La Familia Carvajal P.III - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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La Familia Carvajal P.III

Condensados

XV
Visión de Joseph Lumbroso

Trataremos ahora de lo que ocurrió a Doña Francisca de Carvajal y a su hijo Luis, después de que fueron arrestados por los alguaciles del Santo Oficio. Como ambos lo habían sido en diversos lugares de la casa, la madre no se dio cuenta de la prisión de Luis de Carvajal, El Mozo, hasta que de sus hijas recibiera en la cárcel, ropas limpias de parte de sus hijas entre las cuales se encontraban algunas camisas para Luis. Esto hizo suponer a la pobre mujer del terrible y también lastimoso paradero de su hijo.

Mientras tanto, fuera de las cárceles, Baltazar se entera del destino de su hermano y su madre, diciendo, a pesar de los consejos de todo el mundo para partir hacia el nuevo continente, en quedarse a cuidar y proteger a sus hermanas que estaban completamente desamparadas.
La acusación en contra de Luis fue hecha por el fiscal del Santo Oficio, Dr. Lobo Guerrero, el martes 18 de abril de 1589, fundándola en las informaciones recogidas en los procesos del Gobernador Luis de Carvajal, El Viejo, su tío y Fr. Gaspar, su hermano. Los inquisidores decidieron cargarlo de cadenas y fue encerrado en oscurísimo calabozo, donde sólo era dable ver con luz artificial, quedando así entregado a sus tristes pensamientos. Constantemente se detenía a considerar la suerte de los suyos, entonces se culpaba y arrepentía por no haber precipitado su viaje a Italia, pues quizá su codicia, su deseo de realizar y recoger todos sus bienes, habían sido causas de que él y los suyos cayeran en las garras del sangriento tribunal.
Uno de los sufrimientos más terribles para los que caían en las mazmorras del Santo Oficio era no saber cuándo serían llamados a declarar, pues muchas veces ocurría que transcurrían meses y aún años, sin que se les llevara a audiencia y así el preso se pasaba el tiempo en cavilaciones, sin acertar a adivinar si se le aprehendía como reo o como testigo, ni la causa verdadera de su prisión. Tres días se deslizaron volando desde aquel en que fuera preso Luis hasta que los inquisidores le hicieron comparecer a su presencia. Como era de rigor, después de averiguar sus generales, se le preguntó por su genealogía y parentela; luego se le hizo signarse y santiguarse y recitar oraciones de la fe cristiana.
Muchas preguntas se le hicieron y Luis afirmó que nada había hecho ni dicho en contra de la fe católica y que quizá por sus grandes pecados alguien le había levantado un falso. El caso de Luis, El Mozo, era especial pues los inquisidores supieron que el acusado tenía algún dinero y se dedicaron incansablemente hasta averiguar su paradero para secuestrarlo, hasta que lo lograron. De ahí, Luis fue regresado a su calabozo donde prosiguió sus penas, ¡cuánto hubiera dado en ese momento por tener entre sus manos un libro piadoso para apaciguar sus pensamientos y dolor!
Dentro de las cárceles, los sábados se visitaba a los reos y se barrían los calabozos mientras ellos paseaban un poco por los patios. Cierto día de visita, al preguntar los encargados a un preso llamado Fr. Francisco Ruiz de Luna, fraile franciscano, si tenía necesidad de algo, pidió permiso de tener un breviario, concediéndole los inquisidores lo que pedía. Así, llegó su turno a Luis de Carvajal, flaco y consumido, los ministros del Santo Oficio fingieron compadecerse de él, principalmente por el aislamiento en el que vivía, esto hizo que lo pusieran al lado de otro preso, para que le hiciese algo de compañía.
