La Familia Carvajal P.IV - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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La Familia Carvajal P.IV

Condensados

XXIII
Hermano Baltazar y Miguelico

En vano buscó el  Santo  Oficio  por  doquier  a Baltazar Rodríguez de Carvajal, para aprehenderlo y procesarlo, dictando auto de prisión en contra suya con fecha 20 de abril de 1589, pues no parecía sino que la tierra se lo hubiese tragado. Desesperando a los inquisidores por castigarlo, tuvieron que conformarse con sentenciarlo en rebeldía y quemarlo en estatua. El perseguido se mantenía entretanto oculto en una casa cercana a la que después habitó su madre en el mismo barrio de Santiago de Tlatelolco. La finca era propiedad del judío Juan Rodríguez de Silva, criado de Jorge Almeida, y en ella esperó Baltazar la conclusión de los procesos de Doña Francisca de Carvajal y de sus hijos, totalmente recluido, sin tener más comunicación que con el mismo Rodríguez de Silva.
Con objeto de despistar a sus perseguidores, el mismo Rodríguez de Silva era quien tenía la llave de la puerta de la casa donde Baltazar se encontraba, era quien le llevaba alimentos y le informaba de todo lo que estaba sucediendo. Muchos peligros hubo de por medio y por poco los inquisidores descubren a Baltazar, quien sin embargo corrió con suerte, y comprendiendo cuan fácil sería que pudieran aprehenderlo permaneciendo en México, decidió salir a la mayor brevedad de la Nueva España, con dirección al viejo mundo. Mandó dar aviso a su madre y hermanos de lo que proyectaba y acompañado de Miguelico, el menor de ellos, y de su amigo Juan Rodríguez de Silva, salió de la capital.

Por senderos que casi nadie transitaba, atravesaron toda la parte sur y oeste de la Nueva España, hasta salir a Centro América. Eludiendo innumerables peligros, caminando de noche y disfrazados, recorrieron alrededor de 400 leguas por tierras cálidas, templadas y frías, hasta llegar al Puerto de Caballos en Nicaragua, donde su buena suerte les deparó un navío del capitán negrero Sebastián Nieto, judío portugués era primo hermano de Rodríguez de Silva, y se comprometió a llevarlos a España, como lo hizo, tratándoles durante el viaje con el mayor regalo y cortesía. Una vez allá, dirigióse Baltazar a Madrid, donde permaneció algún tiempo haciendo algunos negocios y tomando informes de lo que costaría el indulto de su madre y hermanos, y de los medios que deberían ponerse en práctica para obtenerlo lo más barato posible. Después marchó con Miguelico a Italia donde cambiaron su apellido por el de Lumbroso, con el que, como hemos visto, Luis de Carvajal, El Mozo, se había bautizado después de la visión que tuvo en los calabozos inquisitoriales. Allí Miguelico se llamó David, y Baltazar, Jacob Lumbroso, y el primero llegó a ser, andando los años, después de haber estudiado la Ley de Moisés con los más célebres maestros de las sinagogas, un famoso rabino.


XXIV
Los estupendos y maravillosos viajes que realizaron los cuñados de Luis de Carvajal, El Mozo

