La Familia Carvajal P.I - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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La Familia Carvajal P.I

Condensados

EXORDIO
Algunas palabras introductorias sobre el autor.- Esta obra, terminada desde el 30 de mayo de 1935, se dio a conocer muchos años después, debido a una serie de vicisitudes y obstáculos ante los cuales se enfrentó su autor Alfonso Toro. Desde niño, Toro se interesó por conocer todo aquello relacionado con sociedades y tribunales secretos. Por este interés, se propuso emprender un estudio detallado sobre las actividades del Santo Oficio de la Inquisición en la Nueva España. Comenzando por revisar los documentos del ramo conservados en el Archivo General de la Nación, correspondientes al siglo XVI, deteniéndose especialmente en los procesos formulados contra judíos judaizantes.
Es de hacerse notar que el archivo de estos asuntos que se conservan en México, es quizá, por lo que se refiere a la Inquisición Española, el más importante del mundo.
Al hacer sus estudios sobre el ramo de la Inquisición, su interés se centro en los procesos llevados a cabo en contra de la Familia Carvajal, especialmente de Luis de Carvajal el Viejo y de su homónimo y sobrino, El Mozo, y también Joseph Lumbroso. En este documento se da a conocer la vida colonial del siglo XVI, además de una idea lo más completa acerca de las costumbres de los judíos durante este período, así como los procedimientos inquisitoriales del momento. La historia se presenta por Alfonso Toro, está basada en documentos auténticos y guarda un interés de actualidad.


I
El valeroso Luis de Carvajal, el Viejo

Luis de Carvajal y de la Cueva, vulgarmente conocido por «Carvajal el Viejo», nacido por los años de 1539, en la Villa de Mongodorio, en la Raya de Portugal y fue hijo de cristianos nuevos, es decir, de judíos o moriscos recién convertidos. Este personaje pertenecía a aquella casta de hidalgos osados y valientes, que venían de las Indias en busca de honores y riquezas, dispuestos a domeñar a la fortuna, atenidos al esfuerzo de su brazo. Conquistadores mitad guerreros, mitad traficantes, tenían por patria al mundo y estaban poseídos por la fiebre de la ambición, con la cual se lanzaban a través de rutas desconocidas por mar y tierra en busca de reinos fabulosos. Estos hombres eran de escasas letras, pero con un profundo conocimiento de la vida.
Carvajal, joven aún, casi niño, fue a Lisboa con su tío Duarte de León, Duarte del Rey de Portugal, y allí partió para las islas de Cabo Verde al servicio del citado monarca, siendo en éllas, tesorero y contador. Al cabo de 13 años volvió a la capital de donde se trasladó a Sevilla. Aquí casó con Doña Guiomar de Rivera, hija de Miguel Núñez, factor de la contratación de negros en Santo Domingo por el mismo Rey de Portugal, y se estableció en la ciudad de la orilla del Guadalquivir, entregándose al comercio durante dos años. Un mal negocio de trigos en que perdiera parte de su cauda, y posiblemente algunas desavenencias con su mujer, por diferencias de credo religioso, le indujeron a embarcarse para el nuevo mundo, a fin de remediar aquel desastre y vivir con mayor tranquilidad espiritual.
Arribó por primera vez Carvajal a la nueva España, trayendo un navío cargado de vinos, que se vendieron por conducto de los encomenderos de Veracruz, México y Zacatecas, y se quedó en la tierra, entreteniéndose principalmente en administrar una hacienda de ganado mayor, así como en algunas comisiones militares que le dio el gobierno virreinal. En este primer viaje había venido, además, como almirante de una flota destinada a la Nueva España y en la cual también viajaba Don Martín Enríquez, Virrey de México, cuya amistad supo captarse Carvajal no sólo por su trato, sino principalmente por sus hazañas. En efecto, apenas llegaba la flota a Jamaica, Carvajal, cumpliendo con las órdenes que tenía de S.M., embarcó la mitad de la gente de guerra que traía, en una parte de los bateles, y entró él solo con ella al puerto, e hizo rendirse a tres naves de comisarios ingleses que allí se encontraban rescatando cueros, sin tomar de ellas ni un maravedí, a pesar de que no devengaba salario alguno como almirante.
A partir de esto, Carvajal participó en multitud de hazañas y aventuras contra ingleses y los piratas que llegaban a las costas mexicanas pero, ¡nunca pudo imaginar Carvajal El Viejo, por entonces, que pasados algunos años sería su suerte idéntica a la de los ingleses por él aprehendidos!
Después de muchos sucesos como estos y de las encomiendas del Virrey, volvió Carvajal al Pánuco, a vivir en la estancia que había comprado. La existencia era muy dura. El colono, además de las faenas agrícolas, debía estar siempre alerta para combatir con los indios, gente brava y tenaz que prefería remontarse a los sitios más ocultos de la serranía, antes que sujetarse al yugo español. En esta lucha interminable, Carvajal logró distinguirse por su bravura, inteligencia y actividad, como el mejor de los capitanes. No sólo pacificó la región, sino que su nombre llegó a ser tan temido de los bárbaros, que decían que ya no mataban españoles porque Carvajal así lo mandaba, y admitían rescate de los prisioneros que llegaban a caer en sus manos.
Por los años de 1576, Don Martín Enríquez volvió a utilizar los servicios de Carvajal El Viejo para reprimir a los indios fronterizos de la Huasteca, ordenándole que con una compañía de soldados hiciera una incursión tierra adentro. Fue entonces cuando se descubrió el Nuevo Reino de León, tocándole en suerte a nuestro capitán ser su descubridor. Realizadas todas estas proezas sin obtener de premio ni adelanto alguno en su carrera, sino antes bien, gastando gran parte de su peculio en servicio de S. M., por los años de 1579, decidió pasar a España para solicitar recompensa y traer a su mujer y parientes. Cuarenta años de edad tenía por aquel entonces Carvajal El Viejo.

