La Familia Carvajal P.II - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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La Familia Carvajal P.II

Condensados

VII
Cómo y con quién se casaron las hermanas de Luis de Carvajal, El Mozo

Mientras que Luis de Carvajal, El Mozo, recorría el Nuevo Reino de León, colonizando y haciendo entradas a fuego y sangre contra los bárbaros Chichimecas, su familia seguía viviendo en el Pánuco con muchísima pobreza. Sin embargo, Doña Francisca y sus hijas, practicaban fervorosamente su religión, guardaban la fiesta de sábado, ayunaban con frecuencia y cumplían la mayoría de los ritos judaicos que conocían. Así, siempre igual, se deslizaba la vida de aquellas pobres mujeres, entre ejercicios piadosos y trabajos domésticos, cuando un acontecimiento inesperado vino a cambiarlo todo. Entre las amistades que Luis de Carvajal, El Mozo y su madre adquirieran durante su estancia en México, contábanse las de dos ricos negociantes judíos: Antonio Díaz de Cáceres y Jorge de Almeida, portugueses ambos, y tan recatados en materia de creencias religiosas, que pasaban por buenos cristianos. Cáceres había asistido a los funerales del padre de Luis, El Mozo y desde entonces había tratado con él de celebrar dos matrimonios: el suyo y el de su amigo Jorge de Almeida con sus hermanas Doña Catalina de la Cueva Carvajal y Doña Leonor de Carvajal o de Andrade. Luis escribió a su madre transmitiéndole estas proposiciones, diciéndole que ambos pretendientes eran hombres muy honrados y seguramente añadiendo que profesaban la religión judaica.
Exactos eran en lo general los informes recogidos por todos sobre los futuros esposos de las hermanas, aunque éstos en su vida aventurera y borrascosa, que al fin les había llevado a la consideración y a la fortuna, tuvieron más de un punto negro a su favor. Con todo y todo, los enlaces se celebraron con lucimiento y suntuosidad hasta entonces nunca vistos en el pequeño poblado, y con grandes regocijos, de que no sólo participaron los miembros de la familia Carvajal, sino todo el vecindario. Pero por reclamar sus importantes negocios la presencia de los novios en México, los festejos concluyeron en breve. Debido a lo cual, en el mismo día en que casaron Doña Catalina y Doña Leonor, fueron entregadas a sus maridos, los que trataron de volver con ellas a México sin tardanza. Juntamente con las recién casadas y sus maridos, a excepción de Luis de Carvajal, El Mozo, emprendieron el viaje a México todos los miembros de la familia quienes iban a vivir en la Capital del virreinato bajo el amparo de estos matrimoniados. Tan luego como El Mozo recibió la noticia de los casamientos de sus hermanas, decidió abandonar aquella tierra ingrata donde sólo había cosechado enfermedades, miserias y peligros de muerte y marchar él también a México a la mayor brevedad y buscarse allí la vida con la protección de sus cuñados.
Así rompió Luis todos los lazos que lo ligaban con su tío y con la tierra que éste gobernara y se dirigió a México. Había dejado en el Nuevo Reino de León unos cinco o seis años de su vida, y corría el de 1586.