Mientras los miembros de la familia Carvajal cumplían su condena en  el  apartado  barrio de Santiago Tlatelolco, los cuñados de Joseph Lumbroso, temiendo ser perseguidos, procuraban ponerse a salvo. Aunque judíos, ocultaban con el mayor empeño su creencia. Aún así cuando parte de la familia Carvajal fue sentenciada ellos se delataron de alguna forma por la pena que esto les causaba. Incluso cuando los sentenciados salieron de las mazmorras inquisitoriales, Jorge de Almeida procuró alivianar su triste situación regalando a Doña Francisca y a sus hijas. Era imposible que tal conducta pasara inadvertida para los inquisidores, que todo lo sabían por sus esbirros, y así, Almeida comenzó a parecerles sospechoso.
Y cierto día que se encontraba en su casa, presentóse allí el portero de la Inquisición, citándolo para que compareciera ante el tribunal, pero Almeida fingiendo no haberle oído, puso piernas al caballo que montaba, y no paró sino hasta su hacienda de beneficio de Tasco. Después optó por esconderse en una casa a espaldas del mercado de Santiago Tlatelolco, quizá la misma en que estuviera oculto Baltazar. Cansado al fin del encierro en este sitio, decidió marcharse a España, no sólo para escapar de sus perseguidores, sino también para gestionar el indulto de Doña Francisca y sus hijos. Abrigaba además la esperanza de que sus parientes que vivían en el viejo mundo, le ayudaran económicamente para seguir adelante.
Según Luis de Carvajal, El Mozo refiere, llegado Almeida a España, procuró el indulto de su suegra y cuñadas con tan firme propósito, que estuvo tres años y medio en conseguirlo, haciendo gastos muy considerables, hasta obtener una carta de la Inquisición de Madrid, para que por gracia y merced del Hno. Cardenal Inquisidor General y Consejo de la Santa Inquisición, se mandara quitarles los sambenitos y ponerlas en libertad, lo mismo que a Luis. Aproximadamente cinco años permaneció en Madrid Almeida carteándose, cuando podía, con su esposa y con Luis, esperando siempre lograr a toda costa ayudarlos a todos.
Pero más extraordinarias aún que las de Almeida, fueron las aventuras de Antonio Díaz de Cáceres, que cuando vio aprehendidos a Doña Isabel, a Doña Francisca y a Luis de Carvajal, El Mozo, preso de un terror pánico, trató de salir de México a todo trance. Y para que su ausencia no pareciera una fuga, arregló un viaje a Filipinas, a China, como entonces se decía, echando mano de sus bienes y de los de algunos amigos suyos. Cáceres viajó en una nao llamada «Nuestra Señora de la Concepción» o «San Pedro», de la cual ignoramos qué clase de bajel era, aunque suponemos era un galeón como tantos otros de los que hacían el comercio de Filipinas con puente, alto bordo y elevada envergadura, proa y popa decoradas con las armas de España sostenidas por leones. Esta embarcación primero llegó a Acapulco, donde el maestre aprovechó para abastecer la nave para la travesía. Hecho todo esto, dióse a la vela el 29 de diciembre de 1589.

Muchas fueron las aventuras y peligros sufridos por la embarcación y sus navegantes, pero por la época en que se emprendía el viaje a Filipinas, reinaba generalmente bonanza, brisas favorables y buen clima. Sin embargo, al poco tiempo, terribles tempestades los sorprendieron y la travesía se prolongó más de lo esperado, con los consecuentes sufrimientos de los viajeros que en ella navegaban. Después de algunos meses llenos de peripecias, al fin llegó la nao al puerto de Cavite, donde según cuenta Antonio Díaz de Cáceres, a punto estuvieron de perderse los pasajeros que en ella iban, pero con la ayuda de algunos indios filipinos mandados por el gobernador, lograron salvarse.

