El Hombre de las Manos Milagrosas P.II - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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El Hombre de las Manos Milagrosas P.II

Condensados

Parte II

Por: Joseph Kessel

 


LIBRO CONDENSADO



El médico fija sus honorarios

Después de la caída de Francia, Himmler regresó a Berlín y, al parecer, la vida de Kersten volvió a seguir su curso normal. Tomó a ocupar su apartamento, a disfrutar de comodidades, a dedicarse al trabajo y… recobró el perdido apetito. Volvió a ver a su familia, a sus amigos ya buscar la paz del espíritu todos los fines de semana en los campos y los bosques de Harlzwalde, su opulenta finca campestre.

Aunque nada parecía haber cambiado, bajo su apariencia jovial se ocultaba una inquietud profunda. A fines de agosto ocurrió un incidente que iba a dar la pauta de los extraordinarios servicios que prestaría a la humanidad en tiempo de guerra.
Himmler sufrió un agudísimo ataque de calambres y mandó llamar al Dr. Kersten con desesperada premura. El médico acudió inmediatamente al No. 8 de Prinz Albrecht Strasse y, como de costumbre lo alivió en pocos minutos. Mas el ataque había sido tan violento que el paciente se quedó tendido en el sofá; el alivio, le inspiraba sentimientos de veneración hacia su benefactor.
-Querido Kersten -le dijo-: ¿qué haría yo sin usted? Nunca le podré expresar mi gratitud. Tengo un remordimiento de conciencia: nunca le he pagado a usted nada.
Kersten comprendió al instante que si convenía en que Himmler le pagara, por ese mismo hecho se convertiría en un empleado asalariado común y corriente, lo que equivaldría a exonerar a I-Iimmler de toda otra obligación. También sabía que su paciente no era hombre rico; su fanatismo era tan ciego que, entre los nazis de la plana mayor, era el único que no tomaba para su uso personal absolutamente nada de los fondos secretos que tenía a su disposición. Con su sueldo oficial, que apenas pasaba de 2000 marcos mensuales, sostenía a su esposa y a su hija, y … algo sobraba para mantener a una querida enferma y a dos hijos naturales. Así que le respondió con gran amabilidad:
Usted sabe muy bien, Herr Reichsfürer, que yo no cobro por visita sino por la curación completa. Además, yo soy mucho más rico que usted.
- Eso nada tiene que ver. Mi deber es compensarlo por su trabajo. Dígame: ¿cuánto le debo?
- Dejemos las cosas como están -respondió Kersten haciendo con la mano un ademán jovial-. Pierda usted cuidado que, cuando esté bueno, ya le pasaré la cuenta.
Himmler se había incorporado en el sofá. Nunca lo había visto el doctor tan conmovido.
Mi querido Kersten ¿Cómo podré pagarle tantas bondades?
El médico recordó entonces que dos se manas antes, un antiguo paciente suyo, Augusto Rosterg, le había hecho una solicitud. A pesar de que Rosterg era uno de los hombres de negocios más poderosos & Alemania, un mayordomo suyo, hombre de edad madura, honrado y pacífico, había sido encerrado en un campo de concentración. Como su solo crimen era el de ser social demócrata, Rosterg le pidió a Kersten que se valiera de la influencia que tenía con Himmler para que pusiera al pobre viejo en libertad. Kersten había negado que él tuviera tal influencia y solamente la insistencia de su amigo le había hecho aceptar un memorándum sobre el caso, el cual había echado en su cartera para no acordarse más de él.
Mas, en ese momento lo recordó. Abrió impulsivamente la cartera, le pasó el memorándum a Himmler y le dijo:
Aquí tiene usted mi cuenta, Herr Reichsftirer; quiero la libertad de ese hombre. dio un respingo y le temblaron los músculos de la cara. Leyó la nota y luego dijo:
- Por ser usted quien me lo pide, concedido-. En seguida gritó-: ¡ Brandt! Entró su secretario particular. - Brandt, toma este memorándum y que suelten a este hombre. Nuestro buen doctor lo quiere así.
- Al momento, Herr Reichsfúrer -respondió Brandt. de salir, el secretario dirigió a Kersten una breve mirada de aprobación. Entonces supo éste con certeza que tenía en Brandt un amigo, un fiel aliado contra la Gestapo y los campos de muerte.
Iba a necesitar un amigo así; pues la victoria que acababa de ganar al arrebatarle una vida a Himmler, era apenas el principio de una campaña mucho más extensa.
prueba de poderío Cada vez que recobraba la salud, Himmler volvía a ser inflexiblemente fanático.. .aun con su médico hechicero. Tres días después de haber concedido la libertad al viejo mayordomo le preguntaba a Kersten secamente.
¿Es verdad lo que me dicen mis agentes, que usted conserva su casa en La Haya?
Repetidamente le he advertido que ciertos holandeses lo persiguen porque usted continúa con sus relaciones allá. Decididamente, ya no puedo encubrirlo más; tiene que deshacerse de esa casa.