Esta medida humanitaria en apariencia, no tenía realmente más objeto que el de espiar cuanto dijera e hiciera Luis en el interior de su calabozo. Y así fue, trasladado con el fraile, al poco tiempo de conversar ambos, Luis le sintió como su gran amigo, quien le contara toda su vida lo cual hizo Luis de igual manera. Además vio que éste poseía un libro piadoso como el que hace tiempo deseaba tener y ahí veía cumplidos sus deseos como todo un milagro. Mas no había tal milagro, y todo se reducía a que los inquisidores habíanle puesto en el calabozo del fraile, para obtener toda la información posible y confesiones de lo más íntimo de su ser. Este procedimiento de espionaje, antiquísimo en la Inquisición, siguió en uso hasta la supresión del tribunal.
De esta manera, confiando candorosamente Luis en la buena fe y sencillez de su compañero de prisión, no sólo le refería su vida y sus más secretas intimidades, sino que se entregaba en su presencia a ritos y ceremonias de la Ley de Moisés, procurando cumplir dentro de la cárcel con todos sus preceptos, sin sospechar que el supuesto amigo y compañero de desgracia no había sido llevado allí, sino para espiarlo y delatarlo más tarde a los inquisidores.
Pasado un tiempo, la escasez de alimentos, además de los ayunos en los días correspondientes a la religión, unidos al poco dormir, a las oraciones y lecturas constantes del breviario y al estado de hiperestesia constante en que se encontraba, contribuyó a provocar en su espíritu sueños y visiones que en su ardiente fanatismo juzgaba por verdaderas revelaciones.
Un día que todo lo empleara en ayunos y oraciones, a la vez que entregado a los tristes pensamientos de su destino y el de los suyos, quedose al fin dormido y entre sus sueños oyó una voz que le decía: «esfuérzate y consuélate, que los santos Job y Jeremías oran por vosotros validísimamente». Con aquel sueño sintió un gran alivio al despertar y quedó consolado por muchos días. Vínole poco después otro que no sólo tuvo por una verdadera revelación, sino que influyó de manera decisiva en su porvenir y aún le hizo cambiar de nombre. Dormido vio una redoma de cristal muy bien tapada y envuelta, en la que se encerraba un licor dulcísimo de la Divina Sabiduría, y profundamente conmovido oyó la voz de Jehová que así mandaba al santo Rey Salomón: «toma una cucharada de este licor, bien henchida, y dásela a beber a este muchacho». Desde ese momento no sólo recibió un profundo e inmenso consuelo, sino que experimentó en su interior una metamorfosis tan completa, como si en verdad probara la divina sabiduría y alcanzara a penetrar las oscuridades del porvenir.
Después de aquella visión que Luis creyó toda su vida haber sido una revelación divina para conocer la verdad y tener fortaleza para confesarla, alumbrándole con luz celestial en medio de la lobreguez de su calabozo y del desamparo de su soledad, Luis de Carvajal, El Mozo, tomó el nombre de «Joseph Lumbroso», en memoria de aquel suceso, y así se firmaba algunas veces entre sus correligionarios.

