La Familia Carvajal P.V - Intelecto Hebreo

Son las:
01/08/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

La Familia Carvajal P.V

Condensados

XXXII
Beato Gregorio López

Historiadores y cronistas de la Nueva España cuentan que allá por los años de 1562, arribó a la imperial ciudad de México, un personaje misterioso que se hacía llamar Gregorio López. Se dice que nació en Madrid y nunca se supo el nombre de sus padres ni la calidad de su linaje. Parece que en su niñez vivió con un ermitaño de Navarra. Después fue llevado por su padre a Valladolid, donde fue paje de la corte por dos o tres años. Un día una voz interna le llamó para que se dirigiera a Las Indias y sin pensarlo se embarcó hacia el Nuevo Mundo. Apenas saltó a tierra en Veracruz, repartió su hatillo entre los pobres y se dirigió a México, donde trabajó como amanuense con los escribanos reales.
Un día se suscitaron unas riñas en la ciudad de México, lo cual hizo que Gregorio López se apartara de ésta. Retirándose a las abruptas serranías de la Huasteca Veracruzana, donde siguió llevando la misma vida eremítica. En aquella soledad llegó a ser excesivamente popular entre los indios que iban en grandes romerías a visitarle. Esta popularidad hizo que este hombre huyera de nuevo yéndose a vivir a Atlixco. Fue en este retiro donde compuso una de sus obras más célebres: un famoso Tratado de Medicina con remedios fáciles, destinado principalmente a la gente del campo, pero que estuvieron en boga en la Nueva España hasta principios del siglo XIX.
Imperaba la común opinión de que Gregorio López tenía ciencia infusa, aseguraban que sabía latín sin haberlo estudiado y que retenía en la memoria todo el historial de las Sagradas Escrituras. Sus conocimientos no sólo eran extensos en ciencias eclesiásticas, sino en otras muchas facultades. Sabía mucha historia profana, era notable astrólogo, geógrafo y cosmógrafo. Mas a pesar de sus vastos conocimientos, no le gustaba disputar sobre materia alguna, ni asumir el papel de maestro, ni que le eligieran como árbitro en las discusiones.
Tal era el personaje a quien Luis de Carvajal, El Mozo, durante sus conversaciones íntimas con Luis Díaz, en el fondo de los calabozos de las cárceles secretas de la Inquisición, imputaba al profesor la Ley de Moisés.
Durante la vida vagabunda del joven judío, tuvo la oportunidad de hablar en dos ocasiones con el solitario Gregorio López. De estos encuentros Luis afirmaba que López era judío y guardaba la Ley de Moisés con mucha más perfección que él mismo. Sin embargo, parece ser que Luis de Carvajal se arrepintió de las imputaciones que lanzó sobre Gregorio López acerca de profesar el judaísmo, y no se sabe a ciencia cierta porqué. Cualquiera que sea el caso, en medio de las sombras espesas en que camina el que trata de investigar el origen de Gregorio López, no está por demás apuntar la sospecha que algunos historiadores han abrigado, de que fuera de sangre real, identificándole con el príncipe Don Carlos hijo de Felipe II.
Pero es tiempo ya de apartarnos de todas estas cuestiones, para volver a ocuparnos de Joseph Lumbroso.

        