Le concedió 10 días para realizar las gestiones, pero estipuló que debía presentarse diariamente al cuartel de la Gestapo en Holanda. Díjole que esto no era más que una “fórmula de cortesía”, aunque, en realidad, lo ponía bajo estricta vigilancia.
Cuando llegó a Holanda, Kersten se dio cuenta de los honores de la ocupación alemana a medida que sus amigos lo iban enterando de las deportaciones, torturas y ejecuciones sumarias. El ambiente era en extremo depresivo y lo peor de todo era que nada podía hacer para remediar la situación. día trató de hacerlo. Ya llevaba cinco en La Haya, cuando una mañana se enteró de que la policía había hecho irrupción en la casa de un amigo. Saltó de la cama y se fue al cuartel de la Gestapo. Walther Rauter, jefe de la Gestapo en Holanda, no se sorprendió al verlo, ya que Kersten se presentaba diariamente ante él. Mas esta vez, después de observar el ritual de costumbre, Kersten dijo sin ambages:
- Esta mañana traté de visitar a mi amigo Bignell. La policía estaba registrando la casa y no me permitieron entrar.
- Cumplían órdenes mías -le respondió Rauter fulminándolo con la mirada-. Bignell es un traidor que está en comunicación con Londres. Al tcrminarse el registro de su casa irá a prisión en donde yo lo interrogaré personalmente.
Su amigo Bignell, comerciante en obras de arte a quien él había comprado varios óleos flamencos, era un hombre de edad avanzada y de precaria salud. Kersten se estremeció de honor al pensaren lo que le esperaba y con súbito impulso le habló a Rauter.
- Yo respondo de su inocencia. Nada ha hecho contra Alemania. Póngalo en libertad.
Un gesto de sorprendida incredulidad se pintó en la cara del jefe. ¡Cómo podía ser que un extranjero, un sospechoso sometido a diaria vigilancia, se atreviera a darle órdenes!
- ¿Soltar al marrano? -gritó dando un puñetazo sobre la mesa-. ¡Bajo ninguna circunstancia. Y menos porque usted lo diga.
Kersten se había prometido a sí mismo conservar la calma. Pero la ira engendra fray, en medio de su rabiosa desesperación, le vino una idea que, en otras circunstancias, hubiera desechado como insensata.
- ¿Hay aquí un teléfono? -preguntó secamente-. Quiero hablar con Himmler: se quedó de una pieza. Luego saltó de la silla.
Eso es imposible. Ni siquiera yo puedo. Cuando deseo hablar con Himmler tengo que hacerlo por intermedio de Heydrich, el jefe de los servicios.
- Llámelo -insistió Kersten-. Ya lo veremos.
Raute tomó el aparato, transmitió la solicitud de Kersten y luego hizo como que se engolfaba en los papeles que tenía sobre la mesa. No habían transcurrido cinco minutos cuando sonó el teléfono. Rauter levantó el auricular con sonrisa burlona.., que se cambió en gesto de tenor cuando le pasó el receptor al médico: Himmler estaba en el teléfono!
La espera había dado tiempo a Kersten para reflexionar y de buena gana hubiera retirado su solicitud. Sabía que Himmlcr era rígidamente obstinado en la defensa de los jefes de sus varios servicios pero ya no era posible la retirada.
- Acaban de detener a uno de mis mejores amigos -le informó-. Yo garantizo su inocencia. Hágame un favor, Herr Reichsfürer: ordene usted desistir de este caso.
Himmler, que parecía no haberle oído, le preguntó con voz febril:
¿Cuándo regresa usted? Lo necesito desesperadamente. alivio que sintió el médico al oír esto casi le hizo desmayarse. Los hados estaban con él. Himmler adolorido, Himmler llamando a su médico para que lo salvara de las garras del dolor, dejaba de ser el burócrata fanático, amo de la tortura y del exterminio. Era como el morfinómano: capaz de cualquier cosa a cambio de la droga.
- Todavía no he terminado aquí -le dijo Kersten-. Y si meten en la cárcel a mi amigo, de seguro no estaré en condiciones para aliviar a nadie. - Que pase Rautcr al teléfono... ¡ pronto! -ordenen Himmler. jefe de la Gestapo tomó el receptor. Se mantuvo en posición “firme”, juntos los talones, la cabeza y los hombros rígidos, yerta la cara. Todo cuanto se le oyó decir fue: “Muy bien, Herr Reichsfürer”. En seguida le pasó el teléfono a Kersten; de nuevo le habló Himmler.
- Confío en usted. Su amigo quedará libre. Pero venga, véngase lo más pronto posible.
Durante el largo silencio que siguió, Rauter y Kersten se miraron estólidamente. Ambos parecían igualmente estupefactos.
La primera víctima que Kersten salvara había sido un caso especial. Cierto que el médico había dado todos sus emolumentos a cambio de la libertad de un hombre; mas se trataba de alguien cuya única culpa era pertenecer a un partido político. ¡Qué diferencia en el presente caso! A Bignell lo acusaba de alta traición.. .nadie menos que el jefe de la Gestapo en toda Holanda. No obstante, una palabra de Kersten había bastado para ponerlo en libertad.
El doctor se pasó la mano por la frente. Sentía vértigo. ¿Hasta dónde alcanzaría ese nuevo poder que acababa de descubrir?