VIII
De Luis de Carvajal a la Ciudad de Zacatecas

Después de abandonar el Nuevo Reino de León, Luis  de  Carvajal, El Mozo, caminó  durante varios días por las estériles e interminables llanuras y las abruptas serranías de Mazapil, región desierta de tierra caliza. Después de varias jornadas llegó Luis a Zacatecas. ¿Qué negocios le llevaban allí? Imposible contestar a esta pregunta. Probable parece que fuera a comerciar con sal y esclavos, se llevaría del Nuevo Reino de León, ya que tales mercancías hallaban gran demanda en los reales de minas.
Era por aquel entonces la muy noble y leal ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, como poco después la titulara S. M. el rey Felipe II, la más poblada y rica de la Nueva España, después de la capital del virreinato, aunque sólo tenía 40 años de fundada. El sitio era fragoso y estéril, pero como de diario descubrían riquísimas vetas de oro y plata, la codicia había atraído tanta gente, que, como por arte de encantamiento eran construidas casas y haciendas de beneficio donde quiera que la quebrada serranía dejaba un espacio más o menos plano.
El comercio era activísimo. Y la explotación de las minas también, las cuales eran trabajadas por los indios cuyas vidas eran realmente lamentables por todas las penurias que estas labores les demandaban. Contrastando con esto, la riqueza de las inagotables vetas zacatecanas, había dado origen a fortunas verdaderamente fabulosas y a casas nobilísimas, cuya liberalidad llegó a ser proverbial. La vida de los señores que ahí vivían era suntuosa ya que sus trajes, sus muebles y su servidumbre, competían con los de la más rancia y encopetada nobleza.
Este sitio multifacético, con tiendas y tende-jones por todas partes, poblábase de parroquianos que consumían cuánto les era vendido los sábados por la tarde, y en los barrios se armaban fandangos colosales, en que eran consumidas cantidades fantásticas de bebidas alcohólicas y manjares picantes.
Después de permanecer Luis de Carvajal, El Mozo algunos días en Zacatecas, continuó su camino rumbo a Guadalajara, población entonces de menor importancia que la acabada de dejar, a pesar de haber en ella obispado y audiencia, pues apenas si contaba con 70 familias españolas y 3000 indios que vivían repartidos en los pueblos de Analco, San Sebastián y Mexicaltzingo. De allí siguió Luis por varios pueblos de Michoacán, y al fin fue a salir a México.

        

IX
Cómo vivieron los Carvajal en Tasco

Asu llegada a México, Doña Francisca de Carvajal y Anica  fueron  a  vivir  con  Jorge  de Almeida, con quien se encontraban asimismo domiciliados provisionalmente Antonio Días de Cáceres y su mujer, pero pronto pusieron éstos casa aparte y se llevaron consigo a Doña Francisca, Doña Isabel y Doña Mariana. En aquella misma casa vivían cuando llegó Luis de Carvajal, El Mozo, del viaje que dejamos referido. Con gran alegría fue recibido y muchos cariños de todos sus familiares.
En cuanto a Luis, grandísimo fue su contento al ver la metamorfosis que todos los suyos habían experimentado. Las casas de sus cuñados estaban abastecidas, no sólo de lo necesario, sino aún de lo superfluo. Los cuñados de Luis, no sólo daban el mejor trato a sus mujeres, sino que amparaban y protegían con el mayor afecto a Doña Francisca y a toda su familia.  
Pero sucedió que los hermanos Carvajales comenzaron a sentirse mal al ver que sus hermanos políticos, después de los cuantiosos gastos hechos con los desposorios, tenían que sufragarlos para el sostenimiento de su madre y sus hermanas. Más tarde, vino a hacerse más difícil la situación de los dos hermanos al marcharse sus cuñados con toda la familia a Tasco, por tener allí el más importante asiento de sus negocios. A llegar a Tasco, la familia Carvajal se dividió: Doña Francisca, juntamente con Doña Isabel y Miguelico, fue a vivir a una hacienda de beneficio de plata de Jorge de Almeida, llamada Cantarranas y Doña Mariana y Anica, marcharon con Antonio Días de Cáceres y Doña Catalina, a otra hacienda de beneficio, situada en Tenango.

La pintoresca ciudad de Tasco que conocemos en la actualidad, no existía en los tiempos de que vamos tratando, y se daba ese nombre a toda una región minera que lo tomara de un poblado indígena anterior a la conquista, como a 10 kilómetros de dicha ciudad. Cantarranas tenía por entonces varias casas y una iglesia, sin contar con tres ingenios para sacar plata. Por la época en que la familia Carvajal fue a vivir a las minas de Tasco, eran éstas de importancia, y el paisaje actual de la región no difiere mucho del que tuvieran a la vista aquellos fieles judíos.
La vida material era monótona y deprimente, pero en cambio podía entregarse con toda libertad a la vida espiritual, observando, sin ningún peligro casi, los minuciosos ritos mosaicos, y aún atrayendo prosélitos para su creencia. Los sábados y domingos, se oía rezar a los Carvajales en una huerta, destacándose entre el murmullo de las oraciones la voz de Doña Isabel, que con gran fervor imploraba la ayuda de Dios para que los sacara del cautiverio en que sentían estar viviendo.
Por un lado existía un profundo afán de proselitismo por el cual estaban poseídos los Carvajales, pero por otro personas como Almeida mostraban tal disimulo que ni parecían judíos, despistando a cuantos les rodeaban, acerca de su verdadera creencia, fingiendo indignarse por la conducta de sus parientes más cercanos, cuando ella podía comprometerles.