XXV
Las increíbles aventuras de Antonio Díaz de Cáceres y de su vuelta a México

Después de aquel contratiempo en que estuvieron a punto de perecer los viajeros de «Nuestra Señora de la Concepción» se dirigieron a Manila, que parecía debiera ser por entonces el término de sus fatigas. Por esta época, la ciudad de Manila, que había sido destruida en 1583 por un horroroso incendio, comenzaba a salir de sus cenizas. Ahora reinaba la animación y el esplendor y el Barrio Chino era algo único en el mundo. Los comercios eran totalmente disímiles y en ellos había mercancías de todas clases.
Se celebró la llegada de los viajeros a Manila y ellos comenzaron a negociar con los habitantes del lugar. Los negocios de Díaz de Cáceres, como los de muchos otros, no eran muy limpios, todos hacían lo que llamaban las «trampas de China». El maestre apenas llegado, vióse envuelto en pleitos y dificultades con las autoridades y tuvo que pagar buenas sumas a abogados, escribanos y curiales, para defenderse de jueces, audiencias y procuradores. Entonces, Díaz de Cáceres, temeroso de que su nao se destruyera por tantas dificultades, quiso a todo trance salir del país.
Hombre fecundo en recursos, trató de conseguir permiso para hacer el viaje a Macao, en el que esperaba sacar grandes provechos, que le resarcieran de las pérdidas que le iba a causar el retardo de su vuelta a Acapulco. Al efecto reiteró presentes y regalos a personas poderosas de la ciudad y así logró su salida del lugar. Antes de partir, hizo construir una chalupa y un jacal, y mandó varar el batel en Manila, para guardar ciertas cosas mientras la embarcación hacía su viaje a Macao. Carecemos de datos para narrar el recorrido de la nave, sin embargo sabemos que arribó a una colonia portuguesa, y apenas el barco de Cáceres llegó al puerto, vióse este envuelto en un proceso con que tuvo que sufrir trabajos y prisiones de los que no tenemos pormenores. No obstante, con riesgo de su vida y grandes penurias, limó sus cadenas y ayudado por un amigo huyó del cautiverio refugiándose en otra nave. Creyéndose ya en seguridad, salió sobrecubierta pero apenas fue visto por los tripulantes, echáronsele éstos encima, lo maltrataron, lo llenaron de improperios y lo encadenaron de nuevo, teniendo aún que sortear muchos peligros antes de llegar a Manila.
Pudiera creerse que allí terminarían sus desventuras, pero no hubo tal, pues no pudo encontrar tranquilidad ni descanso ya que el gobernador de Filipinas, sin que sepamos la causa, habíale cobrado antipatía mortal y estuvo a punto de condenarlo a muerte. ¿Cómo escapó de ella? Lo ignoramos. El caso es que Cáceres logró la vuelta de Filipinas a Acapulco. Parece que en este viaje no hubo contratiempo alguno, salvo que Díaz de Cáceres enfermó de cierta gravedad a consecuencia de las fatigas de la travesía.

Apenas desembarcado en Acapulco, comenzaron sus tropiezos con las autoridades, pues ya desde su salida para Filipinas, el fiscal del Santo Oficio había presentado denuncia en su contra, como sospechoso de guardar la Ley de Moisés, pero se le dio carpetazo al caso. Llegado a México y por averiguaciones referentes a su nave durante el viaje, Díaz de Cáceres estuvo preso en la cárcel de corte, pero una vez libre de esta persecución, deseoso de vivir tranquilo en su hogar, su carácter se modificó radicalmente. Reunido con la familia, su mujer y su hija, fingía ser buen católico y todos llegaron a verlo como un renegado. Incluso enseñaba oraciones cristianas a su hija por lo cual tenía serios disgustos con su mujer. ¿Obraba de buena fe? ¿habíase realmente convertido al catolicismo? Dados sus antecedentes y su carácter, no lo creemos. ¿No habrá sido que gracias a sus viajes y experiencias por el mundo trató de evitar persecuciones contra su persona y sus seres amados actuando esta manera?... ¿valía acaso la pena de arriesgar la tranquilidad, y quién sabe si la vida, por determinada religión, cuando quizá eran las demás tan buenas como la propia? Y así, un amable escepticismo invadía su espíritu y lo inclinaba la tolerancia. Tales creemos que deben haber sido las ideas que llevaron a Antonio Díaz de Cáceres a abandonar la práctica del judaísmo, y a hacer propaganda de ideas y oraciones cristianas entre los suyos.

