El Hombre de las Manos Milagrosas P.I - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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El Hombre de las Manos Milagrosas P.I

Condensados

Parte I

Por: Joseph Kessel

 

LIBRO CONDENSADO

Joseph Kessel, conocido escritor francés, periodista y autor de guiones cinematográficos, nació en 1898 en la Argentina. Pasó sus primeros años en Rusia y cumplidos los 10 se trasladó a Francia con su familia. Durante la primera guerra mundial sirvió en la fuerza aérea de Francia, y en la segunda actué en la Resistencia hasta que, perseguido por la Gestapo, escapé a Inglaterra a través de España. En 1959 Kessel recibió el Premio Mónaco, establecido por el príncipe Rainier en 1950, que se concede al autor de obras en francés que más se haya distinguido por su labor literaria.

A no ser por su gran tamaño, el Nº 8 de Prinz Albrecht Strasse no se diferenciaba exteriormente de cualquier otro edificio público del Berlín de la preguerra. Era pesado y gris y sobre él flotaban las conocidas banderas con la esvástica. Mas la estructura, de apariencia sombría estaba guardada día y noche por centinelas tiesos como robots, y los transeúntes que acertaban a pasar frente a ella apretaban el paso y desviaban la mirada: allí estaba el cuartel general de Heinrich Himmler, jefe de la Schutzstaffel (SS), amo de la Gestapo, el hombre más temido de Alemania.
Una tarde de marzo de 1939 se detuvo ante la entrada un lujoso automóvil, conducido por un chofer uniformado, del cual se apeó un hombre rollizo en traje de civil, como de unos 40 años que, ignorante al parecer de la siniestra reputación del edificio, se acercó a él y solicitó ver al Reichsführer, título inventado por Hitler para designar al nazi Nº 2 de Alemania: Himmler.- ¿Al Reichsführer en persona?
- le preguntó un centinela.
- Sí: en persona.
El soldado anotó el nombre del visitante, entró en el edificio a toda prisa y apoco salió de él un oficial uniformado con la camisa negra de la SS, que con el brazo en alto pronunció el ritual saludo nazi con voz estentórea.
- ¡Heil Hitler!
El desconocido, de sonrosadas mejillas, se quitó cortésmente el sombrero y le respondió:
Muy buenos días, teniente.
Sígame usted -le dijo el oficial..
Y lo dijo con tono y modales tan respetuosos que, apenas se cerró la puerta tras de los dos hombres, los centinelas cambiaron rápidas miradas de asombro.
El visitante no tenía nada en común con la gente que frecuentaba el lugar: oficiales de la SS, policías de alta graduación, agentes secretos, soplones, o sospechosos llamados a prestar declaración. Este no ostentaba arrogancia ni mostraba temor o bajeza. Era un sencillo ciudadano, al parecer bien comido y satisfecho de sí mismo. ¡Cosa rara!
Una vez dentro, el oficial lo condujo a través de galerías repletas de soldados; hízolo subir por dos amplias escaleras y pasar luego por un largo corredor. antes que tuvieran tiempo de llamar, se abrió una puerta; Himmler en persona los esperaba. Era un hombre enjuto de hombros estrechos y bigotito recortado que vestía el uniforme de general de la SS. Unos espejuelos de aro metálico le enmarcaban los ojos de un gris subido; los pómulos salientes se destacaban sobre el rostro color de cera. Con su mano huesuda estrechó la regordeta del visitante y sin soltársela lo obligó a entrar.
- Le agradezco mucho que haya venido, doctor. Mucho me han hablado de usted. Ojalá pueda aliviarme estos agudísimos dolores de estómago que no mc permiten ni andar ni estarme quieto.
Al decir esto, Himmler soltó la mano del recién llegado, su rostro, poco agradable, tomó un color más cetrino y prosiguió:
- Ningún médico en Alemania ha acertado conmigo. Me aseguran no obstante, que usted ha tenido éxito donde otros han fallado. ¿Cree que podrá curarme?
Sin responderle, el Dr. Félix Kersten se puso a estudiar las facciones de su interlocutor: los pómulos mongoloides, el pelo escaso, la barbilla hundida. Esa era la cabeza que había concebido y llevado a cabo las medidas que atemorizaban a los alemanes y horrorizaban a todos los hombres civilizados.. las redadas, los campos de concentración, el exterminio en masa.
Pero en aquellas facciones desmedradas también reconoció Kersten la súplica angustiosa de la carne mortal que sufre. Echó un vistazo en su derredor; la habitación estaba sobriamente amueblada: una mesa grande de trabajo cubierta de papeles, unas cuentas sillas, un diván.
