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27/09/2017
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Las llaves de nuestra casa P IV - Copiar

Condensados

Las Llaves de Nuestra Casa
Novela Histórica  
La Expansión del Cristianismo y Dispersión del Pueblo Judío.
(Cuarta Parte)

Por: La Redacción
(Siglos IV y fines del VIII)

Con una población mundial aproximada de 256 millones de personas, la era del cristianismo da comienzo, fundándose las primeras comunidades cristianas al este del Mediterráneo por discípulos de Jesús.
Los cristianos fueron perseguidos al igual que los judíos por los romanos en Europa y Asia, siendo uno de los períodos más difíciles el de los años 250 a 305 aprox. e.c, en que las persecuciones se recrudecieron bajo el reinado de Diocleciano.
Al pasar el tiempo Constantino se convierte al cristianismo, según se dice "al ver una cruz ardiente en el cielo, antes de la batalla del puente Milvio (Italia)". Constantino permite la nueva fe en el imperio romano y sólo bajo el emperador Juliano (El Apóstata), se restablece brevemente el paganismo.

Decadencia del imperio.

Los romanos, que habían llegado al afeminamiento, a causa de la pereza y el sibaritismo en que vivían, cayeron en un trance de miseria. El ansia de poder era lo único que restaba a la ciudad de las siete colinas, y estos deseos pasaron como herencia al antiguo enemigo de Roma, la iglesia cristiana.

Antecedentes visigodos (269 e.c.)

En una confederación bélica, godos, hérulos, gépidos y otros pueblos germánicos orientales, inician una gran ofensiva contra el imperio romano.
Pero el ejército imperial, dirigido por el emperador Claudio II el Gótico, quien esperaba el ataque, consigue aplastar a los invasores en Naissus (Nis), en la península balcánica.
A partir de ese mismo año, y quizá como consecuencia de la terrible derrota sufrida en Naissus, los godos se dividen en visigodos y ostrogodos.

Bizancio

Fue el país donde se fraguaron las primeras frases estereotipadas en contra de los judíos, por ejemplo:
-“Se les tolera, con el propósito de humillarlos, para que sirviesen como execrable ejemplo deicida”.
-“Zenón dijo de un grupo denominado “los verdes” quienes habían matado a muchos judíos: “Son culpables de haber quemado sólo a judíos muertos y de no haber hecho lo mismo con los vivos”.

Algunas prohibiciones y limitantes bajo el imperio bizantino

1.- Que no se diera crédito a testimonios de comparecientes judíos. 2.- La atestación de un judío sólo era válida en el caso de que las partes litigantes fuesen judías. 3.- Exclusión de cuerpos honoríficos, pues eran indignos de todo honor. 4.- Prohibición de celebrar la Pascua judía, cuando coincidiera con la Pascua cristiana. 5.- Traducir las selecciones que eran leídas los sábados en las sinagogas, al griego o al latín, bajo amenaza de severos castigos.

Rodrigo Rey Visigodo

Don Rodrigo, último rey visigodo desde 710, muere mientras lucha contra los árabes en el río Guadalete.
Surgen numerosas leyendas en torno a su muerte.
La rivalidad entre los partidarios de Rodrigo y los de los hijos de Vitiza, favoreció los intereses musulmanes.
Los hijos de Vitiza pidieron ayuda a los musulmanes para vencer a Rodrigo, y en 710 se produjo un primer desembarco de reconocimiento dirigido por Tarif Ibn Malluk.
El cruce del estrecho fue en gran medida posible gracias a la colaboración del Conde Don Julian, Señor de Ceuta, permitiéndole conservar sus derechos, privilegios y bienes.
En 711 se produce el desembarco definitivo en Gibraltad. Al iniciarse la lucha contra Rodrigo, los partidarios de Vitiza desertan, y los musulmanes vencen fácilmente en Guadalete (19 de julio del 711).
Tres años después de Guadalete, los musulmanes se apoderan de casi toda la península, salvo las montañas cantábricas y asturianas, donde sustituyen las guarniciones visigodas por bereberes.

