El Hombre de las Manos Milagorsas P.III - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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El Hombre de las Manos Milagorsas P.III

Condensados

El Hombre de las Manos Milagrosas
(Tercera Parte)

Por: JOSEPH KESSEL

      
 

Lucha por salvar a toda una nación
Durante las semanas siguientes Himmler no cedió un ápice. En vano apeló el doctor a la lisonja, a los sentimiende gratitud de su paciente y hasta a la amenaza de recrudecimiento de su mal. Nada lo ablandaba. Esta vez servirle de coraza contra la influencia de Kersten un prestigio mucho más grande: el de Hitler, su amo, su dios.
La deportación tendrá lugar en la fecha señalada- repetía. Y el tiempo se iba acercando.
Entonces, hacia fines de marzo, ocurrió una cosa extraña. Por primera vez en dos años los tratamientos de Kersten dejaron de dar resultado. Si es que lo hizo deliberadamente o sucedió porque -como él dijo más tarde- su habilidad quedara paralizada por su misma ansiedad, el hecho es que las manos milagrosas se sintieron de pronto incapaces de calmar los dolores de Himmler. El Rcichsführer padecía horrible
Yo le advertí -le decía Kersten- que no podría usted llevar las dos cargas simultáneaSu sistema nervioso ya no me obedece. Renuncie a la menos importante de sus dos misiones y le garantizo que le quitaré el dolor.
Imposible -decía casi gimiendo Himmler-. Ensaye, ensaye otra vez.
Tratare -le respondía el médico- pero estoy casi seguro de que será inútil-. Y en verdad lo era.
A principios de abril de 1941 las tropas alemanas atacaron a Yugoslavia. Para asistir a la catástrofe, Hitler estableció su cuartel general cerca de la frontera de aquel país y ordenó a Himmler que lo acompañara. El viaje casi le cuesta la vida. Sólo se levantaba de la cama en su tren particular para ver a Hitler; Kersten se hallaa su cabecera día y noche. Cada sesión de masajes -le daba 10 al día- se convertía en un torneo, en una nueva lucha con el mismo objeto.
Usted se está matando, Herr Rcichsührer - le decía Kersten una y otra vez-. Ya está viendo que no se puede hacer todo al mismo tiempo; posponga la deportación.puedo -jadeaba el otro con el rostro cubierto de sudor frío al cual se mezclaban inlágrimas de dolor-. Tengo que hacerlo por mi Führer.
Una madrugada a las dos, faltando apeuna semana para la fecha de la deportación, Himmler hizo llamar urgentemente a su médico. La violencia de sus sufrimientos era indescripEstaba tendido en el lecho como un crucifi
No puedo respirar ya. ¡Socórrame, por favor!
Kersten acercó una silla a la cabecera y, en tono afectuoso, casi implorante, le dijo:
Herr Reichsführer, yo soy su amigo. Quiero ayudarlo...pero le ruego que desista por ahora del asunto de los holandeses. ¿Recuerda cuan efectivos eran los tratamientos antes de que se presentara esa cuestión?. Le garantizo que volverán a ser lo mismo apenas le pida usted a Hitler que posponga la deportación.
Sí, sí, querido Kersten, realmente creo que usted tiene razón -le dijo mientras le tomauna mano-. Pero ¿qué le voy a decir al Führer?
Dígale que no puede hacer frente a las dos responsabilidades al mismo tiempo. Menla falta de barcos, las carreteras atestadas. Dígale que el exceso de trabajo amenaza su salud y la conclusión de la obra del SS.
¡Es verdad! ¡Usted tiene razón, le hablaré a Hitler…pero deme usted las fuerzas para hacerlo!
El médico se animó, confió en el éxito y, una vez más, el paciente comenzó a sentir el alivio que solían proporcionarle sus mágicas manos. De vez en cuando murmuraba.
Creo que... sí, el dolor se está alejando. Kersten trabajaba en silencio. Cuando terminó, Himmler se incorporó lentamente, exó un profundo suspiro y exclamó:
Me siento mejor. El dolor ha desaparepor completo.porque ha decidido hablarle a Hitler. Debe hacerlo inmediatamente.
En ese momento sonó el teléfono. Himmler contestó. Escuchó sin hablar, y cuando volvió a colocar el receptor en su puesto se volvió a Kersten y le dijo:
Yugoslavia es nuestra. El Führer acaba de salir para Berlín y me ordena que lo siga. Mi tren está ya casi listo para partir.
Había recobrado su autoridad; el médico temió haberlo curado demasiado pronto. No obstante, la suerte estaba con él. Durante el viaje volvieron los calambres con toda su intensidad y esta vez el masajista prolongó el tratamiento de modo que estuviera incapacitado hasta llegar a Berlín.
¿Ve usted cómo se demora la reacción favorable? Eso se debe a que sigue usted dándole vueltas en la cabeza al asunto de la deportación. Tiene que desechar esa preocupación.
Pierda cuidado, querido Kersten, comprendo que así debe ser.
De la estación fue Himmler direca ver a Hitler y dos horas después llamaba a Kersten por teléfono para decirle:
El Führer es tan generoso como briLa deportación ha sido pospuesta. Tengo su promesa por escrito.