X
Gafo

Poco  tiempo después de  la  llegada  de  Luis  y Baltazar  a  México,  ambos hermanos trabaron amistad con Antonio Machado, llamado El Gafo, que era un anciano judío que habitaba junto a la ermita de San Sebastián. Era su casa especie de sinagoga a la que con el mayor secreto concurrían algunos de los más observantes hebreos de la Ciudad de México. Allí iban a orar, a cantar salmos, a leer la Biblia y otros escritos piadosos.
El anciano judío, al decir de sus vecinos, era colérico, orgulloso, rígido amante de litigios, de mala lengua, injurioso vocabulario, carácter gruñón y peor condición, pero de buen entendimiento. Machado procuraba hacerse odioso y afectaba tan exagerada devoción a fin de entregarse con mayor libertad a los ritos de la Ley Mosaica, sin temor a molestos e importunos testigos ni a peligrosos denunciantes, pues detrás de aquella máscara de piedad y misantropía le era posible ocultar su verdadera fisionomía espiritual.
Tendido en amplio lecho, pasaba los días. Era un hombre de luengas bárbaras blancas y luciente calva, reducido a los huesos y al pellejo. Luis y Baltazar de Carvajal, dieron en visitarlo con frecuencia, más por caridad que por otra causa, ayudándole en cuanto podían, hasta llegar a ser sus íntimos. De su boca supieron entonces la amistad excepcional que le unió al Licenciado Antonio de Morales, el mismo que viniera en compañía de la familia Carvajal al Nuevo Mundo y curara a Luis de Carvajal, El Mozo, a su llegada a Pánuco.
Morales tomó la curación de Machado con el mayor de los empeños, pero pasado un tiempo se convenció de que su enfermedad era incurable. Compadecido de él al oírle maldecir y desesperarse de la vida, y viendo que su cuerpo no aprovechaba de la cura, escribió un libro donde tradujo todo el Deuteronomio en Romance, y muchas coplas, redondillas y octavas en alabanza a la Ley de Moisés. Este libro vino a ser el prontuario de la judería en México. A la casa de Machado acudían gran número de personas para gozar de su lectura, entre los cuales estaba Antonio Días de Cáceres, a quien veremos más adelante mostrarse enemigo acérrimo del judaísmo.
La amistad de los Carvajales con El Gafo llegó a ser tan estrecha, que éste consintió en presentarles el libro del Licenciado Morales, el cual previo consentimiento del viejo, lo copiaron por entero. La importancia que tiene caso de Machado para la historia del judaísmo en México, radica en que este es tan típico, tan característico y tan bien pinta las costumbres de los israelitas y por él supimos en gran parte como se daba entre los judíos el disimulo y la hipocresía con que procedían en el ejercicio de su religión los que habitaba en la Nueva España, fingiéndose católicos fervientes.
Antonio Machado falleció en 1590 y el proceso inquisitorial en su contra, no comenzó a realizarse sino hasta 1596. En él quedó plenamente probado que El Gafo profeso la religión judaica toda su vida, pero que su disimulo había sido tan grande que pasó por católico hasta el último instante de ella. El Santo Oficio, que no perdonaba ni a los vivos ni a los muertos, y cuyos fallos trascendían de padres a hijos, condenó a Antonio Machado en rebeldía, mandando desenterrar sus huesos y quemarlos en vivas llamas de fuego, por el verdugo, quedando infamada su memoria a pesar de haber sido enterrado conforme los ritos judaicos y la Ley de Moisés.

