Añorando Jodonia ( Libro 3, 18 capítulos ) *S - Intelecto Hebreo

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31/03/2017
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Añorando Jodonia ( Libro 3, 18 capítulos ) *S

Condensados

Música Instrumental para meditar
"Ritual" de Tony Medina

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Añorando Jodonia
Parte 1

Por: Jacobo Königsberg

CONJETURAS EN UNA NOCHE SIN ESTRELLAS
Sábado por la tarde. A principios de marzo. Estoy recostado en el sillón de la sala mirando el cielo tras el ventanal que da al sur. El día fue caluroso, la bóveda celeste lucía un límpido azul, casi sin ninguna nube. Sin embargo el cielo al atardecer, empieza a pardear por el polvo acarreado por el viento noroeste, que agita las copas de los árboles y silva por los intersticios de las hojas de las ventanas.
Es la hora de llegada de aviones hacia el aeropuerto, que queda al oriente, a mi izquierda. Cada tres o cuatro minutos veo bajar volando uno, con las luces encendidas, blancas, ámbar, rojas, parpadeando. Anochece. Las luces de los aeroplanos siguen pasando con regularidad frente a mí. El cielo está de un color pardo oscuro hasta cierta altura sobre el horizonte, más arriba es azul marino, cada vez más oscuro sin llegar al negro profundo. El reflejo de las luces de la ciudad no lo permite. Tampoco permite ver las estrellas, solo las luces de los aviones cada tres o cuatro minutos, más o menos. Saliendo al balcón sólo puede distinguirse a simple vista Venus, después de buscar durante un minuto o más. También parece que allá muy lejos cintila un astro. Nada más. Las luces de México, reflejadas en el polvo suspendido en la atmósfera del Distrito Federal y sus alrededores conurbados, no permiten ver más. Ni una estrella, solo aviones.
Empieza  a chispear. El destello de un relámpago lejano ilumina el lejano horizonte. A los pocos minutos otro rayo más cercano alumbra el firmamento, segundos más tarde se escucha el trueno. Después otro centelleo seguido del tronido. Después otro y otro. El cielo retumba y el chipichipi se trastoca en lluvia. No torrencial como las de verano, pero lluvia después de un bello día con mucho sol.
Febrero loco y marzo otro poco. Se cumple el dicho y me refugio en la sala. Me siento en el sillón, en la oscuridad. Con los ojos cerrados evoco los cielos pletóricos de estrellas de Jodonia, en épocas de estiaje. Algo que jamás veré acá en la colonia Condesa.
Hace algunos años, en Los Angeles California, durante un largo apagón total, la gente salió de sus casas y vio el insólito espectáculo de un cielo estrellado, en una bóveda de un negro profundo. Muchos se espantaron y, dicen, hablaron a la policía preguntando que ¿Qué eran esos puntos luminosos en el espacio? Temiendo una invasión extraterrestre y suponiendo que esas eran las luces de las naves enemigas. ¡Santa ignorancia y profunda educación cinematográfica y televisiva!
En Nadajala, capital de Jodonia, la iluminación pública es poco menos que deficiente, excepto en algunas calles que rodean la Plaza de la Independencia, donde está el Palacio Presidencial. Los habitantes, en su inmensa mayoría se recogen temprano para poder madrugar. A las nueve de la noche hay pocos focos encendidos en la Posada de Doña Jacinta. A no muchos pasos, en el vergel del fondo, a las diez de la noche, no se percibe ninguna luz y como no existen reflejos de la iluminación en nubes o polvo, se aprecia la bóveda celeste en todo su esplandor, pudiéndose notar como se mueven los astros a medida que pasan las horas y la Tierra gira sobre su eje.