“Cartas de amor” de Holanda.
Durante los meses siguientes Kersten recibió de Holanda nutrida y constante correspondencia; informes y detalles relativos a detenciones injustificables, robos flagrantes, castigos injustos. Las cartas le llegaban por la vía más segura posible pues venían dirigidas a) propio apartado postal de Himmler donde las recibía Brandt y las entrega a su destinatario sin abrirlas.
Tan raro privilegio lo habíao obtenido Kersten fácilmente, como se obtienen a veces éxitos increíbles. Con fingida turbación había confesado primero a Brandt y luego a Himinler, que en Holanda vivían ciertas damas con quienes tenía relaciones amorosas. Le molestaba que el censor leyera las cartas que le escribían y temía sobre todo que su esposa llegara a enterarse de su infidelidad.había sugerido aprovechar la dirección postal privada de Himmler y cosa inaudita, éste había convenido gustosamente. Himmler tenía la vanidad de compararse con el superhombre ideal germánico: atlético, belicoso, gastrónomo, bebedor y donjuanesco. Y aunque la realidad era dolorosamente distinta, él procuraba no verla. De aquí que la petición de Kersten lo deleitara, pues transformaba las relaciones de médico a paciente en otras de hombre a hombre; los hacía cómplices en virilidad.
Así iban llegando las “cartas de amor” de Holanda y, aunque era materialmente imposible intervenir en todos los casos de injusticia y sufrimiento de que ellas daban cuenta, Kersten seleccionaba los que le parecían más conmovedores para ponerlos en conocimiento de Himmler en momentos propicios.
Poco a poco fue desarrollando toda una técnica para formular su peticiones. Cuando el padecimiento de Himmler era agudo y solamente sus manos milagrosas eran capaces de aliviarlo, entonces podía pedir un perdón, o una excarcelación, o la suspensión de una sentencia. Pero tales oportunidades eran raras. Una vez pasada la crisis, el médico perdía su poder. Entonces tenía que apelar a la vanidad del Rcichsfürer, que no tenía límites.
Así como adoraba al superhombre del porvenir, así reverenciaba Hiinmlcr a los héroes del pasado, tales como Federico Barbarroja y Enrique el Cruel. El doctor Kersten solía decirle en tono persuasivo:
Usted será tenido por las futuras generaciones como los más grandes de los conductores del pueblo alemán, como un héroe, iguales a los antiguos caballeros. Pero recuerde que aquellos hombres no sólo debieron su fama a la fuerza y al valor. Fueron también justos y generosos. Para bien de su reputación en la posteridad, Herr Reichsfürer, tiene usted que ser igualmente magnánimo.