XXVI
Judío cristiano y el libro prohibido

Un año hacía que Luis de  Carvajal  saliera  de las mazmorras del Santo Oficio, y cuando encontró casualmente al alcaide de las cárceles secretas, quien faltando a sus deberes le contó que aquel fraile franciscano que por compañero le depararan los inquisidores, para que no muriese de melancolía, durante su prisión, había vuelto a caer en ella. Púsole al tanto de ser la causa de su nuevo encarcelamiento, el hecho de que en la galera donde se le sentenciara a remar, a virtud del fallo recaído en su primer proceso, lleno de furia, había despedazado una imagen cristiana. Tales noticias impresionaron a Luis profundamente, tanto por haber sido él quien convirtiera al judaísmo a Fr. Francisco Ruiz de Luna, que era de quien se trataba, como por el natural temor de que lo denunciase como a su maestro en la Ley de Moisés y se le viniera encima a él también, la amenaza de llegar de nuevo a los calabozos inquisitoriales y morir después en el quemadero.
Toda la familia vivía en estado de temor constante, mientras los inquisidores sujetaban a tormento a Fr. Francisco y le pusieron en grandes aprietos y aflicciones, en tan duros trances, pero el jamás flaqueó como cristiano de nacimiento que era y judío de convicción que después nunca renegó de la fe adquirida, lo cual demuestra cuán sincero había sido el hecho de haber adoptado la Ley de Moisés para él. Pero muy bien librado se vio Fr. Francisco Ruiz de Luna con el fallo, pues escapó del quemadero y sólo fue condenado a 10 años de galeras, incluso con el afán por parte de los inquisidores, de evitar el descrédito de una orden tan influyente en la Nueva España como lo era la de San Francisco.
Siendo la más fanática de la familia Doña Mariana, incluso enemiga de cualquier tipo de idolatrías, que un sábado de gloria a fin de evitarse el concurrir al templo, le rogó a su hermano Luis la llevase a visitar a una amiga, la bella judía Justa Méndez, para entregarse ambas en ese día a los ritos de su religión en servicio de Jehová. Llevó con tal fin Doña Mariana consigo el librillo en que Luis había traducido al castellano, varios pasajes de las Sagradas Escrituras, los salmos y varias oraciones en verso compuestas por Luis y su hermano Baltazar. Iban por una calle que solía ser generalmente concurrida, pero por ser una hora muy temprana no lo estaba, cuando de repente Doña Mariana notó la desaparición del libro que llevaba guardado en su seno. Se detuvo cortada y sobrecogida de temor y no pudiendo ocultar a Luis su pena, le suplicó desanduviera el camino para buscar la joya perdida. Vanas e inútiles fueron todas sus pesquisas, pues no encontraron el más leve rastro que les llevara a recuperar el libro.
Cuando este suceso, el miedo comenzó a apoderarse de toda la familia y a cada momento estuvieron esperando ser presos de nuevo con tal sobresalto y amargura que cada vez que llamaban a la puerta, se estremecían pensando que podrían ser los emisarios de la Inquisición que venían por ellos para hundirlos en las mazmorras del implacable tribunal. El sobresalto de los Carvajales estaba más que justificado por el celo con que la Inquisición perseguía los libros heréticos y prohibidos, especialmente las versiones de las Sagradas Escrituras a las lenguas vulgares.
En el estado de ánimo descrito, vino a aumentar el terror de los Carvajales pues su casa había llegado además a ser un centro israelita de significación, especie de sinagoga y lugar de refugio de judíos y judaizantes. Luis en previsión de lo que pudiera ocurrir en el porvenir y en un momento dado poder escapar de ser aprehendidos, practicó unas horadaciones subterráneas en la casa de Santiago Tlatelolco donde su madre vivía, trabajando de manera incansable hasta terminar. Pero sus esfuerzos no tuvieron ningún resultado práctico, lo que sí fue terrible es que con aquella pérdida del librillo, Doña Mariana comenzó a atormentarse de tal forma que terminó por perder la razón por completo. Así se unieron en ella, su terrible fanatismo religioso y esta extraña locura, al punto de que arrojaba por el suelo o a la calle, cuantas imágenes de santos encontraba y allí tenían los Carvajales para disimular su creencia.

Con mayor motivo dice Luis en su autobiografía que desde entonces el intento de su madre y hermanas era irse cuanto antes a alguna ciudad grande de España, donde no se tuviera sospecha de la infamia en que vivían.

XXVII
Cómo Luis de Carvajal, El Mozo, fue escribiente de un comisario del Santo Oficio