Otra escaramuza con Heydrich
Himmler nunca llegó a sospechar que Kersten tuviera otros motivos para oponerse a la deportación de los holandeses fuera de los que pudieran inducir al médico y al amigo. Pero Heydrich no era tan crédulo.
Cierto día Kersten fue citado a compareante el jefe de la Gestapo. Himmler y Brandt habían salido inesperadamente para Munich. No obstante, Kersten pasó por la oficina de Himmler y le pidió al oficial de turno que informara sin falta por teléfono al Reichsführer acerca de la cita.
Cuando se presentó ante Heydrich, éste lo recibió con la misma cortesía de siempre. Pero al cabo de un buen rato de contrapunteo, dijo el jefe de la Gestapo sin cambiar de tono ni dejar la amable sonrisa:
Lo siento.. .pero tendré que detenerlo. Estoy seguro de que fue usted quien influyó en el ánimo de Himmler en el asunto de la deportación de los holandeses.es darme demasiada importancia -respondió Kersten-. No merezco ese honor, usted me abruma.
Heydrich se reclinó un poco sobre la silla, se pasó la mano bien cuidada por los rubios y lacios cabellos y dijo:
Nadie será capaz de convencerme de que un médico de la corte de Holanda es amigo nuestro. Me gustaría saber quién le envió a usted a Alemania.
Himmler le puede contestar eso mejor que yo.
En esos momentos sonó un teléfono en la oficina vecina. Heydrich fue a responder la llamada. Kersten se quedó solo. Escuchaba ansio¿Sería Himmler?
Regresó el otro. Volvió a sentarse. Encendió un cigarrillo y sonrió.
¿En dónde estábamos? ¡Ah, sí...! Holanda. Me sorprende que sepa usted tanto de lo que pasa allá. ¿No quisiera usted decirme cuáles son sus fuentes de información?
Kersten disimuló el tecon un gracejo.
Quizás soy clarivi
Quizás yo también lo soy. Creo que estoy empezando a adivinar quién es usted. Pronto lo probaré.
Fijó los ojos en el mécon rencorosa determión, se levantó y siguió di
Está usted libre. Himmler acaba de llamarme; él responde por su lealtad; me ha orexplícitamente que lo deir. Pero esté listo para volver por aquí. No tengo la menor duda de que nos veremos otra vez.
Mas estaba equivocado. En septiembre de 1941 Heydrich fue enviado a Bohemia y el 4 de junio de 1942 murió en Praga a manos de los patriotas checos. Lo sucedió Ernst Kallenbrunner como jefe de la Gestapo.