Algunos argumentos del cristianismo y presiones en contra de la fe mosaica.

1.- "Salvar" el alma juía. 2.- No podía mencionarse que "el Señor es uno" en las sinagogas, pues era una blasfemia contra el misterio cristiano de la trinidad. 3.- La exclamación "Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos", fue prohibida en sinagogas, pues se consideraba exclusiva y prueba irrefutable de la trinidad cristiana. 4.-Se impedía en lugares concurridos, la lectura de selecciones del profeta Isaías, que contenían promesas de un futuro mejor. 5.- Eran colocados espías en las sinagogas para evitar cualquier incumplimiento de lo ordenado. 6.- Algunos monjes objetaron que matar judíos no era crimen, sino, más bien, una ofrenda grata a Dios, para lo cual inclusive crearon algunos ayunos especiales. 7.- Los decretos de Adriano y Constantino, prohibían a los judíos pisar territorio de Jerusalem o su distrito. 8.-Los ministros cristianos argumentaban la conversión de los judíos, con algunas preguntas, como por ejemplo: "¿Por qué, están buscando una paz temporal, si no pueden encontrar la paz eterna a causa de vuestra obstinación?" - ¿Por qué deseáis aquello (construcción de nuevas sinagogas) de lo cual deberíais huir? (por regla general sólo permitían reparaciones no así construcciones nuevas 9.- El clero más benigno estaba convencido de que: "Si no los ganamos definitivamente, estamos seguros de ganar a sus hijos". 10.- El Concilio de Vannes (485) prohibió a los clérigos la participación en banquetes judíos, aduciendo: "La circunstancia de que los cristianos coman viandas juías, mientras que los israelitas desdeñan los alimentos cristianos, hace aparecer a los ecleásticos como inferiores a los judíos".


E1 centro espiritual de la nueva religión se había trasladado de Jerusalem a Roma; por otra parte en la capital romana se fraguaban, en un clima de relativa tolerancia, las ideas políticas, filosóficas y religiosas que poco después se impondrían en todo el imperio.
Aunque al comienzo el cristianismo era despreciado por las familias nobles (consideraban a la secta unida a las clases sociales más bajas), pronto consiguió adeptos influyentes en la política, cultura y hasta en el ejército. Desde el principio la secta en Roma, comenzó a formarse mediante una organización jerárquica muy parecida a la estructura estatal romana.
En el año 381 e.c. el emperador Teodosio hace oficial la iglesia cristiana y proscribe el paganismo. A finales del siguiente siglo Clodoveo I, rey de los francos, se convierte a su vez al cristianismo (496 e.c.) dando al movimiento religioso una mayor fuerza que cunde en gran parte de Europa.
Al auge del cristianismo acompañó legislaciones monásticas que consolidaban el poder de monjes y clérigos, dando por resultado en el 700 e.c. (en Europa Occidental) el comienzo del feudalismo, fenómeno que ponía el servicio al señor, antes que el deber hacia el estado.
Por otra parte desde el 410 e.c. se presentaba un fenómeno que conmovía al mundo mediterráneo, a manos de las crueles hordas visigodas, cuando Alarico I ocupa Roma y la entrega durante 3 días al saqueo de sus visigodos. Las constantes batallas que el imperio romano hacía contra germanos, hunos, visigodos y vándalos marcarían en definitiva a la postre la terminación del imperio.


