Las llaves de nuestra casa P IX - Copiar - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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Las llaves de nuestra casa P IX - Copiar

Condensados

Las Llaves de Nuestra Casa
Novela Histórica
(Novena Parte)


Los Judíos en Portugal

Por: Becky Rubinstein

Peñascos y playas dilatadas... y en la frontera, España. España y Portugal, una península, la ibérica. Pontevedra y  Orense, Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz y Huelva las separan.
Portugal: sus antiguos moradores, los galaicos y lusitanos, celtas y celtíberos, influidos por la cultura greco-latina, por suevos, visigodos, árabes y judíos. Como en España, ni más ni menos; ya llegarían los hombres de color.

Portugal: parte de las antiguas Hispanias, la Galaica y la Lusitana. Portugal:  Porto de Cale o Portucalia. Su historia se remonta a la época de Fernando el Grande, rey de Castilla y León, quien en 1064 la entregó al tercero de sus hijos, García,  quien la nombró Lusitania, nombre que aparece, por vez primera, en un  viejo documento del Monasterio de Aarón.
Ya para el siglo XI, se hallaba dividida entre los reinos de León y Castilla -sucesores de los de Oviedo- y los estados mahometanos, herederos del Gran Califato de Córdoba. En 1092, Enrique de Borgoña recibió -al casarse con una hija natural   de Alfonso VI, rey de León y de Castilla, y con título de conde- el gobierno de Portocale.


