El día que ardió el M.G.M. - Intelecto Hebreo

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01/08/2017
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El día que ardió el M.G.M.

Etapa Electónica 1

El día que ardió el M.G.M.
Testimonio de un sobreviviente


Por: Nissim Mansur

Transcurrió el jueves 20 de noviembre de 1980 -día de asueto en la ciudad de México- siendo aproximadamente las 6:00 de la tarde cuando un grupo de amistades y familiares descendíamos del avión que nos condujo a Las Vegas, Nevada, planeando quedarnos en esa ciudad hasta el domingo.
Todos estábamos de muy buen humor, pensando -algunos- que se iban a recibir grandes ganancias en las mesas de juego de los diferentes casinos que han hecho famosa a la ciudad; otros pensaban en las compras que harían, muchos de ellos regalos para la familia que quedó en los hogares.
Una vez instalados en el hotel nos reunimos en el lobby del majestuoso hotel que estaba tapizado en vivos colores y que permanecía iluminado de día y de noche. Siendo invitados de cortesía del M.G.M. Grand de Las Vegas de inmediato estuvimos de acuerdo en cenar en uno de los restaurantes del famoso hotel. Ya entrada la noche y una vez que terminamos de cenar, nos empezamos a dispersar, unos hacia las mesas de juego y otros a nuestras habitaciones para descansar.
Mi esposa Cecy y el que suscribe, decidimos retirarnos a la habitación aproximadamente a las 2:30 de la madrugada. Serían aproximadamente las seis de la mañana cuando mi esposa me despertó pues había escuchado muchas voces en los pasillos, suponiendo que algo malo estaba pasando. Me incorporé y juntos empezamos a oír gritos más fuertes, por lo que me dirigí a la puerta de la habitación y al abrirla, escuché varias voces desesperadas que decían: «the hotel is in fire» (el hotel se está quemando).
Invadido de un miedo total, tomé a mi esposa por la mano para salir corriendo por el pasillo del piso 24 en que estábamos alojados. Piso que rápidamente se llenaba de humo, a tal punto que momentos después ya no pude distinguir nada, como si fuera una intensa niebla. En ese momento Cecy se soltó bruscamente de mi mano expresando la preocupación por sus papás y sus hermanas. Sin importarle el riesgo regresa por el mismo pasillo y toca con mucha fuerza en las tres puertas de las habitaciones en que se alojaban. Una vez afuera todo el grupo volvió a remontar el pasillo hacia la puerta de emergencia que comunicaba con las escaleras.
Para nuestra desgracia o fortuna dicha puerta estaba cerrada, pero había una puerta abierta de una suite, que sin pensarlo mucho, de inmediato ocupamos junto con otra pareja de desconocidos que mostraban el mismo terror que nos invadía a todos. La suite la cerramos herméticamente poniendo toallas húmedas en la parte inferior y abrimos una amplia terraza para que el aire puro entrara, pues para ese entonces los pasillos del hotel se convirtieron en una verdadera cámara de gas para los que no pudieron volver a sus habitaciones, por razones de resistencia y porque además las puertas se cerraban automáticamente por razones de seguridad, olvidando en el trance las llaves en su interior.
Después de tomar las más elementales medidas de seguridad, tratamos de imponer calma, dándonos cuenta al mismo tiempo de que muchos estábamos semi vestidos y nuestras maletas habían quedado en los respectivos cuartos. Mi cuñado fue el único que pudo tomar apresuradamente una pequeña maleta de donde sacó unos Tefilim, un Talet y un Sidur, que fue pasando de mano en mano para que cada persona orara a su manera para que el Todopoderoso nos sacara de esta horrible situación. En mi caso tomé dichos objetos, salí a la terraza y me hinqué pidiendo a D-os con todo mi ser que nos salvara.
El tiempo pasaba y desde la terraza podíamos ver perfectamente el pavimento que representaba una promesa de vida para el que pudiera alcanzarlo. Al volver mi vista al lado izquierdo del edificio, noté unos delgados tubos que bajaban directamente hasta la calle. Pensé por un momento asirme a ellos y poco a poco bajar los 24 pisos, recordando al mismo tiempo que días atrás en el gimnasio, no fui capaz de deslizarme por tubos similares. Eso bastó para frenar mi impulso de huida.
Para ese entonces apareció un gran helicóptero que se detenía a la altura de nuestro piso, ayudando la gran hélice del aparato a disipar el denso humo que ya para entonces se formaba a esa altura. Desesperado agitaba las manos pidiendo a la tripulación se acercaran más a la terraza y al mismo tiempo cerraba el puño con el pulgar en alto, informándoles que estábamos con vida. Ellos hacían lo mismo, dándonos con su respuesta ánimos de que saldríamos bien.
Nos dimos cuenta que en el piso 25 los helicópteros empezaban a evacuar gente lanzándoles cuerdas y asientos especiales; por lo que planeamos nosotros mismos el orden en que haríamos nuestras salidas cuando llegara nuestro turno. En un momento determinado oímos fuertes golpes en la puerta, algo inesperado pues todos suponíamos que todo el pasillo estaba ya en llamas. Pero persistían los golpes dados cada vez con más fuerza invitándonos a que abriéramos. Uno de nosotros se llenó de valor y abriendo la puerta apreció un bombero con un traje especial diciéndonos «lets go everybody» (vámonos todos).
En esos instantes no entendíamos lo que sucedía y fuimos conducidos  por las escaleras de emergencia hacia pisos inferiores, guiándonos con potentes lámparas hasta alcanzar -con no poca dificultad- la anhelada calle, que descubrimos a través de un gran agujero que proyectaba una estupenda luz de sol, por la que se entreveía el asfalto. Una sensación indescifrable que significaba de nuevo la vida.
Notamos que una numerosa multitud rodeaba el sitio y unos paramédicos nos condujeron a una ambulancia con destino al hospital (cuyo nombre no recuerdo) en donde nos hicieron un chequeo físico e interrogatorio médico. Posteriormente salí del hospital únicamente con mi suegro pues algunos familiares requerían mayor atención, con la idea de comprar algo de ropa, pues literalmente estábamos hechos unas fachas. Una vez vestidos con lo indispensable salimos de nuevo a la calle impresionándonos lo solidario que puede llegar a ser el ser humano cuando se lo propone. Los carros particulares se detenían a una señal nuestra y nos llevaban desinteresadamente al lugar donde les indicábamos.
La mayor parte de los afectados fueron trasladados al Centro de Convenciones de Las Vegas, donde se habían hecho listas de personas que estaban hospitalizadas o que lamentablemente ya habían fallecido. Sabedores de que había muchos correligionarios en el mismo hotel, las revisamos cerciorándonos que varios habían fallecido. A este lugar llegaron todo tipo de prendas de vestir y alimentos, dándose instrucciones al mismo tiempo a aerolíneas nacionales e internacionales para que cualquier víctima del incendio fuera trasladado a su lugar de origen con una preferencia total, hubiera o no lugares disponibles en los aviones, tuviera o no consigo su pasaporte.
A dos días de la tragedia mis familiares y yo retornamos a México con una mezcla de emociones que nos invadía, recibiendo en nuestros hogares una conmovedora y emocionada bienvenida.
Después de veintiún años de este suceso verdaderamente trágico, ahora puedo relatarlo, reiterando como lo hice entonces, mi eterno y profundo agradecimiento a D-os.

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