        

II
El Juramento

Vuelto Carvajal a España en 1578 en la flota en que fue por General Diego Maldonado, buscó a sus parientes para reanudar con ellos relaciones.
Sus hermanos Antonio y Domingo, que se habían criado al lado de sus padres, eran ya muertos. Sólo le quedaba una hermana a quien puede decirse que no conocía, pues desde muy pequeña se fue a vivir con una tía fuera de la casa paterna. Llamábase Doña Francisca quien casó con Francisco Rodríguez de Matos, criado del Conde de Benavente, mercader de profesión y diezmero, judío ferviente. En su fecundo matrimonio, procrearon los hijos que por orden de edades se enumeran: Gaspar de Carvajal, Doña Isabel Rodríguez de Andrade o Carvajal, Baltazar Rodríguez Carvajal, Luis de este último apellido, vulgarmente llamado “El mozo”, para distinguirlo de su tío, Doña Catalina de León, Doña Mariana, Doña Leonor, Anica y Miguel.
Después de residir en Benavente, Doña Francisca y su familia mudaron su casa a Medina del Campo, y allá fue Carvajal El Viejo a visitarlos, alojándose en ella. Como hemos dicho, Carvajal no había sido feliz en su matrimonio, tanto por ciertas incompatibilidades de carácter entre él y su esposa, cuanto por carecer de descendientes. Vivía cual si fuera soltero o divorciado, pues Doña Guiomar, judía fanática, había negándose a acompañarle al Nuevo Mundo, por ser Don Luis un católico sincero. Debido a esto, sin duda, se encariñó con su hermana y sus sobrinos, y no es aventurado suponer que pensó formarse con ellos en la Nueva España una familia que le acompañara en su ancianidad. Después de permanecer algunos días al lado de sus parientes, marchó Carvajal a la corte a pretender premio a sus servicios.
Allí se encontraba negociando una capitulación con S.M. Felipe II, para conquistar el Nuevo Reino de León, cuando recibió carta de su cuñado, en la que le participaba el proyecto de trasladarse con toda su familia a Francia, en donde residía un hermano suyo. Quizá esta carta no tenía otro objeto que asegurar algunas promesas que Carvajal le hiciera a su cuñado para el caso de que se decidiese a acompañarle al Nuevo Mundo. Carvajal tenía vehementes sospechas de que su cuñado era judío, y que aquel viaje no llevaba otro fin que cambiar su residencia a un país extranjero en el cual no tuviera que temer persecuciones del Santo Oficio, para entregarse libremente a la práctica de su religión, y educar a sus hijos en ella. Como además, semejante viaje echaba por tierra sus proyectos de tener una segunda familia con la de su hermana, le ocurrió probablemente a Don Luis que la mejor manera de evitarlo, y aún salvar a muchos amigos y parientes judaizantes de molestias y persecuciones, sería traerlos a la Nueva España con un amplio permiso del soberano.
Debido a las buenas recomendaciones con que contaba, los negocios del bravo capitán en la corte navegaban viento en popa, y en breve terminó su capitulación. Por ella se le concedía un privilegio para pacificar doscientas leguas de longitud, se le nombraba Gobernador y Capitán General de los territorios, y se le autorizaba para traer de España más de cien vecinos, casados o solteros, destinados a poblar su gobernación, sin exigírsele, como prevenían las leyes, las pruebas de que eran cristianos viejos. A cambio de tales mercedes, Carvajal se comprometía a pacificar y convertir a la fe católica a las tribus indígenas habitantes dentro de su gobernación, y a erigir en ellas varios poblados de vecinos españoles.
