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27/09/2017
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Las llaves de nuestra casa P V - Copiar

Condensados

Las Llaves de Nuestra Casa
Novela Histórica
(Quinta Parte)


España: La legislación visigoda y los judíos

Por: Becky Rubinstein

Comentarios móviles por: La Redacción.


En el anterior capítulo, iniciamos la época visigoda y tratamos algunos puntos legislativos que afectaron a los judíos; recordamos también que la autora presenta una interpretación literaria libre, respetando en lo posible, mediante supuesto monólogo que atribuye, a Rodrigo (último rey visigodo), aspectos históricos y estilos de expresión de la época.

La tierra habitada, hollada por celtas, iberos, fenicios, griegos, romanos, cartaginenses... sufrió la invasión de los hombres de Mahoma, de los infieles, de los herejes sarracenos. Don Julián abrió las puertas, nos advierte la leyenda -o ¿tal vez fueron nuestros enemigos, los judíos, a quienes perseguimos sin compasión? ¿Acaso fueron ambos? ¿Acaso ninguno? Muza y Miramolín hicieron de las suyas: hicieron suya Andalucía, la bella, la bañada por el Guadalquivir. Poco a poco tomaron fuerzas... mientras yo perdía la vida, la figura, el trono, el cetro, la corona...
La leyenda lo asevera: rey y monarca, entré en batalla sobre una carreta de marfil cubierta de fino ornato. Mis vestidos, soberbios, mis alhajas, supremas; mi soberbia, gigantesca. Oro y plata en mi anular; oro y plata en mi talle; oro y plata en mi caballo.
Concluida la batalla, la aciaga y desgraciada batalla, el enemigo, tal vez, un amigo del pasado, encontró una de mis botas, recamada en piedras de incalculable valor.
Yo ya no estaba para verlo, para vislumbrarlo, pero lo imagino. Desde Asturias, se inicia la revuelta; desde Asturias y comandada por Pelayo, fundador del primer estado cristiano, nacido bajo los escombros. En el norte, lejos, muy lejos de Guadalete...


Influencias de la invasión mahometana.
Los judíos españoles no sospechaban que la revolución llevada a cabo en el Oriente por las conquistas de los mahometanos, originaría un cambio en sus duras condiciones.
Lamentablemente para su infortunio y mala fama, se les acusó de haber abierto a los invasores africanos (711-715) las ciudades y fortalezas españolas, además de haberse encargado de asegurar las conquistas moras, permitiéndoles su marcha hacia el norte; acusaciones que formaron parte de los tradicionales prejuicios y leyendas en contra de los seguidores de la fe mosaica, olvidando las principales causas internas que la provocaron, como la rivalidad entre los partidarios de Rodrigo y los hijos de Vitiza, mismos que pidieron ayuda a los musulmanes y que además desertaron a su rey en la batalla de Guadalete.

Tolosa
Con el fin de propiciar una reconciliación entre sus súbditos arrianos y católicos, cuyas luchas ensombrecen la vida colectiva del reino de Tolosa, el monarca Alarico II (que profesa el arrianismo) orden ala publicación de la Lex Romana Visigothorum, una de las escasas obras jurídicas importantes de la alta edad media y que recoge parte del derecho romano tardío.

Judíos en los reinos Burgundio y Franco.
Segismundo mediante una ley fundamental del Estado (516) tomó como deber la eliminación de los judíos y los arrios, pobarreras entre judíos y cristianos.
Hubo concilios como el de Epaone y Orleans, plagados de prohibiciones, provocando mayor fanatismo e intolerancia. La práctica del culto judío fue limitado, se exigieron bautisy hubo amenazas de destiey hasta pena capital, en caso de desobediencia.


Leovigildo conquista el reino de los suevos, localizado en el noroeste de la península.
El monarca Recaredo I, hijo y sucesor de Leovigildo, acata el último consejo de su padre y abjura de sus creencias arrlanas para convertirse al cajunto con los obispos y las familias nobles de su reino.


Arrianos.

Término que se originó en el concilio de Nicea (325), en que fue condenada la herejía y se excomulga a Arrio, personaje visigodo. Al mismo tiempo se aprueba una confesión de fe coún para los cristianos.
En 380 se impone el dogma de la Trinidad (Dios Pasu Hijo y Espíritu Santo) constituyen una unidad como artículo de fe y es usado también con fines políticos. Los arrianos y paganos se resisten a aceptar este dogma y quedan fuera de la legalidad.
Los visigodos permaneían fieles a las creencias arriarías, que rechazaban la identidad de Dios y Cristo, dulas primeras monarquías.