XXXIII
Espionaje en las cárceles secretas y una correspondencia extraordinaria

No contentos con haber puesto como espía de Luis de Carvajal al clérigo Díaz, los inquisidores, suspicaces y desconfiados, ordenaron al secretario del Santo Oficio y al Alcaide de las cárceles secretas, que a su vez espiaran cuanto hicieran y dijeran ambos acusados. En aquellas largas y tediosas veladas que pasaban a oscuras los prisioneros, Luis y su espía, aquél se entusiasmaba contando al otro su vida y aventuras y aún sus más íntimos pensamientos. Porque habíase forjado la ilusión de convertirlo a la Ley de Moisés, como antes hiciera con Fr. Francisco Ruiz de Luna, Luis insistía. A veces la conversación versaba sobre ritos y ceremonias judaicas. En ocasiones asumía Luis el papel de un verdadero rabino y afirmaba, con fundamento en la Escritura, que la llegada del Mesías se efectuaría en el año 1600.
Estrechándose cada día más la intimidad entre los dos compañeros de calabozo, Luis de Carvajal no tuvo empacho en referir al espía lo de una correspondencia que secretamente seguía con su madre Doña Francisca, y sus hermanas, presas también en las cárceles secretas. Sin embargo, ignoramos como llegó a conocimiento del Mozo, la prisión de su madre y hermanas y cómo le nació en la mente la idea de comunicarse con ellas. El sigilo con que en todo procedía el Santo Oficio, la completa incomunicación de los reos, las dificultades para sobornar a los carceleros volvían casi imposible la realización de semejante empresa. Pero la fecunda imaginativa de Luis, sugirió extraordinarios medios para ejecutarlo, y si no dieron siempre resultado, demostraron la perspicacia y agudeza de ingenio del joven hebreo para planear y ejecutar el sutil proyecto.

Las comunicaciones que Luis mandaba a su madre eran colocadas en la comida, dentro de los frutos o los huesos de ahuacate. También dentro de las carnes y disimuladas con gran originalidad para que nadie se diera cuenta. En esta extraña y singular correspondencia, cuyo contenido es imposible leer sin conmoverse, se advierte un profundo amor que el infeliz judío profesaba  por todos los suyos, así como un vehementísimo deseo de comunicar el fuego ardiente de su fe inquebrantable y a sus creencias en la Ley de Moisés. No debe de extrañar a los lectores que Luis de Carvajal dispusiera de manjares variados tanto para alimentarse así como para poder mandar su correspondencia, pues debe tenerse en cuenta que a los reos del Santo Oficio, salvo casos excepcionales, se les daba cuanto pedían, siempre y cuando pudieran pagarlo.

XXXIV
Denuncias y conato de suicidio

Aunque Luis de Carvajal, El Mozo, estaba convicto y confeso, los inquisidores, implacables y crueles, no se daban por satisfechos y continuaban martirizándolo con nuevos interrogatorios, no porque faltaran elementos para dar por concluido el proceso y condenar al joven judío al quemadero, sino porque esperaban nuevas revelaciones que diesen a conocer a mayor número de creyentes de la Ley de Moisés y a quienes hundir en las mazmorras inquisitoriales y confiscar sus bienes que, convertidos en áureos doblones, irían a llenar las arcas del Santo Oficio.
Por esto, y no como pudiera creerse por penetrar los más recónditos secretos del pensamiento de Joseph Lumbroso, fue por lo que sus jueces permitieron que el Alcaide llevara y trajese recados de Luis para su madre y hermanas. Carvajal cayó en aquellas trampas y sus pensamientos y acciones eran día a día, objeto de delación a los inquisidores quienes asentaban todo para el proceso sin que el acusado se diera cuenta. Las audiencias en la causa de Luis, se repetían de tarde en tarde, monótonas, interminables, para insistir sobre los hechos ya confesados. Las preguntas eran casi las mismas y las respuestas también. Al fin Carvajal fue mandado llevar a presencia de sus jueces y después de amonestársele para que siguiera confesando siempre lo mismo quisieron de nuevo aplicarle el tormento y así lo hicieron. Sobre el potro, hasta cuatro vueltas de cordel y con grandes ayes por su dolor siguió acusando a los judíos que conocía incluyendo a todos sus familiares, aún a Anica la más pequeña. No contentos los inquisidores, ordenaron al verdugo diera la quinta vuelta de cordel, ahí fue cuando Luis de Carvajal, El Mozo, suplicó le soltaran y así soltó él también una larguísima lista de nombres que los inquisidores apuntaron detalladamente. Muchas fueron sus denuncias, tras multitud de tormentos día con día. Así, Luis entró en un estado de excitación nerviosa que estaba a punto de apagar su lucidez de espíritu. Lleno de un terror pánico, temblaba a la sola vista de los inquisidores y por completo acobardado, denunciaba a cualquier conocido.
Fue un día al darse por terminada la audiencia, que el Alcaide de orden de los inquisidores, salió con Luis para llevarlo a su cárcel. Pero apenas hubo desaparecido, cuando presa de gran agitación, y a todo correr, presentóse de nuevo en la sala de la audiencia gritando: «¡Luis de Carvajal se ha echado de su voluntad, desesperadamente, de los corredores al patio!». Los inquisidores salieron a toda prisa para averiguar lo sucedido, pero quiso la malaventura del Mozo que sólo se hiciera ligero daño en su caía, pues no parece sino que en un destino implacable y cruel lo tenía reservado para agotar el sufrimiento físico y moral, y dar a su vida término de manera aún más terrible.