- Tenga la bondad de desnudarse de la cintura para arriba y tiéndase de espaldas, Herr Reichsfühter - le dijo el médico.
Himmler condescendió al instante. Kersten acercó su silla y colocó las manos sobre el cuerpo extendido. Manos grandes y gruesas, de dedos abultados cuyas yemas parecían hinchadas y más carnosas que de ordinario. Apenas comenzó a moverlas, la cara molletuda del médico experimentó un cambio extraordinario: desaparecieron las arrugas de la piel, la boca perdió su sensualidad; cerró los ojos y su aspecto de burgomaestre flamenco pareció tornarse en la imagen de un Buda.
Los dedos se deslizaban suavemente con movimiento casi imperceptible sobre la garganta, el pecho, el corazón y el estómago de Himmler. Comenzaron luego a detenerse sobre ciertos puntos para hacer presión, para buscar, para escuchar...
De pronto el paciente lanzó un grito. Aquellos dedos sutiles y aterciopelados acababan de comprimir brutalmente un sitio del estómago del cual brotó el dolor como lengua de fuego.
- Muy bien... quédese quieto -musitó Kersten.
Otra ola de dolor cruzó los intestinos de Himmler. Después otra, y otra. El hombre se quejaba sordamente y se mordía los labios; tenía la frente empapada en sudor.
- Es muy doloroso ¿verdad? -le preguntó Kersten.
- Terriblemente -le respondió Himmler apretando los dientes.
Por fin el médico, poniendo las manos sobre las rodillas y abriendo los ojos, dijo:
- Sí. Es el estómago, naturalmente. Pero en particular, la parte del sistema nervioso relacionada con él. No hay nada más doloroso.
- ¿Podrá usted aliviarme?- le preguntó Himmler con voz suplicante.
- Eso lo veremos en seguida.
Esta vez no tanteó. Hundió los dedos en el estómago del paciente y agarrando un puñado de carne, lo apretó, lo estrujó, lo sobó, lo retorció. A cada movimiento, Himmler contenía un quejido de dolor.
Al cabo de algunos minutos Kersten dejó caer los brazos y allojó el cuerpo como lo hace un boxeador que descansa:
- Con esto basta por la primera vez. ¿Cómo se siente?
Himmler vaciló antes de responder. Parecía querer escuchar lo que le pasaba dentro del cuerpo. Al fin dijo titubeando:
- Me siento... sí, es sorprendente...me siento mejor.
Se incorporó con cautela, evidentemente aterrorizado de las consecuencias del movimiento. Pero el alivio físico continuó; no reapareció el dolor insufrible.
- ¡Ningún remedio me ha servido, ni siquiera la morfina! -exclamó-. Y ahora, en unos pocos minutos... ¡Es increíble, doctor! Quiero que se quede usted conmigo. Haré que lo alisten inmediatamente en la SS con el grado de coronel.
Kersten se sobresaltó un poco al oír tan fantástica oferta, pero respondió con gravedad.
-Herr Reiehsfiihrer, le quedo muy agradecido... pero, desgraciadamente, me es imposible aceptar el honor que me hace.
Y le explicó que vivía en Holanda, en donde además de su hogar y su familia, tenía establecida una consulta con numerosa clientela.
- No obstante -agregó- cuando usted me necesite puedo venir a verlo. Además, las próximas dos semanas estaré en
Berlín atendiendo a mis pacientes de aquí.
- Entonces, tenga la bondad de incluirme entre ellos, doctor. Venga usted a yerme todos los días.., se lo ruego.
Acabando de decir esto apretó un timbre sobre su escritorio y a poco se presentó un ayudante.
- El Dr. Kersten será siempre bien recibido aquí -le dijo Himmler-. Quiero que todo el mundo lo sepa.
Todas las mañanas, durante las dos semanas siguientes, Kersten se presentó en el Nº 8 Prinz Albrccht Strasse para tratar a Himmler.
No era éste un trabajo de su agrado. Y no lo hubiera hecho si no se lo pidiera en 1938 el industrial alemán August Diehn, uno de sus más antiguos pacientes y de sus mejores amigos.
Al principio Kersten se había negado rotundamente:
- Hasta ahora he evitado esa clase de pacientes y no es mi intención comenzar ahora con el peor de todos -le había dicho.
Pero Diehn insistió:
- Nunca le he pedido favor alguno, doctor; mas hoy tendré que pedírselo por el bien de muchos y el mío propio. Himmler trata de nacionalizar la industria de la potasa y yo seré una de sus primeras víctimas. Sé por experiencia propia el ascendiente que tiene usted sobre sus pacientes cuando logra aliviarlos. Por tanto usted podrá...
Kersten convino entonces. Su decisión fue providencial, pues gracias a ella se salvaron millares de vidas.