        

XVI
La Cámara del Tormento

Todos los Carvajales aprisionados por el Santo Oficio, negaron en un principio el delito que de practicar la Ley de Moisés se les imputaba, ya que su confesión bien podría llevárselos al quemadero. Doña Isabel, que fue la primera aprehendida, fue también la primera en ser examinada por los inquisidores, y después de un tiempo, comenzó a confesar en términos vagos y embozados, primeramente contra su marido Gabriel de Herrera, Doña Guiomar y Doña Francisca. Con estas declaraciones estaba logrando el objeto que perseguía el Virrey, o sea la pérdida de Luis de Carvajal, El Viejo, y de las mismas se sirvieron los inquisidores para proceder en contra de Doña Francisca de Carvajal y su hijo Luis.
El tormento se aplicaba en la Inquisición en dos casos: cuando el acusado se negaba a confesar en lo relativo a su propia causa, o bien cuando, aunque el reo hubiera confesado su delito, se suponía que ocultaba a sus cómplices o a otras personas que pudiesen haber incurrido en idéntica culpa. Fue así como de acuerdo a las leyes procesales, se dictó en contra de Doña Isabel de Carvajal sentencia de tormento.
Terribles fueron los momentos de tormento a los que fue sometida Doña Isabel, hasta que no pudo ya resistir más tiempo y comenzó allí una larga declaración, denunciando a todas las personas de su familia y a un gran número de otros observantes de la Ley de Moisés. Con todas estas confesiones, el fiscal de la Inquisición estimó que había méritos bastantes para proceder en contra de Doña Francisca Núñez de Carvajal, y fue en virtud de tal pedimento como se decretó la prisión de la citada, con fecha 8 de mayo de 1589.
Examinada por los inquisidores, hizo multitud de declaraciones pero entró asimismo en otras tantas contradicciones, las cuales aumentaron las sospechas de los inquisidores de que esta mujer no estaba diciendo verdad en lo referente a sus cómplices y a otros judaizantes, por lo cual se votó para llevar a Doña Francisca a sentencia de tormento.
La cámara del tormento estaba dotada de un potro, sucio, lleno de pegujones de sangre y cabellos, manchado con el sudor y las deyecciones de los atormentados; la garrucha, carrillos, cordeles, mancuernas, trampas, palos y cuerdas apolillados y podridos, hierros llenos de herrumbre, mordazas, pesos enormes para suspenderlos de los pies de los acusados, toneles llenos de agua y pintas para el suplicio que con ellas se aplica. Frente por frente del potro estaban una mesa y cuatro asientos destinados a los inquisidores, al fiscal y escribano que asistirían a la diligencia.
El verdugo, «ministro», como le llaman los procesos inquisitoriales, y su ayudante, cubiertos ambos con una especie de mortajas y capirotes blancos de pies a cabeza, de tal suerte que sólo por los agujeros se les pueden ver los ojos, esperan las órdenes de los inquisidores. Este lugar huele a moho, a orines, a trastos viejos y cosas caducas, y la luz cenicienta que entra difícilmente por una claraboya, aumenta el horror de semejante decoración. Así comienza el tormento de la desdichada Doña Francisca quien es desnudada y atada de brazos y piernas y tendida sobre el potro. Cinco vueltas de cordel resistió la infeliz sin que se obtuviera de ella ninguna respuesta, pero como los inquisidores no se daban por satisfechos decidieron continuar la diligencia de tormento, hasta que por fin la enloquecida anciana comenzó a declarar en perjuicio de su esposo y de sus hijos y de cuanto sabía.
Así resultaron inculpados: Luis de Carvajal, su hijo; Francisco Rodríguez de Matos - difunto - su marido; Baltazar, su otro hijo; Doña Catalina, Doña Leonor, Doña Mariana, Doña Isabel y todas sus hijas. Aquel mismo viernes por la mañana en que su madre fue atormentada, Luis de Carvajal oyó desde su calabozo, los gemidos de su madre y los gritos de los inquisidores. Además el espectáculo que alcanzó a ver por un agujerito de su cautiverio que él trató de agrandar con sus manos, le dejó lívido como la muerte. Loco de espanto y de terror, estuvo atento a todo lo que podía escuchar, y aquel día fue uno de los de mayor amargura y aflicción más que todos los pasados, sin tener otra defensa que encomendar a su querida madre a Jehová.


XVII
Cómo Luis de Carvajal, El Mozo,
catequiza y convierte
a su compañero de prisión