El tribunal del Santo Oficio era tan privilegiado, que ningún otro ni ninguna  autoridad  podían intervenir en negocios que pasaran ante inquisidores. Así se tratara de jueces, gobernadores, virreyes y aún del mismo Consejo de Indias, no teniendo los agraviados otro recurso que ocurrir al Consejo de la Santa y General Inquisición, el que, como es de suponerse, resolvía siempre los negocios en favor de sus dependientes, sin que de sus decisiones hubiera apelación alguna.
Continuando los abusos de ésta, se celebró una nueva «concordia» para Las Indias Occidentales, nombrándose al efecto dos consejeros de la Santa y General Inquisición, a fin de que, unidos a otros tantos miembros del Consejo de Indias, después de discutir las cuestiones necesarias y consultar con el Rey, se decidieran los puntos controvertidos, pero sin que por esto cesaran ni las cuestiones jurisdiccionales, ni las de etiqueta. Una de las cuestiones de ceremonial, se suscitó por aquellos días en el puerto de Veracruz, sobre la propiedad que en la colocación de asientos en la iglesia debía tener el alguacil del Santo Oficio sobre los oficiales reales. La discusión se agrió de tal manera que se entabló un litigio, y para activar su resolución, hubo de venir a México el comisario del tribunal residente en aquel puerto. Eralo a la sazón un fraile franciscano que al llegar a la capital eligió como alojamiento, mientras se fallaba el juicio, el convento de Santiago de Tlatelolco, perteneciente a su orden.
Allí conoció al Luis de Carvajal, El Mozo, con quien entró en relaciones, simpatizándole por su laboriosidad, pues pasaba éste lo más del tiempo en hacer copias para su protector Fr. Francisco de Oroz, que por entonces era Director del Colegio de la Cruz y guardián del convento. Tenía el comisario del Santo Oficio un hermano, fraile dominico, quien de boca del primero, supo que Luis «escribía y trasladaba algunos lugares comunes y sermones para los frailes franciscanos», y como deseaba tener copia de un cartapacio escrito por religiosos de la orden de predicadores, rogó a su hermano el comisario pidiera permiso al Director del Colegio de Tlatelolco, para que el joven judío fuera quien hiciese tal copia.
Cuando más temeroso estaba Luis de ser perseguido, le mandaron llamar a mediodía. Al recibir el recado, Luis tuvo por cierto se trataba de aprehenderle nuevamente. En tal estado de ánimo, fue a buscar al fraile sin esperanzas de escapar ni  vida ni libertad, ya que le sería imposible huir. Encontró a Fray Cristóbal y al comisario en la portería del convento, y no bien el primero le hubo visto, cuando dijo a su acompañante: ¡Helo aquí!, lo que parecía confirmar los recelos de Luis. Entonces tomó la palabra el visitante y dijo: «subamos a la celda», para tan luego como los tres en ella se encontraron, ordenar al joven judío, tomara pluma y papel y escribiese la carta que iba a dictar en su nombre. Sabedor El Mozo de que el comisario era consumado calígrafo, palideció, y lleno de amargura y con el pulso trémulo, púsose a la obra, imaginando que aquella dirigencia no tiene otro objeto que cotejar su letra con la del libro perdido.
Marchóse Luis a su casa inquieto y acongojado. Pero todos sus temores se desvanecieron cuando supo que su escritura le había complacido de sobremanera y así se disiparon sus angustias. Fue por entonces cuando tuvo noticias de que su cuñado Jorge de Almeida era llegado a la corte de Madrid, en la cual estuvo tres años y medio para obtener el indulto. Tan luego Luis conoció estas noticias, suplicó al fraile a quien servía de amanuense, intercediera con objeto de lograr permiso del Santo Oficio para recoger limosnas y con ellas satisfacer los derechos requeridos y alcanzar así su absoluta libertad y la de su madre y hermanas.

Varios fines perseguía Luis de Carvajal al solicitar aquella licencia: despistar a la Inquisición, tener descanso para entregarse a su religión, y aún el poder escapar en caso de que se tratara de aprehenderlo. Valiéndose de la misma influencia del rector del Colegio de Santiago, Luis logró asimismo que el provisor del arzobispado se interesada por su persona y le diese recomendaciones muy benévolas. Con la rara habilidad de todos los judíos para sacar provecho y explotar las peores situaciones, Luis de Carvajal, El Mozo, comprendió luego el enorme partido de todas estas ayudas que le estaban siendo dadas. Así podría con más facilidad recolectar un mayor número de limosnas para liberarse a sí mismo y a su madre y hermanas.