Su hijo, Alfonso Enriquez, se declaró independiente de Castilla. La historia  portuguesa, por ende, se divide en tres grandes períodos: el de la dinastía de Borgoña o período de constitución y desarrollo de la monarquía (1139 a 1183);   el segundo, el del apogeo o de la dinastía de Avis (1358 a 1580); y el  de la breve dominación española y de la dinastía de Braganza, a partir de 1580.
Durante el primer período se venció al infiel, al musulmán, vencido en Santarem por aquel año de 1184, batalla que determinó el triunfo cristiano en la contienda de Navas de Tolosa (1212).
Alfonso Enriquez, victorioso sobre los árabes, admitió en sus villas a moros libres y a mudéjares. Necesitado de poblar las tierras conquistadas, admitió asimismo, a hombres de ultrapuerto, sin desdeñar, como afirma Amador de los Ríos,    "el concurso de la raza hebrea, como no la habían desdeñado en León y Castilla sus ilustres abuelos". Puede decirse que, desde el primer momento de la reconquista, figuraron en Portugal las llamadas pueblas judías.
Don Alfonso I no menospreció en sus empresas guerreras la cooperación personal de los hijos de Israel, especialmente la de Dn. Yahia Aben Yaish, su almojarife o recaudador de rentas públicas, cabeza de una familia de hacendistas de gran huella    en la historia portuguesa.
A la muerte del monarca, lo sucede Sancho I (1185), quien permitió la participación y representación legal de los judíos, considerando, asimismo, su utilidad en la Reconquista y en el futuro engrandecimiento de la monarquía. A Yosef Aben    Yahia, nieto de Aben Yaish, le fue concedido el permiso de establecer en Lisboa una colonia hebrea y de construir una suntuosa sinagoga.
Alfonso II dictó ciertas prescripciones con el objeto de regular la conducta de almojarifes, tesoreros y recibidores de la grey judía, a quienes imponía severas obligaciones en el ejercicio de sus respectivas funciones.
Dicho monarca, por otra parte, ansioso de convertir a sus judíos a la fe de Cristo, se inclinó a favorecer a los conversos de entre los judíos, a quienes concedió honores y mercedes, mientras que prohibía burlas y oprobio contra sus personas.
Don Alfonso II, entre otras cosas, reconoció el derecho de autogobierno de los judíos, a quienes se les permitía elegir sus propios jueces y gozar de sus propias leyes.
Este monarca, antes de morir, admitió en sus dominios a franciscanos y dominicos, quienes influirían directa y activamente, en la futura suerte del pueblo de Israel, y, sin embargo, se opuso a la presión de Inocencio III, propulsor del Concilio    Laterense, según el cual, los judíos del reino deberían portar, como enseña difamatoria, vestimentas diferentes a la de sus vecinos cristianos.
A la muerte de Alfonso II (1223), Sancho, denominado Capelo, hereda la corona, sumiendo al país en una verdadera anarquía, al anteponer el deseo de sus favoritos y privados al bienestar público.
Sancho, por otra parte, provocó el enojo del Papa Gregorio III, quien lo inculpó de rodearse de israelitas "causantes, según sus propias palabras, de vejaciones a los cristianos", de ahí que solicitara una enmienda a su conducta. Años después,    el Papa Gregorio IX ordenó a los obispos de Astorga y Lugo la confiscación de libros del Talmud para someterlos al examen de predicadores y franciscanos, disposición que se hizo extensiva a los demás reinos cristianos de la Península  (1240).
Siglo XIII, Alfonso III: monarca que, como sus antecesores -y a pesar de presiones adversas- se vale de judíos en la administración de su hacienda. Según los historiadores de la época: "los judíos ocuparon por aquellos tiempos los mayores    cargos civiles que había en esos reinos". Mas no todo era miel sobre hojuelas: el máximo rector, para satisfacer las exigencias del clero, se abocó a frenar, y con mano dura, a sus vasallos judíos.
Dionis, nieto de Alfonso X, el Sabio, desde su advenimiento al trono (1265), mostró cierta predilección por los judíos de sus dominios, a quienes exigió, sin embargo, además de los tributos ordinarios "frecuentes ayudas y peregrinos servicios".
Por ejemplo, retomó de antiguas costumbres, la de "usage", según la cual, cada vez que aprestaba la flota real en el puerto de Lisboa, los judíos debían contribuir a su armamento con un áncora y una amarra para cada nao o galera que se    echaba al agua.
El monarca, para encauzar la administración de su reino, eligió entre los hijos de Israel, un almojarife o Rab Mayor, quien dividió el territorio portugués en siete distritos o comarcas, incluyendo el Algarbe, conquistado durante el reinado    de Alfonso III. Por entonces, las fronteras, eran como las de hoy en día.
Dionis, como sus antecesores, fue amonestado por la institución papal debido a su contacto con la grey judía. Corría el año de 1228. Priores y obispos intentaban "apartar a los cristianos del trato y comunicación de los judíos". Empero,    el monarca continuó apoyándose en sus vasallos judíos, a quienes jamás impuso una señal distintiva, provocando una enojosa reacción entre franciscanos y dominicos. Y, para evitar posibles enfrentamientos entre cristianos y judíos,    el rey ordenó la clausura de las puertas de la judería durante los rezos del Ave María.
Durante el reinado de Dionis, se funda la Universidad de Lisboa, se fija la lengua oficial, el portugués y se protege y encauza a la navegación, que llenaría de gloria a la monarquía portuguesa.
Al expirar la primera mitad del siglo XIV, la situación de los judíos en Portugal era un tanto menos angustiosa y aflictiva que en los dominios de Navarra y Aragón donde se suscitó un movimiento de emigración, "síntoma inequívoco    de decadencia", según Amador de los Ríos.
Los judíos de Aragón, al mediar el siglo XIV, sufrieron temibles persecuciones, sobre todo, en las principales ciudades del antiguo condado de Barcelona. En Navarra, los hijos de Israel sufrieron falta de sosiego y qué decir de las aljamas de    Estella.
El influjo francés, su entusiasmo religioso, encendió el ánimo cristiano con antiguos ecos de las Cruzadas. Terrible fue el furor de los denominados pastores, dispuestos a combatir moros, y en el camino, a todo judío que se les pusiera enfrente.    En la Gascuña, en las comarcas de Burdeos, en Agen, en Foix, villas aledañas de la Francia meridional, los descendientes de los Patriarcas fueron pasados a cuchillo. ¡Hasta ciento veinte aljamas fueron destruidas!
Los pastores "triunfales e impunes" a pesar de la excomunión pontificia, movieron sus feroces hordas hacia Navarra y Aragón, desatando en Tudela "un tremendo furor contra los judíos". De ahí se encaminaron a Pamplona, donde dejaron criminales    huellas en las aljamas judías. En Monreal, sin embargo, los judíos lograron fortificarse, auxiliados por Dn. Alfonso, hijo del rey de Aragón, saliendo vencedores. Finalmente, los pastores fueron diseminados, aunque su nefasta labor dejó,   a  cada paso, su huella.
En Navarra la situación de los judíos dejaba mucho que desear: en poca valía se tenía la vida del judío. Por delitos intrascendentes, como robar una pollina o apoderarse de un pan, se le ahorcaba, o bien, se le despojaba de sus orejas.    Portugal "usando de hospitalaria benevolencia, nos dice Amador de los Ríos, recibía en su seno, al correr el año de 1325, el Rabí David Guedalia Aben Yahia, prófugo de Castilla, y fundador de Lisboa, además de defensor de la doctrina    talmúdica. Más afortunados fueron los judíos asentados en Portugal.