“Los grandes tienen que andar sobre cadáveres "
Cuando Hiter, jugándose el todo por el lodo, invadió a Rusia el 21 de junio de 1941, el tren particular de Himmlcr partió hacia la frontera oriental y el Reichsführer quiso que Kersten lo acompañara.
Estableciéronse centros de operaciones movibles en la Prusia Oriental. Tan pronto como se estacionaba el tren en su apartadero, los esbide Himmler se ponían a trabajar; espiaban, efectuaban detenciones, establecían campos de concentración, llevaban a cabo ejecuciones sumarias. Himmler iba a ver a Hitler todas las noches al cuartel general, que nunca se hallaba lejos.
El Dr. Kersten, que comía en el rancho de los oficiales del Reichsführer, notó que toda esa gente estaba ebria de entusiasmo con el primer éxito de las armas alemanas contra los rusos. Estaban seguros de alcanzar una aplastante victoy ya imaginaban el gran Reich extendido hasta los montes Urales. Repitiéndose las promesas que les hiciera Himmler, y que éste a su vez obtuviera de Hitler, se repartían de antemano los despojos de ese gran país. "Cada soldado alemán -decían-tendrá propiedades en Rusia. Aquello será el paíso de Alemania".
Yo tendré una fábrica -decía uno.
Para mí una mansión -gritaba otro. Con el rápido avance alemán en tres
meses, se multiplicaron las ocupaciones diarias de Himmler y como con ellas se acrecentaban sus dolores, no se atrevía a desprenderse de Kersten. Cuando al fin aquél tuvo que regresar a Berlín, en el mes de octubre, un temprano y crudísimo invierno había comenzado a inmovilizar el ejército alemán; a pesar de sus grandes bajas, los rusos se sostenían, sabiendo que el tiempo y el espacio estaban de su parte.
Un día de ese otoño, en que Kersten había ido a tratar a Himmler en Berlín, encontró a su paciente desesperado. Le preguntó qué le sucedía y tras alguna vacilación Himmler se franó con él.
Usted es mi único amigo -le dijo-; la única persona con quien puedo hablar. Se lo diré todo: Después de la caída de Francia, Hitler hizo varias ofertas de paz a Inglaterra, pero los judíos que dirigen ese país las rechazaron. Nada resulta más nocivo para Alemania que una guerra con Inglaterra; sin embargo, el Führer sabe que los judíos la llevarán hasta el fin. No habrá paz en el mundo mientras ellos estén en el poder, es decir, mientras existan judíos sobre la tierra.
¿Y bien?
Por tanto -continuó Himmler- el Führer me ha ordenado liquidar a todos los judíos que caigan en nuestro poder. Esa raza debe ser exter
¡Pero usted no puede! -gritó Kersten-. Piense en el horror, en el sufrimiento que esto significa. ¿Qué pensaría el mundo de Alemania?grandes tienen que andar sobre cadáveres, ésa es su tragedia -respondió Himmler; bajó la cabeza sobre el pecho y se quedó silencioso. Parecía anonadado.el fondo no puede usted aceptar semejante atrocidad; de otro modo no estaría usted tan intranquilo.
Himmler levantó la cabeza sorprendido.
No, no es eso -dijo-; lo grave fue que me porté como un imbécil. Cuando Hiüer me explicó lo que deseaba yo le respondí: "Tanto yo como la SS estamos listos para dar la vida por usted, mi Führer, pero, por favor, no me encargue de esta misión".
Con la respiración anhelante siguió Himmler contando lo que había ocurrido después. Incapaz de tolerar la más leve contradicción, Hitlcr había estallado en una de esas rabietas suyas que parecían accesos de locura. Se había arrojado sobre él y agarrándolo por el cuello le había gritado en su propia cara: "Yo he hecho de ti un hombre, por mí vales... y ahora no quieres obedecerme. Estás procediendo como un traidor".
La reacción de Himmler había sido de terror y desesperación. "Perdón, mi Führer -le había dicho-: Haré todo, absolutamente todo lo que usted me ordene. No me diga nunca que soy traidor".
Mas no por esto se calmó Hitler. Volvió a gritar, zapateó de nuevo, echó espumarajos por la boca. "La guerra terminará muy pronto y yo he dado al mundo mi palabra de que al fin de ella no quedará un solo judío sobre la tierra. Tenemos que proceder con presteza y vigor. Ahora dudo que tú seas capaz de eso".
Al terminar Himmler su relato miró al médico con ojos de perro apaleado y le preguntó:
¿Comprende usted ahora?
Kersten entendía demasiado bien. A Himmler no le importaba la destrucción de mide judíos. Sólo le mortificaba que Hitler ya no tuviera completa confianza en él.