XXVIII
La vida errante de Luis de Carvajal y de cómo logró que le quitaran el sambenito

Provisto de tan valiosas recomendaciones por las principales autoridades civiles y eclesiásticas, y vecinos prominentes de la Nueva España, Luis de Carvajal, después de cuatro años de angustias y aflicciones ininterrumpidas, comenzó una vida nueva, errabunda y aventurera como la de un gitano. Veíase al fin libre, con un sambenito a cuestas, un ligero hatillo y sus cartas de recomendación, con las que comenzó a mendigar por las cercanías de la Ciudad de México, con éxito extraordinario, pues la tierra rica y abundante en mantenimientos, y los vecinos piadosos por naturaleza.
Durante sus peregrinaciones, Luis no sólo se relacionaba con los judíos conocidos suyos, sino que siempre que podía, practicaba los ritos de su religión. Algunas veces al encontrarse varios judíos reunidos con Luis, hacían burla y escarnio de los ritos cristianos. Sin embargo, en todos los conventos y en muchas de las moradas de los vecinos principales, ofrecíanle a Luis comida y alojamiento. Dos meses aproximadamente duraron las excursiones del Mozo por los pueblos de los alrededores de la capital y durante ellas recogió dinero y mercancías en abundancia. El producto de la colecta hecha en ese tiempo por el joven hebreo para redimir los hábitos, alcanzó a la suma de ochocientos cincuenta pesos, recogidos con la mayor facilidad. El costo de todas las operaciones para librarlo a él y a sus familiares de los sambenitos, fue de 325 ducados de Castilla. Y así, el lunes primero de octubre 1594, llegó a los Carvajal la provisión de su libertad, lo cual fue de gran alegría para todos.
A pesar de los muchos peligros que los Carvajales habían corrido con las persecuciones, tormentos y cárceles debidas a su religión, no fueron en lo sucesivo más prudentes, pues su fanatismo los arrastraba sin excepción, especialmente a Luis a cometer las más graves imprudencias y celebrar sus ritos sin medida. El contento que todos tenían por su libertad, vinieron a amargárselo nuevos dolores, como para demostrar que en este mundo no puede haber dicha cumplida. A Anica, le vino un mal de garganta a manera de esquinancia, que le duró más de ocho meses, a causa de lo cual quedó tullida y perdió el habla. Mayores fueron aún los sufrimientos de Doña Mariana Núñez de Carvajal, que enfermó del ánimo y le vino una gran melancolía interrumpida por accesos de furor, durante los cuales hablaba disparates e injuriaba constantemente.
A pesar de este cúmulo de desventuras, Luis de Carvajal, El Mozo, estaba persuadido de que Dios les había hecho a él y a su familia, portentosos milagros, mostrándoseles muy misericordioso, y mirándolos con especial predilección.