Aproximadamente en España en el 405 e.c. las invasiones también se hicieron presentes primero por los suevos, los vándalos y los alanos, pueblos bárbaros que la asolaron a sangre y fuego, y después por los visigodos, procedentes de las comarcas orientales del imperio, donde ya habían, hasta cierto punto, compenetrado con la civilización romana.
En 414 e.c, conducidos por Ataúlfo, los visigodos se establecieron en Aquitania, o sea en la cuenca del Garona, y de ahí se lanzaron en 415 e.c. a la conquista de la península Pirinaica, que quedó completada bajo Eurico (467-485), gobernante instruido y hábil. Eran los visigodos arríanos y por ende se inclinaban hacia la tolerancia en materia de religión aunque Leovigildo, buscando la unidad religiosa, persiguió al clero católico.
Las pretensiones del clero católico que encontraron en el país habían de arrastrarlos en ocasiones a lamentables excesos, del mismo modo que siglos más tarde, a los mahometanos, exasperados por la morbosa sed de martirio de los mozárabes.
Los comienzos de su dominación resultaron benignos para los judíos. La lex romana visigothorum de Alarico II (506 e.c.) que se extendió a España apenas si modificó la condición de igualdad que había reinado en el imperio. Se cree que los judíos seguían poseyendo tierras y desempeñando puestos públicos y al parecer algunos puestos importantes. Se afirma que algunos puestos de defensa en los Pirineos estaban a cargo de judíos y que su lealtad y espíritu guerrero les merecían frecuentes honores. Se cree también que mantenían relaciones con Palestina y Babilonia a través de sus correligionarios de Italia y África.
La apacible existencia de los judíos de España sufrió un cambio radical a fines del siglo VI con el Rey Recaredo, quien abjuró al Tercer Concilio de Toledo la fe arriana, tratando de imponer la fe católica a todos los visigodos pues deseaba que dicha fe se prolongara en España más allá de la invasión árabe. Sin embargo ante los judíos aplicó cierto respeto sin poner en forma completa el rigor del derecho canónico.
Según De Castro, los judíos ofrecieron mucho dinero a Recaredo a condición de que derogara esas leyes, pero el rey se mostró inflexible y el Papa Gregorio I encomió altamente su firmeza. Los judíos influyentes quienes también hacían proselitismo, replicaron la represión religiosa instigando sublevaciones y desórdenes en el reino.


Los sucesores de Recaredo, tampoco quisieron acatar en forma plena las leyes, pero a medida que se iba consolidando la autoridad de la iglesia romana, los reyes visigodos le mostraron mayor importancia. Heráclio, emperador de Oriente, ordenó que se bautizaran todos los judíos del reino y que se expulsara a los reacios. Muchos optaron entonces por el destierro en África o en Francia; pero más de 90 mil, según se cree, acabaron por aceptar el cristianismo. Los conversos no tardaron en volver a su antigua fe y los desterrados volvieron a España durante el reinado del humano Suintila (622-631 e.c.), pero su sucesor Sisenando, reafirmó la legislación y aún la agravó, disponiendo que los que siguiesen practicando el rito mosaico habrían de aceptar la esclavitud.
Los cristianos nuevos tuvieron que repudiar sus escrituras, tanto las que gozan de divina autoridad o auténticas, como las talmúdicas que se titulan Mishnayot y las que se llaman apócrifas. Sin embargo, volvieron a profesar abiertamente el judaísmo bajo Chindasvinto, pero se repite la historia y más tarde con otro monarca se decreta pena capital para los judíos practicantes, cuando ya habían sido bautizados.
El problema preocupó más a la iglesia que a los mismos judíos, pues no obstante que aceptaban comer carne de cerdo, continuaron observando sus fiestas religiosas y fue necesario que las autoridades eclesiásticas instituyeran una policía especial para lograr que celebrasen las cristianas. La condición de los judíos no mejoró y salvo algunos cambios menores con diferentes reyes, los concilios de la iglesia trataban siempre de cerrar el cerco a la fe mosaica en España.
La liberación de los judíos llegó cuando Don Rodrigo, último rey visigodo, usurpó el trono creando una inestabilidad en España que dio pie a que el poder se entregara a nuevos invasores provenientes del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Con la invasión y llegada de los musulmanes las condiciones de los judíos en España cambiaron de nueva cuenta volviendo un respeto parecido al de los visigodos arrianos.
Becky Rubinstein presenta en esta ocasión un trabajo literario en forma libre sobre el periodo a que nos referimos con anterioridad, en el que Rodrigo (último rey visigodo) después de su muerte, recuerda hechos de sus antecesores.