Régimen de los reyes arrios.
Más de un siglo fue "favorable" para los judíos en España bajo monarquías arriarías, pero desel momento que el catolicistriunfó sobre los arrios, las condiciones cambiaron para mal.

Sisebuto (612) actuaba por iniciativa propia, muchas veces en contra de la voluntad del clero católico. Este mismo monarca, con su persecución faática, abrió el camino para la disolución del reino visigodo. La severidad en relación con los israelitas terminó con su reina

Suintila (612) abolió las leyes anti-judías, pero fue depor Sisenando, período en que el clero volvió a adquirir la supremacía, convocándose a nuevos concilios como el de Toledo (633), y discusiones soel mismo tema en diversos sínodos eclesiásticos.

Los árabes, los invasores, se entronizan en el que fuera suelo visigodo. Ocho siglos permanecen sobre almohadones, entre almendros, limonares y berenjenas, creando poesía, dominando al mundo, hasta su caída, hasta el ascenso de los Reyes Católicos, hasta la expulsión de los árabes granadinos. Unos me anteceden, otros me sobreviven... la historia, asentada en las crónicas, eslabona sorpresas.
Guadalete, Ceuta y Tarifa, Musa y Miramolín: aquella Hispania de Isidoro de Hispalis o de Sevilla, fue arrancada violentamente de la Romania cristiana, trastocada en territorio musulmán. Todo se transformó, ya nada era igual: -ni la religión, ni la lengua; tampoco el modo de vivir, de dormir, de cabalgar, de enamorar a la amada; la civilización.

"La Crónica Mozárabe", la de los cristianos arabizados, lo proclamó a los cuatro vientos: "Hispania, en otro tiempo una delicia, es ahora una desdicha. Ha experimentado todos los horrores de los mártires de Roma..."
La Hispania cristiana se fue quedando sumergida en las criptas de la historia, al tiempo que ascendía al poder agareno. Se dejó de vivir a nuestra manera; la Hispania de los godos noreuropeos quedó fragmentada en regiones nunca antes oídas: Castilla, Navarra, Aragón, Cataluña, área de reconquista, de avanzada, lenta, pero segura...
Mis ojos ya no lo vieron. Para el siglo XI, para el subsecuente, mis ojos estarían en otra parte, lejos de los insurrectos, herederos de los nuestros, de los visigodos. Poco a poco fuimos absorbiendo las poblaciones musulmanas y judías... la Reconquista los fue desplazando...
De los judíos quería hablarles, de los hijos de Abraham, Isaac y Jacob, seguidores de la Torá, del Talmud y la Cábala. De ellos, precisamente...
Tan pronto arribaron nuestros antepasados, los hallamos. Tal vez llegaron con los fenicios, tal vez... Sus rostros estaban impresos en las piedras de las sinagogas, en las calles judías... en las cristianas.
Nuestros tribunales civiles los juzgaban según el derecho de los romanos. Según el Código de Teodosio no eran considerados ciudadanos romanos con plenitud de derechos. La "Lex Romana Visigothorum", legislación posterior, que incluía a ambos sectores de la población, sin embargo, excluyó a los judíos de todo cargo público. Prohibió los matrimonios mixtos entre cristianos y judíos, así como la instauración de nuevas casas de rezo. El judío estaba consciente de las limitaciones, de sus limitantes, de sus límites: ninguno podía adquirir esclavos para su servicio, ni perseguir a los apóstatas de su grey.
Las leyes eran inflexibles, mas la práctica, menos dura. En ocasiones, la suerte estaba del lado del judío...
Estos, apegados a su tradición, estaban, por otra parte, apegados a nuestros antecesores, los hispano-romanos. Nuestro rigor y su desventura no podían ir de la mano.
Debían, para subsistir, pagar un impuesto, la historia de siempre...
Y mientras tanto, observaban los fundamentos primigenios de su Ley: sus hijos varones eran circuncidados, observaban el descanso y las delicias sabáticas, las fiestas mayores, la dietética judía, las leyes relativas al matrimonio. Para fortalecer su fe, se valían de oraciones inscritas, eso se dice, eso se cuenta, en lengua latina. Extraños los judíos, difíciles de comprender sus costumbres, su modo de ser, su esencia y naturaleza. Y, sin embargo, se dicen hijos bienamados del Señor...
Separados en barrios, aislados en sus ritos. Incomprensibles para los de nuestra raza, la de los godos del oeste, la de todos por igual.
En el año de 589, siglo sexto, al adoptar el rey arriano la fe católica romana, se desencadenó la persecución contra la población judía. No podía ser diferente: esa ha sido la norma de los tiempos, la historia lo asevera, lo registra. Tales eran las costumbres del mundo católico.
Unos años antes, relatan los cronistas, Clermont, población del reino franco, testificó las luchas callejeras entre judíos y cristianos. El obispo de dicha entidad obligó a los hijos de Jacob, del Israel escindido y diseminado, a convertirse al cristianismo, a tomar las aguas bautismales so pena de expulsión. Poco después, por el año de 582, Chilperico, rey merovingio, ordenaba a los súbditos judíos de su reino a optar por la fe de Cristo. Heraclio, emperador bizantino, tras derrotar a persas y judíos en Palestina en la primera mitad del siglo séptimo, decretó la conversión obligatoria y sin vuelta de hoja de los judíos de todas las provincias de su territorio.
Sisebuto, de bendita memoria entre los nuestros, decretó, por el año de 612 -meses después de haber tomado las riendas del poder- que el elemento cristiano estuviera fuera del alcance del judío.
Este sector, por su parte, estaba obligado a liberar sus esclavos no judíos, a sus servidores y colonos cristianos. Sus tierras de arriendo serían transferidas a manos cristianas. Por otra parte, aquel que se atreviera a convertir un cristiano a la fe de Moisés, sufriría pena de muerte, confiscación de bienes.
Asimismo, los hijos nacidos de sus esclavas no judías debían ser educados como cristianos, mientras que los judíos conversos al cristianismo, retendrían sus bienes. Esa era la ley...
Sisebuto, rey de férrea fuerza y de entera voluntad, también hizo lo suyo. Se proponía, como que fui muerto en Guadalete, igual que nuestro poderío, impedir el proselitismo judío entre los cristianos; los conversos y los judíos se verían marginados social y económicamente. Ninguno podría ocupar cargos públicos ni poseer esclavos, ni predios grandes de cultivo.