XXXV

Fiscales y profesión de fe de Joseph Lumbroso

Para conocer las varias acusaciones presentadas por el fiscal en el segundo proceso que como judaizante fuele instruido por el Santo Oficio a Luis de Carvajal, El Mozo, retrocederemos un poco en la narración. Ya desde junio de 1595 se estimaba concluida la sumaria y probados los supuestos delitos de que se le acusaba, pero no vino a darse el fallo hasta el año siguiente. Se le acusaba de haber cambiado su nombre por el de Joseph Lumbroso, ser de casta y generación de judíos, haber creído y practicado la Ley de Moisés, tornado a sus creencias después de su abjuración y además de esperar al Mesías. Con todo esto y más, como se comprenderá y dada la jurisprudencia y procedimiento observado por el Santo Oficio, Luis de Carvajal estaba de antemano condenado a muerte, pero lo más grave fue el haber reincidido en sus creencias, lo cual la Inquisición jamás perdonaba. Sin embargo, su fe era tan grande y su entusiasmo de morir por ella tan vivo, que rayaban en el frenesí.

Como sus jueces le interrogaran luego sobre a quien nombraría defensor, repuso que no deseaba a nadie. Aún así, el tribunal le señaló al Doctor Don Dionisio Rivera y Flores, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de México. Una vez que terminó el sumario del proceso, tuvo El Mozo que sostener una controversia con los teólogos nombrados por el Santo Oficio, según costumbre para que le sacaran de sus errores y le convirtiesen a la fe católica. Conforme a las prácticas vigentes, debía intentarse demostrar la verdad de la fe cristiana a los reos, cuyas herejías eran rebatidas para inducirlos a abjurar de ellas antes de morir y así alcanzar la salvación eterna.
Por varias ocasiones fueron nombrados teólogos para que resolvieran las dudas y rebatieran los fundamentos en que Luis se apoyaba para apartarse de la fe de Cristo. Largas fueron las conferencias, sin lograr nada sino afirmarlo más en sus creencias. Después del conato de suicidio del reo, el fiscal del Santo Oficio manifestó que por encontrarse aquel muy enfermo y en  peligro de muerte, veíase en la necesidad de pedir que el procesado ratificara, anticipadamente, sus declaraciones. De ellas resultaba que había testificado en contra de 119 presuntos judaizantes.
Al fin se reunieron los inquisidores para votar el proceso de Luis de Carvajal, El Mozo, alias Joseph Lumbroso, a quien, por unanimidad, declararon: hereje, judaizante, relapso, pertinaz, dogmatista de la Ley Muerta de Moisés, por lo que debía ser relajado y entregado a la justicia y brazo seglar y confiscársele sus bienes en debida forma.