España: La Legislación Visigoda y Los Judíos

Por: Becky Rubinstein

Soy Rodrigo, Rodrigo... En mi nombre llevo insertos los mejores augurios: la fama y la gloria, el poder y la riqueza. En mi destino, y por mis obras, la desgracia.
Rey de godos, el último en número y orden. Origen de una leyenda, el pueblo urdió mi historia. Sus palabras van y vienen en viajes sin fin, hasta el final de los siglos.
Se habla de Florinda, de la Cava, a quien seduje sin miramientos, olvidando su rango, su doncellez inmaculada. Su padre, el Conde Don Julián, eso se dice, eso se cuenta, vengó la deshonra, la mancilla de su bienamada hija: abrió las puertas de España a los moros, a los infieles, a los herejes sarracenos, los de la luna en la mirada, los de la espada en el talle.


¡Oh muerte! ¿por qué no vienes y llevas esta alma mía de aqueste cuerpo mezquino, pues te se agradecería?
Día y noche una voz de mujer se infiltra en mis oídos; en mi despertar, en la duermevela. "Si duermes - me susurra - rey Dn. Rodrigo, despierta por cortesía, y verás tus malos hados, tu peor postrimería y verás tus gentes muertes y tu batalla rompida, y tus villas y ciudades destruidas en un día.
En un día, en un solo nefasto día repite una voz joven, flauta y lanza en su mensaje desastrado, terrible:
"El rey va tan desmayado que sentido no tenía; muerto va de sed y hambre, que de velle era mancilla; iba tan tinto de sangre, que una brasa parecía. Las armas lleva abolladas, que eran de gran pedrería; la espada lleva hecha sierra de los golpes que tenía; el almete abollado en la cabeza se le hundía; la cara lleva hinchada del trabajo que sufría..."
Por momentos calla. Su silencio me otorga las fuerzas suficientes para explayarme por última vez: ¡Desdichado el día en que nací, más oscuro que el día de mi muerte y mi desdicha! ¡Guay de mi, la fortuna, el lustre de mi nombre, me abandonaron! En Guadalete se decidió mi destino, el de mi reino... batalla infame de mi dolor, de mi infortunio, de los míos. Caí, descendí a las tinieblas tomado de la mano de los sarracenos, machete en la diestra, mirada siniestra falta de compasión.
Gobernador de mi rey, de mi señor -eso cuenta la leyenda, una más en la fuente de leyendas sobre mi persona- me hice nombrar rey y señor y monarca. Nadie me eligió, nadie me buscó, pero ascendí al trono, corona en la testa, cetro y poder en la palma de la mano.