XI
Viandantes

Los dos hermanos Luis y Baltazar eran  inseparables, «se amaban como el agua y la tierra». Durante su permanencia en México, después de que el resto de su familia hubo Marchado a Tasco, en los ratos que les dejaban libres los ocupaciones, reuníanse ambos a leer y comentar el Antiguo Testamento, el libro del Licenciado Morales, o algunas oraciones en uso en las sinagoga europeas, confirmándose mutuamente en  su creencia.
Ya que Baltazar supiera que Luis se había circuncidado, despertósele el deseo de imitarle, no considerándose judío perfecto mientras que con tal rito no cumpliera, y temiendo sufrir la condenación eterna por su falta. Entre los hermanos acordaron que Baltazar se retajara y alquilaron una navaja a un barbero, se dirigieron a una habitación retirada de la casa de su tío donde vivían, y puestos de rodillas, procedió Baltazar a la circuncisión. Muy grande fue la herida, debido a lo cual le sobrevino copiosa hemorragia y por ello temerosos de ser descubiertos por su tío, Diego Márquez de Andrade, mortal enemigo de la Ley de Moisés, huyeron despavoridos a una casa que tenían alquilada fuera de la Ciudad.

        

Poco después de estas ocurrencias, comenzó una nueva vida para los dos hermanos: la libre y errabunda del mercader viajante, comparable a la de los bohemios por lo variado de las sensaciones y aventuras. Los Carvajales iban por pueblos, encomiendas, reales de minas y doctrinas, ofreciendo su mercancía de puerta en puerta, rescatando platas, adquiriendo los productos de los lugares por donde transitaban, para venderlos con provecho donde hacían falta. Su comercio era disímil; sin embargo, con la actitud extraordinaria y característica de los judíos para los negocios, dejaban satisfecha a su clientela y veían aumentar el caudal propio y de su madre que con ellos estaba asociada.
En aquel constante trajinar, aumentaba día por día el amor de los hermanos por la vida independiente, pues así érales dable no sólo guardar la Ley de Moisés, sin temor casi de ser espiados ni perseguidos, sino ponerse también en contacto con multitud de correligionarios esparcidos por la vasta extensión de la Nueva España. Se les encontraba por los caminos poco transitados, formando caravanas armadas para defender sus mercancías, tenían que cuidarse mucho pues casi todos eran gente de baja estofa, ruda y áspera condición.
Pintoresca, extraña, rica
y misteriosa, era la región de la Mixteca, que los Carvajales habían convertido en el centro principal de sus negocios. Ahí la vida de los indios pacificados parecía patriarcal y sencilla. Respirábase plácido ambiente, y cualquiera al ver impasibilidad de los naturales, hubiérales juzgado por felices. Frente a la Iglesia se hacía periódicamente el «tianguis» o mercado, al que con motivo de sus contrataciones tenían a veces que concurrido los Carvajales. Era aquel uno de los espectáculos más pintorescos que ofrecía la tierra. Entre los vendedores predominaban las mujeres, los vestuarios de la gente que por ahí pasaba eran de coloridos extraordinarios y así fue como tiempo llevaban ya los Carvajales en dedicarse al tráfico mercantil, en donde prosperaban a ojos vistas, cuando les vino a las mentes un proyecto, del que nos ocuparemos en el capítulo siguiente.