XXIX
Proceso de Joseph Lumbroso

A primera vista parecería que los grandes sufrimientos que habían soportado los Carvajales por las persecuciones del Santo Oficio, indujérales por lo menos a ser más precavidos en la práctica de ritos y ceremonias, ya que si se descubriera la reincidencia, no sólo honra, libertad y hacienda, sino la vida misma perderían. Pero no ocurrió así pues su fanatismo y un rencor irrefrenable en contra de sus perseguidores recrudecieron en ellos el amor a la Ley de Moisés y los volvieron más escrupulosos en la observancia de sus preceptos. Aborreciendo en lo profundo la creencia cristiana, reprobaban casi públicamente el culto de la Iglesia Católica, entonces cotidiano y ostentosísimo, y dentro de las cuatro paredes de su mísera vivienda, celebraran las solemnidades de su Ley con tal entusiasmo y devoción que rayaban en delirio. Nadie procedía con mayor imprudencia que Luis. Desde que en las cárceles secretas del Santo Oficio tuvo aquel sueño o revelación en que viera que Dios mismo ordenaba vertiesen en su oído el divino elixir de la sabiduría, sufrió completa transformación y no sólo cambió de nombre llamándose Joseph Lumbroso, sino que perdió todo temor, comenzó a hacer activa propaganda de su fe. Incluso extractaba la Biblia de su puño y letra, o copiaba oraciones y copias judaicas que repartía entre amigos y conocidos.
Por el importante papel que Justa Méndez desempeña en la vida íntima de Luis de Carvajal, El Mozo, nos parece oportuno apuntar de ella algunos datos: hija de Francisco Méndez, mercader, y de Clara Enríquez, ambos portugueses y judaizantes, era una bella joven que había venido a la Nueva España con su madre viuda y su hermano. Justa había nacido en Sevilla y contaba entonces con 17 años cuando Luis la conoció. Su belleza y la estricta observancia de la Ley de Moisés, despertaron el amor de Luis, quien soñaba que una vez casados, de una pareja de judíos tan perfectos, pudiera nacer el Mesías. El trato íntimo con la sevillana, no sólo hizo nacer en Luis el amor, sino que aún se llegó a tratar de matrimonio entre ambos, pero por causas que ignoramos, quizá las malas circunstancias económicas, tal enlace no se llevó a efecto, y después de algunos otros proyectos matrimoniales acerca de Justa, ella acabó por casar con el mercader Francisco Núñez, viudo y con hijos.
El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, no tardó en darse cuenta de las prácticas judaicas a que los Carvajales se entregaban en su domicilio, reincidiendo en su antigua culpa, por lo que el primero de febrero de 1595, se presentó el fiscal de la Santa Inquisición, denunciando a Luis de Carvajal, El Mozo, por haber retornado a guardar la Ley de Moisés, siendo reconciliado delito que, según las prácticas inquisitoriales, ameritaba como castigo la muerte en la hoguera. El mismo día en que esta denuncia fue presentada dictóse auto de prisión con secuestro de bienes en contra de Luis, quien por la noche fue aprehendido.
Iniciadas las dirigencias del proceso, llovieron en contra de Luis los testimonios, emanados en su mayor parte de sus mismos correligionarios y parientes quienes describían con los más minuciosos detalles las ceremonias judaicas a que habían concurrido en la casa de los Carvajales. Los testimonios más perjudiciales para Luis en este segundo proceso, fueron los de sus familiares, que aún cuando en un principio negaron, vinieron a fin ha confesarlo todo, con gran lujo de detalles.
Innumerables fueron los testigos que depusieron en contra del Mozo. Entre otras muchas declaraciones, regístranse como las más notables las de Sebastián de la Peña, su pariente, comensal y protegido, quien al aprehendérsele dijo llorando y arrojando su sombrero al suelo, haber callado por no condenar su sangre, pues sabe que lo han de quemar. Fue una larga lista de nombres, entre amigos, conocidos y familiares los que acusaron a Luis de Carvajal, El Mozo y lo llevaron a la condena.

XXX
Espía

A poco de aprehendido y encerrado en las cárceles secretas del Santo Oficio, Luis vio cómo se habría su calabozo y era internado en él un hombrecillo de barba y cabellos bermejos, desaliñados y crecidos y nariz rojiza que parecía denunciar a un intemperante en el deber. Vestía el recién venido, sucios y destrozados hábitos clericales de color negro y aparentaba tener unos 38 años de edad. ¿Quién era aquel hombre?... en cuanto a la misión que se le encomendara, no podía ser más vil y degradante. Sabiendo los inquisidores que, por su temperamento nervioso, su carácter ingenuo y su exagerado fanatismo, Luis de Carvajal era muy comunicativo, mandaban a aquel miserable para que sirviera de espía.
El espía, a quien llamaremos en lo sucesivo: Luis Díaz, estaba procesado por varios delitos, entre ellos el de celebrar varias veces el sacrificio de la misa sin vino y sin licencias eclesiásticas, y el no menos grave de haberse fingido comisario del Santo Oficio.
La primera audiencia de Luis de Carvajal, El Mozo, con los inquisidores, tuvo lugar en este segundo proceso, el 9 de febrero de 1595. En ella declaró 30 años edad, no tener oficio alguno, haber salido en hábito penitencial del Santo Oficio cinco años hacía, condenado a cárcel perpetua, abjurado previamente sus culpas, y como los inquisidores le mostraron el acta de abjuración con su firma al calce, la reconoció pero negando luego haber recaído en la observancia de la Ley de Moisés. Confesó a continuación haber convertido al judaísmo dentro de la cárcel a Fray Francisco Ruiz en Luna.
Expresó que sí, en su primer proceso había fingido estar convertido al catolicismo, fue sólo porque no lo quemasen, pero que nunca se apartó de la Ley de Moisés. Agregó creer en los Mandamientos de la Ley de Dios, pero conforme al Éxodo, capítulo 19 y al Deuteronomio, capítulos 6 y 7 y que desde que entró en la cárcel, había ayunado todos los días fuera del sábado, y no había comido cosas prohibidas ni bebido nada durante los ayunos. Además que cuando andaba de viandante procuraba guardar el sábado. Refirió luego cómo y por qué se llamaba Joseph Lumbroso, y que su hermano Baltazar llevaba ahora el nombre de David del mismo apellido. Enseguida comenzó a exponer cuáles eran los fundamentos de su creencia, sacados de la Sagrada Escritura y que todos están expuestos en los documentos originales de su proceso.
Cuando terminó de repetir todo esto por completo, agregó que pedía perdón a Dios porque no guardó los ritos de la Ley después de reconciliado y era alevosía, por miedo a ser perseguido, por eso se confesaba y guardaba las fiestas de la iglesia. Mostráronle a Luis los inquisidores a continuación, dos librillos conteniendo el uno su autobiografía con el nombre de Joseph Lumbroso, y el otro, los Mandamientos de la Ley de Moisés, los que el acusado reconoció como suyos y al informarse el inquisidor que lo interrogaba, con qué objeto había escrito el primero, repuso: que para enviarlo juntamente con una carta a sus hermanos prófugos y que cuanto en dicha autobiografía se contenía era verdad.
Un día domingo estando en prisión, Luis soñó por la noche que ya había sido quemado por la Inquisición y vio siempre en sueños una mesa muy blanca y muy limpia llena de flores. Vio también a su padre muerto, vestido de blanco con una alba rodeada de campanillas doradas y que le daba la mano para besarla. Esto lo miró Luis, como señales de su próximo fin y de que después de sus sufrimientos, iría al lado de su progenitor a descansar en el paraíso.