Himmler se tragaba enteras todas estas lisonjas.
- Mi querido Dr. Kersten -le decía-; usted es mi único amigo, el único que me entiende y me alivia.
En seguida llamaba a Brandt, le ordenaba hacer una lista de los nombres que Kersten le diera y firmaba un decreto de libertad. Y muchas veces, cuando aún quedaba espacio entre la firma y el texto, Brandt solía agregar secretamente dos o tres nombres más a la lista.
El crecido número de redenciones pasó a ser una nueva causa de peligro, pues los jefes de la Gestapo, los inquisidores, los verdugos, no podían menos de preguntarse cuál sería la causa por la cual Himmler perdonaba a toda esa gente. No estaban acostumbrados a su indulgencia; siempre les había exigido y seguía exigiéndoles ferocidad implacable en la persecución y el terror. ¿ Por qué cambiaba?
Kersten sabía que, tarde o temprano, los esbirros descubrirían quién era el responsable.

Una visita de la Gestapo

Durante largo tiempo Kersten no fue molestado, hasta que, una mañana de enero de 1941, muy temprano, dos individuos de la Gestapo llamaron a la puerta de su apartamento de Berlín. - Deseamos hablar con usted -dijo uno de ellos lacónicamente.
Kersten, que estaba aún en pijamas, los condujo a su estudio. ¿Lo habría traicionado alguno de sus amigos holandeses, confesando que usaba el apartado postal de Himmler? ¿O habrían descubierto que Brandt, siguiendo sus instrucciones, añadía nombres a las listas de perdonados? En cualquiera de los dos casos, estaba perdido.
Ya en el estudio, uno de los agentes preguntó:
- ¿Tiene usted entre sus pacientes algunos judíos?
- Claro que sí -respondió tranquilizado por el giro que tomaba la investigación.
- ¿No sabe usted que a todo médico alemán le está absolutamente prohibido curar a los judíos?
- Yo no soy médico alemán. Soy finlandés.
Al decir esto les enseñó su pasaporte. Con la prueba innegable en sus manos los dos agentes cambiaron de actitud, dieron excusas y, con la misma brusquedad con que había comenzado, terminó el interrogatorio.
Cuando se marcharon, Kersten meditó sobre el propósito de la visita. ¿Habrían creído en verdad que él era alemán? No, la Gestapo lo conocía muy bien. Y en caso de duda…les habría bastado averiguarlo en la embajada de Finlandia. ¿De qué se trataba entonces? ¿De una advertencia? ¿De intimidarlo? ¿De un chantaje?
Cuando le relató a Himmler la visita, el Reichsfürer tomó al punto el teléfono, vociferó un número y cuando le respondieron gritó pálido de ira:
Prohíbo terminantemente a todo el mundo inmiscuirse en los asuntos del Dr. Kersten, no importa cuál sea el motivo. Es orden terminante. El doctor está obligado a responder de sus actos ante mí y solamente ante mí. obstante, poco tiempo después, Brandt le advirtió que se pusiera en guardia contra Reinhard Heydrich, el jefe de la Gestapo, hombre que sólo estaba un escalón bajo Himmler en la jerarquía del terror. No hacía mucho que Heydrich había comunicado a sus colegas la sospecha de que Kersten era agente del enemigo o que, por lo menos, se servía de su influencia con Himmler en provecho de los enemigos de Alemania. Heydrich les había segurado que pronto podría darles una prueba de su afirmación. de los últimos días de febrero de 1941, al salir Kersten del despacho de Himmler, se encontró cara a cara con Heydrich, quien le dijo cortésmente:
- Mucho me agradaría charlar un rato con usted, doctor.
- Cuando usted guste… Hoy mismo, si le parece.
Convinieron en encontrarse esa tarde en la oficina de la Gestapo. Durante la conferencia, que duró media hora, Heydrich dio a entender a Kersten -sin decírselo abiertamente- que la Gestapo tenía noticias de los amplios informes que recibía de Holanda y Finlandia.
¿Sabe usted, doctor -le dijo- que realmente podríamos hacerle un gran servicio? Cuando alguien le pida que intervenga en su favor ante el Reichsfiirer, su deber es formarse un concepto objetivo de quién le hace la petición ¿no es así? Pues bien, nosotros con mucho gusto haríamos la investigación acerca de la posición política y social de sus candidatos, su carácter, recursos, etc. Y desde luego, usted quedaría en libertad completa para juzgar de la veracidad de nuestros informes y para servirse de ellos como le parezca.
En realidad, todo ese circunloquio sólo tenía un objeto: hacer que Kersten revelara a la Gestapo los nombres de sus corresponsales en Holanda y Finlandia.
Cuando Kerten le dio las gracias con evasiva cordialidad, Heydrich pareció satisfecho. En cambio, Rodolfo Brandt se preocupó mucho cuando el médico le repitió la conversación.
- Por favor se lo ruego, doble sus precauciones.
No tenga cuidado, ya he resuelto ser precavido en extremo. embargo, dos días después Kersten se vio obligado a abandonar toda cautela.

