para la separación de los judíos en los cargos públicos.


Durante el siglo XVI encontramos judíos en Marsella, Uzes, Clement-Ferrand,  Orleans y París. Allí los judíos tenían sus sinagogas y practicaban el culto, llevando los asuntos administrativos los rabinos, jazanim y funcionarios que tuvieran    conocimientos religiosos. Los judíos practicaban toda clase de actividades  religiosas, vivían en absoluta igualdad y las relaciones entre ellos y la iglesia católica, por regla general fueron amistosas; en aquel tiempo hubo muchos gentiles  que   adoptaron costumbres judías.
Esto continuó hasta que los reyes visigodos se convirtieron al cristianismo. La iglesia por medio de sus concilios, modificó gradualmente las condiciones de los judíos, tomando medidas para segregarlos de los cristianos (en cada concilio aumentaban     los estigmas de inferioridad hacia los hebreos). Dada la docilidad de los reyes merovingios, las medidas de discriminación eclesiásticas, se convirtieron en muchos casos en leyes de estado. En 528 e.c, el prelado Chilperico, inauguró los bautismos     forzados. El advenimiento de Carlo Magno y su sucesor Luis el Benigno, fue para los judíos una circunstancia feliz, pues supeditaron todo al estado y así contrarrestaron la intolerancia eclesiástica.
Los judíos tenían una posición envidiable y probablemente esto se debía a servicios importantes prestados a Carlo Magno, en sus guerras contra los moros. Leemos en la novela de Filomena, que el monarca con motivo de un legendario sitio denominado     Narbona, agradeció a los judíos la parte que tuvieron en la entrega de la ciudad, otorgándoles un barrio de la misma y el privilegio de vivir bajo un rey propio. Meir, hijo de Simón de Narbona (1240), menciona la misma historia en su libro     "Miljemet Mitzva" donde narra como Carlo Magno habiendo perdido su caballo, fue salvado por un judío quien le prestó el suyo y pagó su lealtad con la propia vida.
La primera cruzada (1096) sin embargo, no fue tan desastrosa para los judíos de Francia como lo fue con sus hermanos en Alemania (excepto en Rouen), donde parece que todos sin distinción de edad o sexo, fueron quemados vivos en una iglesia, escapando     sólo los que se convirtieron.
Es un hecho histórico que los judíos franceses, alarmados por tan siniestros presagios de una catástrofe, previnieron a tiempo a las comunidades de Renania, pero arrullados por una larga era de prosperidad y paz, no quisieron creerles hasta que     fue demasiado tarde. También la segunda cruzada (1147-1149) infringió a los judíos de Francia, pérdidas notables de vidas y bienes. Rabí Jacob Ben Meir (Tam) nieto de Rashi, fue en aquella ocasión amenazado de muerte; Efraín de   Bona,   el único autor que menciona el incidente, agrega que en ninguna otra comunidad del país se cometieron asesinatos ni bautismos forzados.
La verdadera destrucción de los grandes centros del judaísmo francés, principió con las guerras Albigeneses en el sur de Francia, desatadas en 1209 por Inocencio III. Sin embargo, las consecuencias de las cruzadas no fueron en definitiva,     menos desgraciadas para los judíos de Francia que para el judaísmo europeo en general, pues ese movimiento religioso poderosamente atizado por la miseria social y generada por el feudalismo, creó un verdadero paroxismo en la imaginación   popular   y puso los cimientos de su degradación subsiguiente. Fue en aquellos momentos cuando nacieron las trágicas fábulas del asesinato ritual y de la profanación de la hostia, el de la muerte negra (peste) 1348, que añadiría el  del  envenenamiento   de los pozos por manos judías.
En el aspecto económico, los siglos XI y XII, marcan un punto de reflexión decisivo; hasta esas fechas los judíos de Francia, habían sido esencialmente comerciantes y desde entonces fueron empujados a la usura. San Bernardo de Carvajal, quien     predicó la segunda cruzada, valientemente trataba de impedir las matanzas de judíos, pero paralelamente marcó la reputación de usureros, al exigir que el rey de Francia Luis VII, prohibiera a los judíos prestar con usura a los cruzados.     Calificaba además de judaizantes, a los gentiles que por lo general eran más rapaces como usureros que los propios judíos.

Las acusaciones del asesinato ritual suministraron oportuno pretexto para el despojo judío, primero el de los cruzados que las pusieron en circulación y después, a los varios grupos de la población afectados por el empobrecimiento general.     En su forma primitiva, la maligna leyenda atribuía a los hebreos la práctica de matar cristianos, no para usar su sangre en sus ritos, sino para repetir la