XII
Cómo la Familia Carvajal decidió trasladarse a vivir a Italia

Poco después de su llegada a la Ciudad de México, Luis de Carvajal, El Mozo, se relacionó con un hebreo venido de Italia, que había estado en algunas juderías y Sinagogas de aquel país, lugares donde los observadores de la Ley de Moisés gozaban de mayores libertades que en el resto de la cristiandad. En Roma misma vivían tranquilos, desde la edad media, bajo la protección de los Papas. Un nuevo amigo de Luis, vecino de México, el mercader Antonio López, fue quien le presentó con el inmigrante llamado Francisco Rodríguez, en vista de que Carvajal recibía siempre el gusto en relacionarse con los judíos que habían viajado por el extranjero. En sus conversaciones hablaba Rodríguez, tanto de la vida tranquila que allá se llevaba, como de la perfección con que se practicaba el culto, extendiéndose en largas y detalladas descripciones de las Sinagogas y de los ritos y ceremonias judaicas que en ellas con el mayor lujo y solemnidad eran celebrados.
Entusiasmábanse los Carvajales al oír estos relatos hacían propósito firme de marcharse de la Nueva España a la mayor brevedad, a aquellas tierras donde al fin, sin sobresaltos ni temores, podrían adorar a su Dios a su manera. Toda la familia Carvajal resolvió pues, con excepción de las hermanas casadas, salir en la primera flota que navegara para España; pero se sentían mal de dejar a Fr. Gaspar, el fraile dominico, a quien todos amaban tiernamente en tierra de infieles ciego de una creencia que, según ellos, sólo podría conducirle a supervisión eterna. Así, con el fin de llevarlo con ellos, se encaminaron una tarde, Luis y Baltazar al convento de Santo Domingo, resueltos a discutir con él, inclinarlo al conocimiento de la Ley de Moisés y apartarlo de las abominaciones idolátricas en que según estos hermanos vivía.
Llegados al convento se dirigieron al sitio donde el fraile leía, e interrumpiendo su lectura les recibió abrazándoles cordialmente. Inútiles fueron las palabras para convencer al fraile, incluso se suscitaron las discusiones entre los hermanos y Fr. Gaspar, saliendo por fin Luis y Baltazar de la celda con las lágrimas en los ojos, al ver la ceguedad en que, según ellos había vivido su deudo, la que tendría que conducirlo a la eterna condenación. En vano fue que Baltazar le arguyera que aquello a tanto equivalía como a taparse los ojos para no ver la luz, y que esto no lo libraría de caer en los lagos infernales. El fraile se mantuvo inconmovible. Perdida pues toda esperanza de convertirlo, decidieron los dos hermanos partir con el resto de la familia para el antiguo mundo. Por todo lo que dejamos dicho, y lo que luego diremos, se comprende que el fraile sabía a ciencia cierta que sus familiares profesaban el judaísmo que, temeroso de verse obligado a denunciarlos a la inquisición, limitábase a no tratar de investigar, a procurar ignorar lo que los suyos pensaban y sentían en materia religiosa.
Terrible debe haber sido la lucha interior en que se debatiera Fr. Gaspar, especialmente en aquellos días en que sus hermanos trataban de atraerle a su creencia, y toda la Familia Carvajal de abandonar el país. Muchos recuerdos acudieron a su mente y agolpados se unieron a su conocimiento que de la herejía judaica había adquirido por sus estudios, y no le dejaban duda de que su madre y hermanos eran judaizantes. Por más que se devanaba los sesos, no encontraba solución a la terrible disyuntiva que ante él surgía: o denunciaba sus sospechas a la inquisición, cumpliendo su deber no sólo como creyente, sino como sacerdote y miembro de la orden de Santo Domingo, o se guardaba silencio faltando a sus juramentos y convirtiéndose en cómplice de los suyos. ¿No sería preferible disimular por de pronto y dejar que todos partieran para Italia, para luego hacer las denuncias y quedar tranquilo con su conciencia? Y así, fatigado de estos pensamientos, el fraile infeliz no tenía instante de reposo.

En cuanto a parte de la Familia Carvajal todo estaba ya listo para la partida; sin embargo, un suceso inesperado vino a trastornar todos los planes y a cambiar la suerte de los personajes de esta verídica historia, sucesos que verá el lector en el capítulo siguiente.

XIII
Gobernador cae en desgracia y la Familia Carvajal tiene que habérselas con el Santo Oficio