XXXVI
Vísperas de ejecución

Las causas de Joseph Lumbroso, de su madre y hermanas, quedaron al fin listas para fallarse, juntamente con las de otros muchos reos, en el solemnísimo Auto Público de Fe que el Santo Oficio decidió celebrar en la Plaza Mayor el 8 de diciembre de 1596. A fin de que tal ceremonia revistiera máximo lucimiento y redundara en mayor pro de la religión, temor y ejemplaridad de los herejes, los inquisidores procuraron reunir el número más considerable de reos que pudieron haber a las manos.
El primer pregón se dio a las puertas del Palacio Inquisitorial, pero de forma que no lo oyeran los reos ahí encarcelados. Los siguientes fueron hechos en el Real Palacio, casas de Cabildo, Plaza Principal, calle y convento de San Francisco y entrada de la de Tacuba, hasta volver la comitiva al propio edificio de la Inquisición de donde se iniciara el desfile.
Después del toque de atención dado por trompetas en cada uno de esos sitios, el pregonero fue anunciando a voz en cuello el solemne auto de fe que esta por realizarse. Se encendían grandes fogatas y luminarias en las calles próximas. Dábase priesa en tanto el receptor del Santo Oficio, obrando siempre dentro del mayor sigilo, para elegir los tablados que dentro del mismo Palacio de la Inquisición, al auto de fe se destinaban. En la víspera de tan anunciado y esperado día, entre tres y cuatro de la tarde salió del Real Convento de Santo Domingo la procesión de la Cruz Verde que recorrió las calles. La gente venía entonando salmos a los que respondía el clero en canto llano y a continuación frailes vestidos de gala. Todo estaba dispuesto para la ejecución de los reos.
Mientras tanto en el Palacio Inquisitorial, se preparaban los jueces, los confesores de los reos condenados a muerte, y los presos iban siendo sacados de sus calabozos. Como es bien sabido, la Inquisición para impresionar al pueblo en todos sus actos, recurría a un simbolismo que no pocas veces degeneraba en ridículo y grotesco. A todos los penitenciados se les obligaba a vestir poroza y sambenito. El orden del desfile era el siguiente: primero los reos de delitos leves, luego los de penas más graves, hasta llegar a los relajados en persona y detrás las estatuas de los acusados prófugos, en las que el artista había procurado reproducir fielmente el rostro y las vestiduras de los ausentes. La marcha se organizó antecedida por el Virrey, los oidores, corceles lujosamente enjaezados, el fiscal del Santo Oficio, el Alguacil Mayor de la Cancillería, los tenientes, capitanes y caballeros principales de la nobleza. En tal orden desembocaron todos en la Plaza donde al auto iba a celebrarse y ocuparon los asientos dispuestos en los tablados.

XXXVII
Auto de Fe en la Plaza Mayor

Enorme espacio de la Plaza Mayor ocupaban los tablados para el Auto de Fe, uno destinado a los reos, otro para el Tribunal y la sillería para todos los asistentes al auto donde morirían muchos acusados. Todo aquel vasto teatro estaba decorado y construido a todo costo con molduras, frisos, colgaduras de sea y ricas alfombras. La plaza estaba llena de gente que venía de todos los ámbitos de la Nueva España. Así dispuesto este día, parecía una especie de corrida de toros.
Dada la orden a efecto de principiar la solemnidad, subió al púlpito un predicador a pronunciar un largo y tedioso sermón. Ya terminado el discurso, el secretario dio lectura al juramento de la fe que debían prestar todos los presentes, bajo el compromiso de defender a la Santa Religión Católica, a la Santa Inquisición y Ministros de élla y a denunciar y perseguir a los herejes.
Durante los discursos, reinaba el silencio más profundo en toda la vastedad de la plaza, y hasta que llegaron las palabras en que se ordenaba a los presentes que alzaran las manos y jurasen, prodújose un inmenso vocerío y gritos. Restablecido el silencio y terminada la lectura, escuchóse un amén unánime y fervoroso, de un pueblo fanatizado, enemigo de toda disidencia en materia de religión que se creía elegido por Dios para exterminar la herejía en todo el mundo a sangre y fuego. Empezó enseguida la relación de las causas. Al llamado del relator iban desfilando los penitenciados, entre comentarios de la muchedumbre, en ocasiones burlescos, preñados otras de odio y horror contra los herejes. Se leyeron primero las sentencias de los culpables de delitos leves. Tras de estos venían los fornicarios. Después con gran movimiento de curiosidad en la multitud que llenaba la plaza llegó el turno de las hechiceras. Después de éstas los bígamos.