El monarca puso entonces entre la espada y la pared a sus súbditos judíos quienes debían convertirse o abandonar el país. Mas, al parecer, la nueva ordenanza no se cumplió cabalmente. Pronto los obispos del reino alarmados, se reunieron para dilucidar sobre la situación imperante. Y dispusieron lo siguiente: los judíos no debían ser convertidos por la fuerza, mas los neófitos, los bautizados, debían permanecer fieles a la Ley de Cristo.

Ninguno podía practicar los ritos aprendidos en su niñez; ninguno podía circuncidar a sus esclavos, quienes quedarían en libertad. El matrimonio entre un judío y un cristiano, o viceversa, sería considerado nulo, a menos que la parte judía aceptara el cristianismo. Los hijos de tal unión serían criados, educados bajo la fe de Cristo: como si lo estuviera viendo, como si lo estuviera escuchando...
Año de 638: un nuevo concilio, un nuevo dictamen en tierras de España, la de los futuros españoles: se prohibía la residencia a los no cristianos. Los conversos, por otra parte, debían ser estrictamente vigilados, no fueran a traicionar su nueva fe. No se les permitía viajar por el país, a menos que tuvieran a la mano un permiso signado por las autoridades eclesiásticas del lugar. ¡Ay, cómo la suerte les era adversa!
Los judíos debían prestar juramento -anteponer su palabra a su juicio, sin cometer perjurio- sobre su honestidad en relación a su nueva fe. Los relapsos, los arrepentidos, debían ser castigados: serían azotados, privados de algún miembro de su cuerpo, de sus bienes. A algunos les esperaba la hoguera...
Mas la iglesia no logró convertir por entero a la población judía. No alcanzaron los ojos para censurar, a pesar de ser tantos. No alcanzaron los pies para perseguir, a pesar de ser cuantiosos e implacables. La nobleza -aún arriana, aún fiel a la herejía arriana-, buscaba, se servía del judío, le daba refugio en sus dominios.
Isidoro, obispo de Sevilla, y Julio, obispo de Toledo levantaron su voz, sus voces, sus vociferíos. Tomaron la pluma, sus únicas armas contra los infames judíos de dura cerviz. Estos, por su parte, continuaban apegados a su prístina fe; fortalecían sus costumbres, sus ritos en libros, mientras engrandecían sus esperanzas mesiánicas.
Año de 681: Ervigio intentó, aunque sin fortuna, legislar contra la población judía. Volvió los ojos a sus predecesores y endureció su alma. Impuso fuertes penas a quienes rehuyeran las aguas del bautismo, para quienes observaran el ritual de los judíos, para quienes difundieran la fe mosaica, para quienes menospreciaran o hicieran mofa de la Ley de Cristo.
Sisebuto, eso me parece, le ordenaba sus obras, determinaba su conducta. Los judíos -le susurraba al oído- deben liberara sus esclavos no judíos, a sus colonos cristianos; deben quedar excluidos de cualquier puesto público, de la administración de grandes predios.
Incluso Ervigio, y eso fue fruto de su propia cosecha, tomó severas medidas contra los nobles que impidieran la supervisión eclesiástica de los judíos a su servicio.
Ningún judío practicante podía poner sus pies en algún puerto, no fuera a escapar de suelo hispano, de la legislación de los godos del oeste; ninguno podía intervenir en negocio alguno con un cristiano...