Fue tan terrible la profunda impresión que al escuchar los gritos arrancados por el tormento a Doña Francisca, Luis de Carvajal, El Mozo, sufriera, que cayó rendido de dolor como si hubiese recibido un golpe en el cerebro y quedó inconsciente en el sitio mismo de su espionaje. Acabó por dormirse y tuvo un sueño donde vio a Dios que le enviaba a un hombre señalado en la virtud de la paciencia, un judío temeroso de Dios, que traía en las manos una bellísima fruta y que le dirigió estas palabras: «tu madre, estando entera, antes de ser encarcelada y partida con tormentos, bien olía, fruta era de buen olor ante el Señor Jehová, más agora que está partida con tormentos, da mejor olor de paciencia ante el Señor».
Despertó Luis al acabar de oír estas palabras y se sintió tan consolado con aquella extraña visión que exclamó de rodillas: «¡Sea adorado y engrandecido el Altísimo Dios, Señor nuestro, que así consuela a los aflijidos!». Después, en espera de ser llamado a declaraciones por los inquisidores, le invadió la melancolía y la desesperación ya que carecía de toda noticia sobre la suerte que hubieran corrido los suyos. Ya ni siquiera tenía el consuelo de entregarse tranquilamente a sus ejercicios religiosos, ayunos y oraciones, receloso de que el fraile, su acompañante, fuera a denunciarle a los inquisidores. Pero al fin rompióse el hielo de la desconfianza entre ambos prisioneros y comenzaron a hablar de cosas indiferentes, contándose luego sus vidas, y cuando su intimidad fue mayor, discurrieron sobre religión.
Los debates eran acalorados e interminables. Como creyente fanático de la Ley de Moisés, Luis jamás se daba por vencido, y más docto que el fraile, hacía prevalecer su opinión, mientras su contrincante acababa por guardar silencio y preocupado y pensativo digería lentamente los argumentos de su opositor.
Después de multitud de discursos en que a su manera trataba de probarle al fraile que la Ley de Moisés se había conservado sin variación a través de los siglos, comenzaba Luis a instruirle no sólo en las recónditas informaciones del Decálogo sino en todos los ritos, ceremonias, fiestas, prohibiciones, ayunos y penitencias que los judíos fieles observantes estaban obligados a guardar para salvarse conforme a lo prescrito por el Deuteronomio. Todo esto impresionaba al fraile profundamente y le reveló un mundo insospechado hasta su conversión al judaísmo, sin que revelara ni una sola palabra de esas conversaciones a los inquisidores, a pesar de que el joven judío había sido puesto en su calabozo, precisamente para que aquel lo espiara en su vida íntima.
Contentísimo Carvajal con haber llevado a cabo aquella conversión, bailaba de gusto en su calabozo, olvidado de todas sus desventuras, dando gracias a Dios por haberle hecho la suma merced de iluminar así a aquel pecador y por haberle dado su santísimo conocimiento para su salvación. Desde entonces, Luis ayunaba, recitaba salmos y otras oraciones, se abstenía de manjares impuros, bañábase con el agua que les daban para beber y guardaba el sábado. Además, conjuntamente con su discípulo el fraile, entonaba cánticos en honor del Dios de Israel, hasta las altas horas de la noche. El fanatismo religioso de los dos prisioneros, les llevaba hasta padecer hambre antes de comer cualquiera de los manjares prohibidos por la Ley Judaica. Así, cuando el carcelero les traía en la comida tocino, longaniza o cualesquiera otros de los alimentos señalados como inmundos, apenas aquel se alejaba, enterrábanlos en un rincón del calabozo.
La influencia de Luis de Carvajal, El Mozo, como maestro, fue decisiva en el porvenir de su compañero, Fr. Francisco Ruiz de Luna, pues no sólo se convirtió al judaísmo de todo corazón, sino que más tarde, afirma El Mozo en su autobiografía, vino a ser un mártir de su creencia y alcanzó la corona del martirio confesando a Jehová y la Santa Ley de Moisés y sufriendo por ella.