Las mismas concesiones amplísimas que en premio a sus servicios hiciera el  Rey  a  Luis  de Carvajal, El Viejo, nombrándole Gobernador del Nuevo Reino de León, y concediéndole traer colonos sin justificar que fueran cristianos viejos, iban a ser causa de su perdición. Al volver de España, y después de presentar sus papeles a las autoridades de México, se dirigió a su gobernación. Allí, tras de sufrir trabajos increíbles, comenzó a tener con las autoridades de la Nueva España, muchos impedimentos y dificultades, por encontrarse con que varios de los pueblos comprendidos dentro de su jurisdicción, los poseía indebidamente el Virrey. Carvajal, hombre bien templado, impetuoso e incapaz de ceder un ápice en lo que creía su derecho, se aprestó a disputárselo a la primera autoridad de la Nueva España.óse con todo esto profundamente herido el Virrey, y procuró aniquilar a su contrincante, más según parece no se sirvió de un principio de esta causa para perjudicar a Carvajal, sino de otras, de nosotros desconocidas,  y mandó un juez con soldados, a fin de aprehenderle.
Es indudable que Luis de Carvajal, El Viejo, pudo haber hecho resistencia a sus aprehensores, pero como estaba seguro de justificar su conducta, se dejó arrestar tan luego como el juez le hubo notificado los recados que llevaba, y con gran ignominia y cargado de cadenas se le trajo a México desde más de 200 leguas de distancia y se le encerró en un calabozo.
El Virrey, tomando la careta del bien público y del celo por la religión de Cristo para disfrazar su odio y mala voluntad contra el Gobernador, usó medios indirectos y tortuosos procederes para perjudicarlo, temeroso de que a la larga se averiguara la injusticia del encarcelamiento. Para esto hizo que se denunciara como judaizante a la sobrina del Gobernador, Doña Isabel Rodríguez de Carvajal, la judía más fanática de la familia.
Pero ahora regresemos a la conversación que dejamos referida en páginas anteriores, con el Capitán Núñez. Era Felipe de este apellido, natural de Lisboa, de 20 años de edad y durante varios había servido a las órdenes de Luis de Carvajal, El Viejo, a quien acompañó en su viaje a España, pues era pariente de Doña Guiomar, la esposa del Gobernador y como ella, de casta de cristianos nuevos. Fue este Capitán el instrumento quizá inconsciente de que se valió el Virrey para perder al Gobernador. El era quien sabía hacía más de diez años atrás del fanatismo religioso en que vivía Doña Isabel, así como de las costumbres judaicas de toda la familia Carvajal. Lo cierto es que por denuncias del Capitán Núñez y a petición del fiscal del Santo Oficio, el lunes 13 de marzo del año de 1589, se procedió a aprender a Doña Isabel. El arresto se llevó a cabo por la noche, en un cuarto de la casa de Jorge de Almeida, adonde habían ido a vivir Doña Francisca de Carvajal y sus hijas, después de su venida a Tasco.
Dramáticos fueron estos momentos para quienes presenciaron el arresto, pero como ni Luis ni Baltazar estaban en México cuando sucedió, Doña Francisca se apresuró a comunicárselos, a fin de que tomaran las medidas que estimasen más prudentes para rehuir el peligro. Enterados los hermanos de estos terribles sucesos se apresuraron a empacar todo para su viaje, así se dirigieron a la casa de Jorge de Almeida, donde aún se encontraban su madre y hermanas y permanecieron allí algunos días llorando sus trabajos y desventuras, que daban al traste con todos sus proyectos y todas sus empresas. Luis marchó luego a Tasco a realizar unos cobros y en el camino supo que su tío el Gobernador había sido arrestado por la inquisición. Esto sin duda, aumentó sus temores de ser perseguido.
La causa de todo esto fueron las declaraciones de la misma Doña Isabel en audiencia de los inquisidores a los que tuvo que confesar y el caso es que el 13 de abril de 1589, presentó el fiscal del Santo Oficio su denuncia en contra del Gobernador Luis de Carvajal, El Viejo, por judaizante. Mientras tanto, decididos estaban Luis y Baltazar a dejar la Nueva España, que tan ingrata había sido con ellos, pero por el amor a su madre y hermanas, decidieron cancelar su tan ansiado viaje. Luis se dirigió a México donde supo que además de Doña Isabel y el Gobernador, también estaba preso Fr. Gaspar. Fue el martes 9 de mayo de 1589, cuando llegó Luis a la casa de su madre, quien junto con sus hijas y nietos se preparaban para la cena. En ello estaban, cuando se oyeron fuertes golpes a la puerta y terribles voces que decían: «abrid al Santo Oficio de la inquisición», palabras que paralizaron a todos los allí presentes. Así fue aprehendida Doña Francisca y de paso los aprehensores descubrieron escondido a Luis de Carvajal, quien también fue capturado y llevado a las cárceles en el más lamentable estado de ánimo que alguien pudiera imaginar.