La Providencia y el Dr. Ko
Félix Kersten, en realidad, no era médico. Era lo que ordinariamente se llama un masajista, pero un masajista extraordinario. La Providencia había dotado a sus manos de una habilidad prodigiosa.
Aunque nació en Estonia (en 1898), después de la primera guerra mundial se hizo ciudadano finlandés y comenzó sus estudios profesionales en Helsinki. En los países del norte, especialmente en Finlandia, la terapéutica manual es una ciencia muy antigua y un arte muy respetable. Uno de los mejores especialistas que había entonces en Helsinki, un Dr. Colander, que con frecuencia visitaba el hospital donde estudiaba Kersten, reconoció la habilidad natural del joven para el masaje y lo tomó bajo su tutela.
Siguieron dos años de estudios intensivos y en 1921 Kersten obtuvo un grado de masajista científico. De allí se trasladó a Berlín a continuar estudios prácticos, y en aquella ciudad, en una comida a que asistió en 1922, conoció al Dr. Ko.
Era éste un chino, anciano y arrugado, que se había criado en un monasterio del Tíbet, en donde llegó a ser lama. Desde su infancia lo habían instruido en las artes de curar y sobre todo en la antiquísima y sutil del masaje. Después de consagrar 20 años a esos estudios viajó al Occidente, se graduó de médico en Inglaterra, abrió su consulta en Londres y más tarde en Berlín. A pesar de su título trataba a sus pacientes únicamente con masajes, tal como aprendiera en el Tíbet.
Durante la comida el Dr. Ko se interesó por el joven estudiante y le pidió que fuera a su departamento y le expusiera sus técnicas finlandesas. Después de que Kersten le hizo una amplia demostración de sus conocimientos, el chino lo miró con sus ojillos parpadeantes, medio cerrados y le dijo:
- Mi joven amigo, usted no sabe absolutamente nada. Pero me gustaría tomarlo como discípulo.
De allí en adelante, sin apartarse de su lado durante tres arlos, Kersten trabajó con el médico lama. Ayudándolo en sus intervenciones lo vio practicar curaciones sorprendentes. Ko no afirmaba que el masaje fuese una panacea para curarlo todo; mas era tan extenso su campo de acción que sobrepasaba las esperanzas de la mayoría de los facultativos.
De acuerdo con la ciencia tibetana, como lo enseñaba Ko, el primer deber del masajista era asegurarse de la naturaleza exacta del dolor y de su causa. No hacía caso de las quejas del paciente; su única fuente de información estaba en las puntas de sus dedos. Por medio de ellas podía saber qué tejidos se habían dilatado, cuál grupo de nervios estaba lesionado. Finalmente, en 1925, el Dr. Ko le dijo a su discípulo:
-Kerstcn, ya has aprendido todo cuanto puedo enseñarte.
Le traspasó su clientela y se volvió al Tíbet.
De la noche a la mañana cambió la vida de Kersten. El, que había sido estudiante pobre, obligado a trabajar parte del tiempo para pagarse los estudios, se veía ahora rico. Gente de influencia acudía a su consulta y su fama traspasaba las fronteras de Alemania. En 1928 lo llamaron a que atendiera al príncipe Hendrik, esposo de la reina Guillermina de Holanda. Tanto le gustó el país que decidió establecer su residencia en La Haya, aunque conservó su departamento en Berlín y compró también una magnífica finca en las afueras de esta última ciudad.
Se casó y su joven esposa, Irmgard, lo trataba con mimo y le preparaba las abundantes comidas que tanto le deleitaban. Trabajaba ora en Berlín, ora en La Haya, ora en Roma. Nació un hijo. Su felicidad parecía completa.
Por el tiempo en que se casó, Hitler se anexaba a Austria y en el mismo año en que nació el primogénito (tuvo tres hijos), el Führer se adueñaba de una parte de Checoslovaquia. Pero Kersten hacía la vista gorda, no quería ver esas cosas; parapetado, detrás de los muros de su profesión, su familia y su felicidad, no pensaba verse nunca comprometido en la política.