XVIII
Primer Proceso de
Luis de Carvajal, El Mozo

Si en un principio los procesos contra los Carvajales por judaizantes, presentaron dificultades debido a las falsedades, reticencias y contradicciones en que incurrieran después de que el tormento hizo confesar detalladamente a Doña Isabel y a Doña Francisca, las averiguaciones se facilitaron y simplificaron sobre manera. Además, como el fin principal que perseguían los inquisidores era complacer al Virrey perjudicando al Gobernador del Nuevo Reino de León para que éste no se le enfrentara ni disputase su derecho, y tal fin estaba conseguido, el interés por los demás procesos de los Carvajales era ahora mejor para los jueces. Mucho contribuyó a hacer la luz sobre la supuesta culpabilidad de Carvajal, El Viejo, la causa que la Inquisición siguió contra Fr. Gaspar. Este, en su ansiedad de escapar del suplicio, atestiguó sin vacilar, no sólo en contra del Gobernador, sino de sus mismos padres y hermanos, diciendo que descendían de cristianos nuevos judíos, y les había visto hacer cosas extrañas, que ahora caía en cuenta eran ritos judaicos, escuchándoles proposiciones que le llevaron a sospechar que no eran buenos católicos.
Como ya se dijo, en las primeras declaraciones de Luis de Carvajal, El Mozo, ante los inquisidores, estuvo negativo respecto al delito que se imputaba y a pesar de que incurrió en notables contradicciones, lo cierto es que después de las tres moniciones de la ley sin que Luis hubiera confesado cosa alguna de importancia, en vista de que el acusado era menor de edad, pues aún no había cumplido 25 años, se procedió a nombrarle un curador designándose para tal cargo al Lic. Gaspar de Valdés, abogado del Santo Oficio, quien previa la protesta respectiva aceptó y juró en forma de derecho, ayudar y defender a Luis de Carvajal.
En tales condiciones, con abogados escogidos, que eran dependientes del Santo Oficio, y por lo tanto carecían de independencia, no podían alegar libremente por temor de pasar como cómplices y encubridores de herejes ni incurrir en las penas que ellos, por ello la defensa de limitaba a aconsejar al reo confesara sus delitos y pidiera misericordia. Así ocurrió con el Lic. Valdés, curador y defensor de Luis, que se limitó a amonestarle para que hiciera, la entera y cumplida confesión de la verdad, como cosa tan importante al descargo de su conciencia y a la defensa de su causa que era lo principal que por él podía alegar.
Sin embargo, Luis sabía que cuando los acusados no confesaban, se recurría al tormento para averiguar lo que se pretendía, por lo cual él mismo pidió una audiencia que le fue concedida y donde frente a los inquisidores, de manera teatral, mostró una serie de actitudes de arrepentimiento, arrodillándose y pidiendo perdón por sus pecados. Asombrados los inquisidores al presenciar ésto, le pidieron que prosiguiera sus declaraciones calmadamente. Fueron éstas un resumen de cuanto un fiel practicante de la Ley de Moisés debiera saber sobre todos los ritos judíos. Añadió que fue su progenitor quien le había señalado a adorar un solo Dios y no a las imágenes de la Virgen María y de los santos, así como a negar la vida de Cristo. Rebeló que todos los de su casa eran judíos, y que si su madre y hermanos iban a las iglesias, lo hacían sólo por cumplir con el mundo.
Así siguió diciendo Luis de Carvajal, El Mozo, que a consecuencia de su incredulidad acerca de la venida de Cristo, tampoco creía en la eficacia de ninguno de los sacramentos, hasta hacía poco, pero que últimamente todo en él había cambiado por favor de Dios. De esta manera Dios le había iluminado milagrosamente el entendimiento, haciéndole comprender sus graves errores, para que abandonara la Ley de Moisés. Y profiriendo tales y tan falsas palabras, lloraba desconsoladamente, fingiendo ser presa del más vivo arrepentimiento, como si en verdad hubiera sido tocado su corazón por la divina gracia y ella le impulsara a aquella confesión general de sus pecados. Semejante acto de contrición era de seguro sólo aparente y fingido, y no perseguía otro objeto que escapar de la hoguera. Pero ahora por el momento suspendemos el examen de su proceso para pasar a ocuparnos de tan interesante personaje bajo otro aspecto.

XIX
De Carvajal, El Mozo, versificador místico.

Antes de referir el final de la causa de Luis de Carvajal, El Mozo, preciso es presentarlo a nuestros lectores bajo un nuevo aspecto: el de versificador místico. Como antes hemos dicho, sus estudios en España se limitaron a seguir cursos en latín y retórica durante tres años, pero debido a su clara inteligencia, hizo en ambas materias notables progresos y estos estudios elementales le bastaron, no sólo para instruirse ampliamente en su religión, sino para emprender traducciones de varios trozos del Antiguo Testamento.
Después de su dramática y aparente conversión al catolicismo delante de los inquisidores, el mismo Luis se denunció con ellos mismos, quizá por vanagloria personal, como autor de algunas composiciones poéticas en honor de Jehová. Entonces los inquisidores le ordenaron escribiera dichas composiciones para lo cual, le hicieron entrega de un pliego de papel rubricado, tinta y pluma. Aquí reproducimos el soneto final lleno de un profundo sentimiento religioso:

«Pequé Señor, mas no porque he pecado
de tu amor y clemencia me despido,
temo según mi culpa ser punido,
y espero en tu bondad, ser perdonado.
Recelome según me has aguardado
ser por mi ingratitud aborrecido
y hace mi pecado más crecido,
el ser tan digno Tú de ser amado.
Si no fuera por Tí, de mí que fuera,
y a mí de mí sin Tí, quien me librara
si tu mano la gracia no me diera,
y a no ser yo mi Dios, quien no te amara,
y a no ser Tú Señor, quien me sufriera,
y a Tí sin Tí mi Dios quien le llevara.»