Increíble plan de deportación.
El primero de marzo de 1941, llegó Kersten al No. 8 Prinz Albrecht Strasse a mediodía, hora en que solía hacer sus visitas, pero encontró a Himmler ocupado en una conferencia importante. Como de costumbre, decidió aguardarlo en el comedor de oficiales. Nadie levantó la cabeza mientras cruzaba el largo salón colmado de gente, donde percibió el murmullo de voces poco amigas. Sin hacer caso de la hostilidad general, fue a sentarse en un rincón apartado. El sargento encargado del comedor prontamente le llevó una taza de café muy concentrado, cargado de azúcar y acompañado de los más ricos pasteles de su repostería. Conocía los gustos del doctor y tenía órdenes de servirle lo mejor posible.
Mientras paladeaba su refrigerio, Kersten sintió un revuelo en tornoo suyo. Levantó la vista y vio que entraban en el comedor Walther Rauter y Reinhard Haydrich y que, entre una ráfaga de saludos militares, se dirigían hacia el sitio en que él estaba.
Aun que se sentaron en una mesa vecina a la suya, ninguno de los dos lo vio. El doctor trató de encoger su corpulencia y de ocultar la cara, más aguzó el oído para enterarse de lo que decían. Hablaba Rauter.
Qué sorpresa la que les aguarda a esos cochinos holandeses. Esta semana apedrearon a dos de mis soldados. ¡Cerdos despreciables! Por fin van a tener su merecido.
- Con el frío de Polonia se calmarán -rió Heydrich.
Kersten se agachó sobre su café y sus pasteles pero aguzó aun más las orejas.
Acabo de recibir las órdenes para la deportación -siguió diciendo Heydrich-. Dentro de poco de tendrá usted sus instrucciones y entonces ya no habrá un día que perder.
¿Se ha fijado la fecha? –preguntó Rauter ansiosamente.este punto Heydrich bajó la voz y Kersten no pudo entender nada más. Pero lo que alcanzó a oir fue suficiente para darle a saber que Holanda iba a arrostrar una nueva y siniestra calamidad. Fue preciso un gran esfuerzo de su parte para salir del comedor calmosamente y luego, para proceder como si nada supiera cuando administró a Himmler su tratamiento. tarde llamó a Brandt por teléfono para decirle que quería verlo a solas. Este convino en recibirlo en su oficina a las seis y allí repitió Kersten textualmente la conversación que había escuchado en el comedor.
¿Qué pasa, sabe usted algo? -terminó diciéndole.
Después de vacilar un momento, Brandt cerró la puerta con llave y dijo:
Si alguien llega le diremos que me está haciendo usted un tratamiento. a una mesa cubierta de papeles dispuestos en ordenados montoncitos y de uno de ellos retiró un sobre que decía: ‘Confidencial”.
No le he dicho a usted nada, usted no ha visto nada -murmuró. ¡Por Dios, tenga esto bien presente!
Se dirigió a una ventana y miró hacia afuera mientras Kersten se sentaba y comenzaba a leer. documento estaba redactado en estilo formal y preciso. Como los holandeses tenían sangre germana, eran culpables, no sólo de resistencia, sino de traición. Por tanto, Adolfo Hitler, Führer de la Gran Alemania, autorizaba a Heinrich Himmler a llevar a cabo su deportación en masa a la provincia polaca de Lublin. Tres millones de hombres emprenderían el camino a pie; sus familias viajarían en barcos y ferrocarriles.
Cuando terminó la lectura, le temblaban las manos a Kersten. Ya se imaginaba el éxodo: interminables columnas de hombres arreados como bestias a culatazos a través de toda Europa, con las ropas y los zapatos destrozados; montones de mujeres y niños hacinados en bodegas de barcos y furgones de ferrocarril, muriéndose de sed, asfixiándose por fala de aire y el hedor de sus propios excrementos. Era un panorama infernal.
-¡Es horrible! - dijo Brandt retirándose de la ventana-. ¡Toda una nación condenada a la esclavitud!