Esto me llevó a recordar al Patriarca Abraham contemplando en Ur, el basto firmamento nocturno y meditando sobre el Mundo y su Origen, hace unos cuatro milenios. Siendo su padre Téraj diosero o fabricante de ídolos, descartó a estos como "el origen de la Creación", también eliminó al Sol, la Luna y las Estrellas, que entronizaron los sacerdotes de la Estrería y tuvo que asumir que todo era obra de un Ente superior. Recuerdo con emoción  cómo me fascinaba en primaria el dibujo modernista de Efraín Lilien, representando a Abraham mirando sereno las estrellas. Son múltiples las leyendas que el Midrash teje en torno a él y que explican porque tuvo que abandonar Ur, la ciudad por excelencia. Desde la que cuenta que decapitó los ídolos de su padre, atribuyendo la destrucción al mayor de los fetiches, lo que obligó al furioso Téraj a confirmarle que éstos eran dioses sin vida, hasta la que relata que milagrosamente sobrevivió cuando fue arrojado a un horno de cal, por hereje. Menos conocida es la que cuenta que fue elevado por encima de las estrellas y se le dijo que él y sus descendientes estarían por encima de las constelaciones y éstas no tendrían influjo sobre ellos. Leyendas sobre leyendas, mitos sobre mitos y ficciones y éstos sobre más leyendas que forman murallas y éstas castillos de historia y cultura casi inamovibles.
Se pensaba, como hace pocos siglos, que arriba de las estrellas o más allá de su esfera empezaba el Reino Divino, pintando siempre al gusto del creyente. Lamentablemente los grandes telescopios, las antenas parabólicas de radio recepción espacial, los módulos de exploración estelar y el Hubble destruyeron esa idea, que muchos aún se niegan a abandonar. El "Más Allá", donde deberían habitar dioses y ángeles, está plagado, en realidad de astros incandescentes y apagados, luminosos y oscuros. Más allá de la Vía Láctea, galaxia que suponíamos única, hay muchos cúmulos de estrellas y más allá, más y más galaxias y cúmulos galácticos, aparentemente sin fin. En un vacío no tan vacío, infinito, a millones de años luz de distancia, imposibles de imaginar y vislumbrar ¿Cuantificar?
¡Infinito! Pon un uno y a continuación los ceros que quieras ¿Cuántos? Los que quieras, a aquí a Toluca. ¿En metros? ¿En millas? Lo mismo da, no llegas a infinito – decía el maestro Felgueres Pani. Infinito, una palabra mágica. Te tranquiliza y te ahorra escribir tantos ceros. Y si lo representas con un ocho acostado, te calma aún más y siendo un signo matemático le da consistencia, es preciso y respetable.
Nuestros cabalistas inventaron los términos Ha’Makom y Ein’Sof, El Lugar y Sin Fin, que significan casi lo mismo, pero elevado a invocación religiosa.
Ha’Makom, el lugar. Ein’Sof, sin fin. El Mundo y Lo Innombrable, se confunden. Dios no está en el Mundo, el Mundo está en Dios, repetía Martín Buber. Baruj Spinoza, demuestra geométricamente que "Todo lo que es, es en Dios y nada puede concebirse sin Dios".
Bueno, hasta aquí nos ha traído el recuerdo de noches estrelladas, no del Distrito Federal brumoso, donde milagrosamente la luna aún se distingue y esta evocación nos puede llevar tan lejos como los artefactos de observación espacial de los astrónomos lo logren y las mentes afiebradas y extáticas de los cabalistas, lo permiten, pero no viene al caso. Mejor limitémonos al hombre de hoy y de ayer, de acá o de todo el orbe, Jodonia incluida.
El mundo es el mundo. Los cabalistas como Luria, ARI, tratan de descubrir como es que Dios hizo al mundo. Los Jasidim, como Salman de Liadi, tratan de enseñar al hombre a buscar la divinidad dentro de sí, impulsándolo a  hacer cotidianamente buenas y pías obras. Y otros, como Heshele de Zidishov van más lejos y le recuerdan a la gente común y corriente, "Que, en las obras del hombre está la continuidad o la destrucción del mundo: Sabe que el Cielo depende de TI".
Pero el hombre, que es solo un pobre hombre, aunque éste pletórico de chispas divinas, no puede dejar de asombrarse ante la grandeza del Cosmos y su propia pequeñez, ante la titánica tarea que, sin consultaron, han puesto sobre sus hombros.
Pero éstas son solo conjeturas. Conjeturas sobre los astros, en una noche sin estrellas visibles en la Condesa, al rememorar al firmamento colmado de luceros de Nadalaja, capital de Jodonia Y:
Como decía el amigo Eloy,
Sobra tema para rato
Motivo de otro relato
Pero esto no será hoy.

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