“Tendremos guerra”
La reacción de Himmler al tratamiento del masajista fue sorprendente, aun desde las primeras dos semanas. Teniendo a su cargo la más secreta, la más sórdida y brutal de las consignas, y viviendo únicamente entre policías, espías, fanáticos y verdugos, el Reichsführer era suspicaz en extremo. Mas ahora, apaciguado y suavizado por las manos del doctor, su carácter se mitigaba de una manera extraordinaria. Kersten suspendía los masajes cada cinco minutos para dar descanso a los nervios y en intervalos Hirnmler soltaba lengua.
Al principio hablaba de sí mismo, de su enfermedad. Luego endilgaba una conferencia a su médico sobre la superioridad de la raza alemana y la gloria del SS, su más pura esencia. El mismo escogía sus soldados, siguiendo siempre el mismo modelo: altos, de ojos azules.
Poco apoco la charla giraba alrededor de Hitler y entonces se desbordaba: Hitler era un genio de los que sólo aparecen una vez cada mil años; era un ser inspirado, infinitamente sabio, todopoderoso…un dios. Al pueblo alemán le bastaría seguirlo ciegamente para llegar al cenit de su historia.
Kersten no comentaba estos discursos. Tratando de evitar cualquier compromiso político, se esforzaba por considerara Himmler como a un paciente cualquiera. Pero un día sintió una tremenda sacudida cuando éste, que descansaba de espaldas en el sofá, dijo con gran tranquilidad:
- Pues, me parece que muy pronto tendremos guerra.
- ¡ Guerra! -prorrumpió Kersten involuntariamente-. ¡Cielo santo! ¿Por qué razón?
Himmler se enderezó sobre los codos y respondió con voz exaltada.
- ¡Tendremos guerra porque Hitler la quiere¡ ¡La guerra hace al hombre más fuerte, más viril!
Volvió a tenderse y habló con más calma, en tono tranquilizador.
- De todos modos, será una guerrita corta, fácil, victoriosa. Las democracias están podridas por dentro. Pronto las tendremos de rodillas ante nosotros.
Cuando Kersten regresó a Holanda al cabo de dos semanas, ya Himmler no sentía dolor. Sus palabras de despedida rebosaban emoción y gratitud. Parecía contemplar a su médico como a un mago, a un hechicero.
Kersten no regresó a Berlín hasta pasados casi tres meses. Para entonces Himmler lo necesitaba con urgencia y volvieron a reanudarse las sesiones. De nuevo volvió a hablar de la guerra que quería el Führer. Ya había tomado Hitler a toda Checoslovaquia, pero las democracias trataban de esquivar el conflicto general.
-El mundo no podrá disfrutar de paz verdadera mientras no sea purificado por la guerra -despotricaba Himmler.
Poco a poco Kersten comenzó a replicarle. No quería que el otro interpretara su silencio como aprobación. Repetíale que la guerra era un atropello contra la humanidad, Himmler sólo tenía una respuesta:
- El Führer dice...
Aquel otoño, cuando Hitler hizo inevitable la guerra con el ataque a Polonia (y Francia e Inglaterra desmintieron las predicciones de Himmler entrando en el conflicto), Kersten encontró en una posición difícil. En octubre, después de responder a un urgente llamado de Himmler, el médico resolvió consultar con la embajada finesa antes de regresar a Holanda. Aunque rara vez visitaba el país, se había hecho ciudadano finlandés y era oficial de reserva.
Se entrevistó, pues, con varios diplomáticos fineses y les contó que hacía varios meses trataba a Himmler. Les informó acerca de la tendencia de su paciente a hacer confidencias durante el tratamiento, algunas de posible importancia militar y política, y les preguntó si debía seguir tratándolo.
- No lo dude un momento -le respondieron-. Usted tiene el deber de seguir tratando a Himmler. Procure mantener y acrecentar la confianza que le dispensa y... ténganos al corriente. Es de vital importancia.
Kersten prometió hacerlo así.