El gran secreto de Alemania.
Un día del invierno de 1942, Himmler desconcertó a Kersten con esta pregunta:
¿Podría usted tratar a un hombre que sufre de fuertes dolores de cabeza, mareos e insomnio?
Tendría que verlo -respondió el médico-. Todo depende de las causas de esos síntomas.
Himmler aspiró profundamente como si de pronto le hubiera faltado aliento.
Tiene que jurarme que guardará en absoluto secreto lo que le diga.datos médicos son siempre confide acuerdo con las normas de mi vida profesional, Herr Reichsführer.
Perdóneme, Kersten, pero si usted supiera...
Se interrumpió, fue a la caja fuerte, sacó un abultado documento, se lo pasó al médico con visible esfuerzo y continuó:
Tenga usted. Léalo. Tiene en sus manos el secreto de la enfermedad del Führer.
Más tarde, no acertaba a explicarse Kersten por qué razón Himmler le había enseñado aquel informe. ¿Qué ansiedades lo habrían impula hacerlo? ¿Habrían flaqueado de pronto las facultades mentales de Führer? ¿Se habrían resus rabietas ahora que los azares de la guerra se volvían en contra de Alemania?
El informe constaba de 26 páginas y establecía los hechos siguientes: En su juventud Hitler había contraído sífilis. Un hospital de Pasc-walk lo había dado de alta, curado en apariencia, pero en 1937 reaparecieron síntomas de que la encontinuaba activa. Finalmente a princide 1942, se habían mostrado evidentes manifestaciones de que el Führer sufría de parálisis sifilítica progresiva.
Sin decir palabra, Kersten devolvió la documentación a Himmler. El significado de lo que acababa de leer era tan aterrador que durante unos instantes fue incapaz de ordenar sus pen
Bien.. .¿qué se puede hacer? - interrogó Himmler.yo no puedo hacer nada en este caso. Soy especialista en maen enfermedades mentales. ¿Está soa tratamiento?El Dr. Morell, su médipersonal, le aplica inyecciones que, según él se lo asegura, detendrán el progreso de la enfermey preservarán su capacidad de trabajo.
¿Quién garantiza que esto sea verdad? Aún no se ha descubierto el remedio para curar la parálisis sifilítica progresiva.
Yo tamén he pensado en eso -comentó Himmler.
De súbito comenzó a pasearse y a hablar agitada-mente. No se trataba de cualquier enferdecía. Hitler no podía ser examinaen una clínica de enfermedades menpues con seguel servicio de espionaje aliado descubriría el hecho y lo transía por radio al ejército y al pueblo alemán, lo cual podría ocasionar una derrota desastrosa. Como tenía la certeza de que los especialistas reno le darían esperanzas de curación, había decidido poner al Führer en manos de Morell y era preciso que éste lo sostuviera hasta la victoria.
Juzgue usted cuáles no serán mis an-continuó Himmler-. El mundo consia Adolfo Hitler un gigante. Yo quiero que se conserve así para la historia. Es el genio más granque haya vivido nunca. ¿Qué importa que esté enfermo, ahora que su trabajo está ya casi concluido?
Apenas salió del despacho del Reichsührer, Kersten interrogó discretamente a Brandt acerca del dictamen médico. El secretario se puso pálido.
¿En realidad se lo enseñó Himmler? ¿Se da cuenta usted del peligro que corre? Un extranjero, en posesión de nuestro secreto de Estado más importante. Fuera de Himmler sólo Bormann y quizás Góring poseen tal informaón. No lo mencione nunca, ni al mismo Reichsführer; eso sería arriesgar su vida.
Kersten siguió el consejo. La semana siguiente vio a Himmler todos los días por la mañana, mas en sus conversaciones no se dijo una palabra relativa a la salud de Hitler. Fue como si el informe no hubiera existido.
Después el propio Himmler trajo a colación el escabroso tema. ¿No había pensado el doctor en algún tratamiento efectivo para Hitler?
Al responderle Kersten abandonó toda cautela, pues lo había obsesionado el asunto. Díjole que la enfermedad afectaría el juicio del Führer produciendo un desequilibrio en sus faculLos dolores de cabeza, el insomnio, el temblor de las manos, el tartamudeo, las convulla parálisis de los miembros, todo eso iría acentuándose implacablemente; las aluciy la megalomanía consiguientes serían inevitables. A su parecer Himmler corría un grave
riesgo dejando al Führer en manos de Morell, ya que de las decisiones de Hitler dependería la suerte de millones y ¿quién podría decir si tales decisiones eran tomadas en un período de lucidez o de locura?
Himmler permanecía silencioso. Kerssorprendido de su propio atrevimiento, siguió hablando aun con mayor claridad.
Solamente un hombre en plena posesión de sus facultades tenía el derecho de gobernar. Como esto había dejado de ser así, Himmler no podía ni debía reconocer a Hiter como a su Führer.
Ya he pensado en eso -murmuró el otro bajando la cabeza-. Lógicamente, usted tiene razón.. .Pero en el caso presente la lógica pierde su fuerza. A estas alturas es imposible cambiar. Además, sería inaudito que yo me volviera contra el Führer. Soy el comandante de la SS, cuyo lema es "Honor en la Lealtad". ¿Cómo podría hacerlo? Todo el mundo pensaría que obraba impulsado por la ambición del poder.
Entonces, ¿va usted a permitir que Hitler siga de mal en peor? ¿Está dispuesto a dejar los destinos del pueblo alemán en manos de un hombre atacado de una terrible enfermedad mental?riesgo no es tan grave aún como para obligarme a actuar...Si mi intervención fuese necesaria, todavía hay tiempo.