Ninguno, ninguno, ninguno...
Los conversos quedarían exentos del pago de impuestos, al tiempo que el judío debía cumplir con la carga tributaria. Tierras, esclavos adquiridos por los hijos de Jacob, debían ser devueltos al estado...
Ervigio se asesoró con el pasado, con la severidad de sus antepasados y, sin embargo, eso apuntan las crónicas, no logró su cometido, no logró implantar la fuerza de sus propios designios.
Concilios iban, concilios venían no sólo en los terrenos de mi mente aturdida por la derrota de Guadalete. Era el año de 694, la sede, Toledo, el rey, Egica, uno de los nuestros, de los buenos.
Se inculpa a los judíos de desear adueñarse del reino; de planear la muerte de los cristianos; de proyectar destruir el Estado.
Judíos conspiradores los llaman; amigos y aliados de los hebreos de allende el mar... todo eso y más se volvería a escuchar, a contemplar en tiempos porvenir, en la España, la misma y diferente, la de los Reyes Católicos. La historia humana se repite, se reduplica, retorna y vuelve y nos desconcierta.
El castigo era uno, categórico, explícito: la confiscación de bienes, la reducción a la miseria, a la esclavitud... Una voz predicaba desde ultratumba; la de San Agustín, para quien los judíos eran y seguirían siendo, por sus pecados, esclavos de esclavos.
Siglo VII, mismo que precedió a mi derrota personal, a la caída de los míos, hombres fieros del oeste. Tensión, lucha entre polos opuestos: el judío y el cristiano, sin imaginar apenas la inclusión de un nuevo y combativo elemento, el agareno, el que los dominaría por centurias.
Ironías de la vida: el intruso, semita como la raza perseguida, se ensoñearía sobre los demás, sobre los imperios idos y venidos en cíclico baile. Porque todos, incluyéndome a mí, viven su Guadalete...
España, a pesar de los cristianos, asimilaría en sus entretelas esenciales al oriente semita: al árabe, al judío.
España es cristiana; España es árabe; España es judía... trenzado de energías en apoyo y contradicción. Si lo sabré yo, testigo del germen de aquella convivencia, de quien se dice y canta: "Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa; ayer villas y castillos, hoy ninguno poseía; ayer tenía criados, hoy ninguno me servía, hoy no tengo una almena que pueda decir que es mía...".
Hombres, mujeres y niños judíos de todas las edades en la época visigoda, veían con angustia que se repetía con ellos la vieja y triste leyenda que señalaba: el conservar tan sólo "Las Llaves de sus Casas", ante situaciones que se confabulaban en su contra. Ahora, no sólo desaparecían vidas, templos o su nación, además ahora se les humillaba con arengas y bautismos producto del fanatismo oficial imperante, mediante concilios y leyes clericales. Los jerarcas de la nueva religión, trataban de imitar las glorias y poder de sus pasados opresores, destruyendo y desvirtuando al paso, a un pueblo y su antigua fe, a los que desde sus orígenes estaban irremediablemente vinculados.




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