Toledo fue mi meta, allí se dirigieron mis pasos. La costumbre y la avaricia me ordenaron qué hacer: Colocar un candado más a la puerta del palacio de Hércules, uno más en la cuenta. Nadie debería -eso se me dijo, eso se me advirtió- penetrar el recinto. La tradición, más pesada que una losa, lo prohibía... ya frente al palacio, perdí los estribos. Mi temperamento rebelde se amotinó; hice presión sobre los guardianes -so pena de muerte, de exilio, de prisión- el candado, el obstáculo, debían desaparecer, dar paso libre a mi curiosidad, a mi codicia sin medida.
No escuché súplicas, penetré al recinto de lo prohibido. Mis ojos, enloquecidos, corrieron tras el único objeto de palacio, un arcón.
Ni tesoros, ni mobiliario, ni alfombras. Tan solo un arcón sellado, cuya lacra fue violada por mi avidez. Mas jamás lo hubiera hecho...
De su interior brotó la amenaza, el mal augurio, la desgracia: "Cuando este paño fuere extendido, hombres como los aquí representados tomarán España y serán señores de ella".
El pavor se apoderó de mí. Temeroso abandoné el recinto. Pensé huir del presagio, mas éste me alcanzó.
Don Julián, guarda de Ceuta y Tarifa -conde leal, valiente, cuidador de la puerta sur de la Península- eso se dice, eso se cuenta, les abrió la puerta, los dejó entrar, violar lo ya violado por mis obras.
Bella era su hija Florinda, admirada por sus admirables prendas. Hija de señores, criada como hija de señores, servía a la reina en su palacio. La acompañaba en sus paseos, en su soledad, escuchaba sus confidencias. Dama de compañía de la reina, esperaba el día de su matrimonio.
Bella entre bellas, mis ojos ávidos y codiciosos se perdieron en su preclara imagen, en su rara belleza, en su gracia y discreción propias de su rango y condición. Olvidé mi deber, falté al decoro de la hija de mi vasallo y amigo. La joven, mancillada, presa del oprobio de la infamia comunicó la razón de su vergüenza a su progenitor.
Este, bajo el pretexto de la enfermedad de su esposa, logró recuperar a su hija, mas no su honra. Según se dice, según se cuenta, el Conde adolorido convocó a parientes y vasallos. Todos, a una voz decidieron tomar venganza del monarca y sin más, abrieron de par en par las puertas de suelo ibérico. El dique, hasta entonces contenido por Don Julián, fue removido. Los musulmanes entraron, se adueñaron de lo ajeno.
Guadalete, la pérdida de España, de mis últimas palabras, de mis últimos recuerdos.
La crónica registra el fin, mas también los inicios: suevos, vándalos y alanos invadieron la Península Ibérica. La saquearon en oleadas, hasta nuestro advenimiento. 250 mil godos del Oeste, los llamados visigodos, dominaron la población hispano-romana, 6 millones en total. Casi tres siglos duró nuestra permanencia... hasta Guadalete, hasta Ceuta y Tarifa.
Godos del Oeste, visigodos, nuestra llegada dio pie a la Edad Media en España. Al principio, dominamos la parte de la Tarraconense, vecina de las galias; luego, durante los reinados sucesivos, fuimos ganando terreno a costa de suevos, vándalos y alanos.
Al principio, acatábamos órdenes, cual siervos leales al servicio del emperador romano. Empero, a partir de Eurico, por allá de la segunda mitad del siglo V, nuestros reyes -godos del oeste, visigodos- decidieron liberarse de su yugo y dominio: promulgaron la independencia de hecho y derecho. España visigoda que perdí por mis pecados.
A veces siete, a veces ocho eran las provincias, según los días, según la mudanza de los tiempos: Iberia o Celtiberia; Autogrones o Cantabria; Asturias, parte de Oviedo y León; Aurariola o Cartaginense Espartaria; Galecia, Lusitania; la Bética...
Guadalete, el sólo nombrarte, me estremece hasta el dolor. Allí perdí la vida; allí cuenta la leyenda, hallaron mi lujosa bota recamada en pedrería, lujo postrimero de un monarca falto de linaje, el de los visigodos, quienes fraguaron entre batalla y batalla, vocablos de guerra que le recordaban su pasado germánico: guerra, esgrimir, tregua, guante, dardo, cofia, estoque, arcabuz, espía...