Plan humanitario de Suecia
En septiembre de 1943 el gobierno finés pidió a Kersten que fuese a Helsinki a rendir un informe general. En vista de que Finlanhabía entrado ya en la guerra como aliada de Alemania y siendo Kersten ciudadano y funciofinés, no podía fácilmente Himmler oponerse al viaje.
Quizás pueda usted averiguar por qué razón su gobierno no ha querido entregarnos los judíos que tienen allá -le dijo.
Mientras Kersten se alistaba para salir, el embajador sueco le pidió que se detuviera en Estocolmo el tiempo necesario para celebrar algunas entrevistas confidenciales con ciertos funcionarios de su gobierno. Esto fue más difícil de arreglar, ya que en ese país neutral estaría fuera del alcance de las autoridades alemanas. Pero habiendo cerca de 5000 heridos finlandeses hosen Estocolmo, Kersten logró convena Himmler de la necesidad de parar allí para ayudar a tratarlos.
Está bien -suspiró Himmler-. Pero si llega a presentarse algún inconveniente para su regreso...
¿Le he dado alguna vez motivo para desconfiar de mí? -le preguntó Kersten, en tono de reproche. Y agregó que de sus tres hijos, los dos mayores se quedarían en Hartzwalde; solamente su esposa y el chiquitín saldrían del país con él.óneme -imploró Himmler con verdadero pesar-. Usted sabe cuan desconfiado y suspicaz me ha vuelto la vida. Pero usted es el único hombre en el mundo de cuya sinceridad puedo estar seguro.
Cuando llegó a Suecia experimentó Kersten la primera sensación de libertad que había tenido en cuatro años. Sentía un alborozo casi febril al verse libre del terror de la Gestapo, de la aguda escasez de alimentos, de la falta de calefacción, de las incursiones aéreas nocturnas, calamidades características de la Alemania nazi en tiempo de la guerra. Pero bastó una entrevista con Christian Gunther, ministro sueco de RelaExteriores, para hacerle ver la realidad.
Cada día -le informó Gunther- los Aliados ejercen mayor presión sobre nosotros para que entremos en la guerra en contra de Alemania, cosa contraria a nuestras tradiciones de neutralidad y a nuestros intereses; al día siguiente de nuestra declaración de guerra Estoquedaría en ruinas. En cambio, he ideado un plan humanitario que ayudaría mucho a los Aliados. Consiste en salvar a cuanta gente sea posible de la que está recluida en los campos de concentración. ¿Podríamos contar con usted?.listo, con todos los medios a mi alcance- respondió Kersten con entusiasmo.
De allí en adelante el ministro y el médico se vieron a diario. Entre ambos trazaron un vasto plan, casi fantástico, conducente a llevar a Suecia miles de prisioneros recluidos en campos de concentración. El gobierno sueco los transportaría y les daría asilo. La Cruz Roja, representada por el conde Folke Bernadotte, serviría de interPero el papel de Kersten sería el más importante y el más difícil: tendría que convencer a Himmler que dejara salir a los presos.
Terminadas esas conversaciones, Kersmarchó a Helsinki, rindió allí su informe y luego regresó a Alemania. Hubiera querido dejar a su esposa y a su hijo en un lugar tan seguro como Estocolmo, pero no se atrevió a despertar los recelos de Himmler; ahora más que nunca neceside su confianza ciega y la única garantía que podía darle, que él supiera, era la de regresar con su esposa e hijo.
En efecto, el 26 de noviembre, cuando Kersten lo llamó por teléfono desde Hartzwalde, la primera pregunta de Himmler fue a ese resDespués de expresarle el gusto que le daba su llegada, le dijo, como si se tratara de un hecho positivo al que daba poca importancia.
Naturalmente, supongo que dejaría a su esposa y a su hijo en Suecia ¿no es así?-respondió Kersten en el mismo tono-; vinieron conmigo.
¿De veras? Me alegro mucho. De modo que usted cree todavía en la victoria de Alemania. Perdóneme...han dicho aquí tantas cosas en contra suya, pero ahora lo sé; usted es amigo de verdad.