Pasado todo esto agitóse la inmensa muchedumbre pues iba a comenzar la lectura de las causas de los judíos, profundamente odiados por todas las clases sociales de la Nueva España. Grandísimo era el número de judíos y judaizantes penitenciados en aquel auto. Así comenzaron los magistrados por juzgar a los fautores de herejes y sospechosos de encubrir a los observantes de la Ley judaica. Siguió luego la vista de los procesos de numerosos reconciliados. Luego comparecieron los que iban a sufrir relajación de persona y después de estos sucedíanlos la familia Carvajal. Entre todos ellos estaba Luis a quien se había puesto una mordaza porque improperaba a Jesucristo. A esto sucedió el juicio de los difuntos relajados en estatua y terminó el desfile con las estatuas de los ausentes.
Ocho días después de la celebración de este auto de fe, salió el Virrey, acompañado de su corte y de numerosos caballeros principales a pasear por la ciudad, en demostración de júbilo por el triunfo de la fe.


XXXVIII
Sentencias recaídas  en los procesos de Joseph Lumbroso, el Rabi, y de los suyos y su aparente conversión

La sentencia dictada por la Inquisición contra Luis de Carvajal, El Mozo, se pronunció estando celebrando auto público de la fe en la Plaza Mayor de esta ciudad, en las casas de Cabildo, sobre unos cadalsos y tribunal alto de madera que en ella había, un domingo y a ocho días del mes de diciembre de 1596. Luis fue entregado al brazo secular en medio de un enorme vocerío de la muchedumbre que le llenaba de injurias e improperios.
El fallo resultante fue que Luis fue condenado a ser llevado por las calles públicas de la ciudad, con voz de pregonero que manifestara su delito, llevado también al tianguis de San Hipólito y en la parte y lugar que para esto estaba señalado, fuera quemado vivo y en vivas llamas de fuego hasta ser convertido en cenizas y de él no haya ni memoria. Idénticos fallos recayeron en los procesos seguidos contra sus familiares.
Bien quisiéramos describir los incidentes en la comitiva fúnebre y rumbo al quemadero, pero dejamos mejor la palabra a los documentos originales que hablan con mayor elocuencia y exactitud. Existe además una relación íntegra hecha por Fr. Alonso de Contreras al Santo Oficio, documento lleno de sabor y colorido acerca de los «últimos momentos y conversión de Luis de Carvajal» fechado en 1596.
En este documento está una relación de la conversión y católica muerte de Luis de Carvajal, la cual sin embargo está llena de contradicciones y de dudas. En una versión se dice que Luis de Carvajal declaró y confesó su conversión a la fe católica arrodillado y arrepentido por todos los pecados cometidos contra esa fe. Otros dijeron que había alzado el dedo o la mano al tiempo de morir, lo cual tiene por ceremonia judaica, sin embargo otros más aseguraron que al morir tenía las manos atadas. Otra versión más fue que a la hora de morir lo había hecho en la Ley de Cristo negando toda Ley de Moisés. En fin múltiples opiniones hablaron de este hecho. Pero nosotros nos preguntamos: ¿se convirtió Luis de Carvajal, El Mozo, alias Joseph Lumbroso como lo pretende Fr. Alonso de Contreras en esta relación? Poco probable nos parece, a pesar de que el ajusticiado, comulgó, hizo piadosas recomendaciones a su padre espiritual y a voces afirmó creer en el misterio de la Trinidad y en la Pasión de Cristo.
Nuestra duda se basa en el examen de toda la vida anterior del Mozo. En su fe vivísima en la Ley de Moisés, además hay vivas presunciones de que, hasta sus últimos momentos, siguió siendo judío. Que nuestra opinión es fundada, lo demuestra el hecho de que ni aún los inquisidores concedieron crédito a la conversión, como se desprende de las notas que pusieran a la relación del confesor Fr. Alonso de Contreras, así como las discusiones a que dio origen, tanto entre los teólogos como entre el público en general.