Llama de sobremanera la atención el privilegio excepcional concedido a Carvajal, de traer pobladores al Nuevo Reino llamado de León, sin probar que eran cristianos viejos. Y aún más extraño resulta que Carvajal obtuviera dicha concesión, reinando un monarca tan fanático como Felipe II, quien alguna vez se expresa diciendo: “Y aún si mi hijo fuera hereje, yo mismo traería la leña para quemarle”. Seguramente el soberano tenía una confianza absoluta en el catolicismo de Luis de Carvajal, El Viejo, al concederle lo que le concedió.
Para el viaje, además de toda su familia, se alistaron otros colonos, criados, carpinteros, sastres, escribanos y como veremos a lo largo de esta obra, muchos eran cristianos nuevos, y no pocos fanáticos judíos que no sólo seguían en su religión, sino que hacían una activa propaganda de ella. Entre la gente que habría de viajar, especialmente trabaron amistad una mujer llamada Doña Isabel, con Doña Guiomar, sobrina y esposa de Carvajal, quienes haciéndose mutuas confidencias, se reconocieron ambas como fieles observantes de la Ley de Moisés, dándole ésta a aquélla muchos consejos sobre la conveniencia de mantenerse siempre fieles a su religión.
Antes del viaje, y aprovechando una oportunidad, llamó aparte Doña Guiomar a Doña Isabel, y encerrándose a solas con ella en su aposento, le dijo: “Os quiero hacer un encargo, porque he notado que mi marido os prefiere entre todos sus sobrinos, pero antes es preciso que me juréis por Dios y por la salvación de vuestra ánima, que lo que os voy a decir no lo revelaréis jamás a persona nacida, ya que en ello va de por medio la honra y el provecho de vuestro tío el Gobernador y que de saberse pudieran seguírsele muy graves daños”. Y la esposa de Carvajal, después de que Doña Isabel hubo presentado cuantos juramentos le exigiera Doña Guiomar, se expresó de esta forma: “Decídle a Don Luis mi marido, una vez que estéis en las Indias, que si quiere que en sus negocios, le suceda siempre bien, es preciso que guarde la ley vieja de Moisés, y que por no guardarla no le suceda cosa a derechas. Yo no me atrevo a decírselo, porque creo que me mataría si tal hiciese, pero decídselo vos, a quien tanto quiere, como cosa vuestra, y esperad para ello, que se halle en alguna tribulación, a causa de sus negocios, o cuando lo viereis abrumado por los trabajos, que entonces vuestras palabras harán más mella en él y quizá se convierta de nuevo a la verdad y salve su ánima. Y cuando lo hayáis hecho, avisadme por carta, como toma Don Luis tal insinuación, que si la toma bien, yo iré a las Indias a reunirme con él. También os ruego digáis lo mismo al capitán Felipe Núñez mi pariente que lo acompaña”.
Y después de tomarle las manos entre las suyas, y de hacerla repetir muchas veces sus juramentos para asegurarse de que cumplirán lo prometido, salió Doña Guiomar seguida de Doña Isabel, a ultimar los postreros detalles de aquel viaje.