XXXI
Dos prisioneros

Adquirida ya intimidad con su  compañero  de cautiverio, Díaz inició su espionaje diciendo a Carvajal que quería conocer algo de la Ley de Moisés para después delatar sus respuestas. Luis comenzó en seguida a instruir a Díaz, explicándole como siempre que nombrara a Adonai, debía hincarse de rodillas y recitándole luego los Mandamientos, le contó la forma en que él mismo se había circuncidado. Díjole debía rezar de rodillas o echado de bruces en el y ayunar. Muchas otras cosas contó Carvajal, las cuales naturalmente fue a declarar Luis Díaz ante los inquisidores, no sin participarles que desde que le daban lumbre a Carvajal en su calabozo, ocupaba todo el tiempo en rezar hasta la hora de acostarse.
Para denunciarlos ante el Santo Oficio, el bien aleccionado espía preguntóle a Luis quienes eran los que guardaban la Ley de Moisés y aquel con muy poca discreción, citóle a varios, incluso a su propia familia. Asimismo Luis describióle a Díaz su casa de Santiago Tlaltelolco y le encargó que recogiera la autobiografía que había escrito, y que está oculta  en un lugar de la parte alta de techo.
Después de todas esas confidencias, fue llamado Luis por los inquisidores, para tener con él la primera audiencia; antes catearon su casa de Tlaltelolco para apoderarse de su autobiografía. Esta obra no puede leerse sin emoción, es la fuente más importante para la biografía del joven judío, tan desventurada cuan interesante. Por otra parte, de las declaraciones de Luis de Carvajal, El Mozo, en este segundo proceso, su actitud fue enteramente distinta de la anterior. En esta ocasión se mostró siempre como judío fanático exponiendo su erudición acerca del antiguo testamento y alardeando constantemente de los ritos de su religión y de su credo.
De las denuncias hechas por Luis en sus conversaciones con Díaz, resultó que el número de judíos que habitaban en la Nueva España era verdaderamente enorme y que eran casi todos de oficios diferentes y de todo tipo. Al aprehenderlos, lo que era más importante para los inquisidores era secuestrarles sus bienes, que no eran pocos. En esta lista de judíos y judaizantes, sonó de pronto el nombre de un individuo residente en el pueblo de Santa Fe, que todos en la Nueva España tenían por santo. De este personaje nos ocuparemos en un capítulo aparte.

Continuará...




        
        
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