Conquista de los aliados.
Una vez restablecida la rutina de su vida en Berlín, Kersten comenzó a darse cuenta de la magnitud de la tarea que se había echado a cuestas. ¿De qué medios se valdría para arrebatar las víctimas de la despiadada Gestapo, víó que ésta consideraba ya como cadáveres aunque aún necesitaba aliados. Y devanándose los sesos en busca de candidatos a propósito, pensó en el coronel Walter Schellenberg y en el general Gotüob Berger, ambos inmediatos colaboradores de Himmler.
Berger, que había ascendesde las filas durante la primera guerra mundial, frisaba en los 50 arios; no gustaba de la política y en cambio amaba el ejército y reconociendo su pasión por la severidad en lo militar y en lo administrativo, Himmler le había dado el puesto de comandante de la Waffen SS (Waffen, que significa armas, era el distintivo de la rama combatiente de la SS; la otra rama proveía los guardas y los verdugos de los campos de concentración.)
Al principio Berger había sentido instinaversión hacia Kersten. Le parecía que la figura obesa de ese paisano desentonaba entre la élite militar. Mas sucedió que Himmler, siempre solícito por la salud de sus colegas, ordenó a Berger que fuese a ver a Kersten para que le hiciera un examen físico. Aunque refunfuñando y maldiciendo, el general obedeció. Luego de tentar el cuerpo con las yemas de los dedos, el médico fue enumerando todas las dolencias de su nuevo paciente. Berger quedó asombrado.
¿Cómo puede saberlo? -preguntó-. Yo nunca le he mencionado a Himmler nada de esto.
A medida que continuaban los tratamientos Berger comenzó a tener confianza en Kersten; hasta llegó a ser su amigo, a regañadientes. El médico descubrió que al general no sólo le interesaba la disciplina sino también el honor; para él no tenían nada en común los verdaderos soldados de la Waffen SS con los verdugos de la SS y no permitía que sus hombres fraternizaran con ellos. La Gestapo, los campos de muerte y el racismo le producían profunda repugnancia.
Schellenberg era un sujeto enteramente distinto: joven rubio, melindrosamente acicaposeía amplia cultura, modales impecables y hablaba inglés a la perfección. Había comenzado a las órdenes de Heydrich en el servicio especial de espionaje y tenía una extraordinaria hoja de servicios. A los 30 años ya era coronel y ahora, a los 34, aspiraba a ser el general más joven de Alemania y buscaba los favores de Himmler abiertamente. Dos años antes Himmler le había pedido a Kersten que examinara al joven oficial.
        No creo que necesite de sus cuidados profesionales- le había dicho-. No obstante, mienlo examina, puede estudiar su carácter. Es muy capaz, pero me intranquiliza su ambición desmesurada.
Cuando llegó Schellenberg a ver a Kersten ambos se miraron en silencio; aunque los dos sabían que el motivo de la visita era un reconocido médico, ninguno de ellos se comportó como si así fuera.
Me complace conocerlo al fin, mi coronel -díjole Kersten-. Tiene usted muchos enemigos entre el séquito de Himmler. Progresa usted con demasiada rapidez. Mas, por mi parte, nada tiene que temer; en cambio, podría prestarle valiosa ayuda si llegamos a ser amigos.
Lo sé, doctor; precisamente he venido aquí en busca de su amistad y haré todo lo posible para obtenerla.
Desde entonces Schellenberg había apoyado las empresas de Kersten y, siendo como era, jefe de contraespionaje, su influencia fue decisiva en muchos casos.
Antes de decir una sola palabra de su plan a Himmler, Kersten lo ensayó con estos dos sujetos, a quienes encontró mucho más inclinados a apoyarlo de lo que se hubiera atrevido a esperar. Schellenberg comprendía que Hitler estaba perdido sin remedio y que, cuando triunfaran los Aliados, él tendría a su favor el haber salvado millares de prisioneros. Los motivos de Berger eran más sencillos: estaba hastiado de atrocidades.
Así que, contando a Brandt, ya tenía Kersten tres hombres importantes de su parte. Su enemigo era Ernst Kaltenbrunner, sucesor de Heydrich en la jefatura de la Gestapo. Era éste un lipemaniaco, violento, ansioso de torturas y ejecuciones. Cada vez que Kersten salvaba una vida se ponía furioso; detestaba la compasión del médico por el género humano.
Tenga usted cuidado con ese bruto -le advertía Brandt-. Es capaz de mandarlo asesinar.

En la próxima parte, el desenlace.

      




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