No fueron las únicas composiciones versificadas del joven judío, y Justa Méndez, que como veremos más tarde fue la amada romántica de Luis, refiere en sus declaraciones que era éste muy amigo de Manuel Gil de la Guardia y que se enviaban mutuamente sonetos, en alabanza el uno del otro, hasta que el segundo de los citados se fue a China con Rodríguez Navarro.


XX
Recaídas
en los procesos de los Carvajal

Conseguido el principal objeto que se había propuesto el Santo Oficio, como era dar gusto al Virrey, arruinando y deshonrando el Gobernador del Nuevo Reino de León, apresuráronse los inquisidores a terminar los procesos de los Carvajales, a fin de fallarlos en un próximo auto de fe. Las sentencias pronunciadas por el Santo Oficio, eran de varias clases: de absolución del cargo, en la cual se proclamaba la absoluta inocencia del reo y que era rarísimo; de absolución de la instancia, cuando el fiscal no lograba probar la culpabilidad del acusado durante el curso del proceso; la sentencia de reconciliación, que procedía cuando el reo confesaba circunstancialmente su delito, se retractaba de él y pedía misericordia prometiendo enmienda; y la sentencia de relajación que era en realidad de muerte, pues por ella se mandaba entregar al reo al brazo secular para su castigo. En el caso de los sentenciados a hábito perpetuo vulgarmente llamado Sambenito, estaban en la obligación de andar con él públicamente, lo que en poblaciones tan fanáticas como las de la Nueva España, les atraía el odio, el desprestigio y la mala voluntad de todos.
Estando ya listas las causas de los Carvajales, se preparó todo lo necesario para el auto de fe correspondiente. El proceso del Gobernador Carvajal fue votado dos veces: la primera el 8 de noviembre de 1589 y la segunda el 13 de febrero de 1590, resolviendo que este hombre era fautor, receptador, y encubridor de judíos apóstatas y cómplice inculpado de los mismos delitos. Se le aplicó la excomunión mayor y siempre que se retractara de sus ideas y acciones se le absolvería desterrándole de las Indias por seis años.
En cuanto a Luis de Carvajal, El Mozo, una vez terminado su proceso y ratificadas sus declaraciones ante honestas personas, se votó en la audiencia declarándole: hereje, judaizante, apóstata, fautor y encubridor de herejes. Sin embargo, en la sentencia aparece que una vez hecha la abjuración, es decir, que se desdijera y retractara de sus ideas y prácticas bajo juramento, quedaría reincorporado a la iglesia, condenándosele a cárcel y hábitos perpetuos, debiendo guardar la primera en el monasterio, parte o lugar que le señalara, y traer el hábito públicamente encima de las vestiduras.
El proceso de Doña Leonor de Carvajal o de Andrade, mujer de Jorge de Almeida, decretó para ella prisión formal, principalmente por haber enseñado la Ley de Moisés a Doña Leonor antes de que se casara.
Doña Catalina de Carvajal o de León, mujer de Antonio Díaz de Cáceres, fue aprehendida el 2 de diciembre de 1589 y confesó que había guardado siempre los ritos mosaicos y sus creencias judías. Pero fue sin duda Doña Mariana quien proporcionó mayores y más prolijos detalles sobre las prácticas religiosas de todos sus familiares. Además declaró que la oración en octavas que Luis escribió ante los inquisidores, no era obra suya, sino del Lic. Morales.
En el año de 1590, sábado 24 de febrero fue el señalado para que se efectuara el solemne auto particular de fe, en que había de leerse las sentencias de los miembros de la familia Carvajal, juntamente con otros muchos reos, en su mayor parte reconciliados. En cuanto a Fr. Gaspar, que sin duda era más culpable, por ser sacerdote, fue el que de toda su familia salió mejor librado y quien tuvo la conducta más indecorosa con ella, ya que la denunció con todos los detalles posibles, su proceso se votó en el mes de noviembre del año 1589 y se dispuso que debía estar en una celda sin salir de ella; que no debía oír misa ni decirla, ni administrar sacramentos ni a él ser administrados. Fue de su proceso que resultaron cargos en contra de su padre, sus hermanos Luis y Baltazar, de Doña Catalina, Doña Leonor y Doña Mariana.
En el mismo auto de fe de los Carvajales, fueron penitenciados otros muchos reos de diversos delitos: herejes judaizantes y luteranos, bígamos, blasfemos y varios clérigos y frailes solicitantes de mujeres en el confesionario, delito entonces muy frecuente.
Para que se comprenda mejor el por qué se señalaban como cárceles, a Luis un hospital, y a su madre y hermanas una casa particular, debemos decir que las cárceles inquisitoriales eran de dos clases: la secreta, donde permanecían los reos incomunicados hasta la terminación de su proceso por sentencia definitiva, y la perpetua o cárcel de misericordia, adonde pasaban los sentenciados y en la que se permitía que trabajaran para ganarse la vida.
Para concluir el presente capítulo, diremos que la sentencia de Luis de Carvajal, El Viejo, no debía de cumplirse en su totalidad, pues si bien se le hizo comparecer como penitente y abjurar en el citado auto de fe, no fue posible desterrársele del todo. Vuelto a la cárcel a fin de que continuara el proceso que le instruía la justicia ordinaria, las muchas cuitas y agravios sufridos, dieron al traste con la entereza y acabaron con la salud del Gobernador, que allí murió antes de salir para el exilio.