A bordo del tren especial de Himmler
Hacia el mes de mayo de 1940 la posición de Kersten era muy difícil:
Su tierra nativa, Estonia, había sido anexada por Rusia, país contra el cual luchara él en 1919. Allí lo esperaba la muerte como traidor. Su residencia legal, Holanda, había sido invadida por las tropas de Hitler y los nazis holandeses tenían muchas ganas de agarrarlo, pues lo consideraban persona muy allegada a la corte de la reina Guillermina.
Su patria adoptiva, Finlandia, estaba cerrada para él, ya que sus más altas autoridades le habían ordenado continuar el tratamiento de Himmler.
En Alemania se le restringía cada vez más la libertad de acción. Durante la invasión de Holanda había estado virtualmente preso en su casa de campo en las afueras de Berlín y, a mediados de mayo, le habían ordenado (no invitado) acompañar a Himmler al frente a bordo de su tren particular.
Las tropas alemanas avanzaban por Francia con una rapidez aterradora y el tren de Himmler habíase convertido en un verdadero cuartel general sobre ruedas. Todas las secciones bajo sus órdenes: Gestapo. SS, Inteligencia, Contraespionaje, Control de Territorios Ocupados, tenían su oficina rodante. El tren iba dejando una estela de pavor, hambre, tortura y muerte.
Para escapar de ese paisaje de destrucción, el doctor buscó refugio en la pequeña biblioteca de campaña de Himmler. Allí hizo un descubrimiento asombroso. Todos los libros trataban de religión: Los Vedas, El Antiguo Testamento, los Evangelios, el Corán, trabajos críticos, comentarios y tratados de teología, escritos místicos y derecho canónico.
- ¿No me ha dicho usted que el verdadero nazi no puede tener religión? -le preguntó a Himmler cierto día.
-Naturalmente. ¿Por qué me lo pregunta?
- ¿Entonces? -replicó el médico señalándole los anaqueles de la pequeña biblioteca.
A Himmler le hizo gracia.
- No me he convertido -le respondió-. Esos libros son necesarios para mi trabajo.
Se le iluminó el trostro; Kersten conoció por ello que iba a pronunciar el nombre de su ídolo.
- Hitler -prosiguió- me ha confiado la preparación de la Biblia de la nueva religión nazi.
- No le entiendo.
- Después de la victoria del Tercer Reich, el Führer abolirá el Cristianismo para establecer la nueva fe Germánica sobre sus ruinas. Conservaremos la idea de Dios, pero será una idea vaga e indistinta. El Führer remplazará a Jesucristo como salvador de la humanidad. Así, millones y millones de gente sólo pronunciarán el nombre de Hitler en sus oraciones y, dentro de cien años, nadie conocerá otra religión fuera de la nueva.
Kersten lo escuchaba con la cabeza baja, temeroso de que Himmler descubriera la expresión de horror en su rostro.
- ¿Comprende usted ahora -concluyó el expositor- la necesidad que tengo de documentarme para escribir la nueva Biblia?.
En el coche comedor los oficiales celebraban diariamente la agonía de Francia con groseros brindis de triunfo. Kersten, a pesar de su gusto por la comida, apenas si podía pasar bocado. Los oficiales de la Ss, ya celosos de él por la deferencia con que lo trataba el jefe, notaron su actitud y acentuaron su hostilidad. ‘Este doctor- cilio - solían decir sin cuidarse de que él lo oyen-. Este maldito paisano finés puede ver a Himmler cuando quiere, en tanto que nosotros tenemos que pedir audiencia.

Solamente uno no compartía la animosidad general. Era un subteniente que servía a Himmler de secretario particular. Amante de la paz, sin pretensiones, Rodolfo Brandt era, como Kersten, otro civil extraviado entre los asesinos uniformados que llenaban el tren. Tenía grado de doctor en derecho y antes de la guerra había sido empleado del Estado. Cuando Himmler pidió un secretario, sus subordinados habían escogido a Brandt quien, aunque no simpatizaba con los nazis, no se atrevió a rehusar el puesto. Fue enrolado en la SS en donde su inteligencia, sus finos modales y su gran discreción le conquistaron bien pronto la estima y la confianza del Reichsführer.
Como su secretario también sufría del estómago, Himmler pidió al Dr. Kersten que lo tratara. De esta suerte Brandt y Kersten tuvieron muchas ocasiones de estar juntos. Al principio se trataron con extrema cautela, pero, poco a poco llegaron a conocerse el uno al otro tal como eran: dos hombres solitarios que no habían olvidado el significado de la palabra humanidad.

(Continuará)

 




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