La Muerte "Vive "en México - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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La Muerte "Vive "en México

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La Muerte "Vive "en México


Por: Danielle Wolfowitz

Conmemorado tradicionalmente el 1º y 2 de noviembre cada año, el Día de Muertos es una celebración de singular importancia, en virtud del sincretismo que amalgama las creencias religiosas indígenas con las europeas, y ha permitido la sobrevivencia de tradiciones prehispánicas sólidamente arraigadas.


En la mitología náhuatl, la región destinada en el más allá a los difuntos se llama el Mictlán. Está regida por el dios Mictlantecuhtli y su esposa la diosa Mictlancihuátl, cuya vida matrimonial es atestiguada en las ilustraciones de ciertos códices. Recordemos que entre los antiguos griegos y romanos, el dios de los infiernos Hades o Plutón y su esposa Persefone o Proserpina llevaban igualmente vida marital (ver algunas miniaturas medievales).
Podría decirse por consiguiente, que la muerte goza de buena salud en México. El 1º de noviembre está dedicado principalmente a los niños que fallecieron durante su tierna infancia. Debido a la altísima mortandad infantil que asolaba al país hasta un pasado aún reciente, la población buscaba, y encontraba, cierto consuelo para su dolor y sus lutos tan frecuentes, al otorgar a esta conmemoración una trascendencia extraordinaria. Recientemente todavía, cuando nacía un niño, sus padres, la familia y las amistades esperaban que cumpliera los 5 ó 6 años, habiendo sobrevivido a las enfermedades infantiles y a las epidemias, para anunciar con una gran sonrisa que este niño "ya se logró".
En cambio, el día 2 de noviembre está consagrado a los difuntos adultos. Se les rinde homenaje yendo a rezar ante sus tumbas y suele llevárseles ofrendas no solamente de flores sino también de platillos acompañados de bebidas y de cigarrillos o puros, destinadas a las almas que regresan en esa fecha del más allá para convivir con sus parientes y amigos, comiendo la esencia espiritual de estos alimentos y bebidas, dejándoles el aspecto material a los vivos, que suelen ponerse muy contentos con el agasajo.
Según los lugares del país, la celebración asume distintos aspectos. En Yucatán, la carretera de Mérida a Cancún, Quintana Roo atravesaba todavía hace 20 años aldeas con cementerios muy pintorescos por sus tumbas en forma de casitas enanas, con puertas, ventanas y pórticos, pintadas de colores claros: azul cielo, rosa pálido, malva o amarillo.
En la pequeña isla de Janitzio, sobre el lago de Pátzcuaro, Michoacán, y en Mixquic, Edo. de México, los fieles rezan toda la noche con cirios prendidos junto a las lápidas de sus difuntos. En Tepoztlán, Morelos, antigua localidad ubicada a los pies de un lugar sagrado náhuatl, que los indígenas veneran todavía hoy en forma más o menos abierta, los hombres bailaban otrora toda la noche con un esqueleto de madera.
En las novelas y cuentos de Juan Rulfo, Pedro Páramo y el Llano en Llamas, los habitantes de un pueblito sumido en la miseria no se deciden a irse del lugar, porque no quieren en absoluto abandonar a los muertos que "viven" en el cementerio.
Apoya esta creencia un hecho que sucedió durante la construcción de la presa que forma hoy el lago de Valle de Bravo. Las autoridades habían ofrecido a los habitantes del pueblo de Santo Tomás de los Plátanos que iba a quedar cubierto por las aguas al final de los trabajos, varias ventajas y la construcción de una escuela, si ellos aceptaban evacuar esa localidad para asentarse en un lugar ubicado a mayor altura. Sin embargo, a pesar de esas promesas los habitantes se negaban obstinadamente a marcharse. Una investigación descubrió finalmente que los aldeanos no querían abandonar a sus muertos, que en su opinión, vivían en el cementerio de la población. Las autoridades acabaron por ofrecerles exhumar a sus difuntos para trasladarlos a su nueva morada.
En varias zonas del territorio cuyo clima y costumbres varían considerablemente, estas conmemoraciones unen a los mexicanos en una atmósfera de devoción y de fervor que incluye también aspectos de fiesta. Lo atestiguan los altares elaborados en las casas particulares para la ocasión, suntuosamente decorados con cempatzuchtlis, flor tradicional de los difuntos, así como de toda clase de creaciones del arte popular, e inclusive de alimentos, bebidas alcohólicas y tabaco, con el objeto de recibir dignamente a los visitantes del más allá.
La imaginación y la ironía de los estratos más modestos de la población se dan rienda suelta con los panes de muerto y las calaveras de azúcar de todas las dimensiones adornadas de arabescos de vivos colores y que llevan leyendas frecuentemente asaz mordaces; sin olvidar otros dulces y golosinas, las frutas de la temporada, la fruta seca, y los epigramas de todo género dirigidos a personajes destacados admirados u odiados.
El grabador José Guadalupe Posadas sobresalió por los años 1900 con sus caricaturas y dedicatorias sardónicas respecto a los políticos más odiados de esa época; sus obras siguen apreciadas hoy. Se venden también varios tipos de juguetes en forma de calaveras o esqueletos, entre los cuales figuran conjuntos musicales integrados por pequeños esqueletos hechos de distintos materiales y vestidos de trajes regionales. Los familiares y los amigos que se han reunido en homenaje alrededor de las tumbas, no se rehúsan, después de haber comido y bebido, a cantar y a bailar en el mismo camposanto, en honor de los muertos que han venido a darles compañía.
Además de las ceremonias celebradas en los sitios anteriormente mencionados, destacan las conmemoraciones que se llevan a cabo en los lugares siguientes:
El 1º de noviembre: Chiapa de Corzo, Chiapas; Nativitas, San Lucas Xochimanca y Santa Cecilia Tepetlapa, D.F.; Huejutla y Tehuetlán, Hidalgo; Tututepec, Oaxaca; Tlacotepec, Puebla; San Martín Chalchicuautla y Tamazunchale, San Luis Potosí; Navojoa, Sinaloa y Noalinco, Veracruz.
El 2 de noviembre: Xochimilco, D.F.; Zitácuaro, Michoacán; Zacualpán, Morelos; Collantes, Chiltepec, La Estancia y Salina Cruz, Oaxaca; y las celebraciones de Chilac y Telhuitzingo, Puebla.
Las creencias populares afirman que el mundo de los vivos está separado de la región de los muertos por un ancho río que los fallecidos deben cruzar montados en un gran perro que los llevará al reino de los difuntos. Si el fallecido llevó una vida correcta llegará a esa otra orilla, si no, el perro lo dejará caer en medio del río. Sucede excepcionalmente que al humano en cuestión "todavía no le tocaba" y en tal caso el can lo regresará al mundo de los vivos.
Esta creencia figura con variantes considerables en varias civilizaciones e inclusive en algunas leyendas de religiones monoteístas, con la diferencia, por ejemplo que en lugar de viajar al más allá montando a algún animal, las almas de los difuntos, se embarcaban, al decir de los antiguos griegos en una lancha guiada por el siniestro Caronte para cruzar las aguas del Aqueronte, del Lete y de la Estigia que los llevarían a los Infiernos. Aun siendo muy católico, Dante no dudará en invocar aquella creencia pagana en "La Divina Comedia".


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