Nuestro sello penetró en los nombres de la España por venir con sus Alvaros notables; con sus Fernandos atrevidos en la paz; con sus Argimiros, famosos en el ejército; con sus Alfonsos en la lucha; con sus Elviras de afable alegría; con sus Rosendos, Gonzalos, Adolfos, Ramiros, Ernestos, Fadriques, Federicos. También con sus Luises y Matildes, con sus Rodrigos, poderosos en la guerra, exceptuándome...
Godos del Oeste, en contraposición a los del Este, todos, nobles y plebeyos, estaban obligados a servir en el ejército. Mas pronto, muchos dejaron de hacerlo ¿tal vez por lo mismo perdimos en Guadalete, me perdieron en Guadalete, se perdió España en Guadalete?
La crónica lo asevera: un rey ascendía al poder tras la elección popular. Arrianos en un principio -seguidores de Arrio, negador de la Santísima Trinidad- hereje para la ortodoxia cristiana, nos mantuvimos al margen de la población romana, recién conquistada por nuestras armas, por nuestro ardor y belicismo inmoderado. De costumbres y leyes diferentes, cada quien vivía en lo suyo.
Eurico, monarca de bendita memoria de aquel siglo V tan alejado, promulgó un código legal destinado únicamente a los nuestros, a los godos del oeste europeo. Su hijo, su sucesor, Alarico, designó leyes diferentes para los hispano-romanos, legislación basada en la ley de los romanos. Y cada quien en lo suyo...
Muchos fueron los reyes, 22 me antecedieron; muchos gobernaron la antigua Hispalis, la Iberia, la Esperia, cada cual a su modo, a su manera. Leovigildo, de bendita memoria para los nuestros, fue quien logró dotar al reino recién implantado una férrea disciplina. Su mano y su intransigencia pacificaron extensas zonas siempre perturbada por aires de revuelta.
Hermenegildo, después un santo, negó la fe de sus padres, la de Arrio, la de los arrianos negadores del dios padre, del dios hijo, del espíritu santo. Optó entonces, por el catolicismo ortodoxo; la guerra se hizo inevitable. Leovigildo, padre desencantado, tutor inflexible, capturó a su hijo mandándolo a ejecutar.
Leovigildo padre asesino, pronto se percató de su error, de lo apolítico de sus acciones, de lo desmesurado de su obrar. De ahí que persuadiera a Recaredo, su hijo, a convertirse al catolicismo, la religión de los hispano-romanos. Al parecer el monarca hizo lo correcto; al parecer optó por una medida prudente, después de tanta imprudencia. Debía ante todo, salvar la monarquía visigoda.
En 589 e.c. se fusionaron ambos pueblos en lo religioso. Fue en aquel Concilio III de Toledo cuando, sin embargo, no logró apaciguar la violencia en la Península. Al final de cuentas se ahogó en sangre el revisionismo arriano.
Al parecer el elemento hispano nunca mostró solidaridad con los nuestros, de ahí que a la llegada del enemigo musulmán, fácilmente se perdiera la batalla.
Recesvinto, muy poco antes de la conquista agarena, promulgó al fin, el "Fuero Juzgo" o "Libro de los Juicios", leyes aplicables a visigodos, a hispano-romanos. Wamban, su sucesor sin fortuna, intentó contener la decadencia de la monarquía, en aquel momento fatídico cuando el invasor ocupaba por entero las tierras del norte de África, tan allegadas a las nuestras, mas no vieron coronados sus esfuerzos.
Los últimos monarcas se enfrentaron a serios problemas plagados de sinsabores -persecuciones dirigidas al elemento judío, concilios toledanos, intrigas palaciegas, conflicto racial-. De poco o de nada sirvió la abolición de la famosa ley de raza, de nada sirvió permitir la alianza matrimonial entre los godos del oeste y los naturales del país. Faltos de conciencia solidaria, se vieron sorprendidos por los islamitas. Yo Rodrigo, fui arrollado en Guadalete, era el año de 711 e.c

Continuará...


BIBLIOGRAFIA
Historia del Pueblo de Israel, por el Prof. Dr. H. Graetz
Crónica de la Humanidad, Plaza & Janes
Historia de los Judíos de la España Cristiana, T. I, Madrid, Ed. Altalena, 1959 de Baer Yitzhac.
Diccionario Enciclopédico Hispano Americano. T. U, Barcelona, Ed. Montaner y Simón.
La Realidad Histórica de España, 6a. Ed. México, Ed. Porrúa, S.A., 1975 de Castro Américo
La Edad Media, 4a. Ed., México, Litoarte, 1987 de Grimber Carl

Ciencias del Lenguaje y Arte del Estilo, 5a. Ed., Madrid, Ed. Aguilar, 1988, de Martín Alonso.

Cancionero de Romances Viejos, México, UNAM, Colección Nuestros Clásicos, X5 20, 1972.



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