Un plan genial
Al día siguiente, a las 12, ya estaba Kersten otra vez en el N 8 de Prinz Albrecht Strasse. Después de pasar una angustiosa noche de desvelo, había decidido hablar de la deportación, por más que el mismo conocimiento del plan fuera causa suficiente para acarrearle la muerte. vez más se hallaba Himmler tendido en el sofá con los ojos cerrados en completo reposo. Suavemente comprimió Kersten el centro nervioso que según sus conocimientos era el más vulnerable y le preguntó con toda sencillez:
- ¿Cuál es la fecha fijada para comenzar la deportación de los holandeses?
Como si estuviera hipnotizado Hlimmler le respondió: - El 20 de abril. Día del cumpleaños de Hitler. Va a ser nuestro regalo.
Un intenso silencio cayó sobre el cuarto; Himmler se incorporó de pronto y encarándose con el doctor le interpeló: - ¿Cómo supo usted eso? le explicó que, sin quererlo, había oído a Rauter y a Heydrich discutiendo el asunto en el comedor.
¡Charlatanes idiotas! -tronó Uimmler. Pero su rostro reveló el alivio que sentía al creer que su médico era inocente-. Es muy importante que yo sepa cuán indiscretos son. Le agradezco que me lo haya dicho-. Se volvió a acostar. había salvado el momento de peligro mortal. Siguió aplicando a su paciente el interrumpido masaje y al cabo de unos minutos le dijo con voz grave:
- Esta deportación será la mayor equivocación de su carrera. no se movió.
¡Usted qué sabe depolítica! -ledijo-. El plan del Führer es genial. Escuche y verá cuán brillante es. Hemos tomado a Polonia, pero los polacos nos odian; necesitamos inyectarles sangre germánica. A pesar de su traición, los holandeses son germanos y en Polonia aprenderán a cambiar su actitud hacia nosotros, pues los polacos los tratarán como enemigos por haberse apoderado de su tierra. Perdidos entre los esclavos, los holandeses volverán sus ojos a nosotros como a sus protectores. En cuanto a Holanda…la poblaremos de sanos campesinos alemanes. Reconózcalo, ¿no le parece un plan genial?
Posiblemente -respondió Kersten-. Pensaba únicamente en su salud. Hace poco me dijo usted que, fuera de sus deberes ordinarios que son abrumadores, Hitler le había ordenado aumentar las fuerzas de la SS a un millón de hombres antes del verano.. .y apenas llegan a 100,000 actualmente. En tres meses tendrá que seleccionar, vestir, armar y adiestrar 900,000 soldados. ¿Pretende usted añadir la deportación a la tremenda carga de trabajo que ya tiene encima?
- No tengo otra alternativa. Es una orden personal del Führer.
Respóndame francamente, como paciente a su médico. De los dos planes ¿cuál es el más importante?

El SS, sin duda.
Entonces usted debe posponer la deportación hasta después de la victoria. No podré dotarle de fuerzas suficientes para que lleve a cabo los dos planes a la vez.
¡Imposible, la deportación no se puede aplazar! Hitler la quiere inmediatamente. tratamiento había concluido. De nuevo Himmler era invulnerable. Pero Kersten nunca había esperado convencerlo en una sola entrevista. No estaba todo perdido aún.
De pronto un horrible pensamiento cruzó por su mente: si por algún milagro Himmler llegara a desistir de la deportación de los holandeses, ¿no le asignarían esa tarea a Heydrich o a cualquier otro jefe sobre el cual Kersten no ejerciera influencia alguna? Pensando en esto preguntó ansiosamente:
¿Es usted el único jefe capaz de organizar la deportación? ¿Por qué no buscan otro? dio una palmada sobre la mesa y gritó:
¡Para una misión de semejante importancia el Führer no confía más que en mí! ¡Ningún otro podría llevarla a cabo! A ningún otro se le permitiría!

Continuará…

 




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