III
Hacia la Tierra de Promisión

Para el viaje de los colonos, el flamante gobernador de Nuevo León había prevenido una urca de su propiedad. Era un amplio y pesado barco de transporte de tres palos, muy ancho por el centro, bastante acomodado no sólo para dar cabida a los emigrantes, sino también a sus voluminosos equipajes que comprendían, además de los objetos de uso personal, plantas, animales, aperos de labranza, herramientas de varios oficios y una gran cantidad de vinos y bastimentos. Iban ocupando sus puestos soldados y marineros, y era tal la aparente confusión de hombres y cosas, que parecía llegado el día del juicio.
Las naos de la flota, con sus historiadas proas ostentando las imágenes de sus santos patronos, cuyos nombres llevaban, y hacían flamear al viento las banderas e insignias de la marina española. Navegó la flota hasta el puerto de Sanlucar de Barrameda, donde se detuvo. Aquí se practicó la tercera y última visita, a que estaban sujetas todas las naves que hacían la carrera de las Indias. Llegada a Cádiz se le unió la armada real que debía de custodiarla, y después de nueve salvas enderezaron las naos sus proas rumbo a América. Mientras que las naves se deslizaban impulsadas por los vientos, los viajeros examinaban curiosamente los mínimos detalles de sus flotantes moradas. Por la noche y en medio de la oscuridad reunidos todos, el capellán leía en un libro de obras en latín las oraciones que los demás iban repitiendo en castellano.
Sucedíanse los días tediosamente en aquella larga navegación. El entretenimiento principal de los viajeros, era la contemplación del espectáculo siempre nuevo y variado del cielo y del mar. Llegaba la hora de comer, después la siesta, y cuando caía la tarde la colación nocturna. En la urca del Gobernador Carvajal, una mañana amaneció gravemente enferma la mujer de uno de los principales emigrantes, la del licenciado Antonio de Morales, médico portugués. Apenas Doña Francisca Carvajal, amable y compasiva, supo de la enfermedad de aquella dama, se dispuso a visitarla y a ofrecerle sus servicios. Tratando diversos asuntos se tocó el punto de la religión, y como Blanca de Morales le preguntara a Doña Francisca si guardaba la Ley de Moisés, y esta contestara afirmativamente que toda su gente la observaba, las amistades entre los Carvajal y los Morales se hicieron más estrechas.
Era el licenciado, no sólo médico famoso y judío observante de su religión, sino un verdadero rabino que interpretaba magistralmente las Sagradas Escrituras, por todo esto, Rodríguez de Matos y su familia escuchaban al licenciado Morales como a un oráculo que venía a ser algo así como un director espiritual de todos ellos. El Gobernador Luis de Carvajal, El Viejo, despachó su urca directamente a Tampico sin que tocara Veracruz, si bien es cierto que él continuó en compañía del Conde de la Coruña hasta México, a fin de ultimar sus negocios de conquista y colonización del Nuevo Reino. Ahora dejemos al Gobernador en camino de la capital del virreinato, y veamos lo que, luego que hubieron llegado a su destino, ocurrió a los colonos que viajaban en la urca.


IV
Huracán

La urca de Carvajal al apartarse de la flota se dirigió al Pánuco y fue a fondear frente a Tampico. Al divisar tierra después de una navegación de dos meses y medio y olvidados ya de las molestias de la travesía, los viajeros se acicalaban, vestían camisa limpia y se daban prisa para saltar en tierra para ver con sus propios ojos el país en que habían cifrado sus esperanzas de prosperidad y de ventura. Su primera impresión fue de asombro al mirar una naturaleza extraña y distinta de cuanto conocían. Una exótica vegetación cubría las tierras por todas partes y las casas de los pobladores eran bajas, de adobe o de madera, muchas cubiertas de hierbas o de guano, o míseras chozas de ramaje.
Para aquellas gentes que venían soñando en la opulencia concebida por su fantasía, el despertar fue rudo. Aquí esperaban encontrar una ciudad y se toparon con un mísero e incómodo villorrio. Inferior a muchos de los más atrasados de España. Y en cuanto a la población, sólo tenían delante colonos rudos y mal trajeados, negros e indios semidesnudos.
El Pánuco, una de las primeras regiones descubiertas por los españoles antes de la conquista de México, caía dentro de la gobernación de Carvajal. Este territorio que despertó la codicia de sus conquistadores, fue durante mucho tiempo un campo de batallas y luchas constantes que daban como resultado cantidad de poblaciones arrasadas y destruidas por los combates. En difícil situación encontró Luis de Carvajal, El Viejo, estas tierras, las cuales logró pacificar con su valor y relativa humanidad. Sin embargo, su parentela como el resto de los inmigrantes, hubo muy pronto de arrepentirse de su venida al nuevo mundo. Multitud de ellos enfermaron durante la travesía, y entre ellas Luis de Carvajal, El Mozo quien desembarcó casi moribundo. Pero antes de proseguir con esta historia, bueno será hablar sobre este personaje, ya que va a ser el protagonista de esta verídica historia.
Nacido en Benavente, aprendió allí, al lado de sus padres, las primeras letras y algo de gramática latina. Perfeccionó luego sus estudios en el Colegio de la Compañía de Jesús de Medina del Campo hasta que vino con su familia al Nuevo Mundo. En aquella población donde adquirió las primeras nociones de la religión judaica, de que más tarde había de ser tan fiel creyente y celoso propagandista.
Ya en América, apenas escapado a la dolencia, un nuevo peligro amenazó su vida. Un terrible huracán que azotó la población donde habitaba la familia, sorprendió a Luis de Carvajal, El Mozo y a su hermano Baltazar durmiendo en una casucha de madera, de la cual con grandes esfuerzos se salvaron ya que el viento y las aguas la destruyeron completamente. Lograron ambos hermanos llegar a la casa paterna y fueron recibidos con abrazos y gran alegría por todos los demás que ya los daban por muertos. Este suceso impresionó profundamente a Luis, que vio en él otro milagro manifiesto del Altísimo, y así lo asienta en su autobiografía para memoria y ejemplo de las gracias y favores que Jehová concede a los suyos, cuando fielmente observan sus preceptos.