Y como decía el dicho: «una desgracia nunca viene sola», así aturdido Luis de Carvajal, El Mozo, por las desventuras que le iban sucediendo, no perdía la fe en Dios y sólo en él esperaba para salir de tan triste y desesperada situación.


XIV
Santa Inquisición

Oportuno nos parece, antes de continuar nuestro relato, decir algunas palabras sobre el origen del Santo Oficio de la Inquisición y los procedimientos que tanto en Europa como en México seguía: el origen de la Inquisición puede encontrarse en algunas leyes dictadas por los Emperadores Romanos posteriores a Constantino, especialmente durante los reinados de Teodosio y Justiniano. Desde entonces existieron inquisidores y tribunales encargados del castigo de los herejes, pero tales instituciones cayeron en desuso y casi no se volvió a hablar de ellas sino hasta el siglo XIII, no porque dejara de castigarse la herejía, sino porque el  proceder contra los culpables estaba encomendado a los tribunales eclesiásticos de los obispos.

Contribuyeron en gran manera al establecimiento de la Inquisición, tanto la tendencia característica de la edad media a interpretar alegóricamente las sagradas escrituras, desentendiéndose en su sentido literal, como el deseo de los Papas de ampliar su jurisdicción. La Inquisición para perseguir en el sur de Francia a los Albigenses, se estableció en 1198. Esta institución se extendió en 1204 por Italia, en 1218 por Alemania e Inglaterra, y en 1232 se introdujo por primera vez a España, aunque limitando su jurisdicción al reino de Aragón.
Se conceptuaban herejes, no sólo a los que profesaban doctrinas condenadas por la iglesia, sino también a los que los ocultaban, defendían o propagaban sus opiniones, no pudiendo todos estos ni sus descendientes hasta la segunda generación, ser admitidos a oficios ni beneficiados. Todos ellos estaban excomulgados, y si no se enmendaba, considerábaseles como infames de derecho y recibían una especie de muerte civil, pues no podían desempeñar ningún cargo público, ser testigos, testadores, herederos ni demandantes. Además el que tuviera conocimiento de alguna reunión de herejes, debía denunciarla inmediatamente, y de no cumplir con esta prescripción, quedaba también excomulgado.
La Inquisición se amplió a tan vastos horizontes, que quedaban sujetos al Santo Oficio casi todos los miembros de la sociedad. Pero la nueva Inquisición fundada por los Reyes Católicos en los reinos unidos de Castilla, León, Aragón y Navarra, fue la que se dirigió muy especialmente contra moros y judíos, los que hasta entonces habían sido tolerados en la península. El espíritu perseguidor del pueblo español, se manifestó en México apenas hecha la conquista. El año 1523 se publicó el primer edicto de inquisición contra herejes y judíos. A partir de este momento, lo que está fuera de duda es que los Franciscanos fueron los primeros inquisidores en nuestro país y fue alrededor del año de 1535 que le fue conferido el nombramiento de inquisidor de la Nueva España a Fr. Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, quien con el mismo celo fanático con que antes de venir a México achicharraba brujas en Vizcaya, desempeñó aquí su cargo de inquisidor. Afortunadamente por sus malos manejos, hacia el año de 1538, fue retirado de sus derechos inquisitoriales y se nombró como nuevo inquisidor a Don Francisco Tello de Sandoval.
Pasaron algunos años en los cuales se fueron creando tribunales especiales del Santo Tribunal de la fe en México. El primer auto público de fe del tribunal nuevamente establecido, se celebró con la mayor solemnidad el 28 de febrero de 1574. Fueron en él penitenciados los piratas ingleses que Luis de Carvajal, El Viejo, aprehendiera en el Pánuco, procesados por luteranos, cinco de ellos perecieron en la hoguera, y a los demás se les reconcilió. Para terminar, diremos que el Tribunal de la Inquisición en México, se componía de dos inquisidores, que eran los jueces; un fiscal, que llevaba la voz de la acusación; varios calificadores, un alguacil mayor, varios comisarios, escribanos, carceleros y otros empleados inferiores.

Continuará...


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