Dionis, "generoso monarca", resistió la presión de la muchedumbre, de predicadores   y franciscanos, adversa a los judíos, valiéndose de sus servicios. Estos "pagados de la regia benevolencia, no esquivaban, en cambio, sacrificios para cumplir    con sus deseos y mandatos".






Dividido estaba el reino en siete provincias o rabiatos, administradas, cada una de ellas, por un rabino u oidor, lo que demuestra la cabal confianza del rey para con los judíos. Alfonso IV, hijo y heredero de Dionis, favoreció a los judíos,     quienes, como respuesta, apoyaron la reforma económica real relativa a los impuestos. Ya, en la práctica, pagaron anualmente 50,000 libras, además de la capitación o empadronamiento, suma que revela, según el historiador ya citado, la    boyante  situación de los judíos durante la monarquía del sucesor de Dn. Dionis, época de "prosperidad y gloria".
Los hijos de Israel apoyaron, sin duda alguna, a su monarca, triunfador de las huestes árabes conjuntamente con Alfonso XI de Castilla, en la Batalla de Salado. Ambos reyes hicieron su entrada triunfal en Sevilla, recogiendo bendiciones de moros, cristianos     y judíos. Alfonso IV, por su parte, fue recibido con sin igual entusiasmo en villas y ciudades portuguesas." …era tanto y tan singular el regocijo de la grey judaica en el recibimiento del vencedor de Salado, que no parecía sino que dada     su cooperación material para tan alta empresa, daban por suya la gloria que a todo el reino había aquella conquistado".
El rey Alfonso, sin embargo, trece días después de su victoria, reformó la administración de las rentas de los judíos, por supuesto que a favor del monarca y en detrimento de las comunidades judías.
Prohibía: "todo linaje de usura, permitiendo se acusara a todo infractor. Los judíos, sin excepción alguna, trátese de niños, de mujeres o de ancianos, estaban obligados al pago de impuestos. Se pagaba, incluso, por casas y olivares, por     huertas o cualquier bien raíz; por la matanza de aves, reses, por pescar, por ventas de mercancías varias -miel, aceite, paños, hierro, oro, plata, etc.
Toda infracción, se nos cuenta, era penada con "absoluto perdimento de bienes, quedando los cuerpos a merced del príncipe", quien mostró sumo interés en la permanencia de sus vasallos judíos en suelo portugués. Por razones obvias...     Por otra parte, el sexto año de su reinado (1331) el monarca ordenó la segregación de los judíos al anuncio de la oración. Influido, sin duda, por el Concilio Laterense -que demandaba el señalamiento de los judíos para identificarlos     del resto de la población- el monarca decretó a sus vasallos de la grey judía el uso de una caperuza amarilla. Su omisión conllevaría una multa de "mil reis", la primera vez y "dos mil"' la segunda; la tercera, el infractor perdería     bienes e incluso la libertad: serían vendidos como esclavos.
Alfonso IV, a pesar del extremismo de su conducta para con los judíos logró "templar la excesiva tirantez mostrada por la Iglesia con todos los israelitas de la Península y aún de Europa entera", logrando que el Papa Clemente IV, en el sexto     año de su pontificado, no los obligara a tomar las aguas del bautismo. Por ordenamiento real, las sinagogas y el cementerio judío serían respetados, así como sus días sagrados.
Siglo XIV, 1348: Europa se vio diezmada por la terrible peste "derramada desde la boca del Danubio hasta el Estrecho de Cádiz", pestilencia que trajo consigo "terror y desolación, mortandad en villas, ciudades, castillos, alquerías y monasterios".
Por aquel entonces los judíos de Alemania eran inculpados de envenenar las aguas de fuentes y pozos, de ahí que fueran atacados vilmente por la muchedumbre embravecida. España se vio involucrada igualmente en la tragedia: sus víctimas más     dolidas, los moradores de Cataluña, en especial los ampurdaneses; en la zona meridional los moros de Granada y los cristianos de Andalucía y del Algarve.