V
Circuncisión

La manera extraordinaria, atribuida a milagro patente de Dios, como la noche del huracán salvaron la vida Luis de Carvajal, el Mozo, y su hermano, aumentó en ellos y su familia el fervor por la Ley de Moisés, y muy secretamente, para no ser sentidos de sus vecinos, ya que una denuncia podía hacerlos morir en la hoguera, celebraban ritos y ceremonias judaicas con la mayor devoción. Además, ante una vida triste, llena de desengaños, intolerable, el único consuelo era su religión, y su sola esperanza la cifraban en Dios.
Fue gracias al licenciado Antonio de Morales y sus enseñanzas, que muchos pudieron conocer las prescripciones contenidas en el Antiguo Testamento sobre manjares prohibidos, también lo de guardar el sábado y muchas otras costumbres propias de la Ley Judaica. Sin embargo, a consecuencia de la pobreza en que vivían, los miembros de la familia Carvajal comenzaron a enemistarse entre sí y las malas voluntades se mezclaron con las diferencias de credos religiosos. En medio de estas rencillas, hacia el año de 1585, se recibió en el Pánuco la noticia de la muerte de Doña Guiomar en España y en tales circunstancias, por iniciativa propia creyó Doña Isabel que era el momento de cumplir el solemne juramente que hiciera a la difunta.
Así lo hizo: buscó la ocasión y frente a Don Luis de Carvajal, El Viejo, gritó: “¡No hay Cristo y me admira que vuestra merced siendo tan sabio, vaya por el camino errado de la Ley de Jesucristo, que es irse al infierno!”. Ante esto, se sucedieron multitud de agresiones contra Doña Isabel, primero de parte de don Luis de Carvajal, El Viejo, después de los demás miembros de la familia y se llegó hasta amenazar de muerte a la mujer por tan osadas declaraciones. Más adelante se le hizo retractar de sus palabras y jurar que seguiría en sus creencias respecto de la Santa Madre Iglesia y de la Trinidad.
Un día a la vuelta de un viaje, Luis de Carvajal, El Mozo, en conversación con su tía, fue enterado por él de lo siguiente: “¿Vos sabéis, como vuestro padre y vuestra madre son judíos que viven en la Ley de Moisés?” a lo que Luis, El Mozo, respondió: “Es gran maldad y no hay tal. Yo soy buen cristiano y no hay que decirme nada de eso”, y se puso a llorar desconsoladamente. El tío prosiguió diciéndole que lo amaba aún con todo y que a él habían pretendido hacerlo pasar a la Ley de Moisés sin conseguirlo. Es extraña y sospechosa la conducta de Carvajal, El Viejo. ¿Por qué la mayoría de los colonos traídos fue de judíos? ¿Por qué aquel afán de conseguir un privilegio para que no se averiguaran los antecedentes religiosos de los tales colonos? ¿Cómo es que sabiendo que sus parientes judaizaban, no los denunciaba a la Inquisición, cuando era para él un deber de conciencia, no sólo como católico, sino también como autoridad? Difíciles de contestar estas preguntas, pero ahora prosigamos con la historia en el momento cuando Rodríguez de Matos y su hijo Luis de Carvajal, El Mozo emprenden un viaje a México y sucede lo que a continuación se cuenta:
Teniendo seis meses ya en esta grandiosa ciudad de México que a todos sorprendía por sus edificios y paisajes, por sus gentes y las costumbres, Rodríguez de Matos ya viejo, enfermó gravemente y vanas fueron todas las curaciones que se le hicieron. Cuando éste vio cercano su fin, pidió a gritos los sacramentos y llamando a su hijo Luis, le dio muchos consejos afirmándole en la religión judaica y le pidió: “Hijo, lávame este cuerpo, no vaya así sucio a la tierra”. La muerte de su padre impresionó profundamente a Luis quien a su regreso al Pánuco compró una Biblia en latín, y el santo libro era su lectura cotidiana. Por las noches, después de rezar en familia sus oraciones, traducía a su madre y hermanas largos pasajes del Antiguo Testamento, comentándolos y dándoles explicaciones sobre ellos.
Así iban todos adquiriendo conocimientos más exactos respecto a los ritos y ceremonias judíos, y los ayunos y fiestas prescritos por la Ley de Moisés, se iban celebrando cada vez con mayor perfección. Meditando día y noche sobre lo que leía, Luis, El Mozo “vino a conocer muchos de los divinos misterios” e íbase convirtiendo poco a poco, no sólo en un rabino, sino en un místico.
Así, absorto en su visión interior se sometió cada día más y más a cuentas prácticas y ceremonias de la Ley Mosáica le eran conocidas. Un día en su lectura llegó ante un pasaje del pacto entre Dios y Abraham hasta llegar a los versículos siguientes: “1º Este será mi concierto que guardaréis entre Mí y vosotros y tu cimiente después de tí: que será circuncidado entre vosotros todo varón.
14º Y el varón incircunciso que no hubiera circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona cortada de sus pueblos, mi concierto anulo”.
Después se detuvo ante las siguientes palabras: - El ánima que no estuviere circuncidada será borrada del Libro de la Vida- y éstas se grabaron tan profundamente en su espíritu, que sin dudarlo tomó repentinamente una extraña resolución: se levantó del corredor donde leía y dejando abierta la Biblia, cogió unas tijeras y dirigiéndose a una barranca del Pánuco, debajo de una palmera se circuncidó él mismo. “Y desde entonces, dice, fue la circuncisión armadura fuerte contra la lujuria y ayuda a la castidad pues aunque tuvo muchas ocasiones de pecar, se vio siempre libre de aquel pecado y maldad de allí en adelante”.