XXI
El Hospital de Convalecientes

Durante  todo  el  siglo  XVI,  se  percibe en la Nueva España un movimiento místico verdaderamente trascendental, que abarca a todas las clases sociales y no se limita a la lucha entre el cristianismo y la idolatría. Incluso existe flotando en el ambiente una enorme preocupación por el más allá.
Lo que pasaba, no era en parte sino un eco, de la gran revolución religiosa que por entonces agitaba el antiguo mundo, mezclado con el desconcierto que la conquista había traído en el pensamiento religioso indígena. Pero la verdad es que, de cualquier raza que fueren, aquellos hombres daban la primacía a su vida espiritual sobre las cosas materiales de la terrena. Una prueba patente es la que nos proporciona el fundador del Hospital de los Convalecientes, al que se destinara a Luis de Carvajal, El Mozo, para que cumpliese su condena.



Fundado por Bernardino Álvarez, aventurero español de acerado temple, era éste un hospital de las más importantes y originales instituciones de caridad que haya habido en el mundo y quizá la más significativa por su extensión en aquellas épocas en la Ciudad de México. En ella nacida, no sólo se extendió luego a otros lugares, sino que dio origen a una orden religiosa llamada De la Caridad y de San Hipólito. En este lugar se encontraba Luis de Carvajal, El Mozo, para cumplir la sentencia de cárcel perpetua a que le condenara el Santo Oficio, vistiendo el amarillo sambenito con su cruz aspada de San Andrés, de paño rojo, cocida sobre el hábito y que era como un recuerdo constante de su judaísmo y de su infamia para cuantos con él tenían que tratar. La misma ocupación principal a que se le destinara, no pudo serle más desagradable, pues era la de ayudante del sacristán de la iglesia de San Hipólito, encargado de limpiar y aderezar las imágenes de los santos, las que veía con invencible horror por considerarlas como verdaderos ídolos, con cuyo culto se infringía el primer precepto del decálogo dado por Dios a Moisés.
A todas estas causas de malestar se agregaba el dolor de no ver a su madre y hermanas, ni saber a punto fijo todas las miserias y dificultades con que sin duda vivían. Pero lo que colmaba la medida de sus sufrimientos y le resultaba más sensible que todo, era el sentirse obligado a comer manjares prohibidos, pues en las ollas del hospital ponían tocino, y Luis habría de degustarlo quisiera o no, por temor de ser denunciado nuevamente a la Inquisición y ser quemado vivo. Su único consuelo en aquella triste casa, fue la visita que le hizo el antiguo amigo de su padre, Cristóbal Gómez, que le llevó cierta cantidad de pesos y le consoló en su desventura.
Como sus funciones desempeñadas en el Hospital de Convalecientes, alternaban entre mozo y sacristán, tuvo sin duda que trabajar activamente los días anteriores a la multitud de fiestas que por ahí se celebraban, hasta que un suceso inesperado vino a sacarlo de la tribulación en que vivía: como uno de sus cuñados tuviera que ir a Tasco y Doña Francisca de Carvajal y sus hijas quedasen enteramente solas, sin el respeto del varón en aquella casa de Santiago Tlaltelolco, tan alejada del centro de la ciudad que como prisión se les había señalado, el referido pariente de Luis pidió permiso a los inquisidores para que, como una gracia especial, le concediera a éste ir a hacerles compañía, los que convinieron en ello y así el joven pudo, con sus palabras, salir del cautiverio en que se hallaba, teniéndolo como un verdadero milagro de Dios.