Los judíos, a pesar de las reglas de higiene dictaminadas por el Talmud, sufrieron graves pérdidas humanas. "Inciertos de lo porvenir, aterrados por tan grande tribulación presente, deseosos, de hurtarse a una muerte que reputaban inevitable,     faltos de consejo, apresurábanse los israelitas a malbaratar sus bienes, y más particularmente las heredades rústicas, lo cual tenía mayor efecto en tierras de Cataluña, de Aragón y de Navarra".
La amenaza, producto de la tragedia -recordemos la acusación universal que sobre los judíos pesaba- desangraron "muy nobles ciudades españolas". Barcelona y Gerona, fueron las primeras en descargar su cólera contra los judíos, atizada por     magnates y sacerdotes, quienes extremaron su furor contra vivos y muertos.
Castilla, vio morir a su rey, Alfonso XI, vencedor de los Banu Merines, ante los muros de Gibraltar; presenció actos de corrupción y de relajación de costumbres. España central fue escenario de disensión, escándalo y riñas, que bien     podría penar la Corona. Sin embargo, ésta, a través de las Cartas de Valladolid "echó un velo a las infamias pasadas". Mudéjares, judíos y cristianos, necesitados de apoyo mutuo en medio de tan tremenda mortandad, convivían olvidados     de las antiguas leyes, ignorando "señales y divisas, a los que los tenían condenados los cánones de los concilios".
Portugal, específicamente Alfonso IV, "condolido acaso de la desdichada suerte que afligía a los judíos, en quienes hizo aquella más duradero estrago, veíalos en los postreros años de su vida, con mayor tolerancia..." A su muerte, lo     sucede en el trono, Pedro, denominado el Cruel. Según se cuenta, infundía grandes temores en sus súbditos, a quienes solía juzgar en persona. Dicho rey se valió, como sus antecesores, del apoyo fiel de los judíos, especialmente del    Rabino  Mayor, Dn. Moshé Navarro, oriundo de Navarra, quien fungió como administrador de las rentas públicas y consejero de Dn. Pedro de Portugal.
El monarca portugués, rey tolerante con la grey judía, aunque interesado, protegió a sus integrantes a cambio de no pocos servicios, causando, de nueva cuenta, resquemor e intolerancia de parte de la autoridad papal. Se inculpaba al monarca de     "consentir y traer en su casa médicos y cirujanos de raza hebrea, dándoles cartas y privilegios para que usasen libremente sus oficios". De igual modo, se le reprobaba su liberalidad para con los judíos, quienes andaban de un lado al otro  del    reino, sin divisas, es decir, sin señalamientos.
Don Pedro de Portugal, asesorado por su almojarife, Moshé Navarro, se dedicó a moderar las relaciones personales y mercantiles entre cristianos y judíos. Dicho monarca se vio en la necesidad, entre otras cosas, de ordenar el caos imperante, la     relajación de costumbres, fruto de la terrible peste de 1349. Mujeres cristianas frecuentaban las juderías "más de lo que consentía el público decoro". De ahí el correctivo del 19 de septiembre de 1366, mismo que regulaba toda visita     de mujeres cristianas a las juderías.
Rabinos y adelantados de entre los judíos fueron comisionados a hacer cumplir tal consigna, además de vigilar que durante el rezo del Ave-María, fuera clausurada la judería. Don Pedro bregó por una atmósfera de legalidad en la adquisición     de "todo linaje de fincas rústicas", por parte de los judíos, libertad de la que carecían sus coterráneos de Castilla, por lo cual se valió de escribanos públicos.
Muchas fueron las disposiciones del monarca portugués en su deseo de mantener "relaciones de equidad y de justicia entre sus naturales y la generación hebraica, no sin que durante su reinado empezaran a levantarse contra ésta peligrosas prevenciones religiosas, llamadas a producir, en edades venideras muy amargo fruto".

Continuará...



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