VI
En la Serranía

Recorrió Luis de Carvajal, El Mozo, después de muerto su padre, gran parte del Nuevo Reino de León, desempeñando comisiones de su tío, y así anduvo año y medio solo en dicho reino. Respecto a su tío Carvajal, El Viejo, no dejaba de lanzar ofensas a su sobrino y su familia aludiendo a las creencias judaicas. El Mozo, sufrió en silencio estas ofensas y disimuló hasta poderse alejar del lado de su tío.
Por un tiempo, Luis de Carvajal, El Mozo, se vio obligado a seguir a su tío en todas sus andantescas aventuras aunque sufriendo lo indecible en aquel medio tan contrario a su carácter e inclinaciones. Lo que le ayudó de sobremanera fue la copia del cuarto libro de Esdras tomado de su Biblia, lectura que le facilitó la complicada vida a la que estaba expuesto.
Una mañana que se encontraba acampando con su tío en el Real de Minas, observó que su caballo de armas no estaba y se montó en otro corcel presto para ir a buscarlo. Sin arma alguna apenas habría caminado Luis unas dos leguas, cuando el caballo en que montaba se negó a dar un paso más en una parte muy peligrosa del camino y en donde habían dejado la vida varios soldados a manos de los Chichimecas. Resolvió entonces abandonar su montura y marchar a pie. Ya en el camino, se dio cuenta del peligro en que se encontraba y notó que estaba perdido en un lugar donde jamás transitara ningún cristiano. El miedo le invadió de tal forma que con su imaginación, comenzó a pensar en los horrores a que podía ser sometido por los indios ebrios y salvajes que por ahí habitaban. Luis se debatía así con sus terrores en el fondo de la selva, mientras su presencia se había echado de menos en el Real.
En tanto que sus amigos lo buscaban, Luis no hacía más que llorar y lamentarse encomendándose a Jehová de todo corazón. Entregado a sus lamentaciones se encontraba, cuando, en medio de la quietud de la noche, pareciole percibir el clamor de una trompeta. Fue entonces cuando ya no tuvo duda alguna de que sus amigos por él venían. Así fue como al ser encontrado por ellos lograron llegar todos juntos sin que Luis de Carvajal, El Mozo, hubiera sufrido más que el cansancio y los terrores consiguientes a aquella dura jornada.

Continuará...



        
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