crucifixión de Jesús, como ocurrió en Pontoise en el año de 1130  ó 1170   y   sobre todo en Blois, donde costó la vida a 31 judíos quemados vivos el 26 de mayo de 1171. Ese día fue declarado de duelo y de ayuno por Jacobo Tam y lo observaron todas las juderías de Francia y Renania.
En julio de 1182, los judíos salieron de los territorios de la corona. Sus  casas, campos, viñedos, talleres, etc. fueron vendidos en el acto y sus sinagogas convertidas en iglesias. A pesar de todas esas penalidades la situación de los judíos     seguía siendo tolerable, comparada con la de los judíos en el imperio  alemán.
La comunidad hebrea en Francia alcanzó cumbres de excelsa intelectualidad y una posición dominante al lado de la erudición y literatura judeo-española, tanto en el gran centro de Champaña, como en el sur del país. Entonces se estableció      una lucha entre la iglesia y el poder del rey con relación a los judíos. La una por incriminarlos de todo, principalmente por la usura que ellos habían propiciado; el rey para subyugarlos y asegurarse el pleno rendimiento de fuentes de recursos.
En el año 1268, el fanático rey Luis IX, a instancias del apóstata Pablo Crestiano, impuso a los hebreos la divisa discriminatoria o Rouella, decretada en el concilio de Letrán. Consistía en un pedazo redondo de fieltro o tela, que debían      exhibir en el pecho o en la espalda, que de rehusarse a llevarla, serían castigados en forma terrible. En aquellos tiempos se arraigó la práctica de las disputas teológicas, como medio de confundir a los heterodoxos y de poner en evidencia      a los fieles de la superioridad de la doctrina romana.
Un renegado especialmente peligroso y que fue funesto a la erudición judía de Francia fue Nicolás Donín de la Rochela, cuya furiosa agitación impulsó a Gregorio IX, a ordenar a los obispos de Francia, Inglaterra y Castilla, que confiscaran      todos los ejemplares existentes del Talmud. La orden papal se llevó a cabo el 3 de marzo de 1240. El 12 de junio del mismo año, se verificó en París una disputa entre Donín y cuatro defensores del Talmud (Igiel de París, Yehuda Ben     David  de Malun, Samuel Ben Salomón y Moisés de Councy), un tribunal formado por el obispo de París (Guillermo de Auvernia) y el canciller de la Universidad de París, quienes sentenciaron al Talmud a perecer en las llamas.
El veredicto se ejecutó a mediados del año 1242 en París, donde 24 carruajes cargados con ejemplares del libro, fueron incinerados públicamente en Auto de Fe. La proscripción del Talmud, equivalió por sus efectos, a un aniquilamiento      de la vida intelectual judía, cuando menos en el norte de Francia y desde aquel momento comenzó la decadencia de la enseñanza y de la literatura religiosa judía.
Felipe el Hermoso en 1306, cuando las insaciables necesidades de su tesoro le determinaron a exterminar a los ricos Templarios, decidió por las mismas razones desterrar a los judíos de Francia. Desafortunadamente no se limitaba ya a zonas reducidas      de Francia, sino a provincias como Champaña, Normandía, Turena, Anjou, Poitou, Lyon, Languedoc y Provenza, extendiéndose desde el paso de Calais hasta los Pirineos. Aunque se les permitió regresar, puede decirse que el año de 1306,  anticipó     el golpe final de la expulsión de 1394.
La iglesia católica amenazada en sus fundamentos por el extraordinario auge de las ciencias y de la vida cultural en todos sus aspectos y por otro lado, la expansión de las heterodoxias, especialmente de la Cátora o Albigenese, movilizó al      fin todas sus fuerzas contra el enemigo y sus armas espirituales eran la Inquisición y las Cruzadas.
Bajo la protección de los duques de Tolosa, la civilización meridional había alcanzado cumbres comparables en muchos aspectos, a las que había de lograr siglos más tarde el Renacimiento. Los judíos de Lyon y Montepeller, Tolosa, Beziers,      Narbona y otras ciudades, participaron plenamente de la prosperidad general. Mantienen relaciones con la España árabe, donde se enseñaba también la medicina y gozaban de alto prestigio; sus sabios recibían los honores de los grandes   y   poseían  tierras señoriales además de privilegios. Sus financieros a menudo asistían a príncipes y barones en la administración de sus territorios. Así pues en el año de 1209, Inocencio III, proclamó la cruzada contra la   herejía,   siendo  los judíos las víctimas del Santo Oficio.



Felipe V (1316-1322), protegió a los judíos  por razones puramente económicas, mas las ventajas así ofrecidas se perdieron  a consecuencia de la miseria general que azotaba la Europa del siglo XIV. Se produjeron  numerosas explosiones de desesperación   popular, teñidas como en toda  la Edad Media, de fanatismo religioso. En 1320 aparecieron en Francia, los pastorcillos,  bandas de zagales y labriegos famélicos, belicosos y ávidos de saqueos, capitaneados  por aventureros y monjes fugitivos en   número de 40,000.
Esas hordas invadieron el Languedoc, abatiéndose sobre los indefensos y con especial saña sobre la población judía. Quinientos judíos se refugiaron en la fortaleza de Verdun de Guerona, donde se defendieron heroicamente, pero al ver que      habrían de sucumbir inevitablemente, se dieron muerte unos a otros, perdonando de esa suerte sólo a los niños, mismos que más tarde fueron bautizados.
En Tolosa, el populacho libertó a algunos pastorcillos encarcelados por el gobernador de la plaza y juntos acabaron con los vecinos judíos. La efervescencia nacida del hambre y de las enfermedades, se manifestó en toda Francia con actos de violencia,      profanaciones de sinagogas, saqueos y falsas acusaciones de toda índole. La gente de aquella época, dice Flury: "Eran presa de un delirio que engendraba epidemias de frenesí".
En 1317,170 judíos fueron precipitados a un horno en Chinon, entre ellos el ilustre Rabi Eliezer Ben Iosef. En 1379, el judaísmo francés no representaba ya más que un reducido grupo de prestamistas, cuya existencia era de la más precaria,      dependiendo enteramente de las vicisitudes de la hacienda real y de la fuerza que el rey tenía para defender sus intereses fiscales, ante la presión del pueblo y de la iglesia.
Al fin el 17 de septiembre de 1394, Carlos IV, después de una larga serie de revueltas, protestas y amenazas del pueblo de París y exasperado por la rapacidad del régimen que lo desangraba a través de "los judíos" firmó una ordenanza      de expulsión que habría de interrumpir la historia de los judíos de Francia por casi cuatro siglos, hasta 1730, momento en que los conversos de Portugal y España se refugiaron en Burdeos, Bayona y otras ciudades del sudoeste, en donde  comenzaron     a profesar abiertamente el judaísmo.



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BIBLIOGRAFIA
Enciclopedia Judaica



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