XXII
El Colegio de Santa Cruz
de Tlatelolco

La vuelta de Luis de Carvajal a la vida de familia con su madre y sus  hermanas,  después de todo lo que había tenido que sufrir, no sólo estrechó los lazos de su mutuo afecto, sino que produjo el inesperado resultado de afirmarlos y fortalecerlos en su creencia. Doña Francisca y sus hijas, luego de su condena, se mantenían de coser ajeno, y escarmentadas y temerosas compraban y comían manjares prohibidos por consejo de algunos amigos y cumplían con todas las prescripciones de la iglesia católica.
Fr. Pedro de Oroz, anciano fraile franciscano, muy virtuoso, a quien los inquisidores habían nombrado confesor y vigilante de la familia Carvajal, y que por su trato con ella acabó por abrigar afecto y simpatía hacia todos los penitenciados puestos a su cuidado, hízoles una visita, y Doña Francisca aprovechándose de ésta le rogó encarecidamente interpusiera su influencia ante el inquisidor general, para que permitiese a Luis cumplir su condena con el resto de la familia, pues que no habiendo en la casa más que mujeres y un niño pequeño, Miguelico, hacía falta el respeto de un hombre que tuviera a raya a los malhechores, no escasos por aquellos solitarios rumbos, cuyos pobladores eran indios en su casi totalidad.
Prometiéndole el sacerdote hacer cuanto en su mano estuviera por conseguirlo, y de allí a pocos días vino a comunicar a la familia la plausible noticias de tener conseguido del inquisidor general lo que deseaba, al disponer este que Luis, en vez de extinguir su condena en el Hospital de Convalecientes de San Hipólito, pasara al Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Hecho tal arreglo que todos recibieron con el regocijo que es fácil suponer, y sabiendo el P. Oroz que era guardián del convento anexo al colegio, que Luis había estudiado latín y era un buen calígrafo, en vez de emplearlo en bajos menesteres, como lo hicieran los hipolitanos, le encargó de enseñar gramática latina a los indios del plantel y de hacer las veces de amanuense o secretario suyo. Por estas labores de escribir cartas y sermones y sacar ejemplos morales de la Biblia, dábale al joven judío unos diez pesos cada mes, que le eran de gran utilidad para sostenimiento de su familia.
En aquel establecimiento adonde Luis había tenido la suerte de ir a cumplir su condena, poco a poco supo captarse las buenas gracias de todos pero especialmente del P. Oroz quien ayudó a la familia Carvajal a vivir más cómodamente y bien abastecidos de alimentos. La familia Carvajal también se ganó las simpatías de los frailes del cercano convento y así disimulando su verdadera creencia, vivieron durante cuatro años y medio, pero a pesar de sus tapujos, no todos los vecinos la tenían por insospechable en materia de fe.
Una tal Susana Galván visitaba un día la casa, comadre chismosa, enredadora entrometida, amante de averiguar vidas ajenas, y se inmiscuyó hasta en la cocina para ver lo que comían los Carvajales. Esta mujer, uno de los más terribles testigos de cargo en el segundo proceso tramitado por la Inquisición contra la familia Carvajal, sospechó que éstos continuaban siendo judíos.
Con todo y que la vida transcurría con cierta tranquilidad para toda la familia, Luis no dejaba de estar sobresaltado y temeroso de ser descubierto. Aún con todo celebraban las fiestas de Pascua del año de 1592, invitando a muchas gentes cercanas al barrio, y uno que otro amigo entre quienes apareció Justa Méndez, bella y joven judía, según parece la única mujer que hizo palpitar de amor el corazón de Luis. Fueron todos los invitados a caballo, comieron y oraron juntos y después de permanecer allí todo el día, marcháronse al anochecer.

Continuará...


        
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