Epílogo

Casi por completo una familia judía se extinguió en uno de los más grandes autos de fe efectuados en 1596 en la Nueva España. Estos procesos y autos promocionados de 1596 a 1601 por el Santo Oficio de la Inquisición, comprendían varios delitos, entre ellos: la blasfemia, posiciones heréticas, brujería, hechicería, bigamia y el de ser judaizante.

Alfonso Toro, autor del libro «La Familia Carvajal» en que se basa este condensado que llamamos «El Viejo y el Mozo», tuvo mucho mérito al ser el primer investigador que paleografió, leyó y  escribió  -en las primeras décadas del Siglo XX- sobre los documentos del ramo de la Inquisición conservados en el Archivo General de la Nación. Un gran esfuerzo histórico que abrió las puertas a otros investigadores, autores e incluso a directores de cine, que ensanchó el grado de conocimiento -incluso al detalle- de una agobiante época obscurantista, en que la moral y principios dictados desde España por un monarca fanático y aplicados por interesados ministros ejecutores, quienes pretextaban con infames e inhumanas leyes, emanadas de un férreo amor y protección de la religión cristiana.
Si bien el autor -de acuerdo a la opinión de varios historiadores- se apegó a los escritos desempolvados de los archivos referidos, muchas veces no entendió y mucho menos interpretó bien, el comportamiento, actitudes y costumbres de aquellos criptojudíos, no obstante su formación liberal y simpatía demostrada en relatos de algunos protagonistas, inclinándose a calificar como malas o fenómenos de hechicería, algunos usos y costumbres derivados de la Ley Mosaica. En otros pasajes, abunda en detalles que cataloga como curiosidades o supersticiones.
Los procesos efectuados a los Carvajal, amistades y personas relacionadas con la práctica de religión distinta a la cristiana, claramente exponen otro tipo de poderes mezquinos que se relacionan con el poder, bienes y fortunas de los inculpados. En la relación oficial del Santo Oficio, aparecen sesenta y ocho nombres, sin embargo una segunda revisión del «Libro de Votos», consta que en los cadalsos del auto de 1596, desfilaron sesenta y nueve reos. De éstos, cuarenta y siete eran judaizantes u observantes de la fe judía. Los otros fueron penitenciados por otras causas ya referidas.
La Inquisición no sólo aplicó penas a reos presentes; fueron ocho los ausentes fugitivos, entre ellos Miguel Rodríguez de Carvajal, hermano de Luis. Todos ellos tuvieron la suerte de huir, pero fueron quemados en estatua o efigie. Los relajados en persona o quemados en la hoguera sumaron nueve. Entre ellos el propio Luis (alias Yoseph Lumbroso), familiares (madre y hermanas), seguidores y amigos de los Carvajal. A la mayoría se les aplicó el garrote antes de ser quemados los cadáveres en la hoguera, previo a un arrepentimiento de sus pecados y el beso de una gran cruz que cada confesor llevaba consigo.
El cruento drama de una familia como la Carvajal, demostró que tan despiadado puede ser un fanatismo llevado a extremos oficiales, donde la tolerancia, amor y principios de cualquier religión se excluyen o confunden. Sólo dos de sus miembros de esa estirpe pudieron escapar huyendo al Viejo Mundo; Baltazar Rodríguez de Carvajal y Miguelico, el hermano más pequeño de Luis el Mozo, quien llegó a ser rabino en la ciudad de Salónica.
Al parecer y por mucho tiempo, la memoria de aquellos que fueron reducidos a cenizas, era más temible que cuando estaban vivos. El hecho de hacerlos mártires y el recuerdo de su ejemplo, compadecieron a muchos que no participaban con sus ideas, pero que hicieron odiosos a sus verdugos, a la misma Inquisición y degradó en mucho, el respeto, conceptos de justicia y ejemplo de la propia iglesia.

-Fin-

     





Regreso al